27 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 4



En la segunda reunión se presentó con un vestido de licra tan ajustado que a mí misma me quitaba la respiración, y la melena cual la de una leona en celo. Leticia me dijo en voz baja mientras preparábamos el café en la cocina que a ver que se pondría para una cita con un hombre cuando para verse con nosotras se vestía así.
-Tonta, más que tonta-le susurré pasándole la bandeja con las tazas. ¿Tú no sabes que realmente la mayoría de las mujeres nos vestimos para que las demás revienten de envidia? Al menos las malas.
-Ah, no lo sabía-confesó, sorprendida. ¿Tú también te pones esos vestidos de seda para fastidiarnos?
-No, mujer. Yo soy buena persona-dije, aviesamente, con algo de vergüenza al ver que ella asentía. Yo me visto así para verme bien en el espejo y sobre todo para que a mi ex le dé un patatús cuando me encuentro con él por la calle.
-¿Y no es para encandilar a ese memo con el que hablas horas por teléfono?
Enrojecí de ira y de pudor a un tiempo. No acababa de acostumbrarme a tener una relación y quizá por eso ni siquiera sabía cómo referirme a él. ¿Se puede decir “mi novio” cuando entre los dos llegábamos casi a la centuria? Menudo bochorno me estaba haciendo pasar esta boba. Seguro que todas habían cotilleado a mi costa.
-Ya os he dicho que no hablo de mi vida personal.
-No seas así. Tú de mi lo sabes todo.
-No es culpa mía que padezcas de incontinencia verbal ni que te líes con semejantes desgraciados como para que luego tengamos que ir nosotras a salvarte, como si fuésemos el Séptimo de Caballería.
Y de un empujón la mandé directamente a la sala a que sirviese el café. Yo fui detrás llevando una bandeja de pastas que acababa de sacar del horno. Les había puesto doble medida de mantequilla y de almendras, a ver si esta guarra de piernas interminables se comía la bandeja entera y acababa como una foca.
Le serví personalmente el café y las pastas e incluso tuve la delicadeza de sonreírle de manera que pareciese angelical. Cuando ya ninguna de nosotras sabía qué tema de conversación sacar e incluso Luisa Fernanda estaba algo molesta, la prima empezó a soltar un discurso increíble con aquella voz que parecía sacada de una línea erótica.
-¿Y aquí no hacéis reuniones de tupper sex?
Todas las que en ese momento estábamos tomando el café tuvimos que taparnos la boca para no escupirlo directamente a la persona más cercana. No es que nosotras fuésemos unas puritanas, a excepción de Luisa Fernanda; pero nunca se nos había ocurrido tal cosa. Lo más pecaminoso que habíamos discutido era sobre el negocio de las porno chachas, que a mí me parecía muy rentable e incluso les propuse a estas memas montar una empresa. Yo estaba dispuesta a llevar la gerencia y las cuentas, y hacer publicidad; a limpiar no porque tengo mal la espalda. Pero ellas, que carecen de sentido comercial, se negaron en redondo.
Como ninguna fue capaz de contestarle, ella se vio obligada, con bien poca vergüenza, a insistir.
-Pues no sabéis lo que os estáis perdiendo. Hay cantidad de artilugios con los que una chica se lo puede pasar bien.
Luisa Fernanda se removió en su silla como si la pinchasen con alfileres. Su cara parecía una amapola. Ella que presumía de que su marido nunca la había visto desnuda y ahora tener que humillarse con soportar esta conversación, y a cargo de su prima, para más inri. Pero Anastasia siguió, impertérrita, cantando las alabanzas de todos esos aparatos e incluso sacó de su bolso una especie de panfleto con fotos de los susodichos juguetes. Por más que nos pesase, todas nos acercamos a cotillear; y la más inocente de todas, Leticia, fue la primera que habló.
-¿Y esos fluorescentes salen muy caros?
Esta chica era así, una pobre pánfila que siempre abría la boca en el peor de los momentos. Pero mi abuela solía decir que todas las cosas, incluso las que nos parecen peores, suceden por algo y para algo; y esto sirvió, con la ayuda del chinchón y el whisky, a que todas bajásemos un poco la guardia. Sara Patricia fue la primera en soltarse la melena.
-Yo de estas cosas no se demasiado, pero de perversiones…un rato largo.
-Mujer, siendo psicóloga, tampoco es tan raro. Me imagino que tendrás la consulta llena de chalados, de todos los sexos-aclaré-porque en todos los sitios cuecen habas.
Pero me llamó la atención que bajase la cabeza, como arrepentida de lo que había dicho. Le di una patadita por debajo de la mesa.
-¿O no son tus pacientes los perversos? Venga…ahora que has empezado, no nos dejes en ascuas.
-No puede contar los secretos de sus locos-adujo Leo, con extraordinaria falta de tacto.
-No son locos-se defendió ella, muy digna. Y además, esas cosas no las sé por mis pacientes.
-¿Entonces?-preguntamos a la vez Anastasia y yo. Y me sentí algo molesta de coincidir en algo con ella.
No parecía dispuesta a soltar prenda, pero tanto le insistimos que al final, tras otra ronda de chinchón, decidió hablar.
-A ver, yo siempre he sido una persona bastante normal en temas sexuales.
