30 de agosto de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 7


Dos días antes de ir al encuentro de Alexander tenía por delante varias cosas difíciles: un caso complicado en el trabajo, comprarme ropa adecuada para el viaje y la sesión de tuppersex con las chicas. Lo del trabajo al final se solucionó mejor de lo que yo pensaba y esto me dio una cierta tranquilidad para los otros cometidos que debía emprender. Pero quizá, por una vez en la vida me olvidé de la ley de Murphy y fue demasiado optimista. Y el optimismo nos quita la prevención y nos hace ser descuidados y cometer errores. El primero que cometí fue irme de compras con Sara Patricia y Luisa Fernanda. Para esas cosas delicadas lo mejor es ir sola, pero el mal ya estaba hecho. Salí de trabajar a las tres y quedamos para comer algo en el centro comercial al que solíamos ir siempre. El primer problema se presentó con la elección del restaurante. Yo quería comer algo rápido, una ensalada o un sándwich, pero mis amigas decidieron que nos teníamos que dar un homenaje y comer como Dios manda, que no se todavía que significará esa frase hecha. Entre las dos se pelearon más de diez minutos porque Luisa Fernanda quería comer en un italiano y Sara Patricia en un hindú. Al final entramos en un local donde servían todo tipo de comida, pero su especialidad eran las crepes. Pedí una vegetal y me sorprendí de lo buena que estaba. Ya más animadas por la comida, emprendimos la ardua tarea de aprovisionarme de ropa adecuada para mi encuentro amoroso, o al menos esperaba que eso fuese. Lo primero fueron los zapatos. Yo tenía las ideas muy claras y sabía desde el principio lo que quería: unos zapatos de tacón alto, de aguja, y a ser posible de color rojo. Pero Luisa Fernanda opinaba que era calzado de puta y que me rompería una cadera en el empeño de andar como una persona normal. Le expliqué por activa y por pasiva que el rojo era mi color favorito y que andaba con tacones desde que a los dos años le robaba del armario los de mi madre, con lo cual no corría peligro de caerme. Siguió frunciendo el ceño y mascullando acerca de las mujeres perversas que se visten como furcias. No me di por aludida y al final Dios premió mi paciencia poniendo a mi disposición unos zapatos hechos a mi medida, y por buen precio. Salí de la zapatería contenta con mi botín y eso fue lo que me imagino que hizo salir al demonio perverso que siempre supuse que Sara Patricia llevaba dentro.
-Y al final, ¿dónde has quedado con el misterioso amante?
-Se llama Alexander.
-Bueno, como se llame. ¿Dónde habéis quedado?
-Me irá a buscar al aeropuerto e iremos a un hotel. No tengo ni idea de cuál, él se ha encargado de buscarlo y me ha dicho que sería una sorpresa.
-¿Y por qué no en su casa?-inquirió Luisa Fernanda, dándome un toque en el brazo para llamar mi atención, a pesar de que sabe que odio ese gesto.
-Porque yo no he querido. No me apetece todavía meterme en su casa, me parece demasiado íntimo.
-Demasiado íntimo-se burló ella. Si ya has maquinado acostarte con él, ¿qué puede ser más íntimo?
-Dejadme las dos en paz. No he dicho que me fuese a acostar con él.
-Pues no os vais a pasar la noche rezando el rosario, digo yo-terció Sara Patricia.
-A lo mejor pide habitaciones separadas, si es un caballero de verdad-adujo Luisa Fernanda.
Di un respingo al oírla. Si pidiese habitaciones separadas me daría un disgusto enorme, aunque a éstas dos nunca se lo confesaría.
-Si hace eso, nena-dictaminó Sara Patricia-es que es impotente y como tal un frustrado de mucho cuidado que a la menor ocasión te torturará de mil maneras y luego te matará, te descuartizará en la bañera y acabarás en un contenedor de basura, desmembrada en varias bolsas.
-Basta ya-les grité. No quiero oír más bobadas por hoy.
Y entré en una boutique para elegir un vestido. Después de mucho pensar me decidí por uno de color negro de corte sencillo, ligeramente escotado, sin hacer caso de las barbaridades que me recomendaban ese par de chifladas. Acababa de comprarme un collar corto de perlas que iba muy bien para ese traje. Sólo me quedaba elegir la lencería, que era el paso más delicado, y además arrastrando a mis dos amigas, a las que ya lamentaba no haber envenenado a la hora de la comida. Cada una de ellas me aconsejó un conjunto de lo más inadecuado. El que me trajo Luisa Fernanda era el ideal para la primera noche de una novicia en el convento y el de Sara Patricia haría sonrojar a la puta más experimentada. Así que haciendo caso de mi escaso y olvidado sentido común me compré un camisón corto pero no escandaloso, con las transparencias necesarias y en los lugares oportunos.
