25 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 2


Luisa Fernanda, como su propio nombre indica, es una mujer como debe de ser, a decir de nuestras abuelas. Ahora mismo no recuerdo como vino a parar a nuestro grupo, porque la verdad es que no pega mucho. Pero hace dos años que forma parte de la Real Orden y tengo para mí que si conserva la cordura en su vida diaria es porque puede aferrarse a las locuras perdularias de vez en cuando y olvidarse de ser la perfecta esposa, madre y ama de casa. En su presencia hay cosas que arrancan ampollas; léase divorcio, aborto, adulterio, homosexualidad, disfrute sexual. Dice sin pudor que en treinta años de matrimonio su marido nunca la ha visto desnuda y que nunca ha mirado a otro hombre que no fuese el suyo. Yo suelo decirle que ambos; ella y su marido, deben ir al oculista con premura o en su defecto hacerle una novena con mucha devoción a Santa Lucía. Pero como es justo reconocer a cada cual lo suyo, cuando mi hijo mayor tuvo una grave enfermedad y temí por su vida, a ella se le hincharon las rodillas de tanto rezar y creo que hasta se colocó un cilicio en el muslo derecho. Para mi esa es una prueba de amistad sin límites. Y no vamos a discutir por un quítame allá más o menos libertad sexual.
Una cosa que nos une a todas las Hermanas es el amor por las labores. Cada una tiene sus predilecciones. Yo confieso que soy algo patosa y solo puedo tejer bufandas y chalecos. Mis amigos y mi familia ya no saben qué hacer con tanta producción, de diferentes colores, tamaños y formas. Sospecho que mi madre las regala a sus amigas de más edad, aquellas que por eso mismo ya no tienen la vista clara y no son capaces de observar los muchos fallos. Pero a mí me relaja y mientras mis dedos corren veloces tejiendo punto de arroz, de garbanzo, de avellana y otros cuyo nombre no recuerdo, pienso con más facilidad. Leo borda unos tapices preciosos, aunque la temática sea siempre algo violenta: animales peleando, monstruos devorándose entre sí…Sara Patricia ha intentado analizar el porqué de tanta violencia soterrada, achacándola al desgraciado de su ex marido y a los malos tratos; pero como ella a pesar de su profesión tampoco es un modelo de cordura, se ha tenido que callar y dedicarse al punto de cruz. Me ha regalado unos cuantos cuadros nefandos; se supone que para el cuarto de baño, pero me niego a colocarlos. Necesito cierta paz a la hora de bañarme, pero sobre todo cuando me pongo mis cremas y me maquillo. Leticia hace ganchillo y todas tenemos alguna colcha suya en casa. La única que verdaderamente lo hace bien es Luisa Fernanda; sus bordados son primorosos, como de ella cabía esperar.
También nos encontramos extrañamente unidas empinando ligeramente el codo; aunque esto no lo hagamos en todas las reuniones sino sólo cuando ha pasado algo que necesita algo más fuerte que una taza de té o de café. Yo no soy de licores, me conformo con una copa de vino blanco, pero Sara Patricia y Leo le pegan fuerte al chinchón y a Leticia y Luisa Fernanda les va más el whisky a palo seco. Eso sí, todo esto lo bebemos en tazas de café, para evitar la maledicencia, porque hay gente muy malpensada y podría achacar a efectos del alcohol ciertos cánticos arrabaleros que a veces entonamos cuando la cosa se va calentando. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen los hombres en los bares, ¿no? Se ponen ciegos de copas y berrean como bestias cuando alguien mete un gol.
