3 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 56



Hablaba en el tono de siempre, pero yo advertí que algo había cambiado; de una manera casi inapreciable y que desde luego ninguna otra persona notaría. Pero vi algo en su mirada que me dio miedo. Sentí terror porque me pareció que le estaba perdiendo. Quería darme la vuelta, abrazarle, decirle que sentía mucho no poder darle hijos, pero me daba demasiado miedo destapar la caja de Pandora, porque no sabía lo que había dentro ni adonde nos podía llevar. Aunque hacía pocos meses que nos conocíamos sabía perfectamente que una ruptura me dañaría en lo más hondo. Y por eso me callé, porque lo que no se ha dicho todavía, no existe. Al fin y al cabo quizá yo tampoco era tan distinta de mi madre como siempre pretendí.
Evidentemente había cierta tensión entre nosotros, que intentamos disimular mientras cenábamos, hablando de bobadas y tratando de no mirarnos demasiado. Pero cuando nos acostamos era ya obvio que él estaba molesto aunque no dijese nada, y yo preocupada por el rumbo que habían tomado las cosas. Al apagar la luz, cuando se giró de espaldas a mi, sólo pude quedarme rígida, sin moverme, sin respirar apenas, porque nunca lo había hecho. Siempre dormíamos abrazados y ahora se limitó a darme las buenas noches y noté perfectamente como se mantenía en su lado de la cama. Éramos como dos boxeadores esperando el enfrentamiento; uno en cada parte del cuadrilátero, sopesándose mutuamente. Intenté relajarme y esperar a que llegase el sueño, pero esperé en vano. Y ni siquiera me quedaba el consuelo de dar vueltas en la cama, porque tenía que ser cuidadosa con mi pecho; todavía me dolía y tenía que ver en qué postura me colocaba. No se si Daniel dormía, porque no le oía ni respirar. Pero en cualquier caso yo no era capaz de quedarme en la cama en esas condiciones. Me levanté despacio y me fui a la cocina. Allí me preparé una infusión y me senté, pensando cómo solucionar esta situación. No soportaba que Daniel estuviese distante; él siempre estaba pendiente de mí, y ahora que apenas me hablaba y que no me tocaba, me sentía como una paria, como si el mundo se hubiese derrumbado a mi alrededor. Quizá debería hablar con él y preguntarle directamente qué le pasaba, aunque yo sabía lo que era: de repente se había dado cuenta de que conmigo nunca tendría hijos y eso le pesaba demasiado. Quizá no supiese cómo decírmelo.
Mientras estaba pensando qué hacer, apareció a mi lado, y sin decirme nada, se preparó otra infusión.
-¿Tú tampoco puedes dormir?-le pregunté.
Negó con la cabeza, y se sentó, mirándome, por primera vez desde esta tarde, de frente. No fui capaz de sostenerle la mirada; tenía demasiado miedo por si veía en ella frialdad, cuando estaba acostumbrada a todo lo contrario.
-Lo siento mucho, Daniel; siento haberte defraudado, pero me imaginé que tú sabrías que después del tratamiento no podría tener hijos. Comprendo que no es justo para ti y que te replantees esta situación. No te has comprometido a nada, sigues siendo completamente libre. Puedes irte cuando quieras, o si lo prefieres, me iré yo.
Me miró, extrañado. Parecía que no sabía de qué le estaba hablando.
-Cuando te dije que como tú no tenías hijos no podías entenderlo, algo cambió en ti. Me dí cuenta. No sabes disimular.
Se levantó para servirse una copa y caminó desde la cocina hasta la puerta de entrada; y allí se quedó unos minutos, de espaldas a mí. Es curioso cuanto puede decir del estado de ánimo de una persona su espalda, y sobre todo sus hombros. Daniel estaba triste; lo sabía por la manera en como dejaba caer los brazos a lo largo del cuerpo; se le notaba más que si le estuviese mirando a la cara. Volvió a sentarse a mi lado, y por fin me cogió una mano entre las suyas. Me acordé del día que le conocí, cuando le saludé y mi mano, mucho más pequeña, fue engullida por aquella enorme manaza de gigante. Ahora me abandoné por completo a la calidez que desprendían sus dedos acariciando los míos.