Cuando ya pensé que mis problemas se habían terminado decidieron que había que merendar y para ir más libres dejamos las bolsas en unas taquillas tan modernas que en lugar de la consabida moneda, había que teclear un código. Sara Patricia, por supuesto, se encargó de hacerlo; nada podía escaparse a su control. Todavía me culpo por haberlo permitido, después de saber que un pez tiene más memoria que ella. Después de tres intentos fallidos, el cierre se bloqueó y nos vimos obligadas a ir en busca del guarda de seguridad, que resultó ser un chico muy guapo y con la edad justa para ser nuestro hijo.
-No hay problema, chicas-nos dijo, muy amable. Y las dos pánfilas se relamían al mirarle y sobre todo al escuchar lo de “chicas”. Pero para saber que la taquilla era de verdad la vuestra, y no es que desconfíe, tenéis que decirme al menos tres cosas que haya en las bolsas.
Silencio sepulcral mientras el guarda nos miraba, ya algo impaciente. A final decidí hablar; no me quedaba más remedio.
-Unos zapatos rojos de tacón de aguja, un camisón corto y un collar de perlas.
Asintió con la cabeza, mirándonos de reojo y abriendo al mismo tiempo la taquilla con su llave mágica. Me entregó las bolsas con un ligero gesto de burla, y ya en lo que restó de tarde no pude desprenderme de la idea de que me la había dado a mí porque me consideraba la más golfa de las tres. Malditas fuesen aquellas dos idiotas que me metían en semejantes líos.
No estaba del mejor humor del mundo cuando llegamos a casa de Leticia, que era donde tocaba la reunión aquella semana. Ya habían llegado todas, excepto la estrella, Anastasia, que vendría con toda su artillería pesada. Las conocía lo suficiente para darme cuenta de que todas las Perdularias, incluyéndome a mí, estábamos algo nerviosas. Teníamos mucha confianza entre nosotras y habíamos pasado juntas por situaciones verdaderamente complicadas, pero aquello…era algo inusitado de verdad. Venía a ser algo así como un rito de iniciación de los que se suelen pasar en los colegios mayores de la universidad, y no entre mujeres de mediana edad, exceptuando a la pobre Claudia, que estaba sentada, muy encogida, en un extremo del sofá, con sus piernas de gorrión inverosímilmente dobladas. Cuando llegó Anastasia, vestida con una falda de cuero negro, botas altas y jersey de leopardo muy escotado, confieso que estuve a punto de esconderme en el baño porque pensé que pronto llegarían los leones, dado que la domadora ya había entrado. Nos saludó a todas con una amplia sonrisa, digna de los mejores anuncios dentífricos.
-Bueno, bueno, ¿estáis preparadas para el show?
Torcí el gesto y la miré de reojo.
-Depende. Si el show incluye algún número con fieras, yo me rajo. Los carnívoros no son de mi preferencia.
-Guiomar, siempre tan chistosa-me contestó con una sonrisa algo torcida. Había algo en esta mujer que no me gustaba ni pizca y me hacía desconfiar. Pero ahora que se había unido al grupo, intentaría soportarla de la mejor manera posible y al mismo tiempo estar en guardia por si intenta hacer alguna barrabasada.
Mientras ella empezaba a sacar de un maletín artilugios extraños, de mil formas y colores, desde algunos que semejaban huevos de Pascua a otros que parecían balas de cañón, las chicas iban mirándolos entre asustadas y curiosas. Pero Leo, que es muy poco impresionable, y a los cinco minutos ya estaba aburrida de oír hablar de preservativos con sabor a fresa, consoladores psicodélicos, bolas chinas de colores y vibradores a pilas, decidió que lo verdaderamente divertido era averiguar cómo pasaría yo el fin de semana. Empezó por sentarse a mi lado, sosteniendo en precario equilibrio una taza de café, que en lugar de la infusión iba llena de chinchón casi hasta el borde.
-Y tú, perdida, dinos los planes que tienes para el fin de semana-me apremió, dándome un codazo.
