2 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 55



Llegó el día de la operación; y cuando nos presentamos en la clínica a la hora convenida estaba extrañamente tranquila. La noche anterior Diego me había dicho que tomase un somnífero; pero no me hizo falta. Dormí bien, con un sueño reparador que hizo que me presentase descansada. Me asignaron la misma habitación que la vez anterior, aunque ahora la vista de la playa era bastante distinta; se notaba que ya estábamos en plena primavera y durante todo el día había trasiego de gente paseando por la orilla e incluso algunos valientes que se atrevían a adentrarse en el agua, todavía fría. Daniel bajó conmigo hasta la puerta del quirófano, y allí estaba esperándome mi hermano, quien estaría presente en la intervención. No me despedí de Daniel porque ya lo habíamos hecho a solas en la habitación. Los dos habíamos intentado mantener la calma, pero la entrada en un quirófano siempre da algo de miedo, y yo no quise entrar sin decirle cuanto significaba para mí. Ahora simplemente me dio un beso y dejó de sostener mi mano; y fue Diego quien le sustituyó. Esta parecía ser la constante en mi vida, al menos últimamente; siempre estaba presente uno de los dos como si fuesen mis ángeles protectores.
Se repitió el mismo procedimiento que la vez anterior, y lo último que recuerdo fueron las palabras tranquilizadoras de Diego. Esta vez no tuve ningún sueño, sino que las dos horas que pasé tendida en aquella camilla simplemente no existieron, son dos horas en blanco en mi vida. Cuando abrí los ojos ya estaba en la habitación y Daniel de nuevo a mi lado; mirándome con semblante tranquilo, lo cual me imagino que significaba que todo había ido según lo previsto. Quise girarme en la cama, pero no me resultó tan fácil. De mi brazo derecho salían varias agujas hacia el suero y algo más que no se lo que era, ni quería saberlo, y llevaba puesto un drenaje, con lo cual mis movimientos estaban bastante limitados. Empecé a sentir una ligera molestia en el pecho, que no llegaba a ser dolor; pero era algo que ya esperaba.
-No te muevas demasiado. ¿Quieres que te levante un poco la cama?
Negué con la cabeza. Estaba muy cansada, me costaba hablar y lo único que quería era permanecer amodorrada, acurrucada en el limbo de la semiinconsciencia. Oí como entraba mi hermano y hablaba con Daniel, diciéndole que le acompañase a casa para dormir un poco; y como él se negaba por varias veces, por más que Diego le dijese que estaría perfectamente atendida. Esta sensación se parecía a lo que sentí en una ocasión en que un antihistamínico demasiado fuerte me dejó durante un par de horas fuera del mundo; escuchándolo todo a mi alrededor, pero sin poder apenas abrir los ojos, y menos levantarme o hablar. Ahora me ocurría lo mismo; les oía como hablaban y disponían todo a mi lado, pero era totalmente incapaz de tomar parte en la conversación que ellos mantenían. A veces esta sensación de ver la vida a través de la barrera, como si fuese una película en donde otros son los protagonistas, y uno se limita a ser un mero espectador, puede ser un enorme descanso y una bendición. Yo no tenía que tomar decisiones, porque había gente a mi lado que pensaba por mí. Solo tenía que respirar para seguir viviendo, pero había gente a mi alrededor que movía los hilos de mi vida.
Sin embargo, me equivocaba al pensar que los tres días de estancia en la clínica iban a ser tranquilos. Nunca en nuestra breve convivencia habíamos discutido tanto Daniel y yo. Tercamente se negó a salir de allí ni una sola noche, a pesar de que me bastaba tocar el timbre para que una amable enfermera atendiese mis menores necesidades. Tampoco quería dejarme sola ni para bajar a comer a la cafetería, y si no fuese porque Diego le subía la comida, creo que hubiese estado los tres días sin probar bocado. Pero lo peor era que cada media hora me estaba preguntando si me encontraba bien, si tenía muchas molestias…y literalmente me estaba volviendo loca. Cuando me dieron el alta y llegamos a casa no las tenía todas conmigo, porque pensé que seguiríamos tirándonos los trastos a la cabeza. Pero no se si porque el ambiente del hospital nos ponía a los dos nerviosos, en nuestra casa todo fue mejor. Era como si nada más entrar nos relajásemos y hubiésemos firmado un pacto de no agresión. Después de comer no quise acostarme; estaba ya hastiada de tanta cama; y él me ayudó a tenderme en una hamaca en el jardín, con un cojín tras la espalda para estar cómoda. Hacía buen tiempo; estábamos ya a principios de mayo y aunque por las noches seguía refrescando y solíamos encender el fuego, a aquella hora de la tarde era muy agradable estar fuera, con el aire puro de las montañas acariciando mi cara. Cerré los ojos y escuché como trinaban los pájaros en el bosque cercano. Y el cuco, al que no oía desde que era una niña, se sumó a los cantos. Quise compartirlo con Daniel, pero él no tenía ni idea de qué le hablaba; y tuve que explicarle qué tipo de pájaro era.
-Me olvidaba de que tú fuiste un niño de ciudad.
-Si, no había muchos pájaros en Madrid, es verdad.
Extendió sus largas piernas en la hamaca en donde estaba tendido, a mi lado.
-Se está bien aquí-me dijo tomando mi mano y llevándosela a los labios. Me reí, su barba me hacía cosquillas.
-Si, se está en la gloria. Y sobre todo ahora que el pelo está empezando a crecerme y me han puesto lo que me faltaba. Ya de nuevo estoy empezando a ser yo.
-Pero no te dejes el pelo largo. Me lo has prometido.
-Y lo cumpliré, no te preocupes. Aunque creo que no me queda bien.
