23 de agosto de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 64


Carlos se quedó una semana en el hospital y justo cuando faltaban apenas tres días para que llegasen Úrsula y Mark, le dieron el alta. Todos estuvimos de acuerdo en que sería mejor que se trasladase a nuestra casa; estaría más tranquilo y más acompañado, porque Elia y Diego tenían que trabajar. Daniel ya tenía vacaciones en la universidad y yo estaba siempre en casa, con los niños. No se encontraría solo.
Cuidar de Carlos era muy sencillo porque la naturaleza de las personas se manifiesta de igual manera en lo bueno y en lo malo; y él era un enfermo ideal: obediente, animoso, siempre con la sonrisa en la boca y presto a intentar que todo marchase sobre ruedas. Aunque estaba muy desmejorado y había perdido bastante peso, le veíamos avanzar día a día. La tarde en que tenía que llegar Úrsula, fue Daniel al aeropuerto y yo me quedé con él. Estábamos sentados delante de la chimenea, tranquilos ahora que los niños estaban entretenidos con sus juegos, pero al alcance de mi mirada.
-Verás que contenta se va a poner tu nieta cuando te vea tan bien-le animé.
Meneó la cabeza, como quitándole importancia.
-Esto, Elenita, es un parche. El mal sigue ahí, y los años también. Es igual que el coche viejo que pisa muchos talleres. Se repara, pero nunca estará como nuevo.
Me eché a reír porque me hizo gracia la comparación.
-No te rías, porque es verdad.
-No, si no te lo discuto. Pero es que me hace gracia pensar que aquí somos unos cuantos los que hemos sido reparados, y vamos tirando. Mírame a mi, mira a Daniel. Incluso estos pobres niños inocentes no están exentos de padecimientos y de achaques. Pero mal que bien, seguimos adelante. ¿Sabes? Cuando me dieron la noticia de mi enfermedad, pensé en tirar la toalla, esconder la cabeza debajo del ala y retirarme aquí para esperar la muerte.
-Pero no lo hiciste.
-No. Primero porque Diego no me lo permitió. Ya sabes como es; no le importa portarse como un bruto si con eso salva la situación. A mi me salvó. Y el llegar aquí y ver que estaba más acompañada con un desconocido que durante toda mi vida anterior, también hizo que me animase algo.
-Todo se ve distinto, ¿no?-me preguntó en voz baja, como con miedo.
-No te entiendo, suegro.
-Quiero decir-prosiguió- que cuando estás a punto de dejarlo todo, aprendes que hay cosas que no son importantes, aunque antes lo pareciesen.
-Si, se lo que quieres decir. Hay que estar a punto de perderlo todo para aprender a valorar lo que se tiene. El primer día que salí a caminar después de que me operasen llegué, con mucho trabajo, hasta la iglesia, y creo que si Daniel no me ayudase a regresar no hubiera sido capaz. Pero disfruté como nunca de un camino que antes había hecho mil veces.
Seguimos hablando bastante rato y me confió que aunque le dolía el modo de ser de su hijo, tampoco esperaba nada distinto y ya había aprendido a aceptarlo tal y como era.
-No puedo evitar quererle; es mi hijo; pero Diego y Daniel han hecho por mi mucho más que él; es de ley reconocerlo.
-Pero ahí está lo complicado, ¿no? Los hijos a veces nos dan disgustos y desengaños, y sin embargo, siempre les perdonamos; siempre encontramos una disculpa para su comportamiento.
-Aunque a veces no la haya.
Oí llegar un coche, y cuando me levanté a mirar a través de la ventana me crucé con la mirada de Úrsula, que fue la primera en bajar. Salí corriendo para envolverla en un abrazo protector; y hasta que de nuevo la tuve conmigo no me di cuenta de cuanto la había echado de menos.
Ya estábamos todos juntos para pasar las fiestas. Al día siguiente de llegar mi hija le propuse que fuésemos juntas a recoger musgo para poner el Belén, como hacíamos cuando era niña. Y a media mañana, pertrechadas de un cesto, nos internamos en el bosque que hay detrás del monasterio y recogimos no sólo musgo, sino también muérdago en abundancia para adornar la casa. Úrsula aprovechó que estábamos solas para preguntarme por la salud de su abuelo, y fui sincera con ella: estaba bastante bien, pero teníamos que hacernos a la idea de que a partir de ahora cada día era como un regalo. Ya tenía bastantes años a sus espaldas y teníamos que cuidarlo mucho.
