9 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 51



Desde las cinco de la tarde del día siguiente estaba preparada para ir al aeropuerto, a pesar de que ya sabía que el avión no llegaría hasta las ocho, y contando que no llegase retrasado. Elegir la ropa que me había de poner me creó un pequeño dilema, porque siempre pensé que la primera visión de una persona es la que se queda en la retina, y en honor a mi hija, quería que su novio tuviese una buena imagen de mí. Daniel, desde luego, no me ayudó en nada; se limitó a decirme que todo me quedaba bien, y que tampoco hacía falta vestirse de gala. Por fin me decidí por un vestido azul, ligeramente escotado, ahora que de nuevo me lo podía permitir. A las seis y media logré convencer a Daniel para que saliésemos ya, a pesar de que nos sobraba tiempo. Pero estaba demasiado nerviosa para esperar en casa.
-A ver si recuerdo mi inglés para poder mantener una conversación normal con él.
-No te hará falta, habla español bastante bien.
-¿Y tú como lo sabes?-me asombré.
-Porque me llamó por teléfono ayer, y estuvimos charlando un rato.
-Nunca entenderé porque eres tan callado. ¿Por qué no me lo has dicho?
-Yo que sé, Nefertiti, me olvidé, supongo. Ya sabes cómo soy.
Si, lo sabía. Y no es que se olvidase, es que le gustaba, no se por qué, dar las noticias en episodios. Pero sus otras virtudes superaban con creces estos pequeños defectos, y además, hoy estaba contenta, porque de nuevo iba a ver a mi hija y nadie podía ponerme de mal humor. Tuvimos que esperar casi media hora a que llegase el vuelo, pero Daniel tuvo la galantería de no reprocharme nada.
Cuando en las pantallas informativas apareció el aterrizaje del vuelo me fui corriendo hasta delante de la puerta, a pesar de que ya sabía que tardarían un rato en salir. Pero la impaciencia me podía, y me parecía que si yo me acercaba, podría abrazar antes a Úrsula. Por fin la divisé, a lo lejos, al lado de la cinta del equipaje. Apreté el brazo de Daniel, y el me miró sonriendo, como si no supiese que hacer conmigo. En menos de cinco minutos estaba abrazando de nuevo a mi hija, y las dos mezclamos nuestras lágrimas, esta vez de alegría. La separé de mí para verla mejor. Estaba todavía más guapa, si cabe, que en Semana Santa. Será verdad lo que dicen, que el amor embellece. Me soltó de la mano y cogió la de su novio, acercándose los dos.
-Os presento a Mark Porter, mi novio, como ya os he dicho. Mark, esta es Elena, ni madre, y el hombre que en pocos días será su marido; mi querido Barbas-dijo abrazándole; para ti don Daniel Mendoza.
-Simplemente Daniel-añadió el aludido, estrechándole la mano.
Yo me quedé bastante sorprendida cuando el muchacho se adelantó y antes de darme un beso en la mejilla me besó la mano, como todo un caballero medieval. Pensé que eso ya no se hacía, o al menos no los jóvenes, y menos los americanos.
Era muy guapo; tan alto como Daniel, aunque menos corpulento tal vez. Todo él emanaba un aire de seguridad y elegancia, que hacía que se distinguiese de los demás.
-Encantado de conocerla, señora. Aunque me parece que ya la conocía bastante, por todo lo que su hija me ha hablado de usted.
-Espero que no fuesen cosas demasiado malas-le contesté. Y por favor, no me llames señora ni me trates de usted. Me llamo Elena, y prefiero que me tuteen. Ya me siento bastante vieja.
Sonrió. Y me di cuenta de que tenía una sonrisa muy hermosa. Daniel y él cogieron las maletas y mi hija me agarró de la mano para ir caminando hasta el coche. Nos adelantamos un poco con respecto a los hombres, que tuvieron que detenerse en el parquímetro.
-¿Qué te parece, Mamá? Quiero sinceridad.
-Me gusta. Me parece muy educado, y desde luego no se puede negar que es guapísimo. Tenía razón Daniel cuando me dijo que se parecía a Sydney Poitier.
-Lo mejor de todo es que nos queremos, y que es un hombre excelente, aunque Papa se niegue a conocerle.
-¿Qué pretexto te puso?
-Al principio me decía que tenía un viaje programado desde hacía tiempo, pero cuando le acorralé no le quedó más remedio que confesar que no podía concebir la idea de tener un nieto negro el día de mañana. A eso se reduce todo el problema. No quiere ni siquiera saber qué tipo de persona es, ni si me hace feliz. Para él es negro, y eso le basta para que no pueda formar parte de su familia.
-Bueno, no te preocupes-le dije, apretando más su mano. Nos tienes a Daniel y a mi, a tu tío Diego, que mañana vendrá a comer. Y por supuesto al abuelo y a tu tía, que llegarán no se si para el almuerzo, pero desde luego seguro que para la cena. Si tu padre se lo quiere perder, allá él. Ya recapacitará.
