13 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 55



Cuando volvimos a casa solo estaban Úrsula y Mark. Mi hermano, Elia y Carlos ya se habían ido. Elia tenía por delante el trabajo de preparar la consulta en nuestra clínica. Había vendido su parte a Julia, su antigua socia, y Carlos estaba contento de mudarse a una ciudad más pequeña, más humana que la capital. A mi me encantaba tenerles a todos a poco más de media hora de camino, porque así nos veríamos mucho más.
La noche anterior a la visita al centro, durante la cena, hablamos con mi hija y su novio sobre lo que pensábamos hacer. Yo se lo había adelantado, pero me parecía justo mantenerles informados, porque si al final decidíamos llevar a cabo la adopción y a nosotros nos pasaba algo, ellos eran, junto con Elia y Diego, la familia más cercana. De manera muy generosa, nos ofrecieron todo tipo de ayuda, cualquiera que fuese nuestra decisión.
Confieso que cuando entramos en el enorme y desangelado edifico donde estaba el centro me temblaban las piernas. Me agarré fuerte de la mano de Daniel y busqué su mirada, para darme ánimos. Pasamos primero al despacho del director, el amigo de Diego. Era un hombre bajito, menudo, con gafas de gruesa montura negra, y que caminaba como dando saltitos. Inmediatamente tuve que frenar mi calenturienta imaginación, porque me parecía talmente un pájaro carpintero. Y precisamente cuanto más nerviosa estoy, más tonterías suelo hacer; así que si no quería acabar riéndome a carcajadas y estropearlo todo, más me valía pensar en otra cosa. Me centré en el asunto e intenté olvidarme de pájaros carpinteros y demás fantasías.
-Entiendo que Diego os ha explicado los motivos; y espero que no os sintáis molestos por haber sido tan francos.
-En absoluto-le contestó Daniel. Estamos agradecidos, en todo caso, porque esa franqueza nos ha evitado perder el tiempo en presentar una solicitud que sería rechazada.
-Bien, pues entonces, podemos pasar a la sala donde están los niños. No quiero que lo veáis como un muestrario ni mucho menos. Es simplemente para que podáis tomar contacto con ellos en lo que es su entorno cotidiano y así comprobéis por vosotros mismos que, dentro de lo que cabe, gozan de buena salud; aunque necesitan muchos cuidados.
Los dos asentimos, y levantándose, nos invitó a seguirle a través de un largo pasillo, con puertas pintadas de verde manzana a uno y otro lado. Por fin, cuando llegábamos casi al final del corredor, abrió una de ellas y entramos en una sala muy grande, luminosa, con las paredes de amarillo claro, y pinturas murales representando escenas de cuentos infantiles. La Cenicienta compartía pared con el Gato con Botas, El Soldadito de Plomo, y el Ratón Mickey. Varios niños jugaban en el suelo, sentados en una alfombra; los que sabían caminar correteaban a sus anchas o pintaban; y los más pequeños estaban en parques o en cunas. El ambiente era agradablemente tranquilo; había cuatro cuidadoras que deambulaban entre los niños, repartiendo caricias, consolando a los que se habían hecho daño, recolocando chupetes entre los bebés, o incluso amonestando a los más traviesos. Cuando nos vieron entrar, la mayoría se giró a mirarnos con curiosidad, pero pronto volvieron a lo que estaban haciendo.
-¿Cuál es el caso más complicado que tienen por aquí?-preguntó Daniel.
-¿El más complicado? ¿Te refieres a qué niño tiene menos posibilidades de ser adoptado?
-Si, exactamente.
Yo esperaba una reacción semejante por su parte, no puedo decir que me sorprendiese, porque mi marido era así. Pero Ginés, el director, si que se quedó un tanto asombrado, aunque lo disimuló.
-Bueno, quizá el caso más difícil sea el de dos mellizos, niño y niña. Tienen cinco meses y no han sido adoptados porque nos resistimos a separarles, y si es difícil que se lleven a uno, imaginad a dos.
-¿Podemos verles?-pregunté.
-Claro, están aquí-nos señaló una cuna en el extremo de la habitación.
