4 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 57


Era verdad, el sol se filtraba por las ventanas y resultaba hasta de mal gusto no salir a disfrutarlo. Las flores que había plantado el año anterior estaban ahora en plena floración y su aroma llegaba hasta donde nos sentábamos. Me encontraba bien, satisfecha y en paz; aunque me moría de ganas de hablar con mi hija para que me contase más detenidamente su relación con este muchacho. Daniel me había enseñado su foto. Era guapo, muy guapo; parecía una estatua de ébano. Ahora faltaba ver si también era hermoso por dentro. En poco más de un mes Úrsula tendría vacaciones, y pensaba llamarla para que le trajese a casa. No sé lo que Arturo pensaba hacer, pero yo tenía muy claro que quería conocerle para valorar la relación. Se lo comenté a Daniel.
-Voy a decirle a la niña que se traiga al chico en vacaciones. Quiero conocerle.
-Si, sería buena idea. De todas maneras, creo que ella tenía pensado hacerlo, y estaba esperando que yo te contase las novedades para proponerlo.
-Pueden quedarse aquí, ¿te parece?
Asintió con la cabeza, y cambió un poco la silla para ponerse al sol. Me fijé que se había puesto algo más moreno y empezaban a salirle pecas alrededor de la nariz. Me gustaba mirarle cuando no se daba cuenta, y a veces, por las noches, me pasaba tiempo observando como dormía. Abrió los ojos, y me sonrió.
-¿Qué miras?
-A ti. Te han salido pecas.
-Si, es la maldición de los pelirrojos. No sabes cuanto las odiaba cuando era pequeño.
-A mi me gustan.
Acercó su silla a la mía, y se sacó del bolsillo una cajita pequeña. La puso en mi regazo.
-¿Qué es?
-Sí la abres es probable que lo sepas.
Era un anillo. Sencillo. Un aro ancho de oro coronado por una piedra de ámbar. Le interrogué con la mirada. No era mi cumpleaños, ni mi santo, ni celebrábamos nada especial, que yo supiese.
-Quiero que nos casemos.
Me sorprendió porque nunca lo habíamos hablado, no me parecía demasiado importante. Estábamos bien juntos y no necesitábamos nada más.
-¿Por qué?
-¿Y por qué no?-me rebatió.
No tuve argumentos para contestarle. Pero nunca había pensado que debiésemos casarnos, no veía la necesidad de hacerlo. Tal vez si yo fuese más joven y pensásemos tener hijos si estaría bien, pero en estas circunstancias, ¿para qué complicarnos la vida con papeles? No íbamos a ser más o menos felices, ni a querernos más o menos por ese pequeño detalle. Pero aunque intenté explicárselo, no me quiso atender. Me rogó y me suplicó que lo aceptase, y tampoco vi en ello motivo de discutir.
-¿Quieres que nos casemos? Pues vale, nos casaremos. Pero sólo pongo una condición. Lo haremos de manera discreta, nosotros solos.
-Se necesitan dos testigos.
-Diego y Elia, nadie más. Y Carlos si quiere venir. No quiero más parafernalia.
Los dos dejamos de hablar, asustados por un estruendo en la carretera. Daniel se levantó para ver qué había pasado, porque era una zona tranquila por la que no solía haber demasiado tráfico. Desde la cancela de entrada vimos que un coche había chocado contra el muro de la finca. Daniel corrió hacia el vehículo y yo me fui a coger mi móvil por si había que llamar a alguien. Cuando llegué adonde estaba el coche me asusté. Estaba destrozado y pensé que sus ocupantes no podrían estar en muy buenas condiciones. Pero a veces el exterior engaña, afortunadamente. La pareja que estaba dentro no tenía, aparentemente, nada grave. Llamamos a una ambulancia. Parecía que el conductor tenía una pierna rota y la acompañante, una chica de unos treinta años, se había hecho un corte en la frente; bastante profundo, y se quejaba de que le dolía el pecho, probablemente por la sujeción del cinturón. Pero cuando me acerqué un poco más me asombró ver que en asiento trasero había dos sillitas de niño, ocupadas por un bebé de unos seis meses y una niña a la que calculé, como mucho, tres años. Estaban intactas, sin un solo rasguño, y ni siquiera lloraban. Me dio la impresión de que el susto había sido tan grande que todavía no habían reaccionado.
-No se preocupen. La ambulancia vendrá enseguida-les tranquilicé.
La madre se echó a llorar; creo que hasta ese momento no se dio cuenta de lo que pudo haber pasado y de la suerte que habían tenido.
-Pero y las niñas, ¿Qué haremos con ellas cuando nos lleven al hospital?-se lamentó.
-No se agobie por eso. Si quiere podemos avisar a alguien de su familia para que las recoja.
-Somos de Zamora. Mi hermana podría venir, pero tardaría al menos unas horas.
-Bueno, pues no hay problema por ello. Nos quedaremos con las niñas y que su hermana las recoja aquí. No nos conoce, pero le aseguro que somos gente normal y sus hijas estarán bien con nosotros.
