26 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 3


Habíamos intentando comenzar el año de la mejor manera posible pero me temo que las buenas intenciones no son suficientes. Hacia mediados del mes de enero volvió a nuestro extraño grupo una de las que lo había inaugurado pero que por motivos ajenos a su voluntad había estado alejada un tiempo. Laura era mi amiga desde siempre; no recuerdo ninguna época de mi vida en que no estuviese ella presente. Ya nuestras madres habían sido amigas en su juventud y como ambas tenemos la misma edad era inevitable que fuésemos juntas al colegio y luego a la universidad. Hasta nos casamos el mismo año y con el mismo tipo de impresentable. La diferencia era que el suyo tuvo la delicadeza de morirse y el mío tiene todavía una salud como un roble. No es que le desee la muerte, pero a veces me ayudaría mucho que su salud flaquease un poco para que dejase de mortificarme aún después de estar divorciados.
Laura es una persona muy especial, con una apariencia muy fuerte, muy segura de sí misma, pero que en realidad esconde sus miedos tras esa máscara de mujer de negocios fuerte y decidida. Y en la vida diaria, con su marido y sus hijos, no pasaba de ser una pobre víctima a quien su marido chuleó todo el tiempo que estuvo vivo, y aún después de muerto siguió dándole numerosos problemas porque dejó deudas a doquier. Llegó un momento de desesperación tal que cada vez que sonaba el timbre de su casa, Laura se negaba a abrirle la puerta a otro acreedor del difunto. La mayoría eran deudas de juego y algún que otro alquiler atrasado del nidito de amor de su última churri. Me gusta más esta palabra que ese “querida” o amancebada que usaba mi abuelo. Una tarde que fui a visitarla y la encontré tan desanimada que la animé a que se viniese una temporada a mi casa. Desde que mis hijos se habían ido, el piso se me hacía enorme y confieso con vergüenza que había empezado a tener conversaciones con las cortinas del salón, con la nevera, y hasta con el fantasma de mi abuela, que salía a las tres de la mañana a reprocharme que usase la secadora en lugar de tender la ropa, como se había hecho toda la vida de Dios. Ya esto último me dio la medida de que algo iba muy mal en mi vida, cuando me dedicaba a tales devaneos mentales.
Como en nuestros tiempos de universitarias, volvimos a compartir piso Laura y yo. La diferencia era que en estos momentos ninguna usaba ya la talla 36, los pechos se nos habían caído más de lo que es decente contar, y ya no soñábamos con príncipes azules montados en blancos caballos; más bien rogábamos por no tropezar dos veces con la misma piedra.
Ay, pero Laura sí que tropezó y con una piedra exactamente igual a la primera, sólo que ésta no tuvo la delicadeza de mudarse al otro barrio. Le conoció en unas clases estúpidas de autoayuda a las que se apuntó, a pesar de que le dije que me parecía una solemne tontería. Cuando una está deprimida hay varias opciones: ir a la peluquería a que te hagan un nuevo peinado, la manicura y la pedicura (nunca se sabe cuándo habrá que enseñar los pies ni en qué condiciones, aunque sea invierno), irte de compras a fundir la tarjeta o reunirte con una amiga a tomar café y bombones, ver películas de llorar y despotricar de los hombres y de esta perra vida de mierda que nos ha tocado vivir. Pero ella, como de costumbre, no me hizo caso y se largó a un seminario de fin de semana en un pueblo donde Cristo perdió las sandalias, con media docena de chalados patéticos que si no sabían solucionar sus propios problemas, mal le podrían ayudar a que solucionase los suyos. Volvió con un pendejo colgado del brazo, la cartera menos llena y una especie de ánfora pringosa que a decir de su profesor de expresión artística representaba la anchura del mundo y unas acogedoras caderas femeninas. Un huevo, y la yema del otro. Aquello era una cosa informe que la muy tonta pretendía colocar en una esquina de mi salón. Se lo prohibí. Mi casa es completamente shabby chic y solo admite muebles decapados en tonos pastel, tonos rosados y lavanda en las paredes y muchas florecitas y etéreos visillos. Esa fue una de las satisfacciones que saqué del divorcio: decorar mi casa cómo me dio la real gana. El padre de mis hijos, las raras veces que ha pisado mi nuevo hogar ha dicho, según como tuviese el día, que parecía un sultanato, una casa de muñecas o un puticlub. Creo que ninguna de esas cosas, aunque confieso que siempre tuve la fantasía de ser la Madame de una de esas casas de lenocinio de la postguerra, desde donde se movían los hilos del poder y la política. Demasiado tarde, me temo, para ponerme a ello.
De nuevo me he desperdigado y estaba hablando del pendejo que Laura se trajo del seminario. Me parece recordar que se llamaba Eusebio, pero no podría jurarlo. De todos modos, era un gañán que se la llevó a vivir a una granja donde criaban cerdos y gallinas y la pobre estaba todo el día aperreada entre plumas y excrementos. Volvió a los seis meses, con el cutis ajado por el sol, las manos agrietadas, el pelo marchito y la cuenta bancaria bajo mínimos.