-Nefertiti, como de costumbre te haces tu propia película en la cabeza y sufres en silencio por no preguntar. No hay nada de lo que estás pensando. No soy bobo y sabía perfectamente cuando iniciamos esto que tú no podrías tener hijos. Y lo acepté, porque aunque me hubiera gustado ser padre, prefiero tenerte a ti. No hago de eso ningún problema. No van por ahí los tiros.
-Pero desde esta tarde estás molesto. Hay algo que yo he dicho o que he hecho que nos está alejando. Y no sé que es.
-Si, reconozco que estoy, no enfadado, sino profundamente dolido; aunque intento entender tu postura.
Le pedí que me lo aclarase. Sentía un cierto alivio al saber que no esperaba de mi lo que no podía darle, pero no alcanzaba a entender en qué le había molestado. Siguió manteniendo mi mano entre las suyas, y eso me reconfortaba.
-Ya sé que Úrsula no es mi hija, y nunca he pretendido ponerme en el lugar de su padre. Pero aunque al principio me resultó desagradable, aprendí a quererla, sobre todo por ti. Porque es tu hija, porque la quieres, y entonces entiendo que también debe formar parte de mi vida. Por eso me dolió que me dijeses que como no es mi hija no puedo entender cómo te sientes. Ya se que no es mi hija, no hace falta que me lo recuerdes. Tampoco era mi hija cuando salí a buscarla en medio de la noche para evitar que hiciese alguna tontería o se matase en el coche. Pero lo hice porque no quería verte sufrir, porque me gustaría apartar de ti todos los problemas y que no padezcas nunca más.
Jamás pensé que su malestar se debiera a esa idea que se había formado en su cabeza, y eso me convenció de que callar las cosas que pensamos es lo peor cuando se pretende que una relación vaya por buen camino.
-Dani-le dije, atrayéndole a mi lado. Lo siento; yo nunca dije esas palabras pensando en dañarte ni en hacerte de menos.
-Ya me lo imagino, Nefertiti, pero me hizo sentir como si no formase parte de tu vida, como si fuese el último en la lista de las cosas importantes. Quizá porque tú tienes a más personas que te quieren, de lo cual me alegro. Pero tienes que entender que tú eres todo lo que yo tengo. Y no puedo pensar en perderte o en que me relegues. Puedes decirme que soy tonto o algo infantil, pero creo que sentí celos, miedo al verme apartado.
-No es verdad, o al menos no en el sentido en el que lo planteas. En mi vida ahora ocupas el primer puesto. Úrsula es muy importante, pero ella ya tiene su propio camino. Somos tú y yo quienes estamos juntos, quienes compartimos nuestras vidas.
Le acaricié la cara, y se dejó hacer. Permanecimos abrazados y en silencio; hasta que yo me separé un poco y le pedí que volviésemos a la cama. Todavía faltaba mucho para que fuese hora de levantarnos.
-Y no atrevas nunca más a darme la espalda en la cama. Así no puedo dormir, y como lo hagas, de un puntapié te tiro a la alfombra-le amenacé.
-No será necesario. Ven, te pondré la crema de aloe; anoche me olvidé.
-¿O hiciste por olvidarte?
-No soy tan mala persona como crees-me aseguró. Si no te hablaba e intentaba no tocarte no era por enfado, como tú crees, sino porque me sentía menospreciado, dolido, como si no representase nada en tu vida.
-¿Y por qué no me lo dijiste?
-Ya lo hice, hace un momento.
-Vaya, cuando no te quedó más remedio, cuando te lo pregunté.
-Vale, pues los dos debemos intentar ser completamente sinceros y sobre todo aclarar las cosas en el momento en que empiecen a surgir dudas.
-Si, eso pienso yo. Pero como siempre, las cosas siempre son más fáciles cuando nos las proponemos que después, cuando llega el momento de cumplir con lo que uno ha prometido.
-Lo intentaremos, al menos-sugirió.
-Lo intentaremos-repetí.
Ya estábamos desvelados y nos pasamos todavía un buen rato hablando sobre mi hija y su nueva relación, que me preocupaba un poco, aunque era consciente de que no podía tomar decisiones ni sufrir por ella. Tenía que vivir su vida como yo había vivido la mía, y como todos hacíamos; aprendiendo a base de errores. Noté que Daniel quería decirme algo más; pero estaba tomándose su tiempo, y no le apremié. Y efectivamente, a los pocos minutos salí de dudas.
