10 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 52



Me quedé mucho más tranquila después de hablar con Mark, y a la vuelta nos entretuvimos hablando de los planes que mi hija y él habían hecho. Me dijo que querían casarse antes de iniciar el curso, es decir, a finales de agosto. Por eso se marcharían el día 15. Al principio confieso que no me gustaba la idea de que se casasen en Estados Unidos, pero él me explicó el motivo. Provenía de una familia muy numerosa de Texas, y la matriarca era su abuela, una señora de ochenta y cinco años con poca movilidad, por lo cual habían pensado que sería un regalo para ella que se casaran allí. Era su nieto mayor y le hacía ilusión. Lo entendí, y en cierto modo envidié la situación. Nuestra familia era mucho más pequeña y sería más fácil desplazarnos para la boda. ¿Quién llevaría a mi hija al altar? No me imaginaba que su padre quisiese hacerlo, ni siquiera que asistiese a la boda. Bueno, siempre estarían su abuelo o su tío.
Cuando llegamos fui en busca de Daniel y le encontré en el salón, escribiendo. No me oyó entrar, y me acerqué despacio para abrazarle.
-¿Ya le has interrogado, al pobrecillo, Nefertiti?
-¿Tan transparente soy?
-Para mi si, desde luego.
-Pues si, hemos hablado y me he quedado más tranquila al darme cuenta que es el buen chico que nos habíamos imaginado. ¿Sabes que quieren casarse a finales de agosto?
-Si, tu hija me lo ha dicho hace un rato, cuando le robé unos bollos que acababa de hacer para acompañar el café de media mañana.
Pero había algo más, porque tenía los ojos brillantes de satisfacción, y estaba deseando contarme novedades.
-Desembucha, antes de que revientes-le dije.
-Ya sabes que su padre le ha dicho que no irá a la boda.
-No lo se, pero me lo imagino; si no ha querido conocer a su novio, menos estará dispuesto a cruzar el Atlántico para ver como se casan.
Se arrellanó en el sillón y se pasó las manos varias veces por la barba, sonriendo.
-¿Quieres decirme de una vez porque estás tan contento? Parece que te hayan dado un premio.
-En cierto modo ha sido así. Úrsula me ha pedido que sea su padrino de boda. Y aunque al principio no acepté, porque me parecía robar un puesto que era de su padre, me ha convencido. Aunque ahora me han entrado las dudas al pensar que quizá a Diego o a Carlos pueda molestarles.
No supe qué decir. La noticia me había pillado desprevenida, porque no esperaba es reacción por parte de mi hija. Había empezado llevándose tan mal con Daniel que ahora me sorprendía su propuesta. Pero también me llenaba de alegría ver que las dos personas más importantes de mi vida se llevaban bien.
-¿No me dices nada? ¿Te molesta?
-¿Cómo va a molestarme? Simplemente me he quedado demasiado sorprendida para hablar. Pero no me imagino a nadie más adecuado que tú para llevarla al altar. Cierto que ese papel le correspondía a Arturo, pero él mismo se ha excluido, con lo cual no podemos tener remordimientos. Estarás guapísimo de traje.
-Si, eso es lo peor. Tener que ponerme un traje, pero lo haré con gusto, por la niña y por ti.
Salimos a la entrada, porque se oía una algarabía que solo podía significar que alguno de los otros miembros de la familia acababa de llegar. Y así era, habían llegado los tres. Úrsula estaba dando abrazos a todos, y presentando a su Romeo. Parece ser que Elia y Carlos habían llegado anoche de Madrid y habían dormido en casa de Diego. Yo creo que también ellos nos darían una sorpresa, pero no quise adelantar acontecimientos.
En dos días nos casábamos. No puedo decir que estuviese especialmente nerviosa o que sintiese mariposas en el estómago. Pocas cosas cambiarían, no me iba a sentir mejor ni peor. Era un mero trámite, una especie de contrato que cumplir, pero mi amor por Daniel no aumentaría por firmar un papel en el Ayuntamiento. Ni siquiera habíamos comprado ropa especial para la ocasión. Daniel llevaría uno los pocos trajes que tenía, porque solo se ponía de tiros largos cuando no le quedaba más remedio. Me dejó que yo eligiese y escogí uno de color azul noche, casi negro de tan oscuro, que me parecía que hacía un hermoso contraste con su pelo. Y yo llevaría un traje de chaqueta que nunca llegué a estrenar, de color marfil, que me había comprado el año pasado en verano. Así de simple. Lo único especial que nos permitimos fue un poema que le pedimos a Úrsula que leyese antes de que acabase la ceremonia, porque hablaba de amor, de entrega, de intenciones, y sobre todo de lo que pretendíamos que fuese nuestra vida juntos. Lo elegimos de común acuerdo y nos pareció adecuado para la ocasión.
No intento ser el gran amor de tu vida
ese que te exige, te demanda y luego te olvida
Simplemente intento ser ese que disfruta
cada instante, cada segundo de tu compañía
Ese que en aquella noche de verano
bajo un cielo repleto de estrellas
encontró en un abrazo, en un beso tuyo
la felicidad que creía perdida
No quiero ser tu dueño, tu pastor, tu guía
ese que te dice lo que tienes que hacer y luego te margina
Simplemente intento ser ese que te quiere y te mima,
ese que en aquella madrugada de desvelo,
feliz, extasiado, intensamente disfruto
de la paz de tu rostro mientras dormías…
No me interesa ir de visita por tu vida
Ser el gran señor que te llena de cosas
por fuera y por dentro te vacía
Solo intento ser el que te provoque una sonrisa
ese que aquel día poniéndose romántico
enmarco la belleza de tu rostro
y le escribió una dulce poesía
No me gustaría ser ese que de rodillas suplica tu amor,
ese que te tortura y lastima con su fuerte obsesión
Solamente ansío ser aquel que naturalmente desees
ese que en una impensada y casual noche
fue dueño de tu confianza por única vez
protagonista sin ninguna restricción
de la completa entrega de tu pasión
Solo intento ser aquel que te pueda enseñar
Que quizás exista el amor eterno
Que tal vez la felicidad tenga dueño
Que cada instante compartido
puede ser un mágico sueño
del que no se quiere despertar…
Solo pretendo ser únicamente yo
ese loco perdido que te quiere
ese poeta que se anima a decir
sin miedos todo lo que siente…
¡Te amo intensamente
como ayer, como hoy,
como lo haré siempre!


La ceremonia sería por la tarde, a las cinco, así que nos levantamos a la hora de siempre e hicimos lo que acostumbrábamos en un día normal. Aunque no fue un día normal del todo, porque a media mañana, cuando Daniel y yo estábamos en el jardín, viendo el destrozo que la tormenta de la noche anterior había hecho en mis flores, vimos un coche que enfilaba la entrada de la finca y venía, evidentemente, a la casa. A medida que se acercaba me fijé mejor y miré a Daniel con espanto.
-Es Arturo-le dije. ¿Qué querrá? Dios mío, hoy precisamente.
Me rodeó los hombros y me atrajo hacia él.
-Quédate tranquila, no dejaremos que nos estropee el día.









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