8 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 60


Nuestra estancia en Madrid hubiese sido estupenda si el día que regresábamos a casa no nos hubiésemos encontrado con Arturo y su novia en el aeropuerto.
Ya habíamos facturado la maleta; pero como nuestro vuelo estaba retrasado nos fuimos a tomar un café. Apenas nos habíamos sentado cuando Arturo, que estaba con Paula en la mesa de al lado, se acercó. Le noté enfadado. Apenas saludó, y ni siquiera hizo amago ni de darme un abrazo. No puedo decir que me doliese profundamente, pero me molestó ver que después de más de veinte años juntos no quedase absolutamente nada entre nosotros. Creí saber el porqué de su mala cara; Úrsula había hablado ya con él. Paula, en cuanto nos vio, se acercó también y tomó a Arturo del brazo, como afianzando delante de mi que era sólo suyo. Me pareció bastante patético, pero en realidad toda esta escena era totalmente surrealista, como sacada de una mala obra de teatro.
-Hola, Arturo-le saludé. Paula-dije simplemente, con una leve inclinación.
-Nos vamos de viaje-me comunicó el que había sido mi marido. Algo totalmente innecesario, dado el lugar en el que estábamos. Ya me imaginaba yo que no habían venido a echar la quiniela.
-¿Ah si? Pues me alegro, que os divirtáis. Os invitaríamos a un café, pero seguro que tenéis mucha prisa.
-No tanta como para que no nos presentes, Elena. Vivir en el campo está haciendo que pierdas los modales.
-Es verdad-admití. Te presento-dije, dirigiéndome a Daniel, a Arturo Soto, el padre de Úrsula, y Paula, su ¿novia? Él es Daniel Mendoza
-¿Tu novio?-me interrumpió Arturo.
Daniel se levantó para estrechar su mano, y me hizo un gesto para que le dejase hablar a él.
-Más bien su prometido, aunque la palabra suene muy anticuada. Nos casamos en poco tiempo. Simplemente estábamos esperando la llegada de Paula.
Arturo se puso rojo de rabia cuando salió a relucir el nombre de su hija. Señal de que habían hablado. Apostaría algo a que este viaje era una manera de escapar de la obligación de conocer al pobre Mark.
-Pues enhorabuena a los dos. Y hablando de Paula, ¿te ha contado su última ocurrencia?
-Si te refieres a que se traerá a su novio para que le conozcamos; si, me lo ha contado, y me parece totalmente normal. Si la relación es seria, como parece que es, lo más normal del mundo es que quiera que toda su familia le conozca.
-Pero, ¿no sabes que es negro?-intervino Paula, dando una entonación entre despectiva y horrorizada a sus palabras.
Me quedé mirándola. Es guapa, en honor a la verdad, aunque muy artificiosa. Ahora que por necesidad he tenido que reconstruirme un pecho, estoy segura de que los suyos, enormes, son operados. Y apostaría a que se ha puesto también pómulos. Es más joven que yo, claro, y lleva una melena rubia muy repeinada. Pero no se ve natural; parece totalmente hecha de plástico. No le contesté; no iba a discutir con ella cosas de la vida privada de mi hija.
-Di, Elena-me apremió Arturo. ¿Lo sabías?
-Pues si, lo sabía. Úrsula me lo contó. Mejor dicho, a quien primero se lo contó fue a Daniel-le dije, confieso que para fastidiarle-y luego él me lo dijo a mi.
-¿Y te parece bien?-barbotó de nuevo Arturo, con el rostro enrojecido por la ira.
-Pues ni bien ni mal. A ella es a quien tiene que parecerle bien. Cuando le conozca ya te diré mi impresión, que no va a ser mejor ni peor porque sea negro, amarillo o de lunares.
-Esto es el colmo. Que sepas que con tus bobadas le has estropeado la vida a nuestra hija. La has vuelto contra mí. Eres una…
No pudo seguir hablando, porque Daniel se levantó y le agarró del brazo, apretándoselo hasta hacerle daño. Arturo forcejeaba, pero Daniel apretó más fuerte. Paula se retorcía las manos, sin saber qué hacer, inquieta porque la gente de las mesas cercanas nos miraba.
-Vamos a tranquilizarnos todos-le dijo Daniel despacio, entre dientes, pero mirándole fijamente. No digas ni una sola palabra más o me veré obligado a partirte la cara; y eso hará que todos perdamos nuestros vuelos. Olvidaré tus estúpidos comentarios si ahora mismo coges de la mano a tu muñequita Barbie y os largáis los dos con viento fresco. No supiste aprovechar la estupenda mujer que tuviste al lado, y vivirás para lamentarlo. Pero desde luego yo te estaré eternamente agradecido por ser tan capullo. Lárgate-dijo, soltándole, y haciéndole una seña con la cabeza.
