29 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 6



Alexander me decía que eso eran recuerdos de un pasado o quizá premoniciones futuras, pero le rebatí estas ideas con sólidos argumentos: no había niños en mi futuro, ya no estaba en edad de ponerme a parir, sino más bien de que mis hijos me hiciesen abuela; y en cuanto al pasado, ¿cómo podía ser si nos acabábamos de conocer? Pero él me llevaba la contraria, convenciéndome por un momento de que dos personas con tanto en común como nosotros provenían no de una, sino de muchas vidas anteriores juntos. Aunque no me atrevería a confesarlo a nadie, empecé a tomarme en serio la idea, tal era el grado de afinidad que teníamos los dos.
No pude evitar hablarle a Alexander de mis hermanas perdularias. No habíamos vuelto a vernos desde aquel encuentro fortuito en el aeropuerto, pero él ya formaba parte de mi rutina diaria. Cuando llegaba a mi despacho a las nueve de la mañana lo primero que hacía era encender el ordenador y tomarme un capuchino. Inmediatamente me saltaba en la pantalla un muñeco absurdo con los bigotes de Dalí y una paleta de pintor que me decía con voz chillona “tienes un mensaje”. Y yo sabía que no era un mensaje de trabajo, porque había creado una cuenta de correo única y exclusivamente para él y ese avisador era solo para esa cuenta determinada. Así que con el corazón cabalgando como un potro desbocado, abría la carpetita amarilla y solía encontrarme con que me había escrito a horas inverosímiles; a veces tan sólo era una frase cariñosa, o una canción, o un fragmento de algún poema. Daba igual; si me hubiese mandado un versículo del Antiguo Testamento en arameo, igualmente me hubiese sentido flotando.
Alexander era un hombre callado; en nuestras conversaciones telefónicas yo era la que hablaba sin parar y él, con la paciencia de un verdadero santo, aguantaba con estoico valor mis largas peroratas sobre los temas más disparatados. Ni una sola vez que le hablé de las perdularias, incluso de las cosas más extrañas que habíamos hecho o de nuestras conversaciones surrealistas, se permitió una pequeña risa. Cierto es que no le veía la cara al otro lado del teléfono, y quizá fuese de los que se ríe hacia dentro, pero de todas formas, justo es reconocer que sabía escuchar, que es mucho más de lo que suelen hacer la mayoría de los hombres. Tampoco se inmutó cuando le hablé de Anastasia y su estrambótica idea del tuppersex.
-Y al final, ¿Cuándo haréis esa reunión?-me preguntó de manera tan normal como si estuviésemos hablando de ir de compras.
-Dentro de dos días.
-¿Me contarás cómo os ha ido?
-¿Tú qué clase de pervertido eres?-le acusé.
-Creo que de ninguna clase; pero tengo curiosidad por saber la reacción de cada una de tus amigas. Me has hablado tanto de ellas que me parece conocerlas y me apetece saber lo que dicen. Llámalo curiosidad de escritor.

Esto hizo que se me disparasen todas las alarmas y se me encendió una lucecita roja.
-Oye, si descubro que usas lo que te cuento de mis amigas para escribir alguna historia truculenta, te cortaré ciertas partes colgantes de tu anatomía-le amenacé, dejando que saliese mi vena borrica y sanguinaria, sin pensar apenas en lo que decía.
Ahora sí que oí una carcajada al otro lado de la línea.
-¿De verdad lo harías? Igual no sería tan buena idea. Al menos deberías esperar un poco y decidir si merece la pena amputar o no…Y a todo esto, igual sería interesante que nos viésemos de nuevo.
-¿Por qué me lo dices ahora?
-Tenía pensado decírtelo desde que empezamos la conversación, pero la verdad es que no me has permitido meter mucha baza…
Hablábamos por teléfono y a través de nuestros correos desde hacía meses pero ninguno de los dos había dado paso alguno para vernos de nuevo. Nos separaban más de quinientos kilómetros, pero ese no era el problema principal; en una hora de avión estaríamos juntos. Creo que ambos teníamos miedo, más del que éramos capaces de confesar. Me quedé callada, paseando por mi cuarto con el inalámbrico en la mano. Me detuve para colocar bien el edredón encima de la cama, alisando arrugas imaginarias, alineando los almohadones, cambiando de lugar los cepillos del pelo y los botes de crema encima del tocador. Como siempre que estaba nerviosa, me calmaba hacer algo mecánico con las manos.
-¿No me dices nada? Si no quieres verme, dímelo al menos, ¿no?
-Alexander…no, no es eso. Es que me has pillado de sorpresa.
