21 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 62



Abrí la puerta y me encontré con una mujer muy alta y estilizada, con una melena negra y larguísimas piernas enfundadas en uno de esos vaqueros carísimos porque van firmados por un diseñador de moda.
-Hola. Busco a Daniel Mendoza. Me han dicho que esta es su casa.
-Lo es, si-le contesté educadamente, aunque en mi interior me preguntarse quien podría ser esta mujer y que quería de mi marido.
-¿Le podría avisar de que estoy aquí?
-Con mucho gusto lo haría, pero no va a ser posible.
Bajó la vista hacia mí con cierto desprecio en sus ojos oscuros; ella era mucho más alta. Supongo que debí parecerle muy poca cosa con mis vaqueros desteñidos, y mi jersey viejo, por no decir que iba cubierta con un delantal y llevaba un trapo de cocina en la mano.
-¿Por qué?-me preguntó con porte de reina despótica.
- Primero porque en este momento no está en casa y segundo porque no se a quien se supone que debo anunciar.
Se echó a reír.
-Con que le diga que soy su novia es suficiente. Solo tiene una. Y ahora, ¿va a dejarme aquí en la puerta, congelándome? Le esperaré dentro, si no le importa. Y le agradecería un café; esta humedad me tiene destemplada. No entiendo como Daniel pudo haberse refugiado aquí.
Pronunciaba su nombre como si la sílaba dominante fuese la a, a la manera inglesa; lo cual me pareció el colmo de la estupidez. Le hice un gesto de que entrase; si, sería mejor que esperase a la llegada de cierto barbudo sinvergüenza, que me tendría que dar algunas explicaciones, y que esperaba, por su bien, que me convenciesen.
La instalé en la sala y no sé todavía por qué, supongo que pesaba la educación recibida y mi buen hacer de anfitriona, pero le preparé un café. Lamenté no guardar entre mis muchos frascos de especies un poco de cianuro o de estricnina para añadir a la taza. En lugar de eso le puse un platito con pastas que había horneado aquella mañana. Mientras llevaba la bandeja pensé que era idiota de nacimiento; sirviendo a una asquerosa lagarta que estaba sentada en mi sala, en mi sofá, y si había de creerla, venía en busca de mi marido. Dejé la bandeja en la mesita de centro y me disculpé un momento. Tenía que ir a buscar a los niños; les necesitaba a mi lado, como una especie de escudo protector que me recordasen quien era y qué papel tenía; era la esposa de Daniel, la madre de sus hijos. Hice un enorme esfuerzo y les llevé a los dos a la vez; pesaban bastante pero conseguí dejarles en la alfombra, para que gateasen a su gusto, con unos juguetes.
Ella les miró desde el sofá con el mismo interés que si se tratase de dos cucarachas que acabasen de colarse en la casa.
-Y estos niños, ¿Son suyos?
Asentí con la cabeza, todavía no había recuperado el aliento después del esfuerzo de traerles a los dos en brazos.
-No lo entiendo. ¿Daniel le permite que venga a trabajar trayendo a sus hijos?
Se me quedó la boca abierta de asombro. Esto era el colmo; me había tomado por la criada o algo así. Pero, ¿de qué mundo venía esta petarda? Pensé en ponerla rápidamente en su sitio, pero luego decidí callarme; no quería enfadarme estando mis hijos delante; y además, era responsabilidad de mi querido esposo, al que estaba deseando poner la vista encima, lidiar con esta insoportable mujer. En silencio rogué que Daniel volviese pronto; antes de que yo perdiese la poca paciencia que me quedaba y le cortase el cuello a esta tipa con el cuchillo jamonero.
-Qué horror de sitio-dijo, mirando a su alrededor.
No le contesté. No sabía si lo decía porque no le gustaba la decoración de mi casa, o era el ambiente en general del lugar. Me di cuenta, con fastidio, que llevaba una mancha en el muslo de la papilla que Clara me había tirado cuando les di la merienda. No me extraña que me tomase por la chacha; iba hecha un espanto. Siempre me pasaba lo mismo; nunca había reparado demasiado en mi aspecto. Me pregunté si no estaría quizá demasiado segura del amor de Daniel por mí; si no habría cometido el pecado de la soberbia y eso me había llevado a abandonarme un poco, comportándome solo como madre y ama de casa.
-¿No ha pensado en hacerse algo en el pelo? Entre nosotras, tan corto le queda fatal.
No le contesté; estaba demasiado ocupada haciendo esfuerzos para no mandarla a hacer puñetas.
