5 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 58



Sentí pena cuando a medianoche se las llevaron. Hacía mucho tiempo que no tenía contacto con niños tan pequeños y me había olvidado de lo divertido de sus preguntas y ocurrencias. Recogimos el juego de construcción para guardarlo de nuevo en el baúl de los recuerdos, a la espera de que algún hijo de Úrsula le diese uso. Cuando ya estábamos acostados estuve a punto varias veces de preguntarle a Daniel si había disfrutado con las pequeñas, pero al final no lo hice, y fue él quien sacó el tema.
-No sabía que los niños podían ser tan divertidos. Nunca traté con ellos tan de cerca.
-Si, puede que lo sean, pero no es oro todo lo que reluce. Criar niños también tiene su lado malo, si es que se puede llamar así. Lo que quiero decir es que es un trabajo agotador, en el que nunca hay vacaciones, que tienes que hacer estés o no cansado, con o sin buen humor. Requiere mucha capacidad de sacrificio.
-Si, ya me lo imagino-contestó él. Pero lo he disfrutado. Es algo semejante a cuando te enfrentas a una página en blanco y la vas llenado de palabras, que hacen frases y párrafos, y luego capítulos de un libro. En cierto modo, debe ser algo parecido a un trabajo creativo.
-Puede; pero no exactamente. Cuando escribes un libro tú mandas. Dices lo que quieres o cuando quieres. Pero cuando crías un hijo hay muchos factores externos que te condicionan; el primero el propio niño; porque no hay dos iguales, y por mucho que tú pretendas educarle de una manera, su carácter, en un momento o en otro, saldrá a flote.
Me abrazó y dijo con voz soñolienta que en todo caso ese no sería nuestro problema, porque aunque Úrsula nos dejase a sus hipotéticos hijos de vez en cuando, no tendríamos la carga de educarles, solo de consentirles. Sí, esa era la misión de los abuelos; consentir las cosas que los padres prohíben, contar cuentos, ser pacientes y hacer, en algunas ocasiones, de confidentes y cómplices de los nietos, aunque sin torpedear la función educadora de los padres. Era el papel ideal para mi, el que me correspondía en este momento, porque yo ya había criado y educado a una hija. Pero no era el papel de Daniel, que había pasado de largo por la etapa previa. La idea que me rondaba por la cabeza durante casi todo el día iba tomando cada vez más forma. Pero era lo suficientemente realista como para darme cuenta de que aunque pareciese sencilla, en la práctica no sería así. Teníamos muchas circunstancias en nuestra contra; para ser exactos, no había casi nada a favor. Y había que pensar más bien en los terceros inocentes que en nuestro propio egoísmo. No se trataba de comprar una mascota ni un juguete del cual nos pudiésemos desprender cuando ya lo hubiésemos disfrutado. Este era un compromiso de por vida. ¿Cuánto tiempo duraría la mía? Me estaba entrando dolor de cabeza de tanto pensar, así que me acurruqué al lado de Daniel, que dormía ya desde hacía bastante tiempo, y me tapé bien. Por hoy había sido bastante. Mañana sería otro día y seguiría pensando en mi idea.
Úrsula me llamó para preguntarme mi opinión sobre como decírselo a su padre, y yo le aconsejé que le fuese preparando y le contase primero que tenía novio, que pensaba traerle de vacaciones, y que dejase el insignificante detalle de su color para el final. Sin embargo, conociéndola, al final haría lo que le diese la gana, como siempre. Por mi parte, empecé a preparar la casa porque en apenas un mes llegarían a pasar el verano. De común acuerdo con Daniel decidimos esperar a estar toda la familia reunida para celebrar la boda, y fuimos adelantando trámites en el juzgado. Me resultaba raro pensar en casarme de nuevo, no era algo que necesitase, pero Daniel quería hacerlo, y a mi no me constaba nada complacerle.
En cuanto a mi salud, cada día me encontraba un poco mejor. Diego me había dicho después del último reconocimiento que de momento no me hacía falta más quimioterapia, y me sentí muy aliviada. En seis meses tendría que hacerme de nuevo pruebas y ver la evolución. Con el pelo corto, pero desde luego ya no con el aspecto de una bola de billar, y teniendo de nuevo dos pechos, me encontraba mucho más confiada en mi aspecto físico. Ya no tenía que pensar qué ropa poner para disimular mi cuerpo, y era algo de agradecer sobre todo en el momento en que avanzábamos hacia el verano.