-Pero ya te imaginarías que algún día tendríamos que volver a vernos, ¿no? ¿O eres de las que solo quieres relaciones virtuales?
-No, claro que no-volví a negar. Bueno, ya sabes.
-Tienes miedo.
No preguntaba, sino que estaba haciendo una afirmación, con su voz de siempre, tranquila y pausada.
-Pues si te consuela, yo también lo tengo-me confesó. Igual es hasta normal que tengamos cierto miedo, pero, Guiomar, yo tengo ya cincuenta y dos años, no me sobra el tiempo. Tendré que aparcar el miedo y seguir viviendo, ¿no te parece?
-Me parece-le contesté, dándome cuenta de que tenía razón. Bien, no sé cuándo habías pensado que nos viésemos, y donde. Yo podría disponer del fin de semana próximo, desde el viernes a las doce hasta el lunes por la mañana.
-Pues ven a mi casa entonces en esa fecha.
-No, a tu casa, no. No estoy preparada para eso todavía. Quiero que sea en terreno neutral.
-Entiendo entonces que tampoco me invitarás a la tuya.
-No lo tomes a mal, Alexander, prefiero que nos veamos en un hotel, la primera vez- añadí, pensando que como siguiese haciéndome la difícil igual no habría una segunda.
-Bien, como quieras. ¿Me dejarás que busque yo el hotel?
-Sí, eso sí, tampoco es que lo tenga que controlar todo.
No me contestó, pero su risa contenida al otro lado de la línea fue suficiente.
Aquella tarde, como por casualidad, aunque ya me he dado cuenta hace tiempo que hay pocas casualidades, Laura me llamó para invitarse a cenar. No tenía ganas de preparar nada pero ella se ofreció a traer comida y no supe negarme; quizá porque me di cuenta de que tenía algo que decirme. Y no me gustaba la sensación que se me estaba aposentando en el estómago. Laura había propuesto traer comida mexicana y esto solo lo hacía cuando estaba muy desesperada. ¿Habría vuelto el gañán de los cerdos o las gallinas? Dios mío, ¿Cuándo tendría algo de paz en mi vida? Por unas o por otras, cuando no era por mí misma, mi vida daría no para una novela trágica, sino para uno de esos culebrones que duran tres o cuatro años, en los que la protagonista resulta ser la hija secreta de la mala malísima que la abandonó al nacer y que, no sabiendo quien es, ahora la ha dejado sin trabajo, la ha atropellado con el coche dándose a la fuga y encima se ha liado con su marido.
A las nueve en punto Laura tocó al timbre. Venía vestida totalmente de negro y eso ya me preparó para enfrentarme al desastre. Laura se viste según se vea el aura al levantarse de la cama; puede ser azul pálido, lila desvaído, rosa chicle, color aguamarina…marrón o tal vez gris. Pero solo se viste de negro cuando las cosas van muy mal y piensa que la buena suerte la ha abandonado. Entró en la cocina y dejó su cargamento encima de la mesa después de darme un abrazo sin fuerza. La vi pálida y con los ojos hinchados, como si hubiese estado llorando.
-¿Viene alguien más a cenar?
-No, ¿por qué lo preguntas?
-Porque has traído comida para un regimiento.
-No, estaremos las dos solas. Pero yo estoy muy mal y necesito comer mucho.
Una de las características de Laura es que se pasa la vida controlando las calorías y sobre todo alimentándose de comida sana; menos cuando se encuentra deprimida, que es capaz de zamparse dos tabletas de chocolate de una sentada, y de postre un paquete grasiento de patatas fritas o de cortezas. Pero ya cuando elige burritos y guacamole es que la cosa va rematadamente mal. Yo, en previsión de lo que me esperaba y en favor de mi estómago, había preparado una ensalada de canónigos y rúcula. Apenas nos habíamos sentado empezó a comer desaforadamente, haciéndolo bajar todo con grandes tragos de tequila. La noche prometía ser animada. La dejé hacer mientras picoteaba mi ensalada y la miraba de reojo como engullía la comida como si le fuese la vida en ello. Cuando ya no pudo más apartó el plato de si con asco y después de limpiarse los labios con la servilleta y beber de un trago el tequila, me miró de manera acusadora.
-¿Por qué me has dejado que me llene como una cerda? Ahora tendré que hacer una semana de dieta depurativa. ¿Y tú eres mi amiga?
No le contesté; a eso seguiría una tanda de reproches por cosas que habían sucedido muchos años atrás, y tal vez algún insulto; siempre pasaba lo mismo; lo único que podía variar era el orden en que sucedían las cosas.