-Hay quizá algo que no te he dicho. Con el cariz que tomaron las cosas, me olvidé.
-Pues estoy esperando.
-Úrsula me mandó una foto de su profesor, para que te la mostrase.
-Esta niña; ¿Por qué te usa de intermediario? ¿O es que tiene algo raro el chico, aparte de que me parezca algo viejo para ella?
-No, no veo nada de raro en él.
-¿Es guapo?-quise saber. Podría ir a verlo en tu ordenador, pero francamente, estoy tan bien ahora mismo aquí, los dos juntos y arrebujados bajo las mantas, que me da pereza salir.
-¿Y yo qué se, Nefertiti? No entiendo de hombres, supongo que es un chico normal. Además, eso ¿qué importancia puede tener? Por lo visto, a ella le parece muy guapo.
-¿Es alto?
-Pues como yo, más o menos aunque en la foto no se aprecia demasiado bien, pero si se que tú eres muy pesada.
-Y tú un soso. Parece mentira que te ganes la vida contando cosas; luego a la hora de la verdad hay que sacarte las palabras con un sacacorchos.
-Es que cuento cosas que suceden, no me dedico a describir a la gente.
- A ver si al menos eres capaz de contestar a preguntas sencillas. ¿Es rubio?
-Más bien diría que no.
-¿De color tiene los ojos?
-Negros, creo.
-¿No le has encontrado parecido con alguien? Ya sabes que dicen que todos tenemos nuestro alter ego por ahí, perdido. A mi me han dicho en alguna ocasión que me parecía a…
-Nefertiti-acabó por mí. Y es verdad, aunque ya esté empezando a crecerte de nuevo el pelo, te sigues pareciendo. Y este chico, si tuviese que sacarle semejanza con alguien-se rascó la barba por un momento. Yo diría que se parece bastante a Sidney Potier, cuando era joven, claro…
Me quedé callada. Igual no le había entendido bien. Pero por la manera como me miraba, me dí cuenta de que si, que le había entendido perfectamente.
-Quieres decir que es…
-Negro-completó. Como el carbón, diría yo.
Tragué saliva mientras me recuperaba de la sorpresa. A mi me daba igual el color de la piel; si soy sincera, me preocupaban más los doce años que les separaban. Temía que mi hija no fuese lo suficientemente madura. Pero me había sorprendido la noticia porque fue algo en lo que nunca pensé. Los matrimonios interraciales solían encontrarse con problemas, eso era evidente. Pero si ella le quería, sin duda sería por algo, y Úrsula se merecía ser feliz.
-Respira, Nefertiti, a ver si te va a dar un pasmo.
-No, estoy bien. Pero no te negaré que me ha sorprendido la noticia. Aunque, lo pero está por llegar.
-¿Lo peor?-repitió.
-Si. Cuando se entere Arturo ya verás la que se va a armar.
-Pero es que además de capullo, ¿también es troglodita?
Me eché a reír, porque aunque no me gustase la definición, se acercaba algo a la realidad.
-No exactamente. Pero yo, que le conozco bien, sé que tras su fachada de hombre tolerante y mundano se esconde una persona muy tradicional, que no concibe ciertas cosas. Y si esta relación va en serio de verdad, creo que le dará un síncope al pensar en la posibilidad de tener nietos mulatos.
-Y diría que más que mulatos, prácticamente negros. Vamos, que cuando veas la foto lo entenderás, pero es que el chico es casi azul, de tan negro.
Le dí un codazo y los dos nos echamos a reír hasta que nos saltaron las lágrimas. Realmente, no estaba ni medianamente bien que nos riésemos del padre de mi hija, pero es que la situación se prestaba a ello. Yo tenía claro que si mi hija le quería, sería porque él lo merecía, y tendría las puertas abiertas para entrar en mi familia. Lo que hiciese Arturo era cosa suya. Él sabría si quería perder a su hija por sus ideas trasnochadas.
Cuando nos dimos cuenta ya eran las nueve de la mañana y no habíamos dormido. El caso es que no tenía sueño, y quizá hubiésemos llegado a celebrar la reconciliación como es debido si no tocasen a la puerta en ese justo momento. Daniel se levantó a mirar por la ventana, con cara de fastidio.
