19 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 60


He de reconocer que para mí el año no empieza en enero, sino en septiembre. Es algo que conservo de mi época de estudiante y que luego he revivido con mi hija. Por eso esta vuelta a casa, a la rutina y normalidad, tenía algo de volver a empezar, por muchos motivos. El primero y más importante, el que nos cambiaría la vida, era que esperábamos tener a nuestros pequeños en casa muy pronto. El segundo era que a Daniel si le tocaba empezar un curso escolar; se iba a estrenar a finales de mes como profesor en la Universidad. Era algo nuevo para él, una tarea que nunca había hecho, y sabía que estaba nervioso e ilusionado a la vez. Y yo también empezaría en algo nuevo; pues de la editorial de Daniel me habían propuesto escribir un libro de cocina, un libro de recetas caseras y sencillas, de las que han hecho siempre en las casas las madres y las abuelas, pero que mucha gente joven, que no sabe cocinar y tiene miedo de probar, no ha hecho nunca. Todo surgió de una manera muy sencilla y espontánea, que es como suelen ocurrir siempre las mejores cosas. A mediados de septiembre uno de los socios de la editorial viajó a Santiago por otros temas de trabajo y se encontró allí con Daniel. Cuando llegó la hora de comer le comentó algo de que le disgustaba comer en restaurantes porque tenía una úlcera y la comida le solía sentar mal. Daniel me llamó, preguntándome si le importaba preparar algo rápido, sano y sencillo para los tres. Y parece ser que la comida le gustó; empezamos a hablar de cocina, de mi afición a cocinar para mucha gente, y surgió la idea del libro. Me daba miedo meterme en un problema, porque en la vida pensé en escribir un libro de cocina; no soy ninguna experta, simplemente me gusta estar todo el día entre fogones. Pero Daniel me animó, y solo cuando en la editorial me prometieron que no me agobiarían con plazos de entrega, que me dejarían ir a mi ritmo, acepté.
Cuando faltaba menos de una semana para acabar el mes Ginés nos llamó para decir que al día siguiente podíamos recoger a los niños. De momento sólo venían en régimen de acogida, entretanto se terminaba de tramitar el expediente y todos los trámites de la adopción. Era suficiente. Lo que yo quería era tenerles en casa lo antes posible. Salimos por la mañana temprano con las sillitas colocadas en el asiento trasero del coche y una bolsa con todo lo necesario para los mellizos. Los dos estábamos nerviosos y contentos a la vez; deseando verles de nuevo.
Las cuidadoras les tenían ya preparados; y me entregaron una hoja donde se explicaban los horarios a los que estaban acostumbrados, y la comida que solían darles. Pasamos antes por el despacho de Ginés a saludarle y sobre todo a agradecerle todas las atenciones que había tenido con nosotros, y luego fuimos a recoger a los niños. Nos reconocían ya sin problemas, porque desde que llegamos de Estados Unidos habíamos estado viéndoles cada dos o tres días. Por eso se vinieron con nosotros tan contentos y sin echar a las cuidadoras en falta. Distinto fue cuando les colocamos en las sillitas. Primero fue Clara quien empezó a hacer pucheros, y al verla a ella su hermano la imitó. Pobrecitos, nunca habían ido en coche. Les tranquilicé como pude con caricias y cuando Daniel puso el coche en marcha, con el movimiento se fueron calmando y al poco rato estaban dormidos. Llegamos a casa sin mayores problemas y entramos directos a su habitación. Elia y Diego me habían llamado para venir a cenar esta noche, pero les pedí que esperasen al día siguiente. Preferíamos estar los dos solos con ellos el primer día, para que nos fuese más fácil familiarizarnos con los niños. Les dimos un biberón a la una, que era la hora a la que comían en el centro, y aprovechamos su hora de la siesta para comer tranquilamente nosotros.
Aunque ya casi estábamos en octubre, el tiempo era muy bueno, y cuando los niños despertaron, Daniel me propuso sacarles a dar un paseo. Les vestimos entre los dos, y cuando les pusimos en las sillitas para salir de casa, me entraron las dudas.
-Dani, ¿y si hace demasiado frío para ellos? Se pueden enfermar. Me da miedo que…
No me dejó terminar. Agarró el cochecito y lo sacó afuera sin más ceremonia, llevándome a mí también del brazo.