Tengo muchos defectos pero no de esas personas machaconas que cuando algo ha salido mal no cesan con el “ya te lo decía yo”. Cuando Laura volvió a casa con el rabo entre las piernas me limité a darle un abrazo, hacerle una taza de té y ofrecerle pañuelos de papel y bombones. No sé qué tiene el chocolate que cura casi todas las penas, o al menos las disuelve. Nos pasamos una noche entera en la sala de mi casa, sentadas en la alfombra, envueltas en mantas, escuchando tangos, que es una música de mucho dramatismo para estas ocasiones, y comiendo bombones, al menos ella. A mí es que solo me gustan los que van rellenos de licor, y cuando voy por el tercero ya no soy persona y empiezo a disparatar. Y en esta noche al menos una de las dos tenía que estar medianamente cuerda. Me contó con pelos y señales sus tres meses en la granja con el ínclito Eusebio. Parece ser que al principio toda era miel sobre hojuelas, y aunque nunca fue demasiado cariñoso, en la cama cumplía con generosidad y era divertido y ameno en sus charlas. Pero cuando se terminaba el ardor amoroso, que por mucho que dure es impensable que pueda ocupar todo el día, se convertía en una especie de dictador que fiscalizaba cada uno de los movimientos de Laura e incluso le decía cómo tenía que pensar y qué tenía que decir en cada momento. Y para colmo de males el trabajo no le gustaba demasiado. Laura nunca había cuidado ni de un perro, así que el trabajo de la granja con animales de los que había que ocuparse todo el día, la superaba. No sé de qué pasta estamos hechas las mujeres que por amor soportamos muchas cosas; y ella llevó como pudo los olores de marranos y gallinas, el estiércol y empujar carretillas de comida tres veces al día desde los pajares hasta el corral. Quien había estado acostumbrada a zapatos de Martinelli y bolsos Gucci y que no salía a la calle sin su base de maquillaje, su colorete y su rouge, ahora iba todo el santo día con mugrientas botas de goma y vaqueros que olían a excremento de cerdo. Ni el amor más desinteresado del mundo hubiese soportado algo semejante. No había cenas románticas a la luz de las velas, ni salidas al cine o al teatro, ni un mal paseo por el campo, con lo cual cuando mi amiga se percató que la cuenta bancaria que tontamente había abierto a nombre de los dos estaba vacía, hizo la maleta y volvió a la civilización. Tuvo un arranque que me sirvió para entender por qué la quería yo tanto: antes de irse y aprovechando que Eusebio había ido al pueblo en busca de provisiones, fue al corral de los cerdos, cargó el estiércol acumulado de dos días en una carretilla, y empujándola con renovado ímpetu, repartió el oloroso cargamento equitativamente entre la cocina y el dormitorio de su amante.
Laura sobrevivió a la desilusión, como siempre lo hemos hecho, desde hace siglos, las mujeres. Creo que en nuestro código genético va escrito que siempre nos reponemos, quizá porque también está escrito que las desilusiones forman parte de nuestra vida. Me he preguntado muchas y repetidas veces si no tendremos nosotras la culpa por amar demasiado. Hace años leí un libro, o mejor dicho, empecé a leerlo, en donde se hablaba precisamente de eso, de las mujeres que aman demasiado. Lo dejé a medias porque me salió un sarpullido en el pecho, justo en el sitio en donde se supone que va el corazón, y me di cuenta de que era un aviso de que me estaba haciendo daño. Hace ya tiempo que me he reconciliado con mi cuerpo y sus muchos defectos, ahora vivimos en una especie de paz armada y en agradecimiento, él me suele avisar en el momento en que algo no me conviene. Demos gracias a Dios por las pequeñas cosas.
La pequeña Claudia seguía como un alma en pena e nuestras reuniones, sin apenas abrir la boca y mirándolo todo con ojos de gorrión asustado. Gracias a mis bizcochos había conseguido que ganase un par de kilos que le hacían mucha falta y sus piernas habían dejado de tener el patético aspecto de dos patitas hechas de alambre. Pero seguía teniendo unos huesos menudos como los de un niño de diez años y una risa huidiza que ella racionaba, como si el estar contenta fuese una especie de pecado horrible que había que evitar. Luisa Fernanda, con la mejor de sus intenciones, procuraba darle consejos en aras de evitar el enorme pecado de que pudiese sentirse atraída por otra mujer, e incluso, para susto de la implicada, intentó concertarle varias citas con amigos de sus hijos. Menos mal que Leo, siempre con el hacha de guerra preparada, tomó cartas en el asunto y amenazó a la entrometida con mandarla al hospital por varias semanas de un golpe de kárate si no dejaba a la chica en paz. Sara Patricia no se manifestaba; en realidad trataba de evitar a Claudia todo lo que podía, la consideraba una especie de fracaso profesional. Y así, sin saber cómo, me vi erigida en protectora y mentora de esta pobre alma que vagaba en busca de su propia identidad. No sabía yo muy bien cómo ayudarla, porque aunque mi identidad sexual estaba bien definida; me gustaban los hombres por más que al tiempo me fastidiasen mucho; en realidad poco más tenía claro en la vida. Pero ella parecía pensar que si fui capaz de cambiar su aspecto con dos trapos y unos zapatos, también podría ayudarla a encauzar su vida. Eso era ser optimista, por decirlo de un modo suave, ya que mi propia existencia se balanceaba en la cuerda floja y había algunas mañanas en que tenía que buscar un pretexto para salir de la cama y enfrentar el mundo y sus embrollos. Mi trabajo había dejado de gustarme; simplemente era una manera de ganarme la vida. Mis hijos campaban por sus respetos y sólo se acordaban de que tenían una madre cuando necesitaban comida, no tenían tiempo de lavar la ropa o andaban cortos de dinero. Y en cuanto a mi vida sentimental…simplemente había encontrado a una persona de la que me había enamorado, pero tampoco estaba segura de salir indemne de esa relación. Más bien pensaba que de alguna manera acabaría con el corazón hecho pedazos y sin cola para recomponerlo.
