15 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 57



Como faltaba poco para la marcha de los chicos decidimos pasar un día cerca del río, porque a Mark también le gustaba la pesca, como a Daniel y a Carlos. Me insistieron en que no era necesario llevar comida, que asaríamos lo que pescasen, pero no me fiaba. Recordaba la última vez, así que cuando salimos en el todoterreno de siete plazas, el maletero iba repleto de comida que había preparado el día anterior: dos tortillas de patatas, filetes empanados, una tarta de manzana, sándwiches y una empanada. Suficiente para alimentarles a todos, aunque los pescadores fallasen.
Le dije a Daniel que yo conocía un atajo para llegar antes al río, aunque la carretera era estrecha y con muchas curvas. Le ofrecí conducir, pero entonces mi hija empezó a despotricar en el asiento trasero.
-Barbas, no le dejes conducir a Mamá. No puedo pensar en nada más surrealista que ir por una carretera peligrosa con Mamá al volante. Si es una dominguera, que parece que va pisando huevos.
Todos se echaron a reír, hasta Daniel. Pero yo me defendí.
-No es verdad. Soy prudente, simplemente. Pero después de lo que ha dicho la mocosa esa, y de que todos le habéis reído la gracia, no pienso conducir. Arreglaos como podáis.
Y para demostrarle a Daniel que sus burlas también me habían molestado, me senté en el asiento trasero, lejos de él. Al fin llegamos sanos y salvos, aunque usásemos el atajo. Los pescadores se fueron a lo suyo y nosotras nos quedamos con Diego, al que pescar le parecía demasiado aburrido. Les propuse subir a un monasterio que se alzaba en lo alto de la montaña; eran apenas dos kilómetros, pero tía y sobrina declinaron la propuesta. Preferían tumbarse en la hierba y leer. Fuimos solamente Diego y yo. La cuesta era empinada, pero no me costaba subir. Me encontraba mucho más fuerte, y Diego se dio cuenta del cambio.
-Si, estoy muy bien; creo que no me encontraba tan fuerte desde hace mucho tiempo. ¿Sabes? Todavía no te he dado las gracias por apoyarme el otro día. En lo de la adopción-le aclaré.
Le quitó importancia diciendo que había hecho lo correcto, porque médicamente no había ningún impedimento.
-Es que-le confié agarrándome de su brazo-cuando ví a esos dos pequeños a los que si nos llevábamos probablemente separarían o se quedarían en el centro para siempre; pensé en lo que a nosotros dos nos robaron y que ya nunca podremos recuperar.
No me contestó. Seguimos caminando, subiendo la cuesta y parando de vez en cuando para ver el hermoso paisaje, el río discurriendo tranquilo entre las verdes montañas pobladas de pinos, y los puentes colgantes que cruzaban la corriente en varios lugares.
-Nuestro padre me confesó poco antes de morir-me dijo después de un rato-que intentó varias veces verte y contártelo todo, darse a conocer.
-¿Y por qué no lo hizo?
-Por tu madre. Ella se lo prohibió.
-Si, la creo capaz-asentí, con la cabeza gacha. Todavía no entiendo porque se creía con derecho de negarme conocer a mi padre y a mi hermano.
-Creo que no era a ti a quien quería castigar, Elena, sino a nuestro padre. El no me contó exactamente lo ocurrido, pero creo que cuando tu madre se quedó embarazada se negó a abandonar a mi madre, y ahí empezaron los rencores y los problemas. Me parece que a su modo, las quería a las dos.
-¿Se puede querer a dos mujeres a la vez?-le pregunté.
-Ya sabes, en la canción de Antonio Machín se decía que si-bromeó él. Pero a mi no me parece posible. Me imagino que no las quería a las dos de la misma manera. Cuando yo nací el parto fue muy complicado y mi madre estuvo grave; se temía por su vida. Se salvó, pero a raíz de eso siempre estuvo delicada. Padecía del corazón y le recomendaron no tener hijos, pero ella insistió; quería darle un hijo a mi padre. Y creo que por eso él nunca se atrevió a dejarla.
-Y mi padre no le perdonó. Así que le castigó impidiéndole tener contacto conmigo. Si, ella haría eso. No era mala persona-aclaré, porque no deseaba que se hiciese una idea equivocada. Pero tenía un extraño sentido de la justicia, quiero pensar, aunque tal vez fuese venganza.
-En cualquier caso, aunque tarde, nos hemos reunido-añadió Diego, abrazándome.
