11 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 53



No nos movimos de donde estábamos. Arturo aparcó el coche y salieron, él y Paula. Ella vestía como si en lugar de venir al campo estuviese citada con algún miembro de la realeza. A pesar de estar en verano, y suponía que de vacaciones, iba maquillada a la perfección y su rubia melena recogida en un moño muy prieto. Por un instante hizo que me sintiese como Cenicienta ante una de las hermanastras, con mis vaqueros viejos, mi camiseta blanca y mi pelo como un chico al que han llamado a filas. Pero me bastó sentir la calidez y tibieza de la mano de Daniel sobre mi cintura para que de nuevo su seguridad me protegiese como un escudo.
-¿A qué debemos este honor y esta sorpresa, Arturo?
Quería hacerle entender que no podía presentarse en nuestra casa sin avisar, como si todavía tuviese algún derecho en mi vida.
-Vengo a ver a mi hija. Supongo que estará aquí, ¿no? Sé que ha llegado hace unos días, pero ni siquiera se ha detenido en Madrid para verme.
-Ha llegado, si. Y creo que si no se ha detenido en Madrid ha sido por varios motivos; uno de ellos que saliste de estampida en cuanto supiste que había venido con su novio.
-Si, me negué a conocerle y menos aún oír estupideces sobre esa supuesta boda. No lo permitiré.
Me eché a reír. La verdad es que este hombre empezaba a resultarme infantil y patético.
-¿Y cómo piensas impedirlo? Nuestra hija es mayor de edad. La verdad, Arturo, me da igual lo que hagas, pero te aconsejaría que no tenses demasiado la cuerda si no quieres perder a Úrsula para siempre.
Paula, que había permanecido callada, agarrada a Arturo como si temiese que algún ser infecto se posase encima de su traje de alta costura, se acercó a mí y se me quedó mirando con aires de suficiencia.
-A ti, como madre, te corresponde convencerla de que no debe arruinar su vida con ese hombre.
-Paula, no quiero ser maleducada, pero te ruego que te metas en tus asuntos; entre los cuales no está el futuro de mi hija.
-No le hables así-me exigió Arturo. Tiene toda la razón del mundo. Va a tirarlo todo por la borda, y tú la animas.
Me estaban exasperando por momentos, pero no iba a dejar que se salieran con la suya y me hiciesen perder los papeles.
-Yo no la animo a nada, pero tampoco la desanimo. Ya no es una niña, y tiene derecho a tomar sus propias decisiones. En todo caso, háblalo tú con ella. Está dentro de la casa.
Les hice un ademán para que nos siguiesen, y los cuatro entramos. Estaban todos en el salón, riéndose a carcajadas porque mi hija había sacado del armario un montón de vestidos y ella y su tía estaban haciendo un desfile de modelos improvisado, con los hombres como jueces, para decidir que se pondrían esta tarde. Se hizo el silencio y la cara de Arturo cambió cuando vio a su padre y a su hermana.
-¿Qué hacéis aquí?-les preguntó, con voz ronca por el enfado.
-Ya ves, divirtiéndonos-contestó Elia. ¿Y tú?
-He venido a hablar con mi hija, a solas, si puede ser.
Úrsula se adelantó hacia su padre, sin mirar siquiera a Paula.
-Tendrá que ser aquí, Papá. Estamos en familia y lo que tengas que decirme pueden oírlo ellos.
-Al menos veo a tres personas que nada tienen que ver con nosotros-le contestó Arturo con voz y gesto tenso.
-¿Si? Pues no adivino quienes pueden ser. Fíjate, este que ves aquí es mi prometido, Mark Porter, a quien te recuerdo que te negaste a conocer. Al lado de la Tita está mi tío Diego Montes, que además se va a casar con tu única hermana, con lo cual seréis cuñados.
-¿Y ya le llamas tío?
-Claro, porque lo es ya ahora. ¿No sabes acaso que Diego y Mamá son hermanos?
Si la situación no fuese tan incómoda, confieso que estallaría en carcajadas ante la cara de uva pasa que se le quedó. Pero no le dio tiempo a reaccionar, porque Úrsula siguió empuñando el hacha de guerra.
-Y en cuanto al Barbas, aquí presente-añadió acercándose a Daniel y rodeándole el brazo con los suyos-para ti señor Mendoza, te comento que escasamente en seis horas se convertirá en mi padrastro. O sea, que puedes hablar con total claridad. Estamos en familia. Una familia extraña, pero familia al fin y al cabo.
