28 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 5



Laura seguía viviendo en mi casa y por las noches, después de cenar, las dos en pijama, solíamos quedarnos hablando al menos una hora antes de irnos a la cama. No sé si ella era mi mejor amiga, porque suele suceder que el corazón no tiene medida y cuantas más personas admitimos en nuestra vida, más aumenta la capacidad de amar. Con cada una de mis hermanas perdularias tenía una relación especial, aunque a Laura era a la que conocía más a fondo. Habíamos sido siempre como hermanas y poco había que no conociésemos la una de la otra. Aquella noche habíamos ya cenado y recogido la cocina y ambas estábamos sentadas en el sofá, escuchando música, y hablando, recordando cosas del pasado y también pasando revista a nuestro presente.
-Supongo que lo del granjero ya está olvidado, ¿no?-quise saber.
Se encogió de hombros y se arrebujó más entre la manta con que se cubría. Eso era precisamente lo que solía hacer de pequeña cuando algo la asustaba.
-Contéstame. ¿Le has olvidado o no?
- A él claro que sí. No valía tanto.
-¿Entonces?
-Lo que siempre cuesta olvidar, Guiomar, es la desilusión, más que a las personas que la han causado. Si te soy sincera, ya casi no me acuerdo de cómo eran sus ojos o del tono de su voz, pero no he olvidado el vacío que sentí cuando me di cuenta de que me estaba utilizando y yo le importaba un pepino como persona.
Asentí en silencio. La entendía muy bien. Aunque el que nos causa el daño no merezca la pena y nosotras lo sepamos sobradamente, la sensación de desánimo, de soledad y abandono, de no merecer que alguien nos trate mal, es lo que al final se queda. Igual que cuando nos tomamos un café recalentado el estómago nos avisa de que no lo hagamos dos veces; cuando alguien vuelve a herirnos, aunque el verdugo no sea importante, su herida sigue dejando huella.
-Te entiendo.
-¿Lo haces? ¿Me entiendes? Tú pareces ahora muy feliz, tienes a alguien a quien querer y que te quiere.
-Tú, mejor que nadie sabe lo mal que lo he pasado. Y también sabes que no es fácil olvidar; aunque la herida esté curada, cuando hay cambio de tiempo sigue molestando-le confesé. Y es verdad que ahora mismo quiero a alguien, pero no creas que las tengo todas conmigo.
-¿Por qué no?- se asombró.
-Porque a mí me horroriza querer, me da pánico. Me hace vulnerable y no quiero serlo. Si no quieres, no sufres.
-Ni vives-me contradijo ella.
-No lo sé, Laura. Igual a veces compensa, no estar muerta, pero si anestesiada. Yo ya me había hecho a la idea de acabar mi vida sin volver a sentir mariposas en el estómago y de repente llega este mentecato y…
Se echó a reír a carcajadas y golpeó con la mano el cojín que mantenía abrazado al pecho.
-Tú le quieres como no has querido a nadie. Estás enamorada de él.
-¿Tú que sabrás?
-Sí que lo sé. Solo insultas con tanto brío a quien quieres. Te conozco muy bien.