Aquella noche me fui a la cama llena de sensaciones extrañas. Por supuesto, estaba muy contenta de tener de nuevo a mi hija en casa, solo saber que estaba en la habitación de al lado me llenaba de alegría. Pero también tenía la extraña sensación de que en cierto modo la estaba perdiendo. Mi niña ya no lo era; estaba en la misma habitación de siempre, si, pero con un hombre, con el cual me había dicho que se quería casar. El chico me gustaba, pero ¿Por qué tantas prisas? Le faltaba un mes para cumplir los 23 años, tenía toda la vida por delante. No lograba entender por qué ese apremio por casarse. Lo comenté con Daniel cuando me duchaba y él se lavaba los dientes.
-Está enamorada, Nefertiti, no tiene nada de extraño que quiera casarse.
-Pero es que, ¡es tan joven!
-Dirías exactamente lo mismo si tuviese diez años más. Las madres siempre pensáis que vuestros hijos son niños, aunque peinen canas.
-Puede que tengas razón, pero, ¿Y si se equivoca?
Nos metimos en la cama, y Daniel me atrajo hacia si.
-Si se equivoca, aprenderá del error. Como hemos hecho todos. No puedes meterla en una campana de cristal.
Asentí, porque a demás yo me casé a la misma edad; pero quizá precisamente por eso. No me había ido bien. Y creo que Daniel se dio cuenta de lo que estaba pensando.
-La historia no tiene por qué repetirse. Quizá ella acierte a la primera.
-No se-dudé. ¿De veras todavía hay parejas para toda la vida?
-Yo estoy seguro de que la nuestra lo es-contestó, estrechándome más. ¿Por qué ellos no van a tener esa suerte también?
-Tienes razón, voy a dejar de preocuparme. Mark parece un buen chico y la niña ha madurado mucho. Creo que mi enfermedad, la separación y el ver la vida real la han hecho bajar de la nube en la que vivía.
-Ya basta de arreglarle la vida a todo el mundo, Nefertiti. Somos demasiados en esta cama. Se acabó. Una vez cerramos esa puerta sólo nos quedamos tú y yo. Y ahora creo que tenemos cosas más importantes qué hacer que arreglarle la vida a la niña, que ya es bastante mayorcita para hacerlo sola.
A la mañana siguiente desayunamos en el jardín. El día era estupendo, y Mark se mostró entusiasmo ante la vista del monasterio. Le prometí que después de desayunar se lo enseñaría detenidamente. También deseaba quedarme a solas con él para calibrar mejor cómo era. Úrsula dijo que ella se encargaría de la comida, y Daniel tenía que empezar a corregir su libro.
-Mamá, ¿a qué hora llegará el tío Diego?
-Conociéndole, a cualquier hora en la que moleste. Es su costumbre-contestó Daniel
Úrsula puso cara de no entender nada, y yo me encogí de hombros, diciendo que no hiciese caso, que le gustaba mucho gastar bromas, aunque yo sabía perfectamente lo que quería decir. Nos miramos con complicidad, y Mark y yo salimos a caminar mientras ellos se quedaban recogiendo la mesa.
-Me imagino que sería estupendo para ti vivir aquí cuando eras pequeña-me dijo.
-No pasaba todo el año, solamente los veranos y las vacaciones de Navidad, pero si, fui muy afortunada de estar rodeada de todo esto-le contesté, extendiendo los brazos para abarcar las montañas, los verdes prados y montes, y el monasterio, elevándose en medio, majestuoso y altivo, huella de tiempos lejanos. Además, cuando yo era pequeña, la zona no era tan solitaria. Todas esas casas que se ven ahí enfrente-le señalé-estaban habitadas. Había niños con quienes jugar, vecinas con las que mi abuela pegaba la hebra diariamente.
Me miró, entornando los ojos, y al cabo de un rato, me preguntó, un poco avergonzado.
-Lo siento, no entiendo, ¿Qué es pegar la hebra?
Me agarré de su brazo, riendo a carcajadas y sintiéndome como una idiota.
-Yo soy la que tiene que pedir perdón por usar esas expresiones. Hablas tan bien español que me olvidé que no es tu lengua materna, y habrá muchos giros que desconoces. Pegar la hebra quiere decir hablar, charlar.
Los dos nos callamos, estábamos ya en el recinto del convento. A estas horas de la mañana no había nadie a pesar de ser verano. Pero la puerta de la iglesia ya estaba abierta y se la mostré por dentro a Mark. Como le había pasado a Daniel, a él también le llamaron la atención las esculturas yacentes de los Andrade y le hice una semblanza, muy por encima, de quienes eran. La iglesia estaba iluminada por los leves rayos de sol que entraban a través de las vidrieras, y el interior se teñía de luz dorada en algunos puntos, más bien anaranjada en otros, dependiendo de la zona. Los altos techos hacían que nuestros pasos resonasen cada vez que caminábamos. A pesar de que fuera el sol ya picaba, aquí hacía fresco y me arrepentí de no haber traído una chaqueta para cubrirme al menos los hombros. Salimos por la puerta lateral, la que comunica con el atrio y con la fuente central. Me di cuenta del asombro de mi acompañante, que seguramente pensaba encontrarse un recinto cuidado, como la iglesia, y se topó con la desolación de piedras centenarias cubiertas de maleza, con el descuido y la desidia. Me miró, asombrado.
