24 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 1



‎ Ahora que he llegado a la mediana edad y llevo a mis espaldas una mochila cargada de cosas buenas y malas; aunque creo que las malas abultan más, me voy dando cuenta de que hay unos cuantos placeres; pocos, a los que no quiero ni puedo renunciar. Uno de ellos es el capuchino con canela, que me levanta el espíritu y me reconcilia con la vida. Otro son los ratos a solas, muchos de los cuales paso sumergida en mi bañera, con olor de vainilla y limón, y la radio contando, como siempre, malas noticias. Pero quizá el placer más importante es la reunión semanal con mis hermanas de la Real Orden de las Perdularias, de la que tengo el honor de ser Madre Abadesa.
Nos conocemos desde hace poco algunas y otras de toda la vida, pero nos han unido las risas en ocasiones y en otras las desgracias. A menudo pienso que las mujeres necesitamos más de lo que pensamos de otras mujeres, aunque las amigas verdaderas sean pocas, porque las féminas contamos en abundancia con mucha mala idea y peor voluntad de hacernos la vida imposible las unas a las otras. Aunque justo es reconocer que cuando una encuentra un alma femenina afín la amistad suele ser para toda la vida y a prueba de todas las maldades que hacerse puedan mutuamente dos seres humanos.
Solemos vernos los martes por la tarde, y vamos rotando los lugares de encuentro; siempre en nuestras propias casas. Somos muy distintas en todo. En materia religiosa las hay católicas integristas hasta la desesperación, ateas, agnósticas, alguna que se siente seducida por Buda y otras filosofías orientales…Pero contra lo que pueda parecer, una de las cosas que hacemos cuando nos reunimos es orar. Sí, porque todas tenemos por qué y por quien pedir, y lo hacemos sin pudor. Y debe de dar buenos resultados, porque ya se han curado unos cuantos casos de cáncer y algún que otro desamor, al tiempo que alguna de las hermanas que perseguía un amor imposible, lo ha alcanzado. Que lo mantenga…ya requerirá mucha más oración. Pero en ello estamos.
La mayoría de los hombres tienen como algo cierto que cuando se reúnen dos o más mujeres hablan de ellos como tema central de conversación. Pobrecillos míos, qué ingenuos son y cuán poco piensan. Tenemos muchos temas de conversación aparte de ponerles a caldo, aunque es justo reconocer que a veces también lo hacemos. En nuestra Real Orden la verdad es que la crítica a género masculino no es lo que prevalece. Más bien solemos hablar de cómo estamos, y nos contamos cosas que a nadie más osaríamos decir. Por ejemplo, solamente mis buenas hermanas saben que yo en ocasiones tengo sueños extraños en los que me remonto a épocas pasadas. Y cuando hablo de épocas pasadas, quiero decir muy pasadas. Mi propia madre no creía hasta que le di detalles ciertos que puedo recordar episodios de cuando era un bebé de apenas dos meses. Justo es reconocer que alguna de las hermanas muy escépticas no me cree, pero como nos queremos y nos respetamos, las que no me creen se limitan a torcer la boca en un gesto y no decir nada más.
Quizá el episodio más extraño por el que hemos pasado ha sido el último de mis cumpleaños. Nací con el solsticio de verano y desde que me reúno con mis Perdularias hemos adquirido la costumbre de vernos la Noche de San Juan; cosa que no tendría mayor importancia si no fuese porque nos citamos en un promontorio donde hay una especie de monumento megalítico y cada una de nosotros va vestida con una túnica blanca y una corona de flores en la cabeza. Unimos nuestras manos y bailamos a la luz de la luna entonando cánticos espirituales. Nunca nos había visto nadie, pero la última vez se nos acercaron una panda de descerebrados recién salidos del bar del pueblo más cercano y con el peso del alcohol en sus venas se acercaron a nosotras con aires amenazantes y de burla a partes iguales. Alguno de ellos tenía aspecto de patibulario descastado, pero les superábamos en número y bastó una patada bien dirigida a las partes nobles del más pendenciero para que todos en comandita pusiesen pies en polvorosa.