-Pero no sé por qué me asombro. Eres la misma que cuando teníamos nueve años me diste una paliza en el patio del colegio.
-Tú me mordiste antes-le respondí sin inmutarme.
-Sí, pero tú me habías roto el lazo rojo.
-Eso fue cuando teníamos siete años.
-Me da igual-me respondió con voz de víbora. En todo caso recuerdo perfectamente cómo te pasaste una tarde entera hablando de Goethe con aquel chico que me gustaba, y el muy zopenco se pasó ya todas las vacaciones detrás de ti y a mí no me hizo ni caso.
-Te recuerdo que yo en aquel momento ya salía con ese gilipollas con el que luego me casé y ese poetastro al que le ibas detrás me importaba tres pepinos.
-Sí, pero igualmente me hiciste sufrir-vociferó, empezando a llorar.
Era la señal para que la abrazase y le preguntase qué le pasaba. Ella se haría de rogar unos cinco o diez minutos y luego me lo contaría todo. Suspiré, cansada. Menos mal que era una buena amiga, porque cada vez me costaba más seguir sus delirios. Por fin, siete largos minutos más tarde, empezó a contarme sus problemas con voz entrecortada.
-Mi hija Ana quiere ser monja.
La aparté de mi para mirarla a la cara y también porque me estaba dejando la blusa perdida de lágrimas y mocos.
-¿Cómo que monja? ¿De las de verdad, las que llevan hábito y rezan?
-¿Pues cuales si no?-me preguntó enfadada, sonándose la nariz.
-Por un momento pensé que quería entrar en nuestra orden.
-Ojala fuese eso. Sería un mal menor.
-Pues no lo entiendo. ¿Acaso tu hija es religiosa? Es la primera noticia que tengo.
-Yo también. Si no había pisado una iglesia desde que se confirmó a los catorce años.
-¿Entonces?
-En la Universidad ha conocido a una gente muy rara y…ya ves-dijo, extendiendo las manos en un gesto de impotencia.
-Pues sí que andamos bien-susurré para mí misma.
-Pero eso no es lo peor
Le hice un gesto para que siguiese hablando. No soporto los misterios ni los silencios.
-Mi suegra me visita-me dijo en voz baja, acercando su boca a mi oído. Apestaba a alcohol. Y pensé que debía de estar muy borracha, dado que su suegra, una bruja con toda las de la ley, llevaba diez años dando malvas, gracias a la intercesión divina y después de haberse llevado un disgusto monumental. Siempre pensé que se había envenenado al morderse la lengua en un ataque de soberbia.
-¿No me dices nada?-me reprochó Laura sonándose de nuevo la nariz, y arrojando el papel, la muy asquerosa, encima de los restos del burrito y el guacamole.
-Pues no sé qué quieres que te diga. Esa bruja está muerta, no puede venir de visita a tu casa.
Se levantó y me miró retadora, los brazos en jarras y el rímel corrido de tanto lloriqueo.
-Ah, claro, aquí quien tiene línea directa con el Más Allá es la señora. ¿No dices que tu padre te guía y que te mandó claramente que le pidieses el divorcio al cáncamo de tu marido?
-Eso es muy diferente-le contesté, empezando a recoger los platos y a enjuagarlos bajo el grifo para luego meterlos en el lavavajillas.
-No sé por qué diablos es distinto. Tu padre se murió hace doce años.
-Sí, pero mi padre era un buen hombre y tu suegra una desgraciada que todavía debe de estar en el infierno con todos los demonios pinchándole el culo. Además, ¿qué tiene ella que decirte?
-No lo sé, no me habla, sólo se para delante de mi cuando estoy en la cama y me mira fijamente, con ojos acusadores.
-¿Y de qué tiene ella que acusarte? Al fin y al cabo la aguantaste muchos años con paciencia franciscana, la cuidaste cuando estuvo enferma y te ocupaste de su hijo.
Como no me contestaba, me giré para verla. Estaba retirando el mantel de la mesa y doblándolo pulcramente, aunque para mí que el tequila hacía su efecto porque se apoyaba demasiado en las sillas de vez en cuando.
-¿Hay algo que me ocultas?-le pregunté en voz baja pero mirándola con insistencia. Tienes una cara de culpabilidad…
Se sentó de nuevo y después de agachar la cabeza y acariciar el bulto del mantel en su regazo como si fuese la cabeza de un bebé, empezó a hablar con la voz algo estropajosa por el alcohol.