-Venga, Nefertiti. Camina delante de mí y cállate la boca. Te conozco demasiado bien y con tus miedos y tu tendencia a exagerarlo todo, intentarás envolverles en papel de celofán. Son bebés normales y corrientes, y deben llevar una vida normal. No les va a pasar nada por salir a respirar aire puro, todo lo contrario. ¿Quieres meterles en una burbuja?
Me encogí de hombros. Tenía razón. De nuevo afloraban mis miedos.
-¿Ves? Mira que contentos van, mirándolo todo-me hizo notar. Pobrecillos, seguro que es la primera vez que salen al aire libre.
Era verdad. Los dos miraban fijamente todo lo que había a su alrededor. Era como si estuvieran llegando al mundo por segunda vez, porque poco tenía que ver la vida que ahora se les presentaba ante su mirada con la que antes habían llevado. Me agarré del brazo de Daniel, que empujaba el cochecito de los niños, y me sentí feliz, por nosotros, pero principalmente por ellos, porque por primera vez estaban disfrutando de aquello a la que todos los niños tienen derecho: una familia y amor.
Cuando volvimos del paseo les preparé la merienda, y había una importante novedad que tanto el pediatra amigo de Diego al que se lo había consultado como yo, creíamos que era necesaria. Aunque los pequeños ya habían cumplido los seis meses seguían tomando solamente biberón. Era necesario que comenzasen con las papillas, y nada mejor que empezar por una de frutas a la merienda. De momento, nada de plátano, podría causarles alergia. Sólo zumo de naranja, manzana, galleta y pera. Les sentamos a los dos en sus tronas y nos armamos de paciencia para darles su primera comida con cuchara. Avisé a Daniel de que no sería sencillo; a los bebés suele costarles acostumbrarse al tacto de la cuchara; es algo extraño para ellos. Yo le dí a Ernesto y mi marido se ocupó de la niña. Y tuvo peor suerte que yo. Ernesto era tan pacífico que aunque al principio no sabía como alojar en su boquita ese extraño elemento, y lo rechazaba, con algo de paciencia, acabó cogiéndole el truco, y no hubo mayor problema. Pero Clara tenía mucho carácter, y al darse cuenta de que no era la tetina del biberón, sino algo con tacto más duro, manifestó primero su enfado llorando a lágrima viva y apretando los puños. Pero cuando se dio cuenta que su padre seguía empeñado en darle de comer, no tuvo empacho en escupirle a Daniel en la cara todo lo que llevaba en la boca. La mayor parte de la papilla quedó alojada en su barba. Los dos nos echamos a reír, y mientras él se lavaba, seguí intentándolo. Después de muchos llantos y más papilla escupida directa a mi cara, conseguí que comiese. Las dos acabamos agotadas e igual de sucias.
A la hora del baño nos desenvolvimos muy bien; y después de tomarse el último biberón del día, estaban listos para irse a dormir. Yo había pretendido poner las cunas en nuestro cuarto, por el momento; pero Daniel, con buen criterio, no me lo permitió. Su habitación estaba al lado de la nuestra, y teníamos un aparato para oírles si lloraban. Me convenció de que era mejor para ellos, y tenía razón. Si ahora les dejábamos con nosotros luego sería más complicado cambiarles a su propio cuarto. Pero cuando les acostamos a cada uno en su cuna, empezaron los dos con una serenata de llantos a cada cual más escandaloso. Parecía que les estaban pinchando con alfileres. No sabíamos qué les pasaba, hasta que Daniel me dijo que les acostásemos juntos, a ver si se calmaban. Y lo hicieron. Se quedaron tranquilos de inmediato y al poco rato estaban dormidos como angelitos.
-En el centro estaban en la misma cuna, ¿te acuerdas?-me preguntó.
-Es verdad, ahora que lo dices. Bueno, pues menos mal que te has dado cuenta. Nos has salvado la noche. Vámonos, aprovechemos ahora que hay calma.
Al día siguiente Daniel se marchó inmediatamente después de comer; tenía que dar su primera clase en la Universidad. Creo que estaba más preocupado por dejarme sola con los niños que por la novedad del trabajo. Tuve que empujarle, prácticamente, para que se marchase.
-Venga, me dejas con dos bebés, no me van a abducir ni van a tomar el mando de la casa.
-No hagas tonterías, Nefertiti, de las que después tengamos que arrepentirnos. Recuerda que todavía estás delicada.
-Vete, pesado-le dije ya en la puerta. O llegarás tarde el primer día. Y no te enamores de ninguna alumna, ni dejes que ellas se enamoren de ti.








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