Para no verme obligada a responderle le dije que estaba muy cansada y me fui a la cama. Mientras me ponía mis cremas de noche, me miré al espejo y puse las cosas en claro conmigo misma. Este es el momento del día que suelo reservar para hacer eso que mi madre llama examen de conciencia. Y me pregunté lo que significaba en mi vida este hombre que se había abierto paso sin avisar, sin pedirme permiso. Yo no deseaba enamorarme pero cuando Alexander llegó a mi vida sin llamar no estaba preparada para decirle que se marchase y poco a poco se instaló en ella y ahora no sabía cómo decirle que se fuera. Más bien, si había de ser sincera, no deseaba que se marchase. Era alemán y le había conocido en el aeropuerto y por pura casualidad, como suelen pasar las mejores cosas. Yo regresaba de Londres de un viaje de trabajo y había pasado la noche anterior sin dormir. Mis ojeras llegaban al suelo y para disimular mi mala cara me puse las gafas de sol, sin tener en cuenta que con ellas no veía ni torta dentro de la terminal. Por eso no es extraño que de camino a la cafetería me tropezase con alguien que se interpuso en mi camino. Acabé dando con mis cansados huesos en el suelo y una mano misericordiosa me ayudó a levantarme. Cuando fui capaz de reunir la voluntad necesaria, le miré a los ojos y me encontré con una mirada limpia y luminosa, y una sonrisa abierta. Me invitó a tomar un café y no supe decirle que no. Le miré con detenimiento mientras estábamos sentados en la cafetería. No parecía alemán; no era alto, ni rubio, ni tenía los ojos azules. Pero me gustaba; su voz era cálida, tenía un punto sensual que me hacía desear que me hablase, que dijese algo, cualquier cosa…Sin darme cuenta estuvimos hablando más de una hora, hasta que anunciaron la salida de mi vuelo. Nos despedimos, a regañadientes, y nos dimos los teléfonos y el correo electrónico.
Subí a mi avión medio muerta de cansancio y sin embargo, contenta, aunque no pudiese dilucidar el motivo. No presté atención a la sonatina de la azafata y sus medidas de seguridad. Si el avión se caía, de poco me valdrían esas tonterías. Me enrosqué en mi asiento y me adormilé casi sin darme cuenta. Soñé con ese extraño desconocido. Alexander… ¿cuál era el apellido? Stein, eso es. Cuando llegué a mi destino, salí al exterior del aeropuerto con paso cansado y esperé pacientemente en la cola para conseguir un taxi. Por suerte el taxista no era charlatán y pude hacer el trayecto hasta mi casa en silencio. Apenas dejé la maleta en mi cuarto me desnudé y me metí en la ducha. Mientras me secaba, pensé en él y me llamé idiota a mí misma. Vivíamos a cuatrocientos kilómetros y no sabíamos nada el uno del otro. Estaba muy cansada; pero antes de acostarme sentí la imperiosa necesidad de mirar mi correo. Encendí el ordenador y esperé pacientemente hasta poder entrar en mi cuenta. Tenía 40 mensajes; la mayoría de ellos basura que mandé a la papelera sin abrir. Había también unos cuantos de la oficina y por precaución no quise saber lo que decían. Pero uno entre todos me llamó la atención. Era de Alexander. Lo abrí, latiéndome el corazón como cuando tenía quince años y esperaba en el portal de mi casa a mi primer novio.
Querida Guiomar:
Espero que perdones mi atrevimiento al escribirte. Acabo de llegar a casa pero he sentido la necesidad de decirte que me ha encantado conocerte. No quiero en modo alguno molestarte. ¿Podría llamarte esta noche a eso de las nueve? Me encantaría oír tu voz de nuevo

Alexander
Me quedé mirando la pantalla como una boba. ¿Qué se supone que tenía que hacer? Lo que me apetecía era contestarle de inmediato y decirle que sí, que me llamase. Pero eran apenas las once de la mañana; quedaban muchas horas hasta las nueve de la noche y pensé que parecería muy desesperada si le contestaba tan pronto. Mi abuela me había enseñado muchas cosas en la vida, todas de gran utilidad; pero uno de los consejos que se me había quedado grabado a fuego era que con los hombres había que hacerse valer. Así que, aunque me costó, cerré el portátil y me metí en la cama. Me picaban los ojos y apenas podía mantenerme en pie; llevaba muchas horas sin dormir.
