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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 61


Cuando se fue volví a la cocina, donde los niños estaban en el parque que les habíamos comprado jugando tranquilamente. Aproveché para poner en marcha el lavavajillas y despejar la mesa, y luego decidí que les llevaría a la sala para que jugasen con una manta, regalo de Elia, con dibujos de animales, que cuando se tocaban, emitían el sonido típico de cada animal: había una oveja que balaba, un caballo que relinchaba, una vaca que mugía…No podía llevarme a los dos a la vez, saqué primero a Clara y luego a Ernesto y les puse encima de la alfombra, con la manta. Me senté a su lado, en el suelo, y les hablé. Me preocupaba que no hubieran tenido en el centro la suficiente atención de manera individual, y pensaba que era bueno hablarles mucho, pasar tiempo con ellos, para que se acostumbrasen a la vida familiar. Ya se mantenían bastante bien sentados, aunque de vez en cuando todavía rodasen hacia un lado; sobre todo Ernesto, que pesaba algo más que la niña. El peso, otra cosa que me preocupaba. Cuando llegaron estaban un poco por debajo de lo normal para su edad, pero esperaba que ahora que ya se habían acostumbrado a las papillas, se recuperasen lo suficiente.
La tarde se me pasó muy pronto, entretenida con mis hijos, y cuando me quise dar cuenta, estaba oyendo la puerta del garaje. Había llegado Daniel.
-Llegas justo a tiempo para el baño. ¿Qué tal tu primer día?
Me besó y les cogió a los dos en brazos hacia el cuarto de baño.
-Muy bien, aunque os eché de menos a los tres. Pero ha sido una experiencia interesante. Al principio me parecía raro estar hablando ante cincuenta chicos que poco o nada saben todavía de Periodismo, pero creo que la mayoría tienen interés y aprenderán pronto. Y estos dos, ¿cómo se han portado?
-Muy bien, han sido buenos chicos. Han merendado bien, han jugado.
-Espero que no les hayas sacado a pasear tú sola. La silla pesa demasiado.
-No, no he salido. Además la tarde no ha estado apacible. Hacía demasiado frío para ellos. No les he sacado ni al jardín.
Les bañamos, se tomaron su biberón y enseguida se quedaron dormidos. Pudimos cenar tranquilos.
-¿Sabes?-me dijo Daniel. Esto es lo que siempre he querido.
-¿El que?
-Esto, lo que ahora tenemos. Volver a casa y que alguien me espere, dejar de estar solo. No espero que tú lo entiendas, pero para mi es importante abrir la puerta y verte con los niños; bañarles, cenar juntos. Al fin y al cabo, tú siempre has vivido en familia.
Le puse delante el plato con el postre, y mirándole fijamente, negué con la cabeza.
-Pues te equivocas de medio a medio. Es verdad que siempre tuve una familia, o eso pensaba. Pero no había tal. En ocasiones es preferible la soledad a estar acompañado por alguien que no está. No quiero recordar épocas de mi vida que ya pasaron, pero si puedo decirte que no hay nada tan triste como añorar a alguien que está a tu lado. Yo también estuve sola mucho tiempo; y esperaba, no sé qué esperaba en concreto; pero deseaba que en algún lugar alguien me escuchase, que se interesase por lo que yo decía. Quizá por eso me sentí tan bien cuando llegué aquí hace casi un año y me di cuenta de que tú me prestabas atención.
-Es que mereces que te preste toda la atención del mundo. Ven, siéntate aquí-me dijo, atrayéndome a sus rodillas.
Le eché los brazos al cuello, y me envolvió la familiaridad de su olor.
-Dani…
-¿Sabes que a nadie más que a ti le permito que me llame así?-me interrumpió. Sigue, ¿Qué ibas a decirme?
-No se si debo hacerlo, porque nunca se deben de decir estas cosas a un hombre, pero da igual. Hoy me has pillado con la guardia baja. No te vayas nunca de mi vida; no lo soportaría.
-No tengo pensado hacerlo. ¿Adonde voy a ir?
Un llanto que llegaba desde el cuarto de los niños nos interrumpió.
-Nunca creí que tuviese que faltar tan pronto a mi palabra. Creo que es Clara; habrá perdido el chupete en sueños y no lo encuentra. Sirve el café, ahora vuelvo.
Y volvió, pero con la niña, que tenía los ojos abiertos como platos, en brazos.
-¿Y ésta que hace aquí?
-No quise dejarla en la cuna para que encima despertase a su hermano
-Vaya por Dios, ya se sabe quien será la rebelde de la familia.
Daniel se sentó con la niña en brazos, que se entretenía metiendo y sacando el chupete de la boca, sonriendo contenta por ser el centro de atención.
-¿Tú crees que a ella también tendré que salir a buscarla de madrugada? Ya estaré viejo para aquel entonces.
-Nunca estarás viejo-le dije, besando su cabeza mientras le servía café. Dámela; estarás cansado.
-No, deja que la tenga un rato. Les he echado mucho de menos esta tarde. Es curioso como estas cosas tan pequeñas se te meten en el corazón tan pronto.
-Si los bebés no fuesen tan adorables el mundo se acabaría; nadie tendría hijos, porque si te paras a pensarlo, lo único que dan es un montón de trabajo.
-Puede. Pero cuando les tienes en brazos te dan ganas de comértelos-contestó besando los mofletes de Clara, que se reía. La barba le hacía cosquillas.
Conseguimos, no sin trabajo, que se durmiese antes de las once de la noche. Ernesto seguía en la misma posición en que se había quedado dormido. Eran muy diferentes en carácter; Clara era más inquieta y Ernesto era el tranquilo, el bonachón.