Ahora Arturo se volvió hacia mí, mirándome de arriba abajo. Instintivamente, me acerqué a Daniel, que alargó la mano que Úrsula le dejaba libre y me atrajo.
-Así que te casas hoy. Te ha faltado tiempo, se ve. Me alegro de que te hayas recuperado tan pronto de tu enfermedad. ¿Y no pensabas decirme nada?
-No creo que tenga que hacerlo, pero te recuerdo que Daniel ya te lo dijo cuando nos vimos en el aeropuerto. Estamos divorciados, ¿recuerdas? Si, me caso, esta tarde a las cinco, para ser exactos, con lo cual ya te puedes imaginar que estamos bastante ocupados. Dí lo que tengas que decir y haz el favor de largarte, Arturo. He intentado ser educada, te lo juro, pero me crispas los nervios.
Se encogió de hombros, y ahora miró fijamente a Úrsula.
-¿Has recapacitado en lo que te he dicho? Si insistes en la absurda idea de casarte con ese hombre, echarás a perder tu vida, y yo me veré obligado a desentenderme de ti. Luego no me vengas llorando cuando las cosas te vayan mal.
-Papá, déjalo, por favor. No lo estropees más. Voy a casarme con Mark, te guste o no. Y tendrás nietos negros, si, aunque no te guste. No pienso intentar que veas a Mark de otra forma, lo dejo a tu elección; pero quiero que sepas que si le ofendes a él, si le rechazas a él, también lo haces conmigo. Formamos un tándem, si no le aceptas en tu vida, entonces yo tampoco tengo cabida.
Se me heló el corazón al oír a mi hija, porque de la reacción de Arturo dependerían muchas cosas. Carlos se acercó a él, le tomó del brazo, se lo apretó con esa fortaleza rediviva que sacan los ancianos de algún sitio cuando la situación es grave y le habló en voz baja, pausadamente.
-Hijo, por una vez en tu vida, deja el orgullo a un lado, y compórtate como debes. Hazlo por tu hija.
Pero Arturo no se inmutó ante las palabras de su padre. Con un gesto despótico de los hombros se desprendió de las manos del anciano; nos miró a todos despreciativamente y salió de mi casa y de mi vida para siempre. Iba a soltarme de los brazos de Daniel para consolar a mi hija, pero él me agarró para que me detuviera. Mark iba ya hacia ella; y era el más adecuado para consolarla en estos momentos. Todos nos quedamos callados, tristes. Era una mala manera de enfrentar el día de nuestra boda. Daniel y yo nos acercamos a Carlos, que se había quedado solo, abatido, todavía con la mano alargada para detener a su hijo. Me partió el corazón verle con los ojos llenos de lágrimas y maldije a quien había compartido mi vida tanto tiempo por hacerle un daño gratuito, otro más, a personas que eran tan importantes para mi. Como siempre, Diego vino en mi ayuda.
-Venga, vamos a comer algo, que ya es tarde. No se vosotros, pero como yo soy el padrino, tengo que acicalarme y me llevará un tiempo. No veo el momento de llegar al ayuntamiento del brazo de esta pesada-dijo señalándome-y entregársela a Daniel para siempre jamás. Menudo peso me sacaré de encima. Y a ti-le dijo a Daniel-no te arriendo la ganancia. Ya verás como te vuelve loco.
La inofensiva broma hizo que el ambiente fuera de nuevo distendido. Úrsula se limpió los ojos con un pañuelo que le dejó su novio y me tomó de la mano.
-Vamos, Mamá. Pongamos la mesa rápido. Luego te ayudaré a que te vistas y te voy a maquillar yo, que de ti no me fío y no quiero que vayas el día de tu boda hecha una facha. Ya me fastidia bastante que no me hayas hecho caso y no te hayas puesto un postizo en el pelo. Pareces
-Una diosa-la interrumpió Daniel. Y si veo que se pone un postizo, no me caso. Le he suplicado, para que lo sepas, niña, que no se deje crecer el pelo.
-Qué raros sois-contestó Úrsula. En fin, que allá vosotros. Tita, ayúdanos, no te largues a tu cuarto, como siempre, cuando toca arrimar el hombro. Pon el mantel y haz la ensalada. Y tú, abuelo, descorcha una botella de vino. Necesitamos alegrarnos un poco, sobre todo Daniel, para que no se eche atrás en el último momento y tengamos que seguir cargando con Mamá.





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