Y dormí, aunque no descansé. Soñé con cosas muy raras; una casa muy alta y estrecha, de piedra, con enormes vigas de madera y suelos de cristal. Al parecer la casa era la mía, porque yo estaba cocinando en un extraño horno que iba empotrado en ese suelo de cristal y me agachaba para hornear un pastel. Y allí estaba Alexander, como si fuese lo más normal del mundo, con un pijama de cuadros azules y el pelo revuelto, como si acabase de levantarse. Me desperté con el pelo pegado a la nuca y la boca pastosa, y cuando me miré en el espejo del baño me espantó tanto mi aspecto que llené la bañera de agua caliente y allí me sumergí durante media hora, con un antifaz que olía a lavanda en los ojos y escuchando tangos. Me había aficionado a este dramático género desde que me di cuenta que oír las desgracias ajenas era una terapia barata que me hacía olvidar las propias.
Cuando salí de la bañera envuelta en mi viejo albornoz rosado ya me encontraba bastante mejor y hasta mi piel parecía haberse alisado. Miré el despertador de mi mesita de noche; eran las seis de la tarde. Estimé que había pasado un tiempo prudencial y ya podía contestarle. No me desagradó ver que me había mandado otro mensaje más, según él por si el primero no me había llegado. Le contesté que podía llamarme a las nueve, si le venía bien, y una vez que pulsé en enviar me arrepentí. ¿Qué pensaría de mí? No nos conocíamos de nada; ¿de qué podríamos hablar, considerando que vivíamos en ciudades distintas y que era improbable que volviésemos a coincidir.
Aunque me daba cuenta de que era absurdo, porque en el caso de que me llamase no iba a verme, me vestí de la manera que me pareció más adecuada y me maquillé. Mientras me pintaba los ojos me eché a reír delante del espejo y di gracias de que ninguna de mis amigas me pudiese ver, porque se burlarían de mí. No tenía sentido prepararse para una cita que no era tal ni que estuviese nerviosa como cuando tenía quince años y me invitaban a ir al cine. Por Dios, esto era más absurdo que el estúpido encaprichamiento que tuve con el niñato del psicólogo. El problema era que Alexander no era ningún niñato, de eso estaba completamente segura. A los ocho me obligué a cenar una ensalada, aún sin hambre, y luego me senté en el sofá con un libro en la mano, y aunque leí un par de páginas no entendí nada de lo que allí decía. Mi mente estaba en otra parte y no era capaz de concentrarme. Por más que disimulase, estaba pendiente del teléfono y no dejaba de mirarlo. A las nueve en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, sonó y di un salto en mi asiento, pero me detuve y no descolgué hasta el quinto timbrazo. No debía de pensar que estaba como una patética idiota esperando que me llamase; porque no era verdad. ¿O sí?
Escuché su voz suave que me saludaba al otro lado del hilo telefónico y me lo imaginé entornando los ojos como había hecho cuando hablábamos en la cafetería. ¿Estaría en casa, en su trabajo? En realidad, puede que trabajase en casa. Alexander se dedicaba a escribir. ¿Dónde trabajan los escritores? Desconozco ese mundo, pero supongo que igual no necesitan ir cada día a la oficina y fichar a las nueve para volver a salir a las tres o a las cuatro. Sabía tan poco de él que todavía no acababa de entender por qué le había dado mi teléfono y sobre todo porque me encontraba tan cómoda y tan contenta hablando con él ahora mismo. Hablamos de muchas cosas y en concreto de nada en especial; creo que simplemente lo que deseábamos ambos era escucharnos mutuamente y sentir que el otro estaba ahí, sin más. Cuando colgué el teléfono había pasado casi una hora, que se me había ido volando. Me pasé la mano por la cara, como si no acabase de creer lo que había pasado. Esto tenía que contárselo a alguien, estaba demasiado nerviosa para callármelo y me hacía falta hablar, contar, quizá también escuchar otra opinión. Antes de marcar el número, pensé quien de mis amigas sería la más adecuada para esta confidencia. Luisa Fernanda quedaba descartada, a aquella horas estaría bendiciendo la mesa y cenando con su insulsa familia, y además nunca entendería que le hubiese dado mi mail y mi número a un desconocido, y encima extranjero. Leticia tampoco era una opción demasiado válida; para ella cualquier hombre que apareciese en el horizonte era la quintaesencia de lo maravilloso y el compañero ideal para toda la vida, incluso aunque se le notase que era uno de los ángeles del infierno o que acabase de salir en libertad condicional tras haber matado a medio centenar de personas. A Claudia la acababa de conocer y era demasiado joven; bastante tenía la pobre con salir adelante. Laura andaba por aquel momento enfangada hasta las orejas en estiércol de cerdo y gallinas, y Sara Patricia, a pesar de su proverbial sensatez o quizá por ella y por deformación profesional, todo lo analizaba, y no estaba yo para esos análisis en estos momentos. Lo que me hacía falta era una voz amiga que supiese escuchar con empatía pero a la vez mantenerse al margen. Como siempre, ya desde el principio sabía a quién tenía que acudir. Leo era la solución. Marqué su número y cuando ya iba a desistir y colgar, conseguí que me contestase. Apenas me escuchó saludarla supo que algo había pasado.
