16 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 58



Mi hija tenía que marcharse en breve y deseaba conocer antes a los pequeños; pero yo iba dilatando la visita porque no me apetecía que también ella y Mark se hiciesen ilusiones si luego el resultado no iba a ser el esperado. Por una vez Daniel también estaba de acuerdo conmigo. Cuando ya pensamos que se irían sin verles, dos días antes de su partida nos llamó Ginés para decirnos que el certificado de idoneidad estaba aprobado. Suspiré aliviada, y le pedí si podíamos ir con la familia a ver a los niños. Quedamos para el día siguiente a las cuatro de la tarde.
Mientras esperábamos en una sala a que nos trajesen a los niños todos nos mirábamos los unos a los otros, nerviosos. Era un tanto absurdo, porque los bebés, evidentemente, no iban a juzgarnos ni a ponernos nota. Simplemente necesitaban a alguien que les quisiese. Por fin entraron dos cuidadoras que les llevaban en brazos. Daniel y yo nos adelantamos para cogerles, y aunque era imposible que nos recordasen del breve momento en que les habíamos visto, no lloraron. Al principio la niña, en mis brazos, me miraba muy seria, pero luego me sonrió. Nos sentamos y todos se acercaron para verles de cerca. Temí que los niños se asustasen, pero se mostraron tranquilos. Úrsula empezó a hacerle gracias al pequeño, que estaba en los brazos de Daniel, y consiguió que alargase sus bracitos hacia ella. Me extrañé, porque mi hija, al no tener hermanos ni primos pequeños no estaba demasiado acostumbrada a tratar con niños, pero se mostró bastante mañosa.
-Bien, reconozco que puede que estuviese equivocada y no estéis del todo locos-dijo Elia, acariciando la manita de la niña, que estaba muy tranquila en mí regazo.
-¿Habéis pensando en cómo les vais a llamar?-preguntó Diego.
-Si. La niña se llamará Clara, como la madre de Dani. Y el niño Ernesto, como nuestro padre-le contesté, mirándole fijamente.
Asintió con la cabeza; emocionado, y extendió los brazos para coger a Clara.
Solo nos permitieron estar con ellos una hora, para no romper demasiado sus horarios de comida y descanso. Pasamos luego al despacho de Ginés y quedamos de acuerdo en que si a la vuelta de Estados Unidos no estaba todo terminado, nos los podríamos llevar en acogida hasta que la adopción fuese definitiva. Siempre sería mejor para ellos estar ya en su verdadera casa que en el centro, por muy bien atendidos que allí estuviesen.
Me sentía contenta y sobre todo aliviada al pensar que no habría más problemas ni cortapisas para que los pequeños pudiesen estar en menos de un mes con nosotros. Me hubiese gustado que fuese ya, pero sabía que nunca nos permitirían sacarles del país sin que la adopción estuviese plenamente terminada. Y era impensable no asistir a la boda de mi hija. Esta vez no me supo mal despedirles en el aeropuerto. Primero, porque en diez días éramos nosotros quienes viajábamos para la boda, y luego porque ahora mi hija no se marchaba sola, sino con la persona que había elegido libremente para compartir su vida. Si ella era feliz, yo también lo era; aunque no estuviésemos cerca.
Los diez días que nos quedaban hasta el viaje los dedicamos a comprar las cosas necesarias para los niños: los cochecitos, las sillitas para el coche, las cunas; ropa. Le pedí a Daniel que me ayudase a preparar la habitación y he de reconocer que tuvo mucha paciencia conmigo; con mis indecisiones, cambios de última hora y demás manías. Quería que todo fuese perfecto, que nuestros hijos tuviesen lo mejor. Nos marchábamos al día siguiente, y todo quedaba preparado para que a la vuelta los niños pudiesen venir a la que ya era su casa.