Los dos se fueron sin mirar atrás, Paula caminando al lado de Arturo a pasitos cortos, como una geisha, encaramada en unos altísimos tacones que le hacían bambolear las caderas y el trasero como si se le fuesen a descoyuntar.
El encuentro con Arturo me dejó un amargo sabor de boca y el sentimiento de que las relaciones entre mi hija y él nunca volverían a ser las mismas. No sabía exactamente lo que había pasado, pero si se había negado rotundamente a ver a Mark, Úrsula no se lo perdonaría fácilmente. Había idealizado a su padre, había puesto en él unas condiciones que nunca tuvo; y por eso ahora el desengaño también sería mucho mayor. Daniel me sacó de mis pensamientos.
-Nefertiti, de verdad, no acierto a entender por qué resististe tanto tiempo a este gilipollas.
-Si quieres que te diga la verdad, yo tampoco-le contesté. Vamos, ya han puesto la puerta de embarque, y como siempre, queda lejísimos.
Mientras caminábamos hacia el otro extremo de la terminal, sonó mi móvil. Me llevó un buen rato encontrarlo en el bolso, porque siempre lo tengo lleno de cosas inútiles que nunca uso. Cuando la llamada estaba a punto de cortarse, para alivio mío y asombro de Daniel, el teléfono emergió desde las simas más profundas. Era Úrsula. La noté desanimada y preocupada, y en pocas palabras me dijo que los planes habían cambiado; mañana llegaría directamente al aeropuerto de Santiago, no se quedaría en Madrid como había pensado. No quise preguntarle nada, en parte porque ya me imaginaba que Arturo se había negado a recibirles. Intenté tranquilizarla, y luego le pasé el móvil a Daniel para que también se saludasen.
-Me ha parecido verla preocupada. ¿Crees que pasará algo más, aparte del desplante de su padre?-le pregunté.
-¿Te parece poco? No, no creo que haya nada más, pero a ella le parecerá suficiente para no estar como unas castañuelas de contenta. Trae consigo a la persona que quiere y su padre se niega a recibirla. ¿Cómo quieres que se encuentre? En cualquier caso, mañana a las nueve de la noche la recogeremos en Santiago, y ya nos contará lo que nos quiera contar.
Llegamos por fin a la puerta por la que teníamos que embarcar, y nos pusimos a la cola. El avión iba lleno; muchos de los pasajeros eran universitarios que volvían a casa con las vacaciones de verano. Todavía recordaba aquellos tiempos, cuando la ilusión de saber qué nos depararía el futuro era más fuerte que la incertidumbre. Nos acomodamos en los asientos que teníamos asignados, y Daniel, como siempre que viajaba en avión, tuvo que hacer equilibrios y malabarismos para embutir su corpachón en ese espacio tan ridículo que dejan para cada asiento. Nos abrochamos los cinturones y él me pasó el brazo por los hombros. Apoyé mi cabeza en su pecho y cerré los ojos. Volar no me gusta, y por eso intento, nada más subir al avión, dormir, o al menos dormitar. Así el tiempo pasa más de prisa. Me besó en la frente, y su barba me hizo cosquillas en la cabeza; mi pelo, aunque había crecido mucho, todavía era muy corto y tenía más sensibilidad en la zona. Me reí. Acababa de acordarme de la cara que pusieron Arturo y Paula ante las palabras de Daniel. Ella, principalmente, parecía que se había tragado un palo.
-¿De qué te ríes, Nefertiti?
-De la cara de Arturo, pero sobre todo de la de Paula. Creo que no me olvidaré mientras viva. Eran la viva imagen del oprobio y la indignación. Pensé que les iba a dar un jamacuco allí mismo.
-Son tal para cual. No sé qué pudo ver en esa muñeca Barbie. Apostaría lo que fuese a que pocas cosas son naturales en ella. No quiero imaginarme como será cuando se levanta por la mañana.
-Pues guapa, cariño. Debe de tener 35 años, como mucho.
-¿Y qué? ¿Es que la belleza y la juventud van unidas?
-Si, al menos eso es lo que nos venden, ¿no? ¿Has visto muchas actrices en grandes papeles con más de cincuenta años?
-He visto unas cuantas, si. Mira, querida, hay personas de veinte años que son horrorosas, por muchos motivos, y otras de ochenta que son bellezas. Y al revés. No tiene nada que ver una cosa con la otra.
Me encogí de hombros, y seguí con los ojos cerrados.
-Cállate, Daniel, haz el favor. Hablas poquísimo, pero siempre eliges momentos inoportunos. Déjame que duerma; si se cae esto, al menos no me enteraré.
-Siempre tan optimista. Duerme, venga-me tapó con su chaqueta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario