17 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 59



La tarde antes de la boda, cuando Daniel y yo estábamos sentados en el porche después de comer, llegó Úrsula con las llaves del coche en la mano, y me dijo que me arreglase, que íbamos a salir.
-Barbas, tienes que prestarme la tarde entera a Mamá. Tenemos que ir de compras y no voy a cargar contigo ni con Mark. Es una salida de chicas solamente.
-No te preocupes, que al menos yo no quiero acompañaros, ni por lo más remoto. Tuya es esta tarde, pero me la devuelves en perfecto estado.
-Que no soy una cosa, idiotas-les amenacé, mientras salía hacia mi cuarto para cambiarme de ropa.
Fuimos a un centro comercial que estaba a unos veinte minutos, y me quedé asombrada de lo enorme que era. Todo en este país estaba hecho a una escala descomunal. Sabía que ir de compras era un mero pretexto; que lo que mi hija deseaba era que estuviésemos un rato a solas las dos. Nos sentamos en una heladería, en una mesa apartada.
-Mañana a estas horas ya estarás casada-le dije, acariciando su mano. ¿Estás nerviosa?
-Un poco; pero más por la ceremonia y porque todo salga bien que por el hecho en si de casarme. De eso estoy muy segura; quiero a Mark, él me quiere a mí, y confío en que todo va a ir bien.
Yo también lo esperaba; a pesar de todos los problemas con que se encontrarían, de las incomprensiones y alguna que otra crítica.
-Mamá, ¿Sabes? Me ha gustado mucho lo que escribiste para mí; de las mujeres de nuestra familia. Aunque me ha dado pena pensar lo infelices que fueron y lo poco que hicieron para remediarlo. ¿Por eso tú tomaste la decisión de separarte de Papá?
-En buena medida, si. Simplemente me negué a resignarme a vivir una vida incompleta al lado de alguien a quien ya no quería, y que tampoco me amaba a mí.
-Pero entonces no conocías al Barbas.
La amonesté con la mirada. No me gustaba, a pesar de que sabía que lo hacía con cariño, que le llamase así.
-No, Úrsula; ya te he dicho que le conocí más tarde, y de todos modos, cuando le conocí tampoco saltaron chispas entre nosotros, ni mucho menos.
-Cuéntame cómo fue-me pidió.
Me removí, inquieta, en la silla. Siempre he sido muy pudorosa con mis sentimientos más íntimos, y de esto no había hablado con nadie.
-Venga, Mamá, no seas así.
-Eres tan cotilla como tu tía. Además, poco hay que contar. Después de que me operé, como no podía hacer muchas cosas por mi misma, él me ayudó. No se, fue algo que ocurrió, simplemente.
-Pero, ¿Qué te enamoró de él? Es guapo, eso es indudable.
-Pues si, pero no fue eso, precisamente, aunque ayuda, claro. Creo que fue la manera de tratarme; de que por primera vez en muchos años hablaba con alguien que me escuchaba, que le parecía interesante lo que yo tenía que decir. No lo se, de verdad; fueron pequeñas atenciones, pequeños detalles, como estar a mi lado cuando me cortaron el pelo, comprarme el primer pañuelo que me puse; que viniese a ayudarme cuando me oyó vomitar en el baño; que me llevase a la cama cuando estaba hecha un guiñapo y se quedase conmigo, vigilando que estuviese bien. Y sobre todo, que por mi se afeitase la barba.
Úrsula se quedó sorprendida; ella no había oído esa parte de la historia; y se la conté en pocas palabras.
-Vaya, supongo que hay que querer mucho a alguien para hacer eso.
-Si. Y también hay que querer mucho a alguien para soportar todos tus tormentos, cuando fuiste en Semana Santa a vernos.
Tuvo el buen sentido de bajar la cabeza, avergonzada.