Con ánimo ante el largo viaje que nos esperaba, salimos de Santiago a Madrid, y de allí a Houston, haciendo en Londres una corta escala. Me preocupaba un poco cómo llevaría Carlos el largo recorrido, pero fue un temor vano, porque de los cinco fue quien estuvo más animado y quien se cansó menos. Confieso que yo llegué completamente rendida de y con las piernas hinchadas.
En el aeropuerto nos esperaban Mark y Úrsula con un enorme coche familiar en que nos acomodamos todos, y el equipaje. Todavía nos quedaba casi una hora de camino hasta las afueras de Galveston, donde vivía la familia del que pronto sería mi yerno. Habíamos buscado un hotel pero Mark se negó en redondo a que nos quedásemos allí, y al final nos alojamos en su casa. No era la Texas que yo esperaba; seca y llena de vaqueros. Galveston era una ciudad en el Golfo de México, de clima casi tropical, por lo cual a estas alturas del año, aunque hubiese apenas 30 grados, la sensación era de enorme bochorno, debido a la humedad. Sentía que el sudor brotaba de cada poro de mi piel, y aunque apenas había llegado, ya estaba echando de menos las brumas de mi tierra.
Por suerte, cuando llegamos pudimos comer algo ligero y descansar un par de horas antes de ir a la casa de los padres de Mark y conocer a toda la familia. Me habían dicho que todos chapurreaban un poco el español, lo cual al parecer era bastante común en todo el estado de Texas. Mejor, mi inglés estaba demasiado oxidado. Tuve oportunidad de estar a solas un rato con mi hija, y me contó que aunque había intentado convencer a su padre de que estuviese presente en la boda, de nuevo se negó. ¿Qué podíamos hacer? Rogué en silencio para que en algún momento entrase en razón y entendiese que si no cambiaba de actitud acabaría perdiendo la única hija que tenía.
La familia de Mark vivía muy cerca de allí, apenas diez minutos en coche. Me gustaban estas calles anchas, arboladas, y las casas con jardín delantero y columpios para los niños en la mayoría de ellas. La universidad donde mi hija estudiaba y Mark daba clases estaba muy cerca; podían ir caminando, incluso, aunque me iba dando cuenta de que los americanos estaban tan acostumbrados a usar el coche que apenas iban andando a ninguna parte. Esperaba que les causásemos buena impresión; por el bien de mi hija y de toda la familia.
Nos presentaron a los padres, una pareja de unos sesenta años, muy amable, y a los dos hermanos de Mark, los dos menores que él y todavía solteros. Ninguno de ellos vivía en Texas, sino que habían llegado, como nosotros, para la boda; y se irían al día siguiente. Nos acogieron de una manera franca y sencilla, como si fuésemos amigos que volviesen de un viaje. Norah, la madre, me dijo que al día siguiente llegaría su madre, que era la verdadera matriarca de la familia. Me sorprendió cuando me preguntó cómo estaba, si tenían que darme más sesiones de quimioterapia o ya había terminado. Sabía que mi hija les habría contado algo, pero no esperaba que abordase el tema de una manera tan franca, como quitándole importancia. Aquella mujer me gustaba, sobre todo porque me dí cuenta de que quería mucho a Úrsula. Ya que no tenía al lado a su madre, estaría bien que su suegra fuese cariñosa.
-¿Va a venir el padre de Úrsula?-me preguntó con toda franqueza, mirándome a los ojos.
Negué con la cabeza; estaba demasiado avergonzada para hablar, aunque desde luego la actitud de Arturo no fuese responsabilidad mía.
-No te preocupes-me tranquilizó, apretándome la mano. En cierto modo lo entiendo.
-No, no, yo no lo entiendo. Incluso aunque Mark no le agradase, lo cual no puede saber porque se ha negado a conocerle, tendría que estar aquí. Por su hija.
Ella se encogió de hombros, y sirvió más te helado.
-Verás, cuando se tiene cierta edad, una ya está curada de espantos en cuanto a temas de racismo. La gente suele temer lo que no conoce. Y el racismo no va solo en una dirección.
-¿Qué quieres decir?
-Lo que he dicho. Siempre pensamos que los blancos son racistas porque no quieren mezclarse con nosotros, los negros. Y en ocasiones es verdad. Pero también conozco muchos casos en que sucede al contrario; son los negros quienes nos ven con buenos ojos los matrimonios interraciales, por ejemplo.
-¿Lo dices por qué lo sabes? ¿Por el caso concreto de tu hijo y mi hija?
Abrió las manos en un expresivo gesto. Y me explicó que a algunos de sus amigos no les parecía bien la boda, porque la novia era blanca. Me sorprendió, porque en mi ignorancia, no había pensado que quizá mi hija fuese rechazada también por el color de su piel.
-Confieso que eso nunca lo había pensado. Quizá creerás que soy demasiado egocéntrica.
-No, es simplemente que vienes de un país distinto y sólo has pensado que del lado de los blancos podría haber separatismo. No, Elena, hay injusticias de todos los bandos. Esperemos que ellos, los jóvenes, sean lo suficientemente fuertes para saber llevarlo.
-Se quieren mucho, y eso es lo importante-rematé.
Nos levantamos al mismo tiempo para reunirnos con los demás en el jardín. Aquella noche cenamos allí, aunque a una hora inaudita para nuestras mentes españolas: a las siete de la tarde, nada menos. A esa hora algunas veces en casa estábamos tomándonos todavía un café en el jardín.
Al día siguiente, efectivamente, llegó Elisabeth Norah James, la abuela de Mark; todo un personaje: pequeñita, delgada hasta la extenuación, con la cara arrugada como una pasa, pero unos ojos vivísimos, como dos pedazos de ónices vibrantes que se hubieran engarzado en su rostro. Apoyada en su bastón y algo encorvada, apenas entró puso firme a todo el mundo y revisó la preparación de la boda con mano de hierro, por si a su hija y a los demás se les había escapado algún detalle. Me recordó a mi abuela, aunque ella de cara al público tuviese menos carácter; porque luego en privado también era bastante mandona.






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