De vuelta a casa nos detuvimos en el interior del monasterio, y nuestros pasos resonaron por los patios empedrados y las antiguas celdas de los monjes, ahora en ruinas. Le conté una vez más lo que aquellas paredes significaban para mí, por los recuerdos de mi niñez y los momentos felices que había vivido. Mientras avanzábamos cogidas de la mano se me hacía extraño pensar que pronto sería abuela. Es verdad que ya tenía edad suficiente para serlo, pero en ocasiones se me daba por pensar que la vida había transcurrido tan rápida que no me había dado tiempo a saborearla; no la había paladeado. La enfermedad vino a remediar este mal; porque ahora cada momento era único y cada día intentaba vivirlo como si fuese el último de mi vida. Porque podría serlo; y quería aprovechar cada minuto.
Dedicamos la tarde al montar el árbol de Navidad y el Belén, en un sitio lo suficientemente elevado como para que mis hijos no lo tocasen, porque las pobres figuras habían conocido tiempos mejores y ya aguantaban muchos desmanes. Los niños habían empezado a caminar dos días atrás, los dos a la vez, como lo hacían todo. Y si cuando gateaban había que vigilarles continuamente, ahora era bastante peor. No había en toda la casa sitio seguro para ellos. Menos mal que llegaban a las nueve de la noche agotados de sus correrías y travesuras, y se quedan dormidos sin problemas.
Arturo se dignó llamar aquella tarde para hablar con su padre. Fui yo quien cogió el teléfono; era la única que estaba cerca en aquel momento. Me pidió que le pusiese con su padre, y se enfadó cuando me negué a molestarle, porque estaba durmiendo la siesta en el sillón, al lado del fuego.
-¿No entiendes que está muy delicado y necesita descanso?
-¿Y tú no entiendes que es mi padre y tengo derecho a hablar con él?
-Todo el del mundo; pero no le despertaré para satisfacer tu capricho. Llama más tarde.
-Más tarde estaré en la fiesta de la empresa.
No quise oír más. Le colgué el teléfono antes de soltar todos los insultos que me quemaban la lengua. Me preguntaba cómo, en nombre de Dios, había podido resistir tantos años al lado de este egoísta redomado. Así me encontró Daniel cuando entró en la cocina.
-¿Qué te pasa? Pareces a punto de explotar.
-Acabo de hablar con el imbécil de Arturo; que me exigía que despertase a su padre, porque a él le será imposible llamar luego; estará en la fiesta del despacho-dije imitando la voz de pito de Paula.
Daniel se echó a reír y me abrazó.
-Cálmate. Atrás han quedado los tiempos en que tenías que lidiar con él. Ya está.
-Tienes razón. Esta será una Navidad distinta; ya estamos juntos. Esta vez no cenarás solo.
-Ni tendré que dudar si está bien llamarte por la noche.
-No, no te hará falta.
Y por fin llegó la Nochebuena. Mi casa estaba llena de risas, de alegría y sobre todo de mi gente, de mi familia. Esta Navidad nada en absoluto tenía que ver con la pasada ni con tantas Navidades insulsas que habían desfilado por mi vida. Úrsula y yo nos pasamos la tarde entera cocinando; y mi cuñada, aunque no ayudó, nos entretuvo con su charla, sus ocurrencias, y sobre todo cuidó de que sus sobrinos llegasen enteros a la noche; porque desde que habían empezado a caminar no había forma humana de mantenerles tranquilos.
No eché nada de menos porque nada me faltaba, y me limité a disfrutar de los míos, de verles a todos reunidos en torno a mi mesa. Si me acordé de mi madre, de Luís, y de Ernesto, el padre al que nunca conocí, y deseé que los tres hallasen la paz a sus atormentadas existencias como yo la había hallado.
No nos acostamos demasiado tarde; mañana sería otro día de celebraciones. Ya en nuestro cuarto, solos Daniel y yo, recordamos el último año que habíamos vivido; pleno de novedades, de noticias buenas y malas; aunque incluso de las malas habíamos sacado al final algo bueno.
-Solo pido que el Año