La última que se ha unido al grupo es Claudia. Ha sido Sara Patricia quien la trajo. En realidad era una de sus pacientes pero después de una terapia intensiva de seis meses seguía estando tan deprimida como al principio, así que decidió que si las Hermanas no éramos capaces de quitarle la depresión y las ganas de arrojarse al vacío, nadie podría hacerlo. Cuando llegó se quedaba callada durante horas, mordiéndose las uñas, con la cabeza gacha y mirándonos de reojo como un pajarillo herido. Y en cierto modo, algo se parece a un gorrión. A mí su presencia me ha servido para quitarme el honor de ser la más bajita del grupo; ella es dos centímetros más pequeña que yo. Guarda cierto parecido con Edith Piaf, pero es más guapa. Pero sus huesos son igual de frágiles. Antes se vestía siempre de negro y llevaba el pelo tan corto como si acabase de salir de un campo de concentración. A mí me quitaba las ganas de vivir verla siempre con ese aspecto de refugiada de la II Guerra Mundial y un día, más por mí que por ella, me la llevé de compras. No le dejé que eligiese nada y la vestí de con un traje de color rosa encendido, con zapatos de tacón negros y unas medias que disimulaban un poco sus piernecillas de niña de doce años. Cuando salió de la peluquería su pelo ya no parecía el de un perro mojado y llevaba las uñas de manos y pies del mismo color que el vestido. Leo me echó en cara mi mal gusto, pero me dio igual. Todas las Perdularias tuvieron que convenir en que su aspecto había mejorado y aquel fue el primer día que la vimos sonreír, aunque sospecho que las tres copas de chinchón tuvieron bastante que ver.
Habrá gente que se pregunte si todo lo compartimos las hermanas. Bueno, pues ya desde ahora les digo que no. Somos demasiado distintas y por eso hay una pequeña parcela que nos reservamos para nosotras mismas. Por ejemplo, aunque yo les relaté con pelos y señales mi doloroso divorcio, más que nada para ahorrarme dinero en terapias, nada les he contado cuando de repente y por sorpresa, como suceden las cosas estupendas, llegó a mi vida el hombre que había estado esperando desde antes de nacer. Algo se barruntarían; de todos modos, porque todas ellas llevan tiempo espiándome, ya que no se explican por qué motivo me encuentro tan contenta y me río sin motivo, o por qué me brillan los ojos. Pero esto que me ha pasado es tan grande e importante que a nadie se lo he contado. Bueno, si he de ser honesta, algo le he dicho a Leo, pero todo en clave. Ella, que es muy lista, me aconsejó que me protegiese porque ese hombre me podría traer la felicidad o la desgracia. Pero yo odio que me den consejos y le dije que se metiese en sus asuntos. Ni ante mi misma reconocía que me había enamorado, porque yo no soy de las que se enamoran. Había tenido una relación fallida que había durado media vida y siempre pensé que mi sino era terminar mis días sola porque ningún hombre podría soportar mis manías y rarezas. Pero hete aquí que sin pensarlo llega a mi vida una persona que es algo así como lo que siempre esperé en mi vida; un hombre al que me parecía conocer desde siempre, que sabía qué palabra decir en cada momento, y sobre todo con el que podía compartir mis gustos musicales, literarios y hasta espirituales. ¿Me estaría volviendo loca, o peor aún, envejeciendo?
Amar duele mucho y es un inconveniente que yo no esperaba ya; pero la vida nunca avisa cuando golpea. Simplemente lo hace y a nosotros, pobres mortales, nos toca mantenernos en pie después de que nos golpea. A mí el primer golpe serio que me dieron fue la enfermedad de mi hijo. Después de cierta edad y de ver morir a gente cercana, las personas con una media de inteligencia normal somos conscientes de que nuestra estancia aquí es pasajera. Cada vez que iba al ginecólogo y yacía espatarrada ante ese hombre de rostro circunspecto al que exponía como a nadie mi más recóndita intimidad, me preparaba mentalmente para que me dijese que tenía cáncer de útero o de mama. Es curioso, pero nunca pensé en tener cáncer de pulmón o de colón, o de piel, o un ataque al corazón. Supongo que es debido a que tengo presentimientos y en mi fuero interno sé que me moriré de cáncer de útero o de mama; quizá porque soy cáncer, signo femenino por excelencia.
Pero no estaba preparada para que fuese mi hijo mayor quien tuviese su vida pendiente de un hilo por un cáncer. Él no. Era un armario de cuatro puertas que sin inmutarse levantaba cien kilos de peso. Era mi hijo, era mi niño, y no se podía morir. Cuando tuve la certeza de que si se podía morir, también tuve la necesidad de contárselo a las Hermanas Perdularias. Y ellas me ofrecieron lo que podían darme: su apoyo, sus oraciones, su cariño y sus lágrimas. Llorar sola es una desgracia, pero hacerlo acompañada es un alivio. Muchas de ellas encendieron velas por mi hijo; otras oraron o pidieron a sus personas allegadas que lo hiciesen. Las lentejas que mi hijo se metía entre pecho y espalda después de la quimioterapia se hicieron legendarias e incluso le pusimos nombre al bicho inmundo que me quería arrebatar a ese hombrón que me sobrepasaba al menos en treinta y cinco centímetros pero al que había llevado dentro nueve meses. Le llamamos Edelmiro, y eso me parecía mejor que darle su verdadero nombre: cáncer, linfoma de Hodgkings. Hoy ya puedo hacerlo, entonces no.