-No lo tome a mal-siguió remachando. Ya comprendo que le dará un poco igual su aspecto, con dos niños tan pequeños y teniendo que trabajar todo el día de esta manera.
-Es por mi esposo por lo que no me dejo crecer el pelo. A él le gusta así-le contesté, aunque me arrepentí enseguida de darle cancha.
-Ah, si es así. Los hombres, ya se sabe, son muy raros. ¿Y a su marido no le importa que trabaje aquí? Bueno, claro, si les hace falta el dinero. Ya se sabe lo que cuesta un niño, no digo nada dos.
-A mi marido le encanta que trabaje aquí-le dije, aviesamente, deseando que se quemase con el café y se le llenase la boca de ampollas.
Respiré aliviada cuando oí que Daniel subía las escaleras desde el garaje de dos en dos y silbando; como siempre que estaba contento por algo. Le oí pronunciar mi nombre desde la entrada, pero no contesté. Cuando abrió la puerta se quedó parado, mudo de asombro, apoyado en el quicio, y dejó en una mesita el ramo de rosas rojas que llevaba en la mano. No se dio ni cuenta de que los niños se lanzaban gateando, a su encuentro, hasta que les tuvo a los dos a sus pies, intentando levantarse apoyándose en sus piernas. Automáticamente les izó en brazos y ellos le echaron las manos al cuello, encantados. Les besó a ambos y me miró, mandándome un mensaje tranquilizador que hizo que mi corazón fuese algo más despacio.
-¿Qué coño haces tú aquí?-le preguntó a la invitada, echando chispas por los ojos. Nunca le había visto así. Habíamos discutido bastantes veces y nos habíamos enfadado; pero a mí nunca me había hablado con esa rabia ni en esos términos, y desde luego no me había mirado como si desease estrangularme.
-Daniel, cari-esto hizo que me revolviese de asco en el sofá. Nunca he soportado esa palabra cursi y estúpida. Deja a los niños de la chica y ven a darme un beso. He vuelto a España. Y me he enterado de que has publicado un libro, así que en tu editorial me han dado la dirección. Vamos, deja en el suelo a esos niños.
-Te rogaría que no me digas lo que debo hacer o no con mis hijos. No creo que seas la más indicada para dar instrucciones en lo que a niños se refiere, cuando el que iba a ser mi hijo también acabó por tus artimañas en un cubo de basura. Y ahora, lárgate. Acabo de llegar de trabajar y tengo algo que celebrar con mi esposa. Y desde luego, no estás invitada.
-¿Tu esposa? ¿Te has casado con esta mujer?
Dejó a los niños en la alfombra de nuevo, con sus juguetes, y vino a sentarse a mi lado. Me cogió de la mano, y eso me bastó; sentir su calor y ese simple contacto que me decía que todo estaba bien.
-Si, y fue lo mejor que pude hacer en mi vida, mi mejor decisión. Y tú lo sabías de sobra, no te hagas la idiota. Si en la editorial te han dado mi dirección, a la fuerza te habrán dicho todo lo demás. Pero has venido simplemente a liarla, a intentar poner mi vida patas arriba de nuevo y de paso dañar a personas que nunca te han hecho mal alguno. Me das asco, es lo más suave que puedo decir.
-No merezco que me hables así, no te lo consentiré.
Se levantó como impulsado por un rayo. Se le hincharon las venas del cuello y se puso rojo de indignación.
-Te hablaré como me salga de…-se calló al ver que Clara se había echado a llorar. Estaba asustada; nunca había visto así a su padre. La cogí en brazos e intenté calmarla. No tengo nada que discutir conmigo, no formas parte de mi vida, ya te lo dejé claro hace dos años, ¿no? Entre nosotros no puede quedar ni una amistad. Hazte a la idea de que no existo, de que me he muerto, o de que nunca he estado. Te has pasado cinco años usándome a tu antojo, como un pañuelo de papel; y cuando te dije que se había acabado, hablaba en serio. Además-dijo, atrayéndome de nuevo hacia él. Ya ves que tengo una familia, una magnífica mujer que me ha devuelto la vida, y dos hijos. Es todo lo que quería. Aquí no hay sitio para ti. Coge tu bolso de marca y lárgate a zorrear a otra parte.
Desconocía esta faceta de Daniel. Nunca le había visto tan enfadado, era el hombre tranquilo por excelencia que por nada se inmutaba. Pero cuando esa mujer salió de nuestra casa, él cerró la puerta dando un portazo tal que los dos niños se echaron a llorar a la vez. Tenía la mandíbula y los puños apretados, y solo cuando oyó el llanto de sus hijos, cambió de expresión, y arrodillándose a su lado, les tomó en brazos y les habló en voz baja, tranquilizándoles. Después vino a mi lado, y nos abrazamos. Yo estaba literalmente temblando, no se si de rabia, de miedo o de indignación.
