22 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 63



Afortunadamente los niños no se despertaron hasta las diez al día siguiente, porque nos dormimos tarde, y rendidos de cansancio. Me hice el firme propósito de olvidarme de que mañana viernes, cuando mi familia llegase a pasar el fin de semana, Diego me traería los resultados de las últimas pruebas que me habían hecho. Mañana sabríamos si habría que repetir las sesiones de quimioterapia. Sé que Daniel también pensaba en eso, pero de común acuerdo no hablamos del tema, y decidimos pasar el día fuera. Aprovechando que el tiempo era bueno y el día estaba claro y luminoso, o al menos todo lo claro y luminoso que puede ser un día de diciembre en Galicia, fuimos a la playa más cercana, a pasear con los niños antes de comer. Daniel no me dejó que yo llevase a Clara en la mochila y él cargó a los dos. Pronto caminarían, les faltaba solo un poco de confianza, porque de hecho habían dado algunos pasos solos cuando pensaban que alguien les sujetaba. En silencio le pedí a Dios que me dejase unos años más, para ver crecer a mis hijos.
Al día siguiente Daniel tenía clase, y no llegaría hasta las nueve. Pero Diego, Elia y Carlos estaban ya en casa a las cinco de la tarde, justo cuando empezaba a dar la merienda a los niños. Diego me asustó un poco cuando me dijo que le apetecía que saliésemos a pasear un rato. Dejé a los pequeños con Elia y me fui con mi hermano. Me subí el cuello del abrigo y busqué el calor protector de la bufanda de Daniel que había cogido del perchero, como si fuera un amuleto de buena suerte. En mi interior pensaba que cuando quería darme la noticia a solas y lejos de casa, no sería nada bueno. Caminamos un rato en silencio. Yo iba cogida de su brazo, y como no me decía nada, se lo pregunté directamente.
-No estoy bien, ¿verdad?
-¿Cómo que no estás bien? Ah, lo dices por el resultado de las pruebas.
-¿Por qué si no? Si no has querido hablar delante de los demás es porque no hay nada bueno, y temes que haga una escena. No te preocupes, estoy preparada para lo peor, y haré lo que tú me digas.
-Hermanita-me dijo-tu marido tiene razón cuando dice que tienes tendencia a exagerarlo todo y a montarte películas por tu cuenta. Estás perfecta; hasta dentro de seis meses no tienes que volver a verme, como oncólogo, quiero decir.
-Idiota-le dije, dándole un manotazo. Y ¿por qué me has sacado de casa con tanto misterio? Casi me vuelvo loca de angustia.
Pero algo pasaba, porque Diego tenía ahora la cara muy seria; estaba preocupado por algo que no sabía cómo decirme.
-Es Carlos-confesó al fin.
Me detuve en seco. Casi nunca pensaba que mi suegro tenía ya ochenta años; como era tan jovial yo le veía de la misma manera que era cuando me casé con su hijo; pero habían pasado muchos años.
-¿Qué le ocurre?
-El corazón, no está bien. Hace unas semanas se encontró mal y le convencimos para hacerle una revisión en la clínica. Le descubrieron una ligera arritmia y le ha visto el cardiólogo. Necesita que le implanten una válvula. A su edad la operación reviste cierta gravedad.
-Pero hay que hacerla-aventuré.
-Si. Si no se opera no le queda mucho. Hay que arriesgarse.
Me quedé callada; la noticia me había dejado de piedra. Carlos era una de las personas más importantes de mi vida; una roca en la que siempre me apoyé en los malos momentos. Era consciente de que algún día tenía que irse, pero me parecía demasiado pronto. Siempre es pronto para los que queremos.
-¿Él lo sabe?
-¿Acaso se le puede engañar? Es demasiado listo.
-¿Y cómo está de ánimo?
-Bien, quiere que ponga en marcha la operación cuanto antes. Es más, me ha dicho que a poder ser, la próxima semana, porque según él quiere estar en casa, recuperándose, cuando su nieta llegue a pasar la Navidad.
Saqué un pañuelo para limpiar las lágrimas que me mojaban las mejillas. Prefería llorar ahora, cuando el único que estaba delante era mi hermano, que delante de Carlos y Elia, que necesitan ánimos, y no darme a mi consuelo.
-¿Es bueno el cirujano que le va a operar?
-No puedo pensar en nadie mejor.
-Entonces, sólo nos queda rezar.
-Con todas nuestras fuerzas-asintió.