La conversación con mi hija me levantó el ánimo, porque descubrí que había dejado de ser una niña caprichosa y se había convertido en una mujer; había madurado. Llegué contenta a casa y Daniel se dio cuenta en cuanto me puso la vista encima. Nos conocíamos demasiado bien como para poder ocultarnos cosas. Después de cenar, en nuestro cuarto, me preguntó si había ido todo bien con Úrsula.
-Mejor que bien-le contesté. Hablamos mucho y creo que cualquier resquicio de malentendidos que pudiera haber entre nosotras en el pasado, quedaron aclarados. Me preguntó porque me enamoré de ti.
-¿Es que le parece raro? ¿Tan poco cree que valgo?
-No, hombre, todo lo contrario. Pienso que le sorprendió darse cuenta de que su anciana madre no estaba acabada para el amor.
Se acercó a mi para abrazarme, y mordisqueándome una oreja me aseguró que era una anciana de muy buen ver y muy apetecible.
-El día menos pensado esos sinvergüenzas me harán abuela, y no sé qué pensarás de hacerle el amor a una abuela.
- A una como tú será un placer.
-Bueno, déjate de zalamerías y vamos a repasar que tengas todo preparado para mañana; que el traje esté a punto. Eres el padrino, no lo olvides, y todo el mundo te mirará.
-Mirarán a la niña, que es la estrella, no a quien la lleva del brazo.
A la mañana siguiente todos nos levantamos temprano porque había muchas cosas que preparar. Mark había dormido la noche anterior en la casa de sus padres para no ver a la novia el mismo día de la boda, porque mi hija, a pesar de toda su modernidad, era supersticiosa. Cuando todavía no habíamos salido de nuestro cuarto Úrsula llamó a la puerta. Estábamos todavía en pijama cuando entró como poseída del mal de San Vito.
-¿A ti que te pasa?-le preguntó Daniel al verla de un lado a otro de la habitación.
-No lo sé. Pero no he podido pegar ojo y ahora las ojeras me llegan al suelo. Voy a ser la novia más fea del mundo. Y me pone nerviosa pensar que todo el mundo estará pendiente de mí. ¿Qué haré si me caigo por el pasillo de la Iglesia y me chafo el traje?
-No te caerás; estaré a tu lado para que te agarres a mí. Yo te sostendré-le prometió Daniel.
Pero ella seguía caminando de un lado a otro de la habitación, retorciéndose las manos y mordiéndose los labios.
-Nena, para, por Dios, o llevarás la boca hinchada y llena de marcas de los dientes. Vamos a la cocina, te haré una tila a ver si te calmas un poco. No tienes que hacer nada, simplemente dejarte llevar y acordarte de decir si quiero cuando llegue el momento. Y sonreír, a ser posible de manera virginal y encantadora-le dije. Aunque lo de virginal ya no sea cierto.
-Hay mucha gente a la que no conozco y muy pocos de los míos.
Me senté con ella en la cama, todavía sin hacer, y la abracé. Sabía muy bien lo que le pasaba. Estaba en un país que no era el suyo, sin más familia que nosotros cinco y sobre todo, le faltaba su padre. Daniel me miró, y también se dio cuenta de lo que ocurría. Cuando yo me separé de mi hija, él le tomó la mano y la miró a los ojos.
-Escucha-le dijo en voz baja y grave. Ya sé que no soy tu padre y desde luego en modo alguno pretendo ocupar su lugar; pero quiero que sepas que me siento muy orgulloso de llevarte hasta el altar; es el mayor regalo que me podías haber hecho al no poder hacerlo tu padre.
-Es que si podía haberlo hecho, Barbas. No quiso, simplemente.
Daniel sacudió la cabeza, negando, y estrechó a mi hija contar su pecho.
-No, cariño; no te equivoques. No puede hacerlo, aunque seguramente hoy lo estará pasando tan mal como tú; pero su orgullo se lo impide. Y hasta que se aprende a dominarlo, el orgullo es el peor consejero del mundo. No le culpes, porque él sufrirá hoy por su terquedad, que le impide ver más allá. Bastante castigo tiene ya; así que intenta perdonarle.
