14 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 56



Ya en casa les dimos toda la información que nosotros teníamos a los chicos, y más tarde, cuando vinieron Elia, Carlos y Diego, lo volvimos a repetir para ellos. La adopción era un tema nuestro, pero en realidad la familia entera estaba implicada porque si estos niños iban a ser nuestros hijos, serían hermanos, sobrinos, nietos, incluso. Carlos no iba a permanecer apartado; era miembro de mi familia, el patriarca, se podría decir; el abuelo de mi hija, y por tanto de sus hermanos. Cada cual dio su opinión sincera. La más renuente era Elia, quizá por su personalidad práctica y extremadamente realista.
-Elena, ¿vas a tener fuerzas para hacer frente a esa situación? Dos bebés dan mucho trabajo, muchos quebraderos de cabeza, y más si están delicados.
-Si, Elia, ya lo se. No hablo de algo que desconozca; te recuerdo que he criado a una hija; se el sacrificio que requiere; noches sin dormir, pérdida de intimidad, cambio de horarios. Lo se todo.
-Y aun así, sigues empeñada en la idea-acotó ella, con cara seria.
-Si. Y más después de verles. Se merecen una familia, alguien que les quiera. Y nosotros nos merecemos la experiencia de ser padres, juntos. Yo siempre quise tener más hijos, y no fue posible. Ahora es el momento.
Estábamos todos reunidos en el jardín; a la caída de la tarde, pero cuando todavía el sol no se había ocultado del todo. Úrsula había preparado te helado, y disfrutábamos de un momento relajado, a pesar de la conversación que manteníamos. Daniel, que estaba sentado a mi lado, se levantó y se puso delante de todos los demás, mirándonos fijamente, recorriendo con la vista el rostro de todos los presentes. Empezó a hablar como si pronunciase un discurso ante un público expectante.
-Todas vuestras opiniones me interesan mucho, porque todas aportan cosas interesantes, y además, en una familia las decisiones se consultan, se discuten, se hablan. Pero me perdonareis que os diga que la opinión que tiene más peso para mi es la de Diego, que aún no ha dicho nada, por cierto. El hablará como hermano, como futuro tío, pero le conozco y se que sobre todo hablará como médico de Elena. Si él dice que no hay problema, para mi no hay nada más que discutir.
Todos dirigimos la mirada hacia Diego, que estaba repantigado en una hamaca, con los ojos entrecerrados, y al parecer ajeno a todo lo que se estaba hablando. Al notar tantas miradas fijas en él, se irguió un poco y adoptó una postura más seria.
-He estado escuchando atentamente vuestro relato, aunque no lo parezca. Y las opiniones de cada cual. Elia tiene razón en que dos bebés dan un trabajo considerable; y es cierto también que estos pequeños necesitan una atención especial en razón de sus problemas de salud.
Chasqué la lengua, ligeramente molesta. Ya me imaginaba que Diego se pondría de parte de Elia y Daniel no se dejaría convencer. Pero mi hermano, que se dio cuenta de mi gesto, me hizo una señal, poniéndose el índice en los labios, de que me mantuviese callada.
-Pero, a pesar de todo, he de decir que no me parece una locura la adopción. Y esto por varios motivos. El primero es que a estos niños la vida se les presentará muy diferente y más fácil dentro de una familia que les quiera y les de toda su atención, que en un centro, por muy bueno que éste sea. Luego está el ligero aliciente de que parece que Daniel y Elena quieren ser padres. No veo problemas médicos. Es verdad que Elena ha estado enferma, que todavía no tiene el alta definitiva, que tendrá que seguir sometida a controles; y que no debe hacer grandes esfuerzos. Pero me ha parecido muy buena idea la condición de Daniel de tener ayuda en casa, para las faenas y para los niños. Siendo así, yo, como médico de Elena, doy mi aprobación. Como hermano, también. Es importante para una recuperación definitiva, el bienestar, la felicidad.
Me levanté de mi silla y me arrojé literalmente en los brazos de mi hermano. Le cubrí de besos, hasta que él me apartó.
-Quita, pesada, chantajista. Si mi decisión no te gustase, estarías corriéndome por toda la finca a escobazos. No creas que no te conozco.
Miré, triunfante, a Daniel. Y él sonrió.
-Bien, pues entonces, por cuasi consenso, se aprueba la propuesta. Solo falta que nos consideren aptos para padres-añadió, muy serio.
-Pues claro que nos considerarán adecuados. ¿Quién mejor?
-Cualquiera con más experiencia. Nunca he cambiado un pañal, ni he dado un biberón, y no tengo ni idea de distinguir llantos.
-Nadie la tiene. A ser padres se aprende siéndolo-le rebatí.
Sacudió la cabeza; todavía no muy convencido.
-Sea. Si me dicen hace un año que a estas alturas estaría casado y a punto de que lleguen un par de bebés, le hubiese tomado por loco.
-Es lo malo de conocer a Mamá. Te cambia la vida-le contestó Úrsula, abrazándome.