No se si me creyó o si la situación la superaba de tal manera que pensó que no le quedaba más remedio que fiarse. Llamaron por teléfono a la tía de las niñas y dijo que hasta dentro de un par de horas no podría salir para recogerlas. Cuando llegó la ambulancia y se llevó a los heridos, sacamos a las niñas del coche y las llevamos a la casa. Menos mal que llevaban consigo comida de bebé, pañales y ropa de recambio. Daniel cogió en brazos a la pequeñita y yo convencí como pude a la mayor para que se tomase de mi mano y me acompañase. Me miraba, un tanto desconfiada y chupándose el pulgar con algo de miedo, pero se agarró de mi mano y empezó a caminar a mi lado. Conseguí que me dijese que ella se llamaba Laura y su hermanita Lucía. Me enterneció pensar que la mayor estaría asustada de estar entre desconocidos. Pero parecía una niña valiente y aunque me miraba de reojo, siguió caminando y respondiendo a mis preguntas con su lengua de trapo. Tenía tres años, como yo había pensado. Ya dentro de la casa sentamos a la pequeña en su sillita y le prepararé un biberón según las instrucciones de su madre. Me senté con ella en brazos en la mecedora y le dí de comer. Había olvidado, después de tantos años, la paz que se siente con el peso de un bebé entre los brazos y lo bien que huelen los niños pequeños. Se lo tomó todo sin rechistar y una vez que le hube puesto un pañal limpio la dejé sentada de nuevo en su silla, contenta y jugando con un móvil de colores. Pensé que podría darle de merendar a Laura. Le pregunté si le gustaba la leche con galletas, y asintió con la cabeza. Daniel la había cogido en brazos y estaba dibujándole muñecos y animales en su bloc de notas. La niña parecía encontrase cómoda con él, así que fui a la cocina a calentar la leche. Cuando volví me quedé parada en el quicio de la puerta, escuchando: Laura se reía a carcajadas. Daniel estaba contándole el cuento de Los tres cerditos, haciendo las voces de cada uno de ellos y del lobo con tal precisión que parecían los cuentos que cuando yo era pequeña contaban en los programas de radio. No conocía esa faceta suya; nunca le había visto tratar con niños y me llamó la atención que esta pequeña, que le acababa de conocer, se mostrase totalmente confiada en sus brazos.
-Bueno, aquí está la merienda para la señorita
Sin bajarse del regazo de Daniel empezó a comer, mirándome fijamente.


-¿Por qué tienes así la cabeza, con poco pelo?-me preguntó, con la franqueza con que hablan siempre los niños.
-Bueno, verás-fui ganando tiempo mientras pensaba qué decirle
-Porque yo le pedí que se lo cortase-interrumpió Daniel.
-¿Por qué?-insistió ella. Y yo suspiré porque o mucho me equivocaba o íbamos a tener una tarde animada. Los tres años eran la etapa del por qué.
-Porque me gusta más así. ¿A qué es guapa mi chica?
-Si-contestó ella; aunque no parecía demasiado convencida. ¿Y tú por qué tienes pelos en la cara?-siguió preguntando mientras le toqueteaba la barba. Pica-dijo riéndose y apartando la mano.
-Se llama barba, y la tengo porque me gusta. ¿A ti no?
-No se. Mi papa no tiene. ¿Y no tenéis niños?
-Tenemos una niña, pero ya es mayor y no está aquí-le contestó Daniel.
-Entonces, ¿no hay juguetes?
Gran pregunta. Habría que entretenerla de alguna manera. La pequeña no era problema, porque se había quedado dormida en su sillita y lo único que hice fue mover la palanca para recostarla un poco y que estuviese más cómoda. Pensé un rato y recordé que quizá en el altillo de mi armario estuviese el juego de construcciones de Úrsula. Nunca había sido una niña demasiado aficionada a las muñecas y las cocinitas; más bien prefería construir cosas. Herencia de su abuelo arquitecto, supongo. Le pedí a Daniel que mirase si estaba allí todavía; a mi me quedaba aún una semana hasta que pudiese levantar los brazos y empezar a coger pesos. Afortunadamente, lo encontramos, y los dos se sentaron en la alfombra y empezaron a construir una casa, aunque aquello se parecía cada vez más a un barco.
Les observé como buscaban las piezas, discutiendo cual era la mejor para colocar. Creo que el secreto era que Daniel le hablaba como si fuese una persona mayor, sin la condescendencia que solemos adoptar con los niños en algunas ocasiones y que hace que, sobre todo cuando son inteligentes como esta pequeña, nos miren con desconfianza. Formaban una bonita estampa; la niña de rizos negros y ojos oscuros, cogiendo confiada en sus manitas las piezas que le daba el gigante barbudo y pelirrojo. Cada vez que colocaba una pieza, Laura palmoteaba, jaleándose a sí misma. Daniel levantó la mirada y posó sus ojos en mí. Me sonrió; con una sonrisa feliz, de niño pequeño que se está divirtiendo. Y yo le devolví la sonrisa aunque no dejaba de pensar que estaba renunciando a cosas muy importantes que yo nunca le podría dar.