Nos acercamos. Eran pequeños para la edad que Ginés había mencionado. El niño dormía, su hermana no; estaba pataleando y gorgoteando, contenta. Daniel acercó su mano para acariciarla, y ella de inmediato de apoderó de su dedo, apretándolo entre los deditos y queriendo llevárselo a la boca. Algo se me rompió por dentro al imaginar que aquellos hermanos podían ser separados y vivir sin saber uno del otro. Recordé lo que Diego representaba en mi vida, y cuanto tiempo habíamos perdido.
Fue entonces cuando el pequeño se despertó; y ni siquiera lloró, como suelen hacer la mayoría de los bebés; se limitó a abrir sus ojitos, azules, y fijarlos en mí. Me miró durante un rato, y luego me dedicó una encantadora sonrisa desdentada. Decir que me enamoró es insuficiente; me quedé prendada de los dos. Pedí permiso para cogerles; y cuando la cuidadora me dijo que si, animé a Daniel a que tomase a la niña en brazos, y yo levanté al pequeño. Acerqué su cabecita pelada a mi mejilla y sentí su calor, su tibieza, su inocencia que me pedía protección. Miré a mi marido, que se desenvolvía bastante bien con la niña, aunque resultaba gracioso ver a ese gigantón barbudo manejar con tanto cuidado un bebé que apenas pesaría seis kilos. Daniel también me miró sonriendo, pues la niña no había soltado su dedo, seguía agarrada a él como si fuese una tabla de salvación. Después de un rato les dejamos en la cuna de nuevo, y nos despedimos del director y de las cuidadoras. A Ginés le prometimos, ya fuera de la sala, que volveríamos en una semana, más o menos, y le diríamos qué habíamos decidido.
Cuando volvíamos a casa, sin poderlo evitar, empecé a hablar de los bebés y le supliqué a Daniel que lo pensase seriamente, que tenía la sensación de que esos niños nos estaban destinados.
-¿Has visto que ni han llorado cuando les cogimos en brazos? Dime la verdad, a ti también te han encantado, te han conquistado.
-Si, Nefertiti. Es verdad, no te voy a mentir. Pero en este momento hay que pensar con la cabeza, no dejarse llevar por el corazón, y sopesar seriamente los pros y los contras. Habíamos pensado en un niño, no en dos.
-¿Y qué culpa tienen ellos? Son mellizos, han estado siempre juntos. ¿Tendrías corazón para separarles?
-No he dicho eso. Tan solo quiero que te des cuenta de que será doble trabajo.
-Eso ya lo sé, Dani, he criado una hija, por si no lo recuerdas, y se perfectamente que lidiar con niños es duro, y a veces se echa de menos a Herodes.
Se echó a reír.
-Una de las cosas que más me gusta de ti, Nefertiti, es que me haces reír. Pero ahora en serio, ¿eres consciente de que no estás todavía curada por completo?
-Si, lo soy, perfectamente.
-Si decidimos llevar esta locura adelante, que todavía no he dicho que si-añadió al ver mi cara de felicidad-te advierto de que tendrás que cumplir todas las condiciones que yo te imponga, porque no son negociables.
Levanté la mano derecha y le dije que le juraba por lo más sagrado que cumpliría todo lo que me pidiese.
-Sabes que el curso próximo daré clases tres tardes en semana en la Facultad de Periodismo, ¿no?
Asentí con la cabeza, y él siguió hablando.
-Por no decir que me han propuesto participar en algún debate en televisión, y que la colaboración con el periódico será diaria. Es decir, que estaré bastante ocupado, aunque la mayor parte del trabajo la haga desde casa. Si nos los quedamos, compartiremos el trabajo, pero habrá algún momento en que tendrás que quedarte sola.
-No hay problema. No soy una pusilánime.
-Ya lo se, y eso es lo que temo. Porque harás demasiadas cosas, te cansarás, y pondrás en peligro tu salud. Y para mi tú eres lo más importante; por nada del mundo voy a consentir que te expongas a una recaída. Así que si quieres que tengamos hijos, tendrás que consentir que contratemos a una señora que te ayude en las faenas de la casa y con los niños; al menos los días que yo no esté.
Suspiré. Daniel sabía que odio tener gente extraña a mí alrededor. Pero era consciente de que la enfermedad me había dejado limitaciones, y dos bebés proporcionaban una cantidad enorme de trabajo.
-Está bien. Sea como tú quieras.
-Vale, pues entonces seguiré pensándolo.
-Tramposo; yo pensé que ya estaba decidido.


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