-¿Cuándo lo vas a soltar?
-¿El qué?-me hice la tonta.
-No sé el qué, pero es indudable que me quieres contar algo y no sabes cómo hacerlo. Te advierto que no tengo toda la noche.
-Bueno, sí, tienes razón. Es que…he conocido a alguien.
-A alguien con pito, quieres decir-afirmaba, más que preguntar. Ella podía ser así de bruta.
-Por Dios, contigo no se puede tener una conversación normal.
-Guiomar, son casi las once de la noche y estoy cansada. Si me fío de tus maneras de señora burguesa nos darán las cuatro de la mañana y todavía no habrás empezado la historia. Sé que es un hombre, porque si fuese una mujer, dado que a ti no te gustan las chicas, no me llamarías a estas horas con voz de alelada.
-No tengo voz de alelada.
-No, habitualmente no-me concedió. Pero hoy sí. ¿Dónde le has conocido?
-Me caí a sus pies en el aeropuerto
Se echó a reír a carcajadas.
-Tú siempre haciendo entradas triunfales. ¿Qué hombre podrá tomar en serio a una boba que se echa a sus pies ya de entrada?
-Me caí, simplemente. Y él fue tan amable que me levantó, y me invitó a un café.
-Sintió pena.
-Yo prefiero pensar que se enamoró de mis ojos, pero en fin, si lo quieres es hundirme la vida y la ilusión…
Y ahí terminé la conversación. Ahora que ha pasado ya un tiempo me gusta rememorar esos primeros momentos en que ambos nos buscábamos y nos tanteábamos, midiendo hasta donde podíamos llegar. Creo que ninguno de los dos había pensado en tener un amor adolescente en la medianía de la vida, porque aunque los sentimientos son igual de frescos y luminosos que a los quince años, o tal vez más aún, la realidad es que cada uno arrastra un bagaje que no siempre es fácil de acomodar a la vida del amante. Se hizo una costumbre hablar por teléfono a diario, siempre a las nueve de la noche, y escribirnos cien correos al día. Nos contábamos las cosas más absurdas: lo que habíamos comido, como nos había ido el día, lo que habíamos soñado aquella noche…Él le daba mucha importancia a los sueños y por eso yo empecé a anotar los míos en cuanto me levantaba, con el temor de no acordarme luego para referírselos. Nunca me había preocupado por mis sueños ni les había buscado un sentido, pero cuando durante noches y noches soñaba con la misma casa de piedra, alta y estrecha, con unas vigas enormes de madera en el techo y el suelo de cristal, con un horno en medio donde yo hacía pan…empecé a pensar seriamente que debía de estar enloqueciendo. Y en esa casa siempre estaba Alexander y de vez en cuando un niño pequeño, a veces un bebé y en otras ocasiones ya con dos años, aunque en realidad era la misma criatura en distintas fases. De vez en cuando aparecían Leo o Sara Patricia también, y una pérfida niñita de unos tres años, con coletas y que se pasaba la vida ideando travesuras para quitarme la paz y la tranquilidad.




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