-Es cierto que con ella me porté mejor de lo que merecía, la asquerosa, porque bien sabe Dios que me trató como al trapo para limpiar los zapatos. Y a mi suegro le cuidé con todo mi cariño, él era un buen hombre-resumió en una frase, para diferenciar.
-¿Y entonces? A tu marido también le aguantaste todo y más.
-Sí, pero quizá no me porté demasiado bien con él al final.
Me estaba intrigando. La insté con la mirada a que siguiese.
-Cuando le dio el infarto, al principio pensé que estaba fingiendo, porque estábamos en medio de una discusión porque se había gastado diez mil euros en una joya para su última amante. Y…me detuve más tiempo del necesario antes de llamar a urgencias. De verdad que pensé que fingía, no era la primera vez que lo hacía para escurrir el bulto-se justificó.
Me senté a su lado y le acaricié la mano e intenté calmarla.
-No te atormentes con eso. Creo que igualmente se hubiese muerto.
-Pues yo creo que no. Por eso viene su madre a echármelo en cara.
-Yo no estaría tan segura de que tu suegra venga de verdad a verte.
-Claro que sí. Y si te lo he contado a ti es porque sé que crees en esas cosas.
No podía defenderme. Era cierto que desde pequeña había tenido premoniciones y era capaz de ver cosas que los demás no veía, pero en este caso estaba segura de que era la mala conciencia de Laura la que le hacía ver fantasmas donde no los había. Así se lo intenté explicar, pero cuando iba por la mitad la oí roncar; el tequila me había ganado la partida. A ver cómo me las arreglaba para acostarla.
Como pude la arrastré a la cama y cuando ya estaba yo misma acostada recapacité sobre lo que me había contado Laura. Me preocupaba, más que sus alucinaciones con su suegra, lo de la niña. Ana era de la edad de mi hija Irina y hasta donde yo sabía, una chica completamente normal, que nunca había destacado en nada. Ya sé que dicho así suena muy mal, pero es la pura verdad. Era una niña encantadora y cariñosa, bastante inteligente pero muy floja para el trabajo, con lo cual sus notas no solían ser demasiado buenas. Era simpática y solía dejarse llevar demasiado por los demás; por eso podía, hasta cierto punto, entender que si había conocido a alguna chica de esas fanáticas con la religión estuviese pensando en entrar en un convento. Pero, recordé quizá para tranquilizarme, también era muy veleta, y sus ideas iban y venían como en un carrusel. Me di la vuelta en la cama y me abracé a la almohada, esperando conciliar el sueño; aunque era inútil, ya estaba totalmente desvelada y echándome la bata sobre los hombros fui a la cocina para hacerme un té de menta. Mientras llenaba de agua la tetera y la ponía al fuego, recordé a mi padre. Llevaba doce años muerto; pero yo le seguía sintiendo a mi lado. Lo que había dicho Laura era verdad y no fruto de sus excesos con el tequila. Cuando mi matrimonio estaba roto ya desde hacía mucho tiempo y yo, tercamente, me resistía a darlo por terminado, porque era como reconocer que había fracasado y además me daba miedo volver a iniciar una vida en solitario, fue el espíritu de mi padre quien me dio el empujoncito que estaba necesitando. Lo recuerdo como si acabase de pasar. Una noche, después de una de las muchas discusiones con mi marido, en vez de irme a la cama me senté en el jardín, en uno de los escalones del porche. Estábamos en junio y por las noches todavía se sentía algo de fresco, pero yo estaba hirviendo de furia por dentro y a pesar de mi fino pijama de seda no sentía frío, todo lo contrario. Estaba allí sentada, oliendo el perfume del jazmín que tenía a mi lado, en su maceta, y observando como una boba las luces de la casa del vecino, cuando sentí como una ráfaga de aire frío en mi espalda. Me estremecí, pero era incapaz de moverme para buscar el abrigo de la casa. Y en un segundo temblé porque me di cuenta de su presencia; mi padre estaba a mi lado, de la misma manera en que lo estaba cuando era niña y cada noche venía a mi cuarto y me arropaba. Sentí su olor inconfundible y podría jurar delante de un tribunal que noté su beso de buenas noches en la frente. Bastó esa sensación para que de repente me diese cuenta de que estaba desperdiciando mi vida. Al día siguiente a la hora del desayuno, mientras le servía el café y el zumo a mi marido, le anuncié con mucha tranquilidad que esa misma mañana pondría en marcha la demanda de divorcio. Él me miró como si le hubiese dicho que me iba a Marte en una nave espacial; y siguió tomándose el café. Creo que no me creyó hasta que estuvimos en el juzgado firmando los papeles.


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