Todo ese sufrimiento me sirvió para entender que la vida es breve y hay que intentar rodearse de gente que merezca la pena.
Ahora me acabo de acordar de uno de los viajes que hicimos juntas. Alquilamos una casa rural y pasamos allí un fin de semana con la única compañía del ulular del viento en las persianas y el aullido de los perros de la gente que regentaba la casa y que vivían a unos doscientos metros. La que más y la que menos había pasado un mal año y decidimos que para despedirlo como se merecía, es decir, a pedradas, nada mejor que reunirnos. Empezamos la noche de buenas maneras, vestidas de tiros largos y perfectamente maquilladas y repeinadas. Pero he de decir con algo de vergüenza, que ya después de las uvas y mucho champán trasegado nos pusimos los pijamas de franela; menos yo, que suelo dormir con camisetas que llevan estampados los escudos de algún regimiento militar. Es que adoro los uniformes; por más que me de pudor confesarlo. Y entre copa y copa, entre confidencia y confidencia, nos dieron las ocho de la mañana y ya empatamos con un chocolate caliente y unos almendrados, porque los churros son muy trabajosos de hacer y además engordan una barbaridad. A esa hora de la mañana teníamos un aspecto bastante lamentable. La que más y la que menos había derramado unas lagrimitas; no sé si por efectos de las emociones de haber desnudado nuestra alma o porque el alcohol desinhibe, y mucho.
Hasta la pacata Luisa Fernanda nos confesó que en ocasiones su marido y sus hijos la cargaban mucho y en sueños había imaginado que se los cargaba a todos con un cuchillo jamonero. Leticia nos dijo lo que ya sabíamos; que tenía un nuevo novio y que era como todos los otros; un cafre impresentable. Leocadia admitió que se estaba interesando por un chico, pero tenía que ponerle a prueba porque había dejado de fiarse de los hombres. Sara Patricia seguía como siempre: dando buenos consejos a los demás pero haciendo lo que le venía en gana. Y la pobrecilla Claudia se atrevió a confesar lo que yo me temía; que era virgen porque empezaba a barruntar que quienes le gustaban eran las mujeres. Esto bastó para que Luisa Fernanda se lanzase a soltarle un discurso moralista digno de los tiempos del viejo general. Pero como todas empezamos a arrojarle cojines y almohadas, no le quedó más remedio que callarse. Yo estaba despreocupada porque nadie me había preguntado nada, pero Sara Patricia, que es una mala bestia, no podía dejar que me fuese de rositas.
-Y tú, doña Guiomar, Madre Superiora, ¿no tienes nada que confesar?
-A ti desde luego que no.
-Hay alguien en tu vida.
-¿Tú qué sabes, comecocos?
-Te conozco. Llevas meses en Babia, riendo como una tonta cuando piensas que nadie te ve; hablando horas por teléfono, comprándote ropa absurda y sobre todo…has vuelto a escribir poemas.
-¿Y eso que tendrá que ver?-le pregunté, muy digna
-Que lo tuyo siempre ha sido la prosa.
-Pero nunca es tarde para empezar algo nuevo en la vida.
Pero ella no iba a quedarse tranquila. Era como un perro de caza, que una vez que ha agarrado a su presa, ya no la suelta ni aunque le maten.
-Algo hay. ¿Y si no por qué te encierras en el baño para hablar por teléfono?
-Porque sois unas cotillas y mis asuntos de trabajo requieren tranquilidad. La gente que asesora tiene graves problemas y quieren calma para hablarme de ellos.
-Ya-siguió ella chascando la lengua con aire sabihondo. ¿Y a cual de tus clientes le llamas tú cariño mío?
Y ahí caí como una tonta, como un animalillo en la trampa.
-Asquerosa cotilla, ¿cómo te atreves a vigilarme?