Volvimos a casa lentamente, sin prisas, aunque ya estaba haciéndose de noche. Apenas habíamos entrado en la finca cuando sonó mi móvil. Era Daniel, que me llamaba entre clase y clase para saber los resultados; estaba preocupado. Le tranquilicé, pero decidí contarle lo de Carlos antes de que llegase a casa; así le daría tiempo a hacerse a la idea y sería menos penoso cuando nos tocase enfrentarle, en el momento de la cena.
-Las cosas nunca van bien del todo, ¿no?-le dije a Diego antes de entrar en casa
-Es inevitable; cuanto más grande es una familia, más probabilidades hay de que sucedan cosas, buenas y malas. En este caso, hay que tener confianza en que todo salga bien. De entrada, el susto ha hecho que deje de fumar.
-Pues si que debe de estar preocupado.
-Lo está, pero es que aparte se encuentra mal; le faltan las fuerzas, se ahoga al mínimo esfuerzo.
Nos callamos, ya estábamos en casa. Desde la entrada se oía reír a mis hijos, que jugaban con su tía. El abuelo estaba sentado en la mecedora; se reía viéndoles pero le encontré distraído, un poco ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Hacía más o menos veinticinco años que conocía a Carlos. Siempre había sido para mí un aliado, alguien en quien poder confiar en los mejores y en los peores momentos. Él y Leticia me acogieron en su casa como si fuese verdaderamente una hija más; me prestaron ayuda y apoyo cuando nació Úrsula, me ayudaron a criarla y suplieron de alguna manera el calor humano que faltaba en mi vida. Sentí mucho la muerte de mi suegra; quizá no sea exagerado decir que tanto como la de mi madre, porque de hecho Leticia había estado más unida a mi que mi propia madre, con quien nunca conseguí llevarme del todo bien. Intenté alejar de mi mente estos pensamientos; no debían verme triste. Pero Elia se dio cuenta. Cuando dejamos a los hombres viendo las noticias en la televisión y al cuidado de los niños, nos fuimos a la cocina; supuestamente a preparar la cena, pero sobre todo para hablar.
-Ya lo sabes-afirmó Elia.
-Si, Diego me lo ha contado. Lo siento mucho, Elia. Pero no hay que desesperar, tengo fe en que logre remontar. Tu padre es fuerte.
-Si, pero es un anciano. Está muy desmejorado.
Le apreté la mano en un gesto de apoyo, de ánimo. Poco más podía hacer.
-¿Lo sabe Arturo?
-Le he llamado, claro, en cuanto nosotros lo supimos. Es su padre tanto como el mío. Pero no espero mucha ayuda de su parte. Para empezar, me ha dejado caer que está muy ocupado, que tiene la agenda repleta de juicios en la siguiente semana. No se ha atrevido a decir que no estaría aquí cuando le operasen, pero ha preparado el terreno.
No dije nada, porque aunque me dolía esa reacción no puedo decir que me sorprendiese. Cuando su madre estuvo enferma no se quedó ni una noche con ella en el hospital; siempre nos turnábamos Carlos, Elia y yo.
Ha tenido la desfachatez-prosiguió mi cuñada-de decir que estaba seguro de que tú le atenderías.
-Y claro que lo haré, pero no por obligación, sino porque le quiero mucho, ya lo sabes. Es parte de mi familia, y siempre lo será.
-Pero eso no impide que mi hermano sea un maldito egoísta. Me tiene harta, te lo juro. ¿Por qué le aguantaste tantos años?
-No lo se. Por cobardía, tal vez, o quizá por desidia y por pereza. Menos mal que reaccioné a tiempo.
Nuestra conversación quedó interrumpida por una algarabía que mis hijos formaban en el salón. Salimos las dos a ver qué pasaba, y era simplemente que su padre había llegado, y pertrechado de un enorme paquete. Me acerqué a besarle.
-¿Qué es eso?
-Lo necesario para montar este fin de semana una cancela en la escalera, para evitar que estos dos se maten o te maten a ti a disgustos.
-Buena idea. No sabes la de veces al día que tengo que salir corriendo a recogerles cuando ya tienen un par de escalones salvados.
En voz baja le dije que intentase disimular delante de Carlos y tratarle como siempre. Me tranquilizó con la mirada, y nos reunimos con los demás. Daniel se acercó a la mecedora donde Carlos descansaba y le saludó alegremente, diciéndole que mañana verían el partido juntos. Diego y él bañaron a los niños, como cada viernes, y nosotras mientras tanto pusimos la mesa y dimos los últimos toques a la cena. Cuando las cosas van mal y tenemos que luchar contra el miedo y la incertidumbre, ayuda mucho el dejarse envolver por la rutina diaria, por las cosas cotidianas que hacemos todos los días y que nos ayudan a conservar la paz y la cordura.