Hoy todas ellas estaban decididas a toquetearme, cosa que odio, y a hacerme preguntas indiscretas, lo cual todavía me parece más detestable.
-Pero si ya todas sabemos que se va a ir con el alemán-dijo la inocente Leticia.
-Ya, pánfila, pero queremos saber más. ¿Dónde vais a estar?
-En un hotel-le respondí de manera cáustica.
-Pero, ¿en cuál?
-No lo sabe. La idiota le ha dejado que lo elija él-terció Sara Patricia. Verás como acaba en una pensión de mala muerte donde cambian las sábanas de higos a brevas y encima le tocará pagar la cuenta.
-Ay, nena, tú llámanos apenas llegues, a ver si te va a hacer algo malo-susurró Leticia en voz baja y mirando a los lados, como si alguien estuviese vigilándonos.
-Mira quien fue a hablar, la que se ha liado con el presidiario-soltó Luisa Fernanda.
-Bueno, pero lo de ésta ya no tiene remedio-adujo Leo. Ahora bien, que la Madre Superiora se haya olvidado las neuronas en el cajón donde se guarda la ropa interior, ya tiene más delito. Esta tiene razón, llámanos para que nos quedemos tranquilas. Aunque que sepa ese alemán hijo de perra que si te toca un solo pelo le corto los huevos, los frío y me los como en el desayuno.
Di gracias a Dios de que Alexander no pudiese oírla, porque era tal la cara de furia que tenía que dudo que hubiese accedido a verme, por si las moscas. Decidí que la cosa había ido demasiado lejos.
-Es un hombre normal y corriente y yo una mujer que sabe cuidarse sola. Os agradezco mucho el interés, pero no es necesario.
-Pues claro que lo es, guapa-opinó Luisa Fernanda. Aquí como los mosqueteros, ya sabes, una para todas y todas para una.
-Sí, sobre todo en lo que se refiere al cotilleo-rezongué.
-También-coincidió Sara Patricia. Pero no te olvides de tomar buena nota de todo para contarlo a la vuelta. Queremos detalles.
No le contesté y me volví hacia nuestra recién encontrada Anastasia, que nos miraba a todas fijamente y callaba, como filmándolo todo, pero sin hablar. Eso era lo que más miedo me daba, someterme a su escrutinio. No me importaba demasiado que mis hermanas perdularias supieran cosas de mi vida; al fin y al cabo habíamos compartido ya casi todo lo imaginable. Pero que esta amazona de aspecto leonino estuviese enterada de mis recién estrenados escarceos amorosos me producía una especie de sarpullido, como cuando la madre se empeña en ser amiga de la hija y decide irse con ella y sus amigas de juerga. No, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, como decía mi abuela. Intenté echar balones fuera y emplear los recursos que tenía más a mano.
-Bueno, ¿nadie se anima a comprar una de esas cosas que parecen proyectiles? Confieso que me dan algo de respeto-musité, tocando uno de ellos de color rosa chicle con la punta de los dedos, como si fuese a morderme.
Claudia me miró de reojo y sonrió, tapándose la boca con la mano, como una niña cogida en falta.
-A mí esos no me dicen nada. Creo que me llevaré éste, que lleva pilas-dijo Leticia.
Se encogió de hombros al ver que todas la mirábamos pero sin hablar.
-Es por comodidad. Vamos, que no es necesario hacer la mayonesa a mano si tienes una batidora-se justificó.
Leo empezó a reírse con una risa floja al principio, y luego con francas carcajadas, y poco a poco todas la fueron imitando.
-Di que sí, eres la más genuina de todas, mi niña. Que Dios bendiga la inocencia. Todas pensamos parecido pero nadie se ha atrevido a decirlo.
-Bueno, yo desde luego no-rebatió Luisa Fernanda con cara avinagrada. Ni siquiera me he parado a mirar esas guarradas.
-Pues las ha traído tu prima, rica-le dije yo, harta ya de tanta santurronería.