Daniel había terminado de escribir su libro, aunque le quedaba una parte muy laboriosa, que era la relectura y corrección antes de entregarlo a la editorial. Pero trabajaba a buen ritmo. Habíamos establecido una especie de rutina: levantarnos a las ocho, desayunar juntos, dar un pequeño paseo a esa primera hora en que la hierba huele a fresco y el aire es más puro, y luego él se encerraba en el salón y durante las tres horas siguientes oía desde la cocina el teclear del ordenador. A media mañana solía venir en busca de un café, de conversación y de un rato de mimos. Comíamos en el jardín, ahora que el tiempo era bueno, y luego holgazaneábamos un rato tendidos en las hamacas. Un poco más de trabajo por la tarde y de vez en cuando salíamos a cenar, al cine, o simplemente a pasear cerca del mar. En muchas ocasiones le pregunté si no le parecía una vida demasiado monótona después de la suya anterior, llena de acción, de peligros y de novedades. Pero siempre me contestaba que era una época pasada de su vida y que por nada del mundo querría repetirla. Que había estado bien en aquel momento.
Me había llamado Elia, que estaba pasando unos días con mi hermano, pues al parecer su relación iba prosperando, para que fuese con ella de compras. Confieso que me asombró, porque tiene unos gustos tan definidos que nunca quiere que nadie la acompañe en su deambular por las tiendas de ropa. Cuando me dijo que me recogería en casa después de comer entendí que la historia de las compras era, en realidad, una disculpa y que lo que deseaba era hablar conmigo, contarme algo o que le diese mi opinión sobre un tema que le preocupaba.
Me despedí de Daniel cuando llegó Elia y nada más subir al coche le rogué que me dijese la verdad, porque no me creía lo de las compras. Efectivamente, me confesó que no era para ayudarla a decidir para lo que me había pedido que nos viésemos. Nos detuvimos en un pueblo costero que queda a unos veinte kilómetros de mi casa. Como el día había amanecido gris y no había mejorado el tiempo, la playa estaba vacía y empezamos a caminar por la arena, descalzas, como niñas pequeñas. Apenas había cinco o seis personas paseando, y cada uno iba a lo suyo.
-Venga, ¿Qué es lo que pasa?-le pregunté. Desde que salimos de casa estaba con cara lánguida y de preocupación, cuando ella en absoluto era así.
-Quiero que me des tu opinión, porque me encuentro en una encrucijada. No se qué hacer. Temo tomar una decisión equivocada, pero algo tengo que decidir, ya. No puedo esperar más.
-Quizá si me explicas cual es el problema, pueda decirte algo. Ven, vamos a sentarnos.
Nos acomodamos en unos bancos de madera colocados en el paseo estratégicamente, de manera que se el mar desde cualquier ángulo. Elia se recolocó el flequillo varias veces, señal de que estaba preocupada e inquieta.
-Es acerca de Diego.
-¿Tenéis problemas?-le pregunté. Aunque me parecía extraño, porque les había visto dos días atrás y me pareció que estaban muy bien juntos. A Diego le ví feliz y dicharachero como nunca.
-No, no problemas precisamente. El caso es que nos va demasiado bien.
Me eché a reír. Elia, cuando quiere, puede enredar las cosas de manera que sea difícil entenderla.
-¿Puede ser un problema que las cosas vayan demasiado bien? Sois más raros los dos que un par de perros verdes.
No me contestó de inmediato. Se quedó mirando, con la vista como perdida, hacia el horizonte. El sol estaba empezando a ocultarse, y aunque hoy el día había sido oscuro, el horizonte estaba ahora de color rojizo. Señal de que mañana el día sería soleado. Lo había aprendido de mi abuela, y nunca fallaba.
-Diego me ha pedido que vivamos juntos. Dice que ya no tenemos edad para desperdiciar el tiempo.
-Estoy de acuerdo. Pero hay que saber si tú quieres compartir tu vida con él.
-Claro que quiero. Pero también me asusta. Quiero decir que llevo demasiado tiempo siendo independiente, viviendo a mi aire, y temo que al compartir casa se vaya todo al traste.
-No sé que quieres que te diga, Elia. No te puedo dar garantías de que las cosas irán bien. Ni yo ni nadie. Pero a veces hay que arriesgarse. Te puedo hablar de mi caso, simplemente. Mi situación era bastante más complicada que la tuya, con una enfermedad a cuestas, un divorcio en ciernes; en fin, que tenía mucho miedo. Pero de momento la cosa funciona, y nunca he sido tan feliz. Yo te diría que si no pruebas, siempre te quedarás con la duda. Pero, ¿dónde viviréis? No me imagino a mi hermano dejando la clínica ni a sus pacientes; son la mitad de su vida.
-Sería yo quien viniese aquí.
-Comprendo. ¿Y la consulta?
Elia era una buena dentista y había trabajado muy duro para crearse un nombre y una buena clientela. Me parecía raro que renunciase a ello.
-Bueno, hace ya tiempo que las cosas no van muy bien entre Julia y yo.
Asentí con la cabeza. Julia era su socia, y tenía un carácter bastante complicado.
-De hecho, me ha insistido muchas veces en comprarme mi parte. Su hijo terminó la carrera hace un año y lo que quiere es llevarlo a trabajar con ella. Me ha ofrecido una suma interesante.