Cuando regresamos lo habían hecho también nuestros pescadores, con cuatro o cinco peces de buen tamaño. Mark y Daniel se encargaron de asarlos y entretanto fuimos disponiendo el resto de la comida. Al acabar el improvisado almuerzo cada uno hizo lo que más le apetecía; Carlos durmió una reconfortante siesta a la sombra de un árbol, Mark y Úrsula fueron a ver las ruinas del viejo monasterio; Elia y Diego se quedaron recostados, charlando y leyendo; y nosotros decidimos dar un paseo por la orilla del río. Daniel me tomó de la mano y echamos a andar en silencio, regocijándonos de nuestra propia compañía. Hacía calor, pero todo el paseo estaba orlado de árboles que nos daban sombra y era agradable caminar. Me sentía ligera y feliz como si tuviese de nuevo veinte años.
-¿Habéis caminado mucho esta mañana?
-Fuimos hasta el monasterio.
-No quiero que ahora te canses; cuando quieras que demos la vuelta, me lo dices.
-Estoy bien, Daniel. De hecho, creo que hacía años que no me encontraba tan bien.
Había algo que me daba vueltas en la cabeza desde el día anterior, y quería que lo comentásemos.
-Dani, ¿crees que luego, cuando lleguen los bebés, estaremos muy aislados en nuestra casa?
-No, no lo creo. Teniendo coche, ¿Qué más dan cinco kilómetros arriba o abajo?
-Es que, aunque yo prefiero el campo, he pensado que si tú quieres podríamos mudarnos a un piso que heredé de mi madre, en Coruña, en el centro. Ahora está alquilado, pero el contrato vence en seis meses. Podría hablar con el inquilino.
Me miró de reojo, y frunció el ceño.
-¿Quién es ese inquilino?
-Apenas le conozco; es un señor que se separó hace poco y necesitaba un piso.
Dejó de caminar y mirándome fijamente, movió la cabeza de un lado al otro.
-De eso nada. No permitiré que hables con él. Conozco tus mañas con los inquilinos a quienes apenas conoces. Encima, recién separado. Te ataré a la pata de la cama si es necesario, pero a ese no le pones un ojo encima si no es por encima de mi cadáver.
-Idiota. No te burles. Cualquiera diría que te seduje el primer día que te vi.
-Casi. No negarás que me sobornaste con tu cocina.
Me eché a reír y nos detuvimos al lado de uno de los puentes colgantes que llevaba hasta la otra orilla, en donde se alzaba el monasterio. Daniel me estrechó más y nos besamos.
-¿Nunca te he dado las gracias por el soborno?
Negué con la cabeza, emborrachándome de su mirada.
-Pues ahora lo hago. Es lo mejor que me ha pasado. Y a tu pregunta sobre la casa; no, no creo que estemos muy aislados. Será mejor para los niños criarse en el campo, con aire puro y espacio para correr.
-Estoy deseando volver a verles.
-Diego me ha dicho que podemos solicitar, antes de que nos concedan la custodia definitiva, con la adopción, que nos dejen llevarlos en acogida.
Me quedé callada, dudando. Las acogidas no me gustaban, porque no eran definitivas. Te encariñabas con un niño, y siempre estabas temiendo que al final te lo quitasen.
-No se, Dani. ¿Y si luego no nos permiten quedárnoslos?
-Claro que lo permitirán. Ya verás como lo del certificado de idoneidad no nos da mayor problema.
Al día siguiente, hacia media mañana, un coche aparcó delante del jardín cuando yo me encontraba precisamente sacando malas hierbas, con un pañuelo anudado a la cabeza, vaqueros viejos, una camisa raída y guantes. Daniel estaba escribiendo en su portátil, sentado también en el jardín, y los demás estaban desperdigados por ahí. Todos nos quedamos mirando a la mujer que se bajó del coche, preguntándonos quien sería. Le calculé unos treinta y cinco años. Llevaba un traje de chaqueta claro, muy formal, y una cartera de trabajo, al parecer repleta de papeles. Daniel se levantó y caminó hasta ella, y yo fui detrás. Se presentó; al parecer era la funcionaria encargado de evaluar nuestra capacidad para ser padres. La invitamos a que entrase en la casa, pero dijo que prefería, de momento, que nos quedásemos en el jardín. La casa la vería luego, para valorar si se adecuaba a las necesidades de los niños. Aún en contra de mi voluntad, no pude evitar sentirme nerviosa. Me quité los guantes, y me pregunté si tendría la cara manchada de churretones de tierra. Ella se caló unas gafas y empezó a sacar papeles de su cartera.