-Si, haces bien en quedarte sorprendido. Yo no lo estoy porque he convivido con esta desolación toda mi vida. Parece demencial, ¿no?
Asintió, en silencio. Y echó a andar a través del angosto corredor, adentrándose en la zona cubierta, donde estaba la escalera que comunicaba con el piso superior. Allí le indiqué que entrase en una de las celdas, y me senté en el alfeizar de la ventana. Le hice una seña, para que se acomodase a mi lado. Era un sitio pequeño, pero nos podíamos acomodar los dos.
-Mira-le señalé, a través de la estrecha ventana en forma de arco de medio punto, hacia las montañas. Este era mi sitio preferido cuando estaba de vacaciones. Me pasaba aquí horas enteras, mirando hacia ese picacho que ves enfrente.
-¿Por algo especial?-me preguntó.
-Pues no lo se-contesté, encogiéndome de hombros. Pero lo cierto es que este lugar siempre me atrajo como un imán. Y cuando me marché de Galicia, siempre que volvía a la casa, pasaba por aquí, para ver que mi ventana seguía en su sitio. Aquí fue el primer sitio a donde vine cuando estuve lo suficientemente recuperada tras mi operación. Quizá quería demostrarme a mi misma que seguía viva.
-Úrsula me ha contado lo valiente que has sido.
-No, no te creas, puedo ser muchas cosas, pero de valiente tengo poco. De hecho, cuando me dieron la noticia de que tenía cáncer, decidí dejarlo correr, no hacer nada.
-¿Dejarte morir?
-Si. Por fortuna, mi hermano no lo permitió. Tuve la tremenda suerte de que es muy buen oncólogo, y me salvó la vida.
-Y luego apareció Daniel-completó él, sonriendo. Al parecer mi hija le había hablado bastante de nosotros.
-Si, luego conocí a Daniel. Y con él tuve una razón más para seguir viviendo. Es como si estuviese en el fondo de un pozo oscuro y él llegase, con la mano extendida, para ayudarme a subir a la superficie.
-Se nota que él te quiere, que vive solo para ti-afirmó. Y quiero que sepas, para que te quedes tranquila y no tengas que preguntármelo, que de la misma manera que él te quiere a ti y ansía protegerte y cuidarte, amo yo a tu hija. Ya se que este paseo a solas, los dos, no ha sido solamente para mostrarme esta preciosidad de edificio.
Le sonreí. Ya me daba cuenta de que además de guapo, era listo. Había sabido bien mis intenciones, y sin embargo, no había dudado en someterse al escrutinio.
-Ya me imagino que no habrá sido fácil para ti aceptarme como futuro marido de tu hija. Esperaba quizá una reacción parecida a la de tu ex marido.
Levanté la mano, para impedirle que siguiese hablando.
-No nos parecemos en nada. Es más, creo que nuestro matrimonio se fue a pique por eso. Arturo en muchas cosas no es racional y nunca lo será. Vive siempre de cara a la galería, al que dirán. Te diré, porque eres lo suficientemente inteligente para darte cuenta por ti mismo, que no soporta la idea de tener el día de mañana un nieto negro. Ahí está la pega; no le importa saber si eres o no buena persona, si quieres a su hija o si la podrás hacer feliz.
-¿Y a ti no te molesta?
-¿Acunar en mis brazos a un nieto negro?-me eché a reír. Ni por lo más remoto. Me preocuparía seriamente que cuando tengáis un hijo no sea negro, porque entonces querrá decir que no eduqué debidamente a Úrsula. No, si te voy a ser sincera, el color de la piel me da lo mismo; pero si que me llevé un disgusto cuando Daniel me dijo que mi hija se había enamorado de uno de sus profesores.
-¿Por qué? ¿Tienes algo en contra de los profesores de universidad?
-Claro que no. Pero pensé que sería un hombre muy mayor para ella, que tal vez fuese casado, que se yo. Todavía me siguen asustando un poco los doce años de diferencia-le confesé. Aunque Daniel se burle de mi, no puedo evitar pensar que igual mi hija no es lo suficientemente madura.
-Yo creo que lo es, Elena. Pero de todos modos, en la vida no hay plenas garantías de nada. Nosotros hemos decidido arriesgarnos a probar. Y te juro que yo haré todo lo que esté en mi mano para que las cosas salgan bien.
-Eso me basta. Vamos, Úrsula es buena cocinera, pero prefiero echarle una mano con la comida.






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