No me respondió nada. Se limitó a mirarme de reojo, envolviéndose en el chal gris perla que llevaba sobre los hombros. Era curioso como cada una de nosotras nos afianzábamos con distintas prendas de ropa. Yo era la reina de los zapatos; los tenía de todas las formas y colores y en broma alguna vez Laura me había llamado Imelda. A ella en cambio le encantaban los sombreros y todos le sentaban bien; hasta los más extraños, para envidia mía, que era demasiado bajita y mi cabeza muy pequeña, con lo cual siempre acababa pareciendo una seta trasplantada. A Leo le gustaban los chalecos y a Sara Patricia las pulseras, pendientes y abalorios. Leticia nunca salía de casa sin algún cinturón vistoso y Claudia…pobrecilla, hasta ahora todavía no había reunido el suficiente valor para ser ella misma. Pero si algo en el mundo le encantaba a Luisa Fernanda eran los chales y mantones. Hasta uno de Manila tenía y según su humor se arrebujaba en ellos con más o menos brío.
-Pero bueno, no me digáis que nunca habíais visto estas cosas-nos acusó Anastasia con mal disimulado desprecio. Aunque la acababa prácticamente de conocer, no era difícil saber cuál era su debilidad en cuestión de trapos: vestirse de buscona barata.
-Igual es que a nosotras no nos hacen falta sucedáneos porque nos sobran los hombres-fanfarroneó Leo, siempre en su papel de matona de barrio. Quien no conociese su tierno corazón como yo se asustaría al verla y oírla. Pero creo que para nuestra desgracia Anastasia tampoco era de las que se asustaba fácilmente. Que Dios me diese paciencia o me llevase pronto a su vera.
Al día siguiente, viernes, era cuando debía encontrarme con Alexander y sería necio decir que no estaba nerviosa. A tanto llegaba mi inquietud que dejé todo preparado para no tener que ir al despacho aquella mañana; así tendría más tiempo para hacer la maleta y para convencerme a mí misma de que todo iría bien. Nada más llegar a casa me preparé un buen baño con esencia de vainilla, encendí un par de velas y puse música de violín, que era lo que siempre me ayudaba a relajarme. Pero como la tostada siempre se cae del lado de la mantequilla, empezó a sonar primero el teléfono y a los cinco minutos el móvil, que había dejado dentro del bolso, en el mueble de la entrada. Eso bastó para que la tranquilidad me abandonase. Quien llamaba era alguien cercano, porque pocas personas tenían mi número de móvil. Pensé en mi madre, si le habría pasado algo; y luego en mis hijos, que pisaban siempre el acelerador del coche como si llevasen cola en el zapato. Ya no fui capaz de seguir en el cálido abrazo que me proporcionaba el agua caliente, cual un claustro materno perfumado. Me puse el albornoz y fui descalza, dejando la marca de mis pies mojados en el suelo, a ver quién me había llamado. Me sentí aliviada y enfadada a la vez cuando descubrí que la llamada era de Claudia. Sentí la tentación de no hacer caso, pero me dije a mi misma que algo había pasado para que una chica tan tímida y apocada me llamase a las once de la noche. Me contestó enseguida, como si estuviese esperando con el teléfono en la mano.
-¿Ha pasado algo?-le pregunté, preocupada.
-No, claro que no. ¿Qué iba a pasar?
-Mujer, pues no me parece normal que me llames a estas horas cuando acabamos de estar juntas.
Hubo un silencio en el otro lado, y me la imaginé mordiéndose los labios, como solía hacer cuando estaba nerviosa.
-Ya, perdona, es tarde, lo sé. Es que no me acordé de decírtelo cuando estuvimos en la casa de Leticia.
Me impacienté al pensar que había salido de mi relajante baño para nada y la apremié con algo de brusquedad para que siguiese hablando.
-Simplemente quería saber quién te va a llevar mañana al aeropuerto.
-Pensaba pedir un taxi; me sale más barato que dejar mi coche en el parking.
-Yo podría pasar a recogerte a la hora que me digas.
Me quedé sorprendida y avergonzada a la vez. Esta pobre niña me llamaba para hacerme un favor y yo me enfadaba con ella.
-Pues…si quieres. La verdad es que me vendría bien; me pone nerviosa pensar que pueda llegar tarde porque el taxista sea poco formal y se retrase. ¿Puedes venir a las diez?
-Como un clavo, ahí estaré.
Nos despedimos y me fui a la cama con algo de remordimiento. Eso era muy propio de mí, siempre acababa por encontrar algún motivo para sentirme culpable. No sé si se debía a la educación que nos inculcaban en la infancia o a que por genética solía sentirme mal por todo lo que pasaba a mi alrededor, por sistema. De todos modos, daba igual, ya me moría con la sensación de culpabilidad siempre a la espalda.








No hay comentarios:

Publicar un comentario