-Claro que te queda bien. Las mujeres hermosas no necesitan esconder su cara; así, con el pelo corto, se te ve mejor.
Me encogí de hombros. Si a él le gustaba, no sería yo quien lo discutiese.
-Esta noche te llamará Úrsula. No ha querido molestarte cuando estabas en el hospital. Pero hemos hablado cada día y está al tanto de todo.
Quizá la que no estaba al tanto era yo, porque la notaba esquiva en las conversaciones. Y lo comenté con Daniel. Tenía la extraña sensación de que cuando ellos dos hablaban o se mandaban mails me ocultaban algo. Es decir, había algo que mi hija le había contado a él y no a mi; lo cual estaba lejos de molestarme, porque significaba que por fin su relación se estaba haciendo fluida.
Se pasó una mano por la barba, y quedó callado un rato. Pero le apremié con la mirada y pareció dispuesto a hablar.
-No se mucho, pero algo me ha contado.
-Pues ya estás tardando en decírmelo.
-Tú ya sabes que hay alguien especial, un chico, ¿no?
-Si, pero no me ha dicho nada apenas. Sólo que se están conociendo y salen juntos de vez en cuando. Pero creo que hay algo más.
-Si, yo también lo creo. De hecho, se ven todos los días. Y hay algo que no ha querido contarte todavía para no interferir en tu operación; pero que a mi si me ha dicho. Y me ha pedido que interceda, que sea yo el que te ponga en antecedentes.
Me estaba empezando a poner nerviosa con tanto preámbulo.
-Esta embarazada-le dije. Mira que me molesté en educarla bien y enseñarle a que tomase precauciones.
-Nefertiti, cállate, haz el favor; siempre haciendo conjeturas, y siempre equivocadas. No, no nos hará abuelos, de momento al menos. Es algo más simple. Se trata de ese chico con el que sale, porque creo que aunque no lo diga de esa manera, en realidad salen juntos; incluso me atrevería a decir que son novios.
-¿Y? ¿Qué es lo que pasa?
-En realidad es uno de sus profesores.
Me llevé la mano al pecho. ¿Estaba mi hija manteniendo una relación con un hombre mayor, que seguramente intentaría burlarse de ella y hacerle daño?
-Santo Dios, esta niña nada más que me da disgustos. Liarse con un hombre que seguramente tiene edad para ser su padre. Y espérate que no sea casado. Ahora bien, no le voy a consentir ni que estropee su vida ni que rompa una familia. Cualquiera diría que no la he educado con unos sólidos principios. Ella sabe cual es mi parecer en estas cosas.
Daniel me interrumpió. Se levantó y me tapó la boca con la suya.
-Es la única manera de hacerte callar. Te juro, Nefertiti, que eres la boba más hermosa que he visto en mi vida, pero boba al fin y al cabo.
-Ah, ¿si? ¿Se puede saber por qué? ¿Acaso tú ves esto normal? Tiene 22 años, por Dios, está saliendo del cascarón y se lía con un señor que a buen seguro tendrá mi edad, o más.
-Pues no, señora mía, no tiene tu edad, ni la mía. Eso te pasa por no dejarme acabar nunca las frases y sacar tus propias conclusiones, equivocadas, por cierto. Tiene 34 años. ¿En dónde hay una ley que diga que los profesores de universidad tengan que sobrepasar siempre los 40 años? Hay doce años de diferencia entre ellos, tampoco creo yo que sea tanto. Y no está casado, así que quédate tranquila, que tu niña no se ha cargado ninguna de esas familias idílicas de las películas americanas.
Suspiré, más aliviada; aunque doce años de diferencia seguían pareciéndome bastantes.
-¿Y por qué te lo ha dicho a ti antes que a nadie?
-No lo se, quizá porque me ve como alguien que está menos implicado en el tema. Yo no soy su padre, creo que me ve como a alguien de confianza, a quien le puede contar cosas que igual no se atrevería a contar a sus padres. Yo nunca juzgo; escucho y me limito a decir lo que pienso del asunto si me piden mi opinión.
-Si, eso es muy fácil decirlo, pero si fuese hija tuya, actuarías de otra manera.
Se quedó callado un rato y quise morderme la lengua. Probablemente le había ofendido, aún sin pretenderlo.
-No sé como actuaría, cariño. No tengo hijos-dijo, al fin, sin mirarme.
No añadió nada más, pero yo era perfectamente capaz de hacerlo por él. No tenía hijos y a mi lado nunca los tendría. Esa era la triste realidad. Cuando empezamos esta relación no sopesamos todas las consecuencias. Los dos actuamos un poco atolondradamente, atendiendo solo a los sentimientos, a que nos sentíamos enamorados. Pero, ¿Sería bastante para Daniel? Yo tenía a mi hija, pero él no conocía lo que era ser padre y por lo que me había contado de aquella relación que se rompió, era importante para él. Me quedé en silencio, temía decir algo que pudiese hacer que entrásemos de lleno en el tema, porque desconocía que rumbo podría tomar la conversación. Ante mi misma podía confesarlo; me callé porque tenía un miedo enorme a perderlo. Y eso me convertía en un ser egoísta. Si le amase de veras, supongo que me apartaría de él y le dejaría que se buscase a una mujer más joven y sana, que le pudiese dar hijos. Yo ya no podría hacerlo nunca. Pero como la cobarde que siempre he sido, cambié rápidamente de tema.
-¿Y sabes algo más de él? ¿De su familia, o como se llama, al menos?
-Sólo me ha dicho lo que acabo de contarte, y si, se su nombre. Se llama Mark Porter. Nada más. Ahora, será mejor que entremos, está refrescando. Vamos, te ayudaré.





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