12 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 54



Las ceremonias civiles no son demasiado emocionantes ni especialmente bonitas; pero tienen de bueno que son breves. Yo ya había tenido una boda llena de florituras y ceremonias y no me había ido bien; así que ahora me bastaba con firmar un contrato, aunque el amor no se rija precisamente por leyes ni por cláusulas. Lo único que me emocionó fue el poema leído por mi hija y las palabras de mi hermano, cuando le dijo a Daniel que no podía pensar en nadie más adecuado para entregarle a su hermana, porque le había demostrado con creces que me quería. Eso fue todo. Salimos en menos de veinte minutos con un papel en el que decía que era formalmente la señora de Mendoza.
Yo había planeado que cenásemos en casa, pero Daniel se negó. Me dijo que no podía cocinar el día de nuestra boda, así que nos fuimos a un restaurante cercano y fue una cena alegre, en la que celebramos simplemente que nos amábamos, sin más, y que podíamos disfrutar de la compañía de nuestra familia. Daniel y yo, después de la cena, nos quedamos a dormir en el hotel anexo al restaurante; porque al día siguiente saldríamos a un cortísimo viaje, un par de días fuera tan solo. Me despedí de todos y nos fuimos a nuestra habitación. Me dejé caer en la cama como si acabase de hacer un enorme esfuerzo. Daniel me miró, burlón.
-Cualquiera diría que sales directamente del potro de la tortura.
-No, pero ha sido un día largo y extraño, ¿no crees?
Se recostó a mi lado y me besó la nariz.
-Daniel
-Ummmmm
-Hay algo que te he ocultado.
-Si me vas a decir que no eres virgen y temes estropear nuestra noche de bodas, tranquila, ya me lo había imaginado. No te dejaré por eso.
-No, es algo peor. He actuado a tus espaldas.
-¿Has contratado un seguro de vida a mi nombre y piensas envenenarme con algo que no deje rastro para poder cobrarlo?
Le dí un golpe con la almohada para que dejase de decir idioteces.
-Escucha, hablo en serio. He estado planeando y haciendo averiguaciones sobre algo sin decirte nada, y no me siento cómoda. Desde luego no ha sido con el ánimo de ocultarte cosas, sino más bien porque no quería comentar nada hasta que yo misma estuviese segura.
-Te juro, Nefertiti, que tienes la virtud de ponerme en ascuas con tanto circunloquio. Di de una vez lo que sea, creo que podré soportarlo, a menos que me digas que tienes un amante. Y aún así, si no es más guapo que yo, creo que podré hacerme a la idea.
-No hay nadie más guapo que tú-le dije, agarrándole de la corbata, que todavía llevaba puesta, para besarle en el mentón. Su barba me hizo estornudar.
-Venga, cuenta-me apremió. No vamos a perder toda la noche hablando. No en lo que se supone que es nuestra noche de bodas-me dijo, guiñando un ojo.
-He estado haciendo averiguaciones qué posibilidades tenemos de poder adoptar un niño.
Ya estaba. Lo había dicho de corrido porque me costaba mucho confesárselo y tenía miedo de su reacción. Pero no se inmutó. Permaneció callado, a la espera, y seguí hablando.
-Te vi tan contento cuando aquellas pequeñas se quedaron unas horas con nosotros que pensé que no estaba bien que yo te robase la oportunidad de tener hijos.
Me interrumpió.
-Te he dicho ya que no me has robado nada. Tú no me has engañado. Sabía cuando decidí que deseaba estar contigo que no podías tener hijos. No te niego que hubiese sido perfecto tenerlos, pero te quiero a ti.
-Y yo te lo agradezco. Pero hice averiguaciones sobre las adopciones.
-Pero las noticias que te dieron no fueron buenas, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
-Me lo imaginaba-prosiguió. Tenemos ya una edad, y está el problema de la salud, de la tuya y de la mía.
-Por eso un amigo de Diego que trabaja en Asuntos Sociales le ha insinuado que tal vez la única opción fuese un niño que…bueno-no sabía cómo decirlo. Un niño al que nadie quisiese adoptar.
-Un niño con problemas, vaya-resumió.
-Si. Concretamente le hablaron de varios niños, bebés, en realidad, que son seropositivos. Hijos de madres drogadictas que no pueden ocuparse de ellos. Si nadie los adopta, que es lo más probable, se quedarán en el centro hasta los 18 años.
Se colocó de costado en la cama, apoyado en un codo, y empezó a acariciar mi cuello.
-¿Y tú has pensado en la responsabilidad de adoptar un niño así?
-Si, lo he pensado. Mucho. Le he dado muchas vueltas y antes de decirte nada he hablado con Elia, con Diego, con Úrsula. Soy consciente de mis limitaciones, y no sería justo para el niño que no hubiese nadie más que nosotros para ocuparse de él si nos pasa algo.
-No se, Nefertiti. Me parece un acto de egoísmo, tal vez.
-¿Te importaría que no fuese tu hijo, de tu sangre?