Precisamente cuando Laura se reincorporó a nuestro grupo después de la aventura fallida con el granjero, llegó también Anastasia. Para entrar en nuestra orden hacía falta venir avalada por alguna de las hermanas. Anastasia llegó de la mano de Luisa Fernanda; era una de sus numerosas primas y se había mudado a nuestra ciudad tras quedarse viuda después de treinta años de matrimonio. Confieso que conocerla fue para mí una sorpresa tan enorme que durante un tiempo temí que se me dislocase la mandíbula; tanto fue el tiempo que tuve la boca abierta, muda de asombro. Yo esperaba encontrarme con una especie de clon de nuestra amiga; es decir, una señora tradicional, que vistiese comedidos trajes de chaqueta y llevase moño o pelo corto; y que rezase el rosario cada noche en aras de la salvación del alma de su difunto. Nada más lejos de la realidad.


Anastasia ya no cumpliría los cincuenta; pero como diría mi madre, estaba de muy buen ver. Quienes, como yo, esperasen encontrarse una viuda doliente y llorosa, estaban muy equivocados. Aquella tarde la reunión se celebraba en mi casa y quien se sentó en mi sofá tapizado de florecitas en el más tradicional estilo inglés, era una especie de amazona alta y esbelta, vestida con una minifalda y botas altas, como de mosquetero, con una melena negra que le alcanzaba casi la cintura, los ojos oscuros realzados con khol y unos labios generosos pintados de rojo sangrante. Desde la primera a la última nos quedamos mirándola como pasmadas, mientras ella nos iba saludando una por una con su voz ronca y sensual. A la mayoría no nos gustó demasiado, justo es reconocerlo. Pienso que por educación y para dejarnos luego criticar a nuestro antojo, fue la primera en marcharse. Apenas hubo cerrado la puerta, me enfrenté, brazos en jarras, a Luisa Fernanda.
-¿De dónde la has sacado?
-Ya te he dicho que era mi prima. Acaba de quedarse viuda y como sus hijos ya tienen su vida, ha vendido su casa en el pueblo y se ha comprado aquí un apartamento.
-Ah, que encima es de pueblo-argumentó Sara Patricia en tono cáustico.
-Pues sí. Bueno, en realidad ha vivido la mayor parte del tiempo en la ciudad, pero hace cinco años se mudaron al campo; sólo por su marido, ella no quería.
-Ya, me imagino que en los pueblos es más difícil zorrear a gusto-señaló Leo, siempre tan práctica.
-Oye, que es de mi sangre-la defendió Luisa Fernanda, muy digna, ajustándose el pañuelo de seda que llevaba al cuello.
-Pues quien lo diría, guapa-argumenté yo. No me gusta. Es demasiado…llamativa
-Y tiene las tetas operadas-adujo Leticia.
-¿Y tú como lo sabes?-preguntó la inocente Claudia.
-Nena, ya se nota que eres muy joven. A ninguna mujer de su edad, ni de la nuestra, si vamos al caso, se le aguantan en su sitio tanto tiempo. Es la inexorable ley de la gravedad.
-A saber las liposucciones que se habrá hecho-aventuró de nuevo Sara Patricia.
-No te digo que no, su marido era cirujano plástico.
De aquel primer vistazo lo único que sacamos en limpio es que a excepción de la pobre Claudia todas las demás la odiábamos a muerte, es decir, la envidiábamos. Se debiese al bisturí del finado o a la genética, lo cierto es que era más alta, más guapa y más despampanante que ninguna. Y eso no se podía consentir. Leo propuso darle una paliza y marcarle la cara; Sara Patricia abogaba por ponerle la zancadilla para que se rompiese una pierna o tal vez la cadera. Yo, que soy algo más sutil, era partidaria de putearla hasta que le saliesen arrugas, patas de gallo y unas canas que ningún tinte fuese capaz de tapar.

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