1 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 54



Me ayudaron a preparar la cena y cuando ya casi habíamos acabado Diego me preguntó si había llamado alguien. Sonreí con cara de inocencia y le conté la llamada de Elia. Daniel y él se miraron de reojo, y me pregunté de qué habrían estado hablando y que era lo que se traían entre manos.
Ya en la cama sentí que quizá le debía a Daniel una disculpa y una explicación. Ahora me daba cuenta de que por mi afán de no depender para todo de él había empeorado las cosas. Pero no era sencillo pedir ayuda para hacer tareas que antes no representaban ningún esfuerzo. Odiaba depender de los demás, siempre pensaba que acabarían cansándose de mí.
-Daniel, creo que debería pedirte perdón por haber sido cabezona.
-Si, yo también pienso lo mismo.
-¿Qué debería pedirte perdón?
-Más bien que eres una cabezona y testaruda que siempre cree tener razón. El mundo seguirá adelante aunque te dejes ayudar por los demás. ¿Sabes como me he sentido al enterarme de que te habías puesto a limpiar la dichosa alfombra tu sola? ¿Tanto te cuesta pedirme que lo haga yo? Nefertiti, hemos de aceptar que tenemos limitaciones, yo también las tengo, y hemos de aprender a vivir con ellas. ¿Qué te parecería si yo, olvidando que siempre tengo las defensas bajas, me expongo a constantes cambios de temperatura y no me cuido? No es tan complicado de entender, creo.
Me acurruqué contra él para hacerme perdonar, y me abrazó.
-Y ya el colmo es que te dejes impresionar por bobadas como los aullidos de los perros o las luces-me acusó. Me parecía estar oyendo historias salidas de la Edad Media. ¿Cómo puedes creer en esas tonterías?
Quizá porque en el fondo también a mi me avergonzaba ser tan supersticiosa, le conté como en mi infancia, en las largas noches de invierno que pasábamos en la que ahora era nuestra casa, mi abuela me entretenía con historias sobre la Santa Compaña y sus señales de que algo tremendo estaba a punto de pasar. El aullido lúgubre de un perro siempre era señal de que habría una muerte cercana, y las luces que aparecían y desaparecían eran procesiones de ánimas en pena que venían a buscar otra alma que sumar a la tenebrosa fila de difuntos. Él sacudió la cabeza, con incredulidad.
-Y que una mujer inteligente como tú siga temiendo esas tonterías. A mí de pequeño me encantaban las historias de vampiros, lo cual no quiere decir que ahora, a mi edad, crea que de verdad existen.
-Bueno, en mi sigue habiendo una parte de niña
-Si, y rebelde, además.
Se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo, y me miró profundamente.
-Tenemos que hablar de lo de mañana.
-¿De la cita con el cirujano?
-Quiero que sepas que si tú necesitas operarte para estar mejor, por una cuestión de estética que ahora te moleste, estaré a tu lado. Pero no quiero que te sientas obligada a hacerlo por mi, porque pienses que a mi me importa. Ya te he dicho que el mundo está lleno de mujeres con dos pechos, pero yo me enamoré de ti, y es contigo con quien quiero estar, con uno o con dos pechos, me da igual. Todas las operaciones tienen sus riesgos.
-Si, pero de verdad quiero hacerlo. Por mi, por ti; porque si yo estoy mejor, los dos lo estaremos. Y además-dije echándolo a broma-tengo un montón de ropa que no me puedo poner.
-Bien-se conformó. Como quieras. Pero hay algo que debes prometerme.
-Lo que tú quieras.
-Si en alguna ocasión sucede lo que ayer temíamos, es decir, si la enfermedad vuelve, nunca tomarás decisiones tontas como quedarte de brazos cruzados. Tu vida vale mucho para mí, y siempre hay que luchar por seguir adelante. ¿Me lo prometes?
Asentí. ¿Cómo podía negarle algo a este hombre que me había rescatado del profundo pozo en el que había estado y que me había devuelto a la vida?
No podía evitar estar nerviosa ante la cita de mañana y me costó quedarme dormida. Pensé en mi infancia y mi juventud, en mi familia, y en cómo me habían marcado, sobre todo mi madre y mi abuela. Era un tema recurrente, que siempre acababa por volver. Ninguna de las dos llevó una vida feliz, más bien creo que se resignaron a lo que les tocó padecer y en algún momento de su existencia decidieron dejar de luchar. ¿Era yo como ellas? Creo que en cierto modo si, como lo demostraba el hecho de cuando todo empezó a ir mal entre Arturo y yo no me decidiese a dejarle. Al principio me decía a mi misma que era por Úrsula, porque no quería causarle dolor, pero ahora, a la luz de los años pasados, creo que más bien se trataba de algún tipo de pereza moral, de indolencia, o de pensar que en realidad yo no tenía derecho a ser feliz ni a esperar nada mejor. Arturo era lo que tenía y con él debía conformarme y seguir adelante. Tuvo que llegar una temible enfermedad y la posibilidad muy real de no sobrevivir para que de nuevo me replantease mi vida y decidiese que no quería seguir inmersa en una mentira.
No pude menos que recordar, con los brazos de Daniel rodeándome y su pelo rozándome la cara, cuantas veces acompañé a Arturo en sus comidas y cenas de empresa, haciendo creer al mundo que éramos la pareja perfecta. Incluso compartí mesa y mantel con la que ya entonces era su amante, y yo lo sabía; dentro de mí lo sabía, aunque me hiciese la tonta. Lo que no se dice no existe. Esa era la máxima de mi madre; la forma en la que yo fui criada. Siempre ocultando cosas, siempre mintiendo, siempre negando la realidad.
Lo cierto era que había perdido unos años preciosos de mi vida junto a un hombre al que ya no amaba, viviendo una vida estúpida e insulsa que no era la mía. Ahora todo eso ya no tenía remedio y lo único que podía hacer era intentar que no volviera a ocurrirme nunca algo semejante. Había roto la barrera del miedo, de la moral convencional y de lo que está bien o mal. Me prometí a mi misma que nunca más volvería a perder el tiempo y que viviría la vida como siempre quise hacerlo. Y Daniel tenía razón; si en algún momento la enfermedad reaparecía, le plantaría cara; no me rendiría, porque ahora si tenía algo por lo que luchar.
Habíamos quedado con el doctor Lasarte en el despacho de Diego y una vez más fui consciente de que era afortunada porque mi hermano me cuidaba con esmero y gracias a él tenía acceso a lo mejor. Me dio confianza este hombre de mediana edad, de apariencia frágil, pero con un rostro inteligente, de ojos muy negros y vivos, con el hablar pausado y que hacía preguntas cortas y precisas. Quiso saber si fumaba, y al contestarle que no, me dijo que así la recuperación sería más rápida. Me lo explicó todo con palabras sencillas, con lo cual me quedé más tranquila, porque a veces los médicos se dejan llevar por los tecnicismos y los simples humanos, que además somos vulnerables por la situación en que nos encontramos, no conseguimos enterarnos de nada. Cuando salí de allí tenía claro que la operación duraría un par de horas, me aplicarían anestesia general, lo cual me dejaba mucho más tranquila, y que me quedaría ingresada tres días si todo iban bien. Me explicó que me implantarían lo que ellos llaman un expansor, que era una especie de balón que progresivamente irían hinchando hasta alcanzar el tamaño adecuado.
Nos despedimos de Diego hasta dentro de tres días, que sería cuando me operasen. De camino a casa Daniel se encargó de dejarme las cosas claras.
-Ya has oído al médico. La operación no reviste gravedad, pero el postoperatorio requiere descanso y que no hagas esfuerzos al menos en dos o tres semanas. Espero no tener que pasarme todo ese tiempo vigilándote para que no hagas estupideces.
-No soy una niña pequeña-le dije. Y quédate tranquilo, que si estás empeñado en cuidarme, te aburriré pidiéndote cosas y haciéndote la vida imposible.
Me gustó llegar de nuevo a casa y rodearme de todas las cosas familiares que contribuían a darme paz. Daniel se dedicó a escribir durante toda la tarde, para recuperar el tiempo que había perdido y yo pensé que sería una buena ocasión también para escribirle a mi hija. En los días que pasamos juntas descubrí una nueva Úrsula que pensé que nunca recuperaría.