O tal vez si. Solemos pensar que la vida corre en una sola dirección y que las cosas que no se pueden solucionar de la manera que se ha hecho siempre; es porque no tienen solución posible. Pero no tenía por qué ser así. Si no evolucionásemos y buscásemos nuevas formas de vivir, todavía estaríamos encendiendo el fuego con dos palos. Estaba empezando a pensar en algo a lo que tendría que dar unas cuantas vueltas. Pero la estancia de estas niñitas en nuestra casa quizá hubiese sido una señal, algo providencial.
Su tía nos llamó por teléfono para decir que llegaría alrededor de las doce de la noche, porque quería pasarse antes por el hospital; y preguntaba si habría algún problema. Le dije que no, naturalmente, aunque no las tenía todas conmigo, porque mi experiencia de madre me decía que aunque los niños pequeños puedan estar muy contentos mientras es de día, a la hora de irse a la cama es otra cosa, y baste que les falte su muñeco o una mantita determinada, para que armen un buen lío. Bueno, lo intentaríamos, y a ver qué pasaba. Eran ya las ocho de la tarde y pensé que quizá fuese buena idea bañarlas y darles de cenar. No conocía los horarios a los que sus padres las tenían acostumbradas, pero dado que eran muy pequeñas, pensé que no deberían estar despiertas más allá de las nueve. El problema era que yo todavía no podía cargar pesos ni moverme demasiado. ¿Sabría bañarlas Daniel? En todo caso, habría que probar. Le pregunté si se atrevía y se echó a reír.
-Son niñas, no bombas a punto de explotar. Puede que no tenga mucha maña, pero no las dejaré caer. Eso si, tú mantente a mi lado, y me vas diciendo.
Empezamos con la chiquitina. Puse suficiente agua en la bañera; la grande tendría que servir porque yo no tenía bañera de bebés. Miré que la temperatura fuese la adecuada y fui desnudando a la niña. Hacía tanto tiempo que no tenía un bebé en casa que confieso que estuve algo patosa con broches, velcros y pañales, pero lo conseguí. Por suerte tenía jabón de bebé en el baño, porque cuando mi piel estaba tan delicada, era el único que podía usar.
-Bien, ahora, agarra a la niña-le dije a Daniel, y pasa tu brazo derecho por su espalda. No tienes que molestarte en sujetar la cabeza, eso ya lo sabe hacer ella sola; pero si que debes tener cuidado de que no se te resbale. Un bebé puede ahogarse fácilmente en la bañera.
-Gracias, Nefertiti-me dijo, con cierto tono de rencor en su voz. Era el tipo de aliento que estaba necesitando para hacerlo todo con más tranquilidad.
-Venga, hombre, que no pesa más de ocho kilos, la podrás manejar.
-Si, pero se mueve.
A pesar de sus quejas, sujetó a la niña de la manera correcta y la metió en el agua y yo fui lavándole con suavidad la cabeza y el cuerpecito. Ella se limitó a patalear alegremente y en ningún momento hizo el menor amago de llorar. Cuando ya estaba lavada me senté en el taburete con una toalla calentita extendida y Daniel me la puso encima de las rodillas. La secamos bien y con mayor o menor rapidez, le puse un pijama. Bien, un problema menos. Bañar a Laura fue bastante más sencillo, porque ya no era tan frágil como su hermana. Pero sacarla del agua resultó complicado, porque pretendía quedarse chapoteando un buen rato más. Al final, con persuasión y promesas de cuentos de princesas, conseguimos que saliese. Preparé el biberón de Lucía y ya en la cocina, hice que Daniel se sentase y le entregué el biberón y el bebé.
-¿Y que quieres que haga con esto?-me preguntó.
-Pues mira, yo había pensado que se lo podías dar a la niña, pero igual tienes una idea mejor. ¿Jugar con él al fútbol, rifarlo en una tómbola?
-Ya se para lo que es, pero nunca lo he hecho. ¿Y si se atraganta?
- A ver, manazas, agarra a la niña, ponle la tetina en la boca y sujétala en el ángulo adecuado. Así no-le corregí la postura. Si no tragará mucho aire y luego nos dará la noche, porque le va a doler la tripa. Vale, así, lo estás haciendo bien.
Le dejé alimentando a Lucía, con Laura como testigo, y yo me fui a la cocina y le preparé a la mayor una tortilla con queso y jamón. Recordé que a Úrsula le gustaba mucho, y esperaba que a ella también, porque no tenía en casa comida apropiada para niños.
A las nueve en punto las niñas habían acabado de cenar y estaban medio muertas de sueño. ¿Dónde las íbamos a acostar? Me daba miedo llevarlas a una cama, por si se caían, pero Daniel tuvo la genial idea de hacer una cama improvisada enfrentando los dos sillones orejeros. Los cubrí con una manta y allí las pusimos a las dos, bien arropadas. No tardaron ni diez minutos en quedarse dormidas; y aunque empecé a contarle a Laura el cuento de Cenicienta, no llegué ni a la mitad.






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