-No estoy tan orgulloso de mis genes como para querer perpetuarlos a toda costa. Úrsula no es hija mía, y la quiero.
-Entonces…
-Entonces, no sé qué podemos ofrecerle nosotros a un bebé tan necesitado de cariño y cuidados.
-Pues eso mismo, amor, atención. Algo que allí no va a tener. Quiero pedirte algo.
Hizo un gesto con la mano para que hablase.
-Vayamos a ver el centro, y los niños que están allí. Luego decidimos.
-Está bien. Y ahora, ¿podremos al fin celebrar nuestra noche de bodas?
-¿A ti que te parece?
Pero en realidad, aunque disfrutaba cada noche, cada día y aún cada minuto que pasaba al lado de Daniel, para mí la noche de bodas había sido aquella en que decidí que estaba dilatando algo que tenía que pasar, y que deseaba que pasase, aunque también lo temiese. El temor se había acabado, y también las inseguridades. Ahora solo quedaba el deseo, el ansia, el anhelo de él. Aunque estuviésemos en una habitación rodeados de gente, sabíamos buscarnos con la mirada y decirnos en un segundo lo que sólo el amor puede transmitir. El nuestro era un amor de invierno, de confidencias al amor de la lumbre, de paciencia, de serenidad, de calma y sosiego; el amor de aquellos que se encuentran cuando ya saben bien lo que quieren, quizá porque han tenido tiempo de dejar atrás lo que no quieren.
A la mañana siguiente no madrugamos; nos dimos tiempo para disfrutar de un desayuno, que nos trajeron a la habitación, y luego salimos hacia la casa rural que habíamos reservado en “A Ribeira Sacra”. Daniel conocía la zona, pero desde Orense, porque la familia de su madre era de allí; y nunca había estado en la otra orilla, en la lucense. Yo no conocía ninguna de las dos. Deseábamos descansar en un lugar apartado y tranquilo, y era una de las mejores opciones, porque a ninguno de los dos nos agradaban las playas, con sus aglomeraciones veraniegas, ni los normales lugares de veraneo, repletos de gente. El lugar, elegido al azar, resultó ser un paraje precioso, cerca del pequeño monasterio de Santo Estevo de Ribas do Miño, una joya del románico, como muchos de los monasterios que jalonan cada una de las orillas del Miño y del Sil. La casa quedaba en un paraje escondido, alejado de la carretera principal, cuya población más cercana era Monforte de Lemos; que no llega a ser una ciudad, aunque es demasiado grande para pueblo.
En realidad, en los tres días que estuvimos allí no pasamos demasiado tiempo en la casa. Nos levantábamos temprano, y después de desayunar salíamos a caminar por las cercanías, cuando el sol aún no quemaba demasiado y la hierba se desprendía del rocío nocturno, dejando un agradable aroma a campo y a vida. De nuevo, después de muchos años, volví a montar a caballo. Me dieron una yegua mansa que no me causó problemas, y aunque a la mañana siguiente me dolía todo el cuerpo y tenía agujetas hasta en el pelo, me sentí feliz de estar lo bastante recuperada como para poder hacer ejercicio sin cansarme.
La última noche que pasamos allí pedimos que nos trajesen la cena a nuestra habitación. Los demás huéspedes eran muy amables, gente tranquila con la que resultaba agradable conversar, pero preferíamos estar solos. Pedimos pescado, un poco de marisco, buen vino, un postre ligero.
-Me gustaría que el tiempo se detuviese ahora-le dije a Daniel cuando estábamos ya acabando la cena.
-No, Nefertiti, el tiempo tiene que pasar, para que lleguen cosas nuevas, para que sigamos avanzando.
-¿No tienes miedo al futuro?
-No pienso demasiado en el futuro. Intento vivir y disfrutar del presente, y el futuro llegará por si solo. Tú deberías hacer igual. No tiene sentido preguntarse por algo que no sabes como será.
-Dani, pasado mañana iremos al centro, a ver a los niños. No te has arrepentido, ¿verdad?
-Te lo he prometido. Iremos. Pero de momento solo he prometido eso. Ya veremos luego si es prudente que nos embarquemos en esa aventura.
-Ya sé que si decidimos adoptar un niño nuestra vida cambiará, pero creo que a mejor. Tenemos mucho amor que dar, y esos niños que están solos necesitan unos padres. ¿Quiénes mejor que nosotros?
-Bueno, se me ocurren unas cuantas objeciones a eso de ser los padres perfectos, pero me las callaré. Para empezar, nunca he sido capaz ni de cuidar una planta. No se como me apañaría con un niño.
-Pues muy bien. Quiero, en cierta forma, devolverte lo que te han robado. No he olvidado aquello que me contaste. Y aunque nada me gustaría más que poder darte un bebé pelirrojo y con ojos de humo; no puedo.
-¿Ojos de humo? ¿Quién tiene ojos de humo?
-Tú. Tus ojos son de color humo.
-En la vida había oído una cosa tan boba. ¿De qué color es el humo?
-Déjalo, Daniel. La poesía no es lo tuyo; quizá por eso eres tan buen periodista.






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