Ahora que lo recuerdo, no he dicho que me llamo Guiomar. Mi padre me puso ese nombre nefando que ha dado lugar a muchas bromas porque era un romántico empedernido y le encantó de siempre Machado. Yo intento llevarlo con la mayor dignidad posible, pero a veces me desespera algo tener que dar explicaciones sobre mi nombre. Bien es verdad que como una de las hermanas perdularias se llama Sara Patricia…pues lo mío ha dejado de ser tan llamativo. Sara Patricia es hija de padres españoles aunque ella ha nacido en Argentina y lleva a gala su doble nombre, y exige que se la llame por los dos. Otra de las hermanas se llama Leocadia pero de común acuerdo y por miedo a su mal genio, todas la llamamos Leo. Y hacemos bien, porque aunque es una mujer encantadora, ha practicado kárate desde hace diez años, los mismos que lleva separada de su marido. Este sujeto solía pegarle enormes palizas casi a diario y ella las soportaba con estoicismo, hasta que un día le partió una ceja y un labio justo delante del espejo del vestíbulo. Y supongo que ver el reflejo de su propia sangre corriendo por su rostro le dio las fuerzas necesarias para partirle un paragüero de madera en la cabeza. Ese fue el detonante de la separación y también de que Leo volviese a retomar las riendas de su vida y se marchase de casa llevando consigo a sus hijos. Ahora no soporta que nadie le tosa y a la menor provocación saca las uñas y más que eso, impone las manos, aunque no para curar sino para partir ladrillos con un golpe seco si hace falta.
Reconozco que aunque yo soy la que peor genio tengo, también soy la menos peligrosa; sobre todo por mi poca prestancia física. Intento, de todos modos, suplirlo con una lengua muy ligera y sobre todo una mala idea digna de mejor provecho. En ocasiones mi ira desenfrenada se dirige a alguna de mis hermanas, pero ellas saben perdonarme. La pelea más sonada que recuerdo fue con Leticia, una de las perdularias que primero entró en la Orden. No sería capaz ahora mismo de concretar la causa exacta de nuestro enfado aunque si sé que fue por alguna cuestión de organización; es decir, de desorganización, que es algo que yo odio a muerte. Estuvimos dos meses sin dirigirnos la palabra y nos lanzábamos indirectas en las reuniones y mensajes a través de las otras hermanas. Hasta que ellas se cansaron y Leo nos amenazó a ambas con partirnos una silla en la cabeza para hacernos entrar en razón. Ante la contundencia de su amenaza no nos quedó otro remedio que hacer las paces; a regañadientes, eso sí.
Leticia es buena chica pero tiene la firme creencia de que todo debe de hacerse de acuerdo a sus reglas. Y yo, como buena cáncer, no soporto que nadie me dé órdenes. Por eso andamos siempre ella y yo a la que salta y ya hemos tenido algún que otro encontronazo, sobre todo porque es una fantasiosa y una cabeza de chorlito que no sabe mandar. Las demás intentan poner paz entre nosotras, aunque no hay peligro de que llegue la sangre al río. En el fondo nos queremos y cuando ella perdió a su madre y luego tuvo que entablar desagradables pleitos con sus hermanos, fue a mí a quien recurrió, como su abogada pero también como a una amiga leal. Aunque no suelo estar de acuerdo en cómo maneja su vida y sus amores, no digo nada, y por varios motivos: el primero de ellos es porque creo firmemente que es de muy mala educación meterse en vidas ajenas sobre todo cuando no nos han pedido consejo, y luego porque no ando sobrada de tiempo ni de energías y me niego a desperdiciarlos en causas perdidas. Luchar contra molinos de viento no es lo mío. Ya he aprendido, creo que todas lo hemos hecho, que la relación de Leticia con el género masculino no es sana en modo alguno. Más bien tiene la mala fortuna de cargar siempre con aquellos seres inútiles y maquiavélicos que mujeres más listas y peores que ella van arrojando a la papelera como un pañuelo usado. Ella siente compasión por todo el mundo y sobre todo por los pobrecitos de ojos entornados y aire desvalido que le sonríen como perros de caza desahuciados. Dirige una empresa de publicidad y tiene a sus órdenes cincuenta personas a las que maneja sin que le tiemble el pulso pero en cambio no es capaz de tomar las riendas de su vida sentimental y ya hemos tenido que ir a recogerla unas tres veces a Urgencias después de unas cuantas tortillas de Valium y los consabidos lavados de estómago. La última vez nos tocó a Sara Patricia y a mí, y aunque yo intenté mantenerme callada, Sara Patricia no sabe lo que es el fino arte de la diplomacia. Apenas subimos a mi coche ella giró la cabeza hacia la parte trasera, donde Leticia yacía desmadejada como una muñeca de trapo y empezó a increparla sin compasión.
-Es la última vez que dejo un polvo a medias para venir a recogerte después de esas gilipolleces que se te ocurren. ¿Nunca has pensado en matarles a ellos? Sería más divertido, desde luego. Al menos ésta-dijo señalándome a mí con cierto desprecio-dejaría de ocuparse de estúpidos contratos de arrendamiento y podría ejercer de verdad el Derecho.
-El Derecho Civil no es de menos categoría que el Penal-le advertí-puede que solo llame menos la atención.
