31 de agosto de 2015

DECISIONES 9



Después de tomarse dos cafés Laura pensó que ya era hora de que se vistiese de una vez y dejase de vagar por la casa en pijama. Ese era otro de los motivos por los que se había dado cuenta de que le estaba perdiendo el gusto a la vida. Unos cuantos años atrás, en realidad muy pocos, se hubiese dejado torturar antes que estar en casa a las once de la mañana en pijama, zapatillas y con el pelo revuelto. Y ahora lo hacía casi a diario. Ese era un síntoma de decrepitud. Acabaría por comer sopa directamente de una lata y bañarse de higos a brevas, como las viejas. Se estremeció sólo de pensarlo. Al menos seguía teniendo un poco de vergüenza y cuando salía a la calle lo hacía perfectamente vestida y peinada.
Y eso era lo que ahora tenía que hacer. Salir a la calle. Tenía que comprar café, el periódico y naranjas. La prensa podía leerla en internet, pero no era lo mismo. Le gustaba el olor a tinta de las hojas, y luego las aprovechaba para limpiar los cristales. Era de una generación a la que habían enseñado que las cosas se reutilizan y no se tira nada. Y ella lo seguía poniendo en práctica. Se vistió adecuadamente y salió a la calle. El aire olía a flores, a pan recién horneado de la panadería de enfrente y un poco a anticipo de verano. En ese mismo instante en que cerraba con llave la puerta de su casa y echaba la cancela del jardín pensó que igual la vida no era tan negra como ella la veía últimamente. Pero ese sentimiento de optimismo le duró apenas unos segundos. Ahora todo lo veía distinto porque era casi verano y el sol le calentaba sus viejos huesos, pero en cuanto llegase el invierno, el frío, la lluvia y los días cortos, otra vez volvería a preguntarse para qué demonios quería ella seguir viviendo.
Hizo sus compras rápido y aunque tenía pensado quedarse un rato sentada en el parque leyendo, desistió de la idea al comprobar que estaba lleno de madres con bebés y de ancianos sentados al sol. No le apetecía elogiar a niños babosos y llenos de mocos, ni aguantar que sus madres contasen cuantas veces hacían caquitas cada día ni de qué color. Y menos todavía oír a viejos patéticos hablando de problemas de próstata, de hipertensión o subidas de azúcar. Así que enfiló directamente por la calle que llevaba a su casa. Allí se encontraba cómoda, no en vano era el lugar en donde había nacido. Sus padres se la dejaron en herencia y cuando su madre tuvo a bien morirse y dejarla en paz hizo un cambio radical. Empezó por pintarla por fuera de un bonito rojo inglés y por dentro en tonos vainilla que hacía que hasta en invierno pareciese luminosa. Decoró el patio con azulejos portugueses y profusión de geranios y en la planta superior tiró tabiques para hacerse una habitación grande con baño y vestidor incorporado y una pequeña salita en donde solía sentarse a leer, corregir exámenes en su época de maestra, o incluso a escribir. Mantuvo la que había sido la habitación de invitados casi como antes, a excepción de las cortinas y el edredón. Que ella recordase nunca había sido ocupada. No le gustaba tener gente en casa. La desquiciaban y hacían que todo le pareciese más complicado.
Cuando estaba llegando se fijó que entre su entrada y la de la casa de al lado había un gran camión de mudanzas. Aquella casa llevaba bastantes años vacía. Había sido propiedad de una pareja que tenían una hija que era más o menos de su edad. Creía recordar que se llamaba Carmen. Sólo recordaba de ella que cuando se casó se marchó a vivir a otra ciudad y los padres se quedaron solos. Se habían muerto hacía por lo menos veinte años y desde entonces la casa se mantuvo siempre vacía. Supuso que se habría vendido, aunque ella no había visto ningún cartel. Entró y se limpió los zapatos en el umbral, molesta por tener de nuevo vecinos. Sólo esperaba que no tuviesen niños gritones o adolescentes que se pasasen el día haciendo ruido con sus motos o bebiendo como cosacos en la calle. Otro motivo más para dejar este mundo cabrón, los vecinos molestos. En el infierno no los tendría o al menos eso esperaba.


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