Una llamada a la puerta nos interrumpió. Era Carlos, que había ido a la habitación de su nieta, y al encontrarla vacía pensó que podía estar aquí. Le mandé pasar, y a su hija y a mi hermano, que venían detrás.
-Pero bueno, ¿Os habéis creído que esto es un centro de peregrinación? –les pregunté a todos.
-Venimos a ver cómo está la niña-me contestó mi cuñada. A saber, más bien, si se ha arrepentido y hay que suspender la boda.
-Claro que no, Tita-se defendió Úrsula, muy digna. Simplemente quería hablar con Mamá y con el Barbas con algo de tranquilidad, pero ya veo que es imposible.
-Venga, ahuecando el ala todo el mundo-les dije. Dejad que me ponga una bata y os prepararé un desayuno decente. Y luego, cada mochuelo a su olivo. Os recuerdo que os quiero a todos vestidos y arreglados a tiempo. Eso va especialmente por ti, Daniel-le amonesté. Después de desayunar daré un último repaso a tu traje, y cuando la niña esté lista, te echaré un vistazo para vigilar que todo esté bien.
Me hizo un saludo militar, burlándose de mí, pero no le hice el menor caso. Después de desayunar, Elia, Úrsula y yo nos encerramos en la habitación de mi hija con la peluquera, que acababa de llegar, y no salimos hasta dos horas después, cuando todas estábamos ya preparadas. Los hombres también se habían vestido convenientemente. Daniel llevaba un traje oscuro, con chaleco gris perla, camisa de seda y una corbata un tono de gris un poco más oscuro que el chaleco. Con su estatura y su porte estaba sencillamente magnífico. Le sonreí, orgullosa, y él, en broma, me hizo una reverencia y me besó la mano. Salimos hacia la iglesia, aunque Daniel y mi hija lo hicieron en otro coche, y un poco más tarde, porque toda novia que se precie tiene que hacerse algo de rogar.
Entré en la pequeña iglesia católica del brazo de Carlos y nos sentamos en los primeros bancos, los reservados a la familia. Mark estaba ya esperando, con su madre al lado; los dos muy elegantes. La iglesia estaba decorada con lirios y azucenas, las flores preferidas de Úrsula.
Apenas cinco minutos más tarde, a los acordes de la marcha nupcial, entraba mi hija del brazo de Daniel, que rodeaba a la vez su mano, para darle confianza. Al inicio del desfile, ella se detuvo un instante y mi marido le dijo algo al oído. Úrsula sonrió, le besó en la mejilla y continuaron caminando hacia el altar. Me produjo una extraña sensación ver a la niña que recordaba todavía correteando por el jardín, vestida de novia, a punto de convertirse en una mujer casada. Me había prometido a mi misma que no lloraría, pero no pude evitar hacerlo. Y en silencio rogué que fuesen felices, que su matrimonio estuviese lleno de dicha y sobre todo que mantuviesen viva la llama de la ilusión, aunque ya llevasen muchos años juntos. La ceremonia se celebró en inglés y en español. Y los novios, después de pronunciar sus votos, leyeron juntos una hermosa promesa de amor, o una declaración de intenciones, como se quiera decir o interpretar.


Las pequeñas cosas son las grandes cosas.
Nunca se es tan viejo para sostenerse las manos.
Es recordar decir “Te amo” al menos una vez al día.
Es nunca ir a dormir enojados.
Es nunca hablar con el otro solo por ser condescendiente; el cortejo no debería terminar con la luna de miel, debería continuar a través de los años
Es tener un sentido mutuo de valores y objetivos comunes.
Es pararse juntos enfrentando al mundo.
Es formar un círculo de amor que se alimenta en la familia toda.
Es hacer cosas para el otro, no en la actitud de servicio o sacrificio, sino en el espíritu de gozo.
Es hablar con palabras de apreciación y demostrar gratitud de maneras consideradas.
Es no esperar que el esposo use una aureola o que la esposa tenga las alas de un ángel.