No esperamos una semana para comunicar nuestra decisión a Gines, sino que al día siguiente Daniel le llamó para decirle que queríamos iniciar los trámites de adopción. Enviamos toda la documentación que nos solicitó y fuimos informados de que para obtener el certificado de idoneidad probablemente recibiésemos en casa la visita de algún funcionario que tendría que informar si nuestro modo de vida era adecuado para la crianza de los niños. Por supuesto, se presentaría sin avisar. No me preocupaba; nada teníamos que ocultar. No éramos perfectos, pero tampoco había en nuestras vidas nada tan terrible como para que debiésemos mantenerlo oculto.
Elia y Diego decidieron que aplazarían su boda hasta Navidad; ahora estaban demasiado ocupados preparando la nueva consulta, y a principios de septiembre toda la familia tendría que viajar a Estados Unidos al enlace de mi hija y Mark. Una tarde que estábamos solos Carlos y yo, le comenté que parecía que a todos nos había dado la fiebre del emparejamiento. Yo hacía la cena y Carlos estaba sentado en la mecedora de la cocina, con una taza de te en la mano, saboreando esa hora de la tarde-noche, tan agradable, cuando el día ya va quedando atrás y se acerca la hora de cenar en familia, de relatar como han ido las cosas, de hacer sobremesa con la gente que nos importa.
-Sólo falta que a ti también te alcance la fiebre, suegro.
Se echó a reír. Y yo le miré con cariño y di gracias a Dios por permitirme seguir disfrutando de su compañía, por hacerle abierto de miras y generoso.
-No, querida. Para mí esa época ya ha pasado. Fui muy feliz con Leticia, con la salvedad de ese asuntillo que en otra ocasión te conté.
Asentí. Recordaba perfectamente la conversación que habíamos mantenido; al día siguiente de su llegada, cuando intentó que Arturo y yo arreglásemos las cosas.
-Carlos-le dije tocándole el hombro. No te preocupes demasiado por tu hijo. Creo que él y la niña acabarán arreglando sus diferencias. Y no está solo; parece que la relación con la Barbie, quiero decir, con Paula-rectifiqué-sigue por el buen camino.
Pero él sacudió la cabeza con tristeza. Sorbió un poco de té, y mirando a un punto indefinido a través de la ventana, habló en voz baja.
-Ojala tengas razón en lo referente a Úrsula. Sobre el otro tema ya te he dicho lo que pensaba. Creo que ella le utiliza para medrar profesionalmente en el despacho. ¿Has olvidado que Arturo es uno de los socios fundadores?
-No seas tan malpensado. Yo prefiero pensar que le quiere de verdad.
-¿Y entonces por qué no quiso conocer a su hija? ¿Por qué ahora no ejerce su enorme influencia sobre él para que vaya a su boda y acepte a su novio? Yo te lo diré; es una snob, y le sabe mal que su hijastra tenga un marido negro; por eso no hace nada por suavizar las cosas.
-Bueno, Carlos, seamos justos; no creo que la culpa sea de Paula. Arturo es como es, tú lo sabes, yo lo se, y todos los que le conocemos un poco.
-Si, tienes razón, pero ella es igual que él. Y de ahí nunca saldrá nada bueno. Son demasiado interesados los dos. Las relaciones así no suelen ser largas.
Me encogí de hombros. Quizá me había equivocado sacando el tema de Arturo; pero sabía que Carlos se preocupaba por su hijo y quise darle a entender que yo seguía estando a su lado, aunque de hecho ya no fuese su nuera. Para mi lo importante es que él seguía siendo el abuelo de mi hija, y parte de mi vida.
-Elena-me llamó. Te has ido muy lejos. ¿En qué estabas pensando?
-En todo y en nada. Pensaba que me alegro de que seamos personas civilizadas, de que aún después de que tu hijo y yo nos hayamos divorciado, sigamos siendo parte de la misma familia.
-No podía ser de otra manera. Te confieso que antes de conocer a Daniel tuve mis dudas, porque aunque yo te quiera como a una hija, y eso nadie lo pueda cambiar, quizá a él no le gustase tenernos cerca a Elia y a mí.
-Sabes que no es así.
-Si, lo se, porque lo veo todos los días, y sobre todo porque él se encargó de que me quedase claro.
-No entiendo-le dije.
-¿No te contó que tuvimos una larga charla el día que fuimos a pescar?
-No, pero me imagino que hablasteis, porque pescar, lo que se dice pescar, nada de nada. Menos mal que hice la cena. Si espero por lo que me prometisteis traer, haríamos dieta.
-No pescamos, pero la tarde fue productiva. Me dejó bien claro que sabía que tú nos querías, que nos considerabas tu familia, y que por tanto, éramos también la suya. ¿Sabes que tienes un gran hombre a tu lado?
-Si, suegro, lo supe desde el día en que le conocí. Y día a día descubro nuevas cosas que me lo reconfirman.




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