Querida Úrsula:
Me entristece saber que no has vuelto a hablar con tu padre. No te cierres en banda a escucharle, aunque no te gusten sus explicaciones. Piensa que la gente, sobre todo cuando ya tenemos una edad, no solemos cambiar a pesar de que pongamos empeño en hacerlo. Tu padre, quizá porque lleva toda la vida enfrentando problemas en su trabajo y luchando para solucionar casos complicados en los tribunales, en su vida cotidiana prefiere cerrar los ojos a la verdad y escaparse de todo lo que signifique un enfrentamiento. Pero te quiere mucho; te diría que quizá eres la única persona a la que de verdad ama sin medida ni reparo alguno. No debes exigirle que cambie de actitud, porque entonces no sería él. Acéptale como es, y te aseguro que cuando lo hagas tú serás la primera en sentirte mejor.
Si te pido que hagas esto es precisamente porque he sufrido y todavía sufro la pena de no haber sabido comprender a mi madre y haberle pedido cosas que no podía darme. Cada ser humano ama en la medida que puede hacerlo; hay quien tiene una capacidad ilimitada y otras personas solo pueden dar una parte de sí mismos. Creo que tu padre pertenece a la segunda clase de personas. Si echas la vista hacia atrás y te fijas un poco, te darás cuenta de que nunca ha sido una persona expresiva en su cariño, ni con sus padres, ni con su hermana, ni por supuesto conmigo. Solamente cuando llegaste tú fue capaz de cortar las amarras y darse casi por completo. A veces pienso que si no quiso tener más hijos fue porque no quería que nadie más entrase en su corazón, porque temía que no hubiese sitio para ti. Lo que nunca supo es que cuanto más amamos, más podemos dar.
En cualquier caso, y por una vez en la vida, haz caso de los consejos de tu madre y no olvides que te quiero.

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