Es cultivar la flexibilidad, la paciencia, el entendimiento y el sentido del humor.
Es tener la capacidad de perdonar y ser perdonados.
Es dar al otro un ámbito en el que pueda crecer.
Es encontrar espacios para las cosas del espíritu.
Es una búsqueda común del bien y la belleza.
Es establecer una relación en la cual la independencia sea por igual, la dependencia mutua y las obligaciones recíprocas.
Es no solamente casarse con la pareja perfecta, es ser la pareja perfecta


Mark y Úrsula se marchaban de viaje a Nueva York aquella misma noche, así que cuando ayudaba a mi hija a cambiarse el traje de novia por un vestido normal, de calle, aproveché para despedirme de ella en privado. No me gustan las escenas y sabía que no podría contener el llanto delante de todo el mundo. Yo no saldría a despedirla a la calle con todos los demás; era mejor hacerlo de esta forma. Nos abrazamos sin decir nada; no hacía falta. En los últimos tiempos habíamos estado más unidas que nunca y no necesitábamos palabras. Entró Mark también a despedirse de mí, y luego los dos abrazaron a Daniel. El se quedó conmigo cuando todos se marcharon. Me dejé caer en la cama; estaba muy cansada y me dolía la cabeza. Estaba muy contenta por mi hija, pero había sido un día tan lleno de emociones que no quería hacer nada más que ducharme y meterme en la cama. Daniel lo entendía, sabía como me sentía. Me dio un masaje en los pies, que estaban algo hinchados por haber estado mucho tiempo de pie y con unos tacones demasiado altos.
-No sé que haría si tú no estuvieses-le confesé. Y no se tampoco porque te lo digo, porque no es bueno darse tanto a nadie.
-¿Por qué dices eso? ¿No es bueno que me quieras?-me reprochó.
-No, no quiero decir eso exactamente. Pero a veces me da miedo pensar cuanto dependo de ti; cuanto significas para mí. No hace ni un año que nos conocemos y no me imagino la vida sin que estés a mi lado. Eso es lo que me asusta. ¿Puedes entenderlo?
-Si, puedo entenderlo. Quizá porque antes me pasaba algo parecido, al principio. Y también me daba miedo.
-¿Ahora no?
Negó con la cabeza, y siguió masajeándome los pies. Era tan placentero que estuve a punto de ronronear como un gato satisfecho.
-Me he dado cuenta de que es estúpido pasarse todo el día analizando las cosas y queriendo racionalizar los sentimientos. ¿Para qué? Por eso son sentimientos, porque no tienen nada que ver con lo que es bueno o malo, justo o injusto, lógico o ilógico. A pesar de las cosas que nos han ocurrido y del bagaje que los dos llevamos, hemos sido capaces de sortear los obstáculos y hemos creado una vida los dos juntos.
-Pronto cuatro-le recordé sonriendo.
-Si, pronto seremos cuatro. Y que eso te sirva de ejemplo. ¿Tiene lógica adoptar ahora a dos niños de salud delicada cuando nosotros también llevamos a cuestas nuestros propios males? Para una persona que lo vea desde fuera, probablemente no. Pero lo hemos decidido así, porque pensamos que será bueno para ellos, para nosotros, porque tenemos amor que darles. ¿Qué importa la lógica?
Entendía lo que Daniel me quería explicar; y tenía razón. Pero años de educación para hacer siempre lo que los demás consideraban correcto me habían marcado.
Le eché los brazos al cuello, y tiré de él hacia mí. Rodamos abrazados por la cama, riéndonos.
-Pensé que te dolía la cabeza-me dijo al oído.
-¿Me dolía? Puede ser, pero ya no. Así que si eres tú el que estás cansado, tendrás que buscar otro pretexto.
-Estoy cansado, si. El dichoso discurso de padrino en funciones me ha dejado para el arrastre. Pero nunca digo que no cuando se trata de proposiciones deshonestas.
-Oye-le contesté empujándole. Son honestísimas. Estamos casados.


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