Apenas hube hablado me di cuenta de que ella se había limitado a lanzar un globo sonda y yo había picado como una incauta. Pero como en el fondo Dios es justo y se apiada de sus criaturas, la pobrecilla Claudia vino a salvarme, sin darse ni cuenta de que lo hacía. Se levantó del sofá y vino a sentarse a mi lado. Desde que la había acompañado de compras me miraba como a una especie de hermana mayor a quien confiarse. No sabía si ese dudoso honor me convencía demasiado, pero en todo caso, me aproveché de ello para tirar balones fuera.
-Todo eso son cosas normales-resumió con la sencillez de la juventud y la buena fe. Lo mío es más grave
-Desde luego que si- añadió Luisa Fernanda. Tienes que ir al médico. Yo te acompaño-se ofreció.
Leo empezó a soltar barbaridades y ya iba caminando como un tren de mercancías en dirección a la ofensora, pero Leticia tuvo el tino de ponerse delante y yo le eché una mirada de aviso, lo cual hizo que las cosas se calmasen, al menos de momento.
-Vamos a ver-empecé con la mayor ecuanimidad posible-intentemos no sacar las cosas de quicio. Luisa Fernanda, haz el favor de salir de tu mundo talibán y tratar de entender que el amor no entiende de sexos, ni de edades…
-Ni debiera entender de secretos-me interrumpió Sara Patricia, pero enseguida se calló y me hizo un gesto de disculpa.
-Estaba diciendo que nadie puede juzgar a los demás en estos temas ni en nada, si vamos al caso. Y tú, chiquilla-le dije a la pobre niña, que estaba encogida en un extremo del sofá, abrazándose a sí misma, ¿quién ha dicho lo que es normal y lo que no? Deja de pensar en esos términos. Si es cierto que te gustan las chicas, ¿qué problema puede haber?
-Yo diría que tienes una suerte inmensa, guapa-me atajó Leticia. Ojala a mí me gustasen las mujeres, me hubiese ahorrado un montón de disgustos.
-Tú no haces prueba-dictaminó Sara Patricia. Tienes una tendencia enfermiza a salir de todos los sitios colgada del brazo del peor gilipollas que por allí circule en ese momento.
Antes de que las dos se liasen del moño encima de la alfombra, intenté mediar y poner paz. Aunque por una vez, y sin que sirviese de precedente, tenía que estar de acuerdo con Sara Patricia. Todavía no se me había borrado de la mente y dudo que alguna de las demás pudiese olvidar cuando a esa pobre chalada se le dio por cartearse con un presidiario. La muy mema decía que simplemente estaba encerrado por un robo sin importancia. No se cuánta importancia tuvo ese supuesto robo, pero su mujer no debió de quedar muy contenta cuando un viernes por la noche, en lugar de sacarla a cenar al consabido restaurante chino o en su defecto a una grasienta hamburguesería, decidió que era mejor plan descuartizarla en la bañera de la familia con un hacha afilada y tirar sus trozos al contenedor de basura de la esquina. Todo muy romántico e inofensivo. Cierto que el asqueroso escribía unas cartas muy románticas, dignas de un Cyrano de Bérgerac. Ave María Purísima, la de cosas que habíamos pasado juntas. Así que ahora, el que a esta niña le gustasen las mujeres me parecía pecata minuta. Mejor, así nos contaría como es el asunto entre féminas. Aunque quizá era mucho suponer, porque la pobre estaba tan asustada que yo dudaba mucho de que llegase alguna vez a algo con alguien, ni de su sexo, ni del opuesto, ni nada de nada. Habría que buscarle ayuda profesional; pero no de Sara Patricia, por Dios, que no era cuestión de acabar con la libido de la criatura por siempre jamás. Sinceramente, no sé en qué mal momento se me ocurrió hacerme cargo de tantas chaladas; mejor me hubiese ido en un convento de verdad, de esos donde las monjas se limitan a llevar la toca, hacer dulces, bordar manteles, cantar en el coro y hacer negligés y ropa pecaminosa que luego se vende a precios prohibitivos. Por eso yo he decidido lo de las camisetas militares; que no si a los hombres les gusta, pero a mí en todo caso me ponen mucho. Y eso es lo importante. Además, son baratas, de algodón y lavan muy bien.


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