El mes de octubre pasó antes de que me diese cuenta de que ya estábamos en otoño. El tiempo había cambiado de repente; hacía frío, y encendíamos la chimenea todas las noches. Tres tardes en semana; lunes, miércoles y viernes Daniel iba a dar sus clases y llegaba a casa hacia las nueve de la noche, a tiempo para ayudarme a bañar a los niños. Elia, Diego y Carlos solían venir todos los fines de semana y se quedaban con nosotros. Cada uno de ellos disfrutaba de los niños de una manera diferente; pero creo que el que más lo hacía era Diego. Mi hermano nunca había tenido contacto con bebés y para él sus sobrinos estaban siendo todo un descubrimiento. Los viernes y sábados eran él y Daniel quienes les bañaban y se encargaban de darles de comer. Elia y yo estábamos bastante asombradas, porque nunca había pensado que Diego fuese tan niñero.
Úrsula me llamaba con frecuencia y estaba al tanto de la evolución de sus hermanos. Cuando llegó el mes de noviembre empecé la cuenta atrás hacia la Navidad; porque entonces llegaría mi hija mayor con su marido y la familia estaría al completo. De Arturo no supe nada más, y tampoco pregunté. Ya no era asunto mío; le deseaba lo mejor, de todo corazón, pero no era alguien que tuviese nada que ver en mi vida actual. Nuestros lazos estaban rotos para siempre, y ni siquiera podíamos decir que quedase entre nosotros una buena amistad. A veces es mejor mantener lejos las relaciones pasadas. Por desgracia, pronto me daría cuenta de que en ocasiones el pasado intenta volver.
Mi vida estaba llena desde la mañana a la noche. Llena de Daniel, de mis hijos, de mil pequeñas tareas que había que hacer cada día, y de una dichosa rutina que me hacía feliz. Habíamos llegado ya a diciembre, como por sorpresa, sin haber contado el tiempo. Los días eran muy cortos; en ocasiones a las nueve de la mañana todavía no había la suficiente claridad para apagar las luces, y poco después de las cinco, el día declinaba ya. Pero en mi casa siempre había luz, alegría, risas y llantos infantiles; vida. Ernesto y Clara tenían casi once meses. Habían alcanzado el peso y tamaño que deberían tener por su edad; y en lo que llevábamos de invierno no habían tenido ni un pequeño catarro. Las únicas molestias eran las normales provocadas por los dientes. La salud de Daniel también era buena y estaba contento con su trabajo de la universidad y sus colaboraciones de vez en cuando en debates televisivos. En dos ocasiones le había acompañado a Madrid, gracias a la generosidad de mi hermano y mi cuñada, que se habían quedado con los niños.
Estaba en paz con el mundo, conmigo misma, y no pedía nada más que continuar así. Aquella mañana me desperté con una extraña sensación; porque justo hoy se cumplía un año de mi llegada. En la calma de nuestro cuarto, mientras Daniel todavía dormía a mi lado y los niños descansaban en su habitación, recordé aquellos difíciles momentos; pero sobre todo la sensación que me recorrió cuando Daniel me abrió la puerta. Fue asombro, quizá; no me había imaginado que aquel inquilino que para mi solo era un nombre en un contrato, y un ingreso en el banco cada primer día de mes; fuese así. Él no lo recordaría; los hombres casi nunca recuerdan las fechas, pero yo lo tenía muy presente. Haría una cena especial esta noche. Era miércoles y Daniel tenía clase, pero recordé que llegaría antes, hacia las siete. Un grito de atención me sacó de mis pensamientos. Era Ernesto que se había despertado. Cuando la primera en despertarse era Clara el grito era bastante más imperioso. El se limitaba a avisar, a decir que ya estaba listo para empezar el día, pero de manera suave, sin prisas ni exigencias.
Se inició la rutina diaria, como tantas mañanas. Nunca me tuve por una persona celosa ni mucho menos. Creo que los celos son sentimientos inútiles que no llevan a nada positivo. Los seres humanos no son propiedad de nadie; no se puede controlar a otra persona; fiscalizar sus pasos y cada movimiento que da. Eso solamente crea ahogos y malestares innecesarios. Daniel si es celoso, y me lo había demostrado mil veces, en muchos pequeños detalles cotidianos; desde pensar que un carnicero que por edad bien podría ser mi hijo me tira los trastos, a preguntarse por qué el cajero del banco me sonríe de cierta manera; no se cual todavía. Pero unos celos en cierto modo, infantiles, que me hacían gracia y en el fondo me halagaban. Me conocía bien y sabía de sobra que en mi mundo solo existía él.
Cuando los pequeños se levantaron de su siesta su padre se había marchado ya a la universidad; y yo pensé que sería buen momento para empezar con los preparativos de la cena. Esperaba que Clara y Ernesto se durmiesen a su hora y que nos dejasen cenar a los dos solos, en paz. Les dejé en su parque, con un juego de piezas para encajar, que como era nuevo, les mantenía entretenido. En dos tardes más habrían descubierto todos los trucos y ya no le encontrarían gracia alguna. Les encantaba gatear por el suelo y descubrir mil maneras de atormentarme tocando todo lo que estuviese a su paso; pero eso en la cocina era impensable; es un territorio demasiado peligroso para cuatro manitas ávidas de encontrar cosas nuevas que llevarse a la boca. Cuando faltaba poco más de media hora para que Daniel llegase ya tenía la cena casi hecha. Tan solo me faltaba la ensalada, pero eso lo haría en el último momento. Me estaba secando las manos, cuando llamaron a la puerta. No me imaginaba quien podía venir a estas horas.


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