-Lo siento, lo siento mucho, pequeña-me dijo al oído. Siento que hayas tenido que pasar por esto. Nunca me imaginé que se atreviese a venir aquí, a molestarte.
-Es Elisa-afirmé.
-Si, es ella. Pero déjalo, no quiero perder más el tiempo con cosas que no merecen la pena.
Se levantó para recoger el ramo de rosas que había dejado en la mesa.
-Yo venía con la intención de que esta noche fuese especial. Y por eso te he comprado estas flores.
-Te has acordado- me asombré.
-Si, me he acordado de que justo hoy hace un año que sin avisar te colaste en mi vida y me la cambiaste por completo. Y tengo que darte las gracias mil veces.
-He hecho una cena especial.
- Me parece perfecto. Date un baño de espuma mientras yo baño a los niños y les doy la cena. Porque Mamá y yo-les dijo muy serio-tenemos cosas que celebrar esta noche, y vosotros, desde luego, no estáis invitados.
Pero a ellos parece que les daba igual, porque aunque le miraron cuando les habló, y le sonrieron, pronto siguieron a lo suyo, que en este caso era destrozar una revista e intentar comerse los trocitos de papel que iban arrancando.
Le hice caso y me fui a nuestro cuarto para intentar relajarme un poco antes de cenar. Había soportado tanta tensión que estaba entumecida por completo. Llené la bañera de agua y eché dentro un generoso chorro de aceite de baño con olor a violetas. No se cuando tiempo estuve dentro, pero debió de ser bastante porque me quedé dormida. Desperté cuando Daniel entró también en la bañera.
-¿También te apuntas?
-Si, yo también necesito relajarme antes de cenar. Y no se me ocurre una manera mejor que hacerlo aquí, contigo-me dijo acercando sus pies a los míos. Ese leve contacto y su mirada posada en mi, hacía que me ruborizase de placer anticipado y que revoloteasen mariposas en mi estómago, como si fuese la primera vez que nos veíamos.
Nos quedamos todavía un buen rato en la bañera y luego fuimos a cenar. Sabía que era algo estúpido, pero aquella mujer me había hecho sentir insegura, y tenía que preguntárselo para quedarme tranquila.
-Dani, ¿Crees que debería dejarme crecer el pelo?
Me miró con asombro.
-¿Cuántas veces te he pedido que no lo hagas, Nefertiti? Te quiero así. ¿Qué te ha dicho esa tontaina? Seguro que se ha metido con tu pelo.
-Si-confesé. Y me hizo sentir como una paria. Sin mencionar que ni me había dado cuenta de que la niña me tiró media papilla por el pantalón, y tenía un aspecto deplorable. Me hizo sentir como Cenicienta, la hermana fea.
-Boba-me dijo, besando mi mano. Si la conocieses como yo te darías cuenta de que cuando critica algo, es porque le gusta. Seguro que se ha ido muerta de envidia porque nunca, por más que lo intente, te llegará a la suela de los zapatos.
Moví la cabeza, insegura. Seguía pensando que no podía compararme con aquella diosa alta y esbelta, de larga melena.
-Nefertiti, deja de pensar en ella. No forma parte de nuestras vidas, para mi no existe. Solo estás tú, y nuestros hijos. ¿Te he dicho que eres la mejor madre del mundo?
-Soy una madre, simplemente. No la mejor, pero les quiero, y te quiero a ti. Y no puedes entender lo mal que me sentí cuando llegó aquí y se presentó como tu novia.
Se echó a reír. Y levantándose para poner música en voz baja, para que los niños no se despertasen, me llamó a su lado.
-Vamos a bailar; aunque no podamos salir por ahí, nada nos impide hacerlo en casa.
-Estoy descalza.
-Ponte encima de mis zapatos. Yo te llevo.
Me subí encima de sus pies y le eché los brazos al cuello. Unimos nuestros labios y nos dejamos llevar por la música, moviéndonos apenas. Acabamos tumbados encima de la alfombra, como aquella primera noche. Y fue igual de mágico que entonces, porque lo era cada vez que nos uníamos. Daniel me hacía sentir como la persona más importante y querida del mundo; como si en todo el planeta no hubiese más personas que nosotros dos. El mundo se paraba en aquellos momentos.




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