-Aquí menciona que viven los dos solos. ¿Quién es, entonces, toda esta gente?
-Nuestra familia; están de visita-le informó Daniel.
Pero como seguía mirándonos de manera interrogante, le expliqué en pocas palabras quien era cada uno.
-Entonces, entiendo que a pesar de estar divorciada de su primer marido siguen manteniendo una buena relación-afirmó, más que preguntó.
-No diría tanto-contradije. Con él la verdad es que apenas he hablado después del divorcio. Pero es verdad que su padre y su hermana siguen siendo una parte importante de mi vida, de la nuestra, ahora.
-¿Y eso es un problema para usted?-le preguntó a Daniel.
Él la miró, sorprendido, pero le contestó con toda la calma del mundo.
-¿Por qué iba a serlo? Si mi esposa considera que son parte de su familia también lo son de la mía.
Me preguntaba a donde quería llegar esta mujer. ¿De verdad eso era importante en nuestra aptitud como padres?
-Según estos papeles hace apenas un mes que se han casado.
-Así es-le confirmó Daniel.
-¿Y cuando se conocieron?
-En diciembre-le contesté yo, temiendo su reacción. Esta mujer estaba acabando con mis nervios, y por su culpa hasta yo misma parecía insegura de nuestras capacidades.
Se quitó las gafas y se quedó pensativa, mordisqueando una de las patillas.
-Esto es bastante extraño. Se acaban de conocer y quieren adoptar un par de niños. Puede que su unión no vaya bien.
-Si, y puede que en invierno no llueva-la atajo Daniel. Nadie, cuando inicia una relación, puede predecir como será en el futuro. Y sin embargo, las parejas tienen hijos; viven, siguen adelante.
Nos pidió que entrásemos en la casa para ver cómo estaba distribuida. Le enseñamos pacientemente cada habitación; y ella se detuvo sobre todo en la cocina, en los baños y en el que sería el dormitorio de los niños. Ya en la sala, nos sentamos alrededor de la mesa de centro y volvió a sacar los papeles.
-Por lo que veo ninguno de ustedes goza de una buena salud.
-Pues no-le dije. Ya me imagino que habrá leído el informe, y sabrá que me estoy recuperando de un cáncer.
-¿Y cree que está capacitada para hacerse cargo de dos bebés?
Tragué saliva. No sabía si iba a tener fuerzas para exponer mis argumentos con la suficiente fuerza; pero Daniel me puso la mano en el hombro, suavemente, y me dijo en voz baja que le dejase a él.
-Nosotros también hemos pensado en eso; pero el oncólogo que trata a mi esposa ha dado su visto bueno, y él es quien mejor puede valorar cómo está. De todas formas, yo trabajo en casa; compartiremos el trabajo de criar a los niños, y hemos pensado también en contratar a alguien que nos eche una mano en las tareas domésticas para que nos quede más tiempo libre.
Asintió en silencio y estuvo unos minutos tomando notas en su agenda.
-¿Por qué quieren adoptar precisamente a esos niños?
Ahora fue mi turno para pedirle a Daniel que me dejase hablar.
-Verá, he de confesar que la primera que pensó en la adopción fui yo; y que mis motivos en aquel momento, quizá fuesen egoístas. Después de la quimioterapia sabía que era imposible que me quedase embarazada y no quería quitarle a mi marido la posibilidad de ser padre. Pero nos dijeron que sería bastante difícil que nos diesen un niño sano; y nos hablaron de la posibilidad de algún pequeño con problemas. Fuimos al centro, vimos a los mellizos y las prioridades cambiaron. Los dos dejamos de pensar en nosotros y nos preocupamos por cual sería la suerte de esos niños. Si ya es complicado que alguien adopte un niño seropositivo, con dos sabíamos que era casi imposible. Nos pareció cruel que les separasen.
Se quedó callada, mirándonos alternativamente a los dos. Después de unos minutos se levantó, recogió todos sus papeles y se despidió de nosotros, diciendo que en quince días, como máximo, nos comunicarían algo.
Los dos nos quedamos preocupados, porque aquella mujer era tan fría e impenetrable que no sabíamos con qué idea se había marchado. Podría escribir cualquier cosa en su informe.



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