-Dependiendo de lo que se entienda por normal-remachó Luisa Fernanda, con cara de pocos amigos. Pero se calló inmediatamente al ver el gesto furibundo de Leo.
-Cuando Andrés me dejó en la estacada tuve una época muy mala en cuanto a mi autoestima y yo misma me impuse la tarea de levantarme la moral.
-¿Cómo de alta?-quise saber.
-Hasta el infinito y más allá-me contestó, sonriendo ladinamente. Y reconozco que Pablo me ayudó bastante.
-¿Pablo era aquel chico, estudiante de Económicas, que parecía tu hijo?-le preguntó Leo con todo descaro.
-Todo lo más, mi hermano pequeño. Si, ese era. Aparte de que estaba de toma pan y moja, hay que reconocer que era muy vicioso, casi pervertido, diría yo.
-¿Qué hacía?-preguntó Claudia, que se había mantenido callada todo el rato y con cara de susto.
-Todo lo que os podáis imaginar y más. Pero lo que hizo que pusiese los pies en polvorosa fue el día que me invitó a su casa y descubrí que en el salón, en el sitio que suele ir la mesa de centro, tenía un potro.
-¿Y para qué quería un caballo en su casa? Menudo olor a establo debía de haber-dijo Leticia torciendo la boca con disgusto.
-Esta chica es tonta de remate.
Y creo que con esa frase resumí lo que todas pensábamos.
La aludida nos miró con los ojos muy abiertos; parecía un búho preguntándose qué había pasado.
-¿Es que no os resulta extraño que el chico tuviese en el salón un caballo?
-Tú de pequeña te caíste de la cuna y te diste un golpe muy fuerte en la cabeza, ¿verdad?-le preguntó Leo.
Pero yo le hice un gesto con la mano para que lo dejase. Leticia es así y debemos acostumbrarnos a que nunca cambiará. Es un ser inocente, que todo se lo toma al pie de la letra y así le va en la vida, saltando de cafre en cafre, cada uno de ellos un poco peor que el otro.
-Tú no le hagas caso, cielo. Atiende a la conversación y luego te explico-le dije, más para que se callase que por otra cosa. Y tú, sigue-le ordené a Sara Patricia. Nos tienes a todas en ascuas.
-Pues no hay nada más que decir. En cuanto vi aquel instrumento de tortura medieval y unas esposas rematadas con lazos negros al lado de un capuchón semejante al que en las películas llevan los verdugos, me largué con viento fresco y no paré de correr hasta llegar a mi casa y darle dos vueltas a la llave.
-Pero tú ya sabías que era algo viciosillo, no lo niegues-la acusó Laura.
-Sí, y tú sabías que Eusebio era un zopenco y te pasaste tres meses limpiando mierda de cerdo-le contestó ella.
-No es lo mismo. Y no quiero volver a hablar de ese hijo de puta.
-Haya paz; no vamos a pelearnos por quien ha sido más boba con los tíos. Todas las que aquí estamos, en algún momento, hemos metido la pata-les dije.
-Yo no-negó Luisa Fernanda con gesto remilgado, atusándose el pelo y retocándose los labios frente a su espejito de mano. No sé por qué motivo se me vino a la mente la madrasta de Blancanieves.
-Tú a callar-le mandó Leo. Tú ya has metido la pata cuando te casaste con ese estirado de marido que tienes. Me apuesto las pestañas postizas a que lleva calzoncillos largos y braguero. Si tú no sabes lo que es un orgasmo, frígida del demonio.
Luisa Fernanda se llevó la mano al pecho y abrió la boca como si le faltase el aire. Me acerqué a ella con un vaso de agua y la obligué a que tomase un trago. Temía que le diese un soponcio. Estaba encarnada y furibunda como un toro a punto de embestir. Cuando se recuperó un poco, empezó a hablar con una voz chillona que en nada se parecía a la suya.
-No he venido aquí para hablar de mis orgasmos; que los tengo, para que lo sepas; y se los ofrezco todos al Señor.
Ya no pude más. Estallé en carcajadas y me dejé caer en el sofá, espatarrada, olvidando por un breve momento aquello que me había enseñado mi madre, a saber, que una verdadera señora siempre se sentaba con las piernas juntas.
-Esto es lo más surrealista que he oído en mi vida. Os juro que lo mejor que me ha pasado es conoceros, porque a vuestro lado me siento cuerda, dueña de mi misma y normal. Y dicho esto, creo que toda esta depravada conversación empezó por esas cosas que están ahí, en las fotos-dije, señalando acusadoramente las revista que Anastasia había apilado pulcramente en el centro de la mesa, al lado de las botellas de licor y las copas. Yo voto por que hagamos una reunión de esas. Al fin y al cabo, no perdemos nada.
-La vergüenza, en todo caso-remachó Luisa Fernanda, ofendida todavía.
-Pues va siendo hora, creo yo-adujo Leo. La mayoría estamos más cerca de los cincuenta que de los cuarenta y no necesitamos la vergüenza para nada.
Y ya perdida la vergüenza, que en ocasiones no sirve para nada, decidimos por decisión casi unánime, si exceptuamos a Luisa Fernanda, que en la próxima reunión de los martes Anastasia se encargaría de traer los pertinentes juguetitos para que todas pudiésemos echarles un vistazo.







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