-No hablaba contigo-me contestó. Y en cuanto a ti-siguió en el mismo tono-mientras no te sacudas de encima las toneladas de tonterías que arrastras no aprenderás que los hombres son como las toallitas de un solo uso: te limpias y las tiras a la papelera.
Me limité a seguir manteniendo mi atención en el tráfico y no le contesté. Era inútil discutir con Sara Patricia. No sé si debido a su estancia en Argentina o a verdadera vocación, era psicóloga. Hubo una época en mi vida en que necesité urgentemente ayuda profesional para superar alguno de mis muchos miedos y limitaciones. Pero preferí acudir a la consulta de un chico recién licenciado en la Universidad. La verdad es que no me sirvió de mucho, pero al menos pasé tres meses agradables recreándome la vista y cuando la terapia terminó, o mejor dicho, acabé el dinero que había destinado a gastarme en divanes, salimos juntos un par de veces. Al final la cosa no resultó porque yo le sacaba al buen mozo unos veinte años y además de que no me había curado de mis fobias a eso se sumó la tragedia de sentirme vieja y decrépita. A él no le importaba pero yo empecé a fiscalizar cada mañana mi cara en el espejo como si en ello me fuese la vida. Y me dije que hasta ahí podríamos llegar. A la primera ocasión me ligué en la consulta del médico a un señor de unos cincuenta y bastantes años, canoso, con la papada algo floja e incipientes problemas de próstata, pero que durante un mes me levantó la moral porque a su lado me sentía un floreciente pimpollo. Y eso es importante. Por supuesto que nunca pensé en llevármelo a la cama, pero sus cortejos trasnochados, los ramos de flores y los bombones me levantaron la moral de una manera tal que nunca, aunque me visite el señor alemán, podré olvidar a Evaristo. Si, ya se, hasta el nombre mata la libido. Nadie es perfecto.
Entre mis muchos defectos está el ligero problema de que me voy por los cerros de Úbeda. Toda esta perorata sobre mi desgraciada vida sentimental venía a que cuando Sara Patricia se enteró de que había ido a la competencia a intentar curar mis dudas existenciales, montó en cólera y me armó una trifulca que hizo temblar las paredes de la casa donde esa semana nos reuníamos, que para más inri era la mía.
-Perra, zorra sin corazón. Sabes que me cuesta llegar a fin de mes y le vas a dejar dinero a la competencia. A ese bergante le voy a denunciar al colegio de psicólogos. Seguro que te lo beneficias.
-Estás loca, nunca haría algo así.
Me sorprendí a mí misma de ser capaz de mentir con tanta osadía. Por aquel entonces, cuando íbamos por la cuarta sesión, he de confesar que ya pensaba en cómo sería nuestra primera noche de pasión. Pero hay cosas que nunca se cuentan.
-Ya; eso no lo crees ni tú. A Dios pongo por testigo que cuando necesite un abogado me rajaré las venas antes de recurrir a ti.
-Y harás bien. No quiero mezclar amistad y trabajo.
-Pero mezclas sexo y trabajo.
-Nunca, nunca me he acostado con ninguno de mis clientes.
-Ah, mala puta; pero piensas en hacerlo con ese bollycao al que le cuentas tus penas los jueves por la tarde.
La conversación se terminó porque llegamos a la casa de Leticia y Sara Patricia se quedó con ella esa noche. No sé, ni quiero saberlo, que hizo con el chico al que dejó a medias en su cuarto. Yo me limité a volver a mi casa tranquilamente, darme un baño de espuma, tomarme una copa de cava y un bocata de mortadela. Si, ya sé que no pega demasiado, pero es que soy de pueblo y haga lo que haga me sale la vena populachera. Antes de irme a la cama hice repaso de mi vida y llegué a la conclusión de que no había hecho gran cosa. Un matrimonio fallido, unos hijos que ya no me necesitaban, una profesión que me aburría…Solo me quedaban mis hermanas perdularias. Al darme cuenta de que dependía tanto de ellas me hice el firme propósito de tratarlas mejor. A ver si al final se cansaban de mí y me mandaban a freír churros a un camping. Recordé la enorme disputa que tuve con Luisa Fernanda, una de las perdularias más conservadoras y religiosas del grupo a propósito de mis creencias en vidas pasadas, rencarnaciones y demás fandangos. Bien cierto es que no estaba dispuesta a reconocer que no había más realidad o dimensión que la presente, pero me propuse ser menos radical en mis argumentos. Me costaría mucho no hablarles de mis supuestos viajes astrales y de mi reencuentro con quien estaba segura de que siglos antes había sido el hombre de mi vida. Me costaría, pero me educaron en la creencia de que la vida es sacrificio.



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