-No me lo puedo creer. Es tu hermano.
Salió a abrir así como estaba, solo con el pantalón del pijama. Yo me puse una bata y fui detrás de él. Me preocupaba que hubiese pasado algo. Pero al parecer era tan solo que se iba de viaje en un par de horas y quería ver antes que mi recuperación seguía su curso.
-Vaya, no madrugáis mucho que digamos-se burló.
-¿Tú tienes algún tipo de radar?-le preguntó Daniel, con fastidio apenas disimulado.
Diego se encogió de hombros y me miró con aire de no saber por donde iban los tiros.
-A éste le das algo raro de comer, ¿no? ¿Qué es eso del radar?
-Nada-me apresuré a contestar, echándole una mirada de advertencia a Daniel. Vamos a la cocina, haré el desayuno.
Me ayudaron a poner el desayuno y fui informando a mi hermano de las novedades que concernían a su sobrina.
-Vaya con la niña. Vamos de sorpresa en sorpresa. ¿Y lo sabe su padre?
-Se lo ha contado solo a Daniel. No se cuando tiene pensado decírselo a Arturo, pero en todo caso es algo que debe hacer ella. Yo me niego rotundamente a darle la noticia.
-¿Tan mal le va a sentar?-preguntó Diego untando una tostada de mantequilla.
-Peor. Se subirá por las paredes.
Daniel estaba callado, comiendo un bocadillo y tomando café, pero tenía tal aire de satisfacción que no pude evitar soltarle una palmada en la mano para que dejase de comer.
-¿Qué pasa? –protestó. ¿No puedo comer porque la niña nos traiga al nieto de Kunta Kinte?
Los dos empezaron a reírse como idiotas, y cuanto más me enfadaba, más se reían.
-Cretinos, estúpidos cretinos. Se va a armar una buena en la familia, que nos traerá problemas a todos, y no sabéis hacer otra cosa que reíros como adolescentes.
-Venga, Elena, déjate de dramas. El padre de tu hija tendrá que guardarse sus ideas trasnochadas y aceptar, no le queda más remedio.
-Tú no le conoces.
-No, pero quizá en algún momento tenga que hacerlo.
-¿Por qué?
-Porque el viaje que hago es a Madrid, para ver a Elia.
-Vaya-le dijo Daniel.
-Si, vaya- repetí yo. Parece que a todo el mundo le ha entrado de repente la fiebre del emparejamiento.
-Será la primavera-adujo Daniel-que enardece los ánimos.
-Bueno, que os dejo que sigáis con lo que interrumpí, por la cara que puso alguno al abrir la puerta. Tengo que estar en el aeropuerto en una hora. ¿Le cuento a Elia lo de la niña?
-Si, pero dile que sea discreta y de momento no le diga nada a su hermano. Es Úrsula quien tiene que hablar con su padre.
Nos despedimos de Diego en la puerta y entramos de nuevo. Daniel me enlazó por la cintura nada más cerrar.
-Ya has oído a tu hermano. Hay que terminar lo que quedó pendiente. Así que vamos.
-¿Ahora?
-Esas cosas no se rigen por horarios.
Y puede que tuviese razón; no teníamos obligación de rendir cuentas a nadie. Por primera vez en mi vida me sentía completamente libre de hacer lo que me diese la gana, de actuar sin pensar en las consecuencias. Empezamos a quitarnos la poca ropa que llevábamos ya en el pasillo. Quizá el haber estado en una situación límite, cuando sabes que puede ser que no te quede tiempo para hacer las cosas que habías planeado, da nuevas alas y somos capaces de enfrentarnos a la vida de otra manera, dando importancia a lo que de verdad la tiene. Y en este momento, lo más importante para mi era estar con Daniel, vivir con él y para él, todo el tiempo del que ambos dispusiésemos.
-Tenemos que levantarnos-dije, soñolienta, unas horas después.
-¿Por qué? No hay nada tan importante que nos espere que no pueda seguir haciéndolo un rato.
-Pero es que tengo hambre-me quejé.
-Bueno, eso ya es otra cosa. Vamos, entonces a comer algo. Y podemos hacerlo en el jardín. Creo que hace buen día.




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