El lunes por la mañana Diego nos llamó para que supiésemos que el jueves operaban a mi suegro, a las diez de la mañana. Le dije que intentaríamos estar allí los dos, pero que si no podíamos, al menos iría uno de nosotros. Al final fuimos Daniel y yo, porque la señora que habitualmente me ayudaba con la casa, accedió a quedarse con los niños todo el día. Cuando llegamos ya estaban Diego y Elia en la habitación, esperando que viniesen a buscarle para ir al quirófano. Carlos estaba tranquilo, algo amodorrado porque le habían dado un sedante. Les pedí que me dejasen un minuto a solas con él, porque tenía que decirle algo. Me miraron, algo extrañados, pero salieron de la habitación. Le tomé la mano, extrañamente fría y áspera al tacto.
-Suegro, he hablado con tu nieta ayer por la tarde.
-No le habrás dicho que me operaban hoy; no quiero que se preocupe.
-Claro que se lo he dicho; es tu nieta y debe saberlo, y además, si no se lo digo y luego se entera, me mata. Pero déjame que siga, que tenemos poco tiempo. Quiero darte un mensaje de parte de Úrsula.
Me detuve para mirarle; le brillaban los ojos con las lágrimas.
-Quiere que entres en ese quirófano pensando que vas a ganar la batalla, porque espera que los mismos cuentos que a ella le contabas de pequeña se los puedas contar a su hijo, dentro de unos siete meses.
Se le iluminó la mirada, y me interrogó sin hablarme.
-Si, está embarazada. Quería que fuese una sorpresa para estas Navidades, pero esta ocasión es todavía mejor. Así que adelante, con ánimo porque pronto serás bisabuelo.
Justo en ese momento llegaban a buscarle, y cada uno de nosotros nos acercamos a darle un abrazo y decirle que le veríamos en unas horas. Sé que estaba desilusionado por la ausencia de su hijo, pero no hizo ningún comentario. En el fondo, supongo que era lo que esperaba.
Diego entró en el quirófano, pero nosotros tres nos quedamos en una salita, esperando. Aproveché para llamar a casa y saber cómo iban las cosas, y nos dio tiempo a tomar varios cafés, y a seguir esperando. Y la espera me sirvió para recordar muchos detalles de mi relación con quien durante tanto tiempo había sido mi suegro. Cuando yo le conocí todavía trabajaba en su despacho de arquitecto y de hecho fue él quien proyectó la casa donde viví tantos años. En aquel entonces era un hombre dinámico, lleno de energía, de ideas y sobre todo, de alegría. Siempre estaba de buen humor, con una sonrisa en la boca. Cuando nació mi hija fue el mejor de los abuelos, y aunque solamente fuese por eso, ya se merecería todo mi cariño. Pero es que era mas que un suegro; vino a reemplazar al padre que me faltaba. Cuantos sábados, sabiendo que su hijo no estaba en casa, venía a recogerme, y con la niña y mi suegra nos íbamos a comer a algún pueblecito encantador, donde disfrutábamos de interesantes charlas en familia. Recé con toda mi alma para que todo fuese bien en la operación y se recuperase. Se merecía unos años más para que todos pudiésemos rodearle de cariño y comodidades. Todos, menos su hijo. Le pregunté a mi cuñada si sabía algo de él. Ella torció el gesto.
-Me llamó ayer de noche, para decir que no podía venir, que hoy tenía dos juicios que no había podido cambiar. Pamplinas; es uno de los socios fundadores del despacho; pudo haber mandado a cualquier otro socio en su lugar.
-Me duele por tu padre, pero no puedo decir que me llame la atención su postura. Es la misma exactamente que adoptó durante la enfermedad de vuestra madre.
De alguna manera pasamos el tiempo hasta que por fin Diego llegó con noticias. Me sentía aliviada al verle llegar, porque venía sonriendo.
-Ha salido todo bien-dijo abrazando a Elia. Ahora le han llevado a la UCI y pasará allí la noche, pero creo que si todo marcha como esperamos, mañana le llevarán a su habitación.
-¿Podemos verle?
-Mejor que no. Está sedado, no va enterarse de nada, y está lleno de tubos, no os voy a engañar. No es agradable de ver; prefiero que esperéis a mañana, cuando esté ya en planta.
Daniel y yo nos despedimos, allí ya no hacíamos nada, y yo no quería abusar de la buena voluntad de Hortensia, la señora que me ayudaba en casa.





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