-Pero, ¿te adaptarás a vivir sin trabajar?
-No tendría por qué ser así-adujo ella. Tu hermano me ha ofrecido montar una consulta en vuestra clínica. El dentista que hay ahora se jubila en un par de meses.
Parecía que lo tenían todo pensado. No veía donde estaba el problema, aunque puede ser que Carlos no quisiese venir a Galicia. Y desde luego no tenía edad para quedarse solo.
-¿Y tu padre?
-No hay problema con él porque está harto de la ciudad. Creo que le encantaría quedarse en Galicia. También influye el hecho de que tú estés aquí.
-Entonces entiendo que el único problema está en tu cabeza.
Asintió. Y yo la entendí. Tomé su mano en la mía e intenté transmitirle mi apoyo, cualquiera que fuese la decisión que tomase. Sabía por experiencia que no es igual enamorarse a los veinte años que a los cincuenta. A esta edad todo resulta más complicado. Cada uno llevamos a cuestas nuestros propios fracasos y miedo, que nos hacen ser desconfiados con las personas que amamos.
-Elia-le dije, mirándola fijamente a los ojos. No puedo decidir por ti, ni nadie puede hacerlo. Eres tú quien debe sopesar los pros y los contras. Pero solo te digo que Diego es un hombre estupendo, que te quiere, que tú le quieres. No veo mayor problema. Si no pruebas, nunca sabrás. A veces en la vida hay que apostar fuerte por algo, aunque se corra riesgo de perderlo.
Fuimos caminando hasta una cafetería cerca de la playa y pedimos café para las dos. Necesitaba dar salida a mis dudas, y nadie mejor que Elia para escucharme. A pesar de toda su frivolidad y sus poses, era una persona en quien se podía confiar.
-Yo también estoy preocupada por algo a lo que llevo tiempo dándole vueltas.
En pocas palabras le conté lo del accidente de coche delante de nuestra casa y cómo nos habíamos quedado con las pequeñas. Le hablé de la sensación que había tenido cuando vi como las trataba Daniel, y de cómo me sentía culpable por estar robándole algo a lo que tenía derecho.
-Si, te entiendo. Pero no todo el mundo quiere tener hijos. Yo, por ejemplo, nunca pensé en tenerlos ni es algo que eche de menos. Tengo a Úrsula. No es mi hija, pero una sobrina cubre en parte esa necesidad de dar y recibir cariño.
-Ya, pero es que creo que Daniel sería un buen padre y que en el fondo de su corazón hubiese deseado serlo.
-Pero ha elegido estar contigo.
-Por eso precisamente me siento culpable. Y hay algo que se me ha ocurrido y no se me va de la cabeza, pero tengo bastantes dudas de que sea una buena idea.
Elia dejó de remover su café y me miró a los ojos. Agarró mi mano e hizo que la mirase de frente.
-Dime que no es lo que estoy pensando.
-Creo que si. ¿Crees que sería mala idea que adoptásemos un niño?
Cogió un espejo en su bolso y la barra de labios, rojo vivo, como siempre, y se retocó. Creo que estaba retardando la respuesta deliberadamente.
-Elena, sabes que te quiero como a una hermana y nada más lejos de mi intención que entristecerte. Pero-dijo tomando aliento-me parece una perfecta locura.
-Ya me lo imaginaba. A veces a mi también. Pero en otros momentos pienso que no, que en el mundo hay miles de niños sin padres y que nosotros podemos darle todo el amor del mundo.
-Si, no lo dudo. Pero piénsalo bien, tienes 47 años, y una enfermedad a cuestas. Créeme que no quiero ser brusca, pero supongo que me pides la verdad.
Asentí. Estaba diciéndome en voz alta todo lo que yo me había dicho a mi misma ya muchas veces.
-Por otra parte, no creo que os concedieran a ningún niño. Por la edad, pero también por la salud. A ti no te sobra, pero tampoco a Daniel.
-Pero no estamos solos. Estáis Diego y tú, está Úrsula.
-Eso le da igual a la administración. Yo no quiero sacarte la ilusión, Elena, pero lo veo un tanto descabellado. ¿Se lo has dicho a Daniel?
-No, por supuesto que no. Quería meditarlo antes y hablarlo con alguien. Y si tenía dudas, gracias a ti ahora tengo muchas más.
Se encogió de hombros.
-No sirvo para decir cosas distintas a las que pienso. Además, ¿por qué quieres adoptar? ¿Para mejorarle la vida a un niño sin hogar o para sentirte bien?
-He pensando en el hipotético niño, claro está, y tengo claro que su bienestar debe ser lo primero. Pero si tengo que ser sincera, en quien pienso en primer lugar es en Daniel. Quiero compensarle por todas las cosas a las que ha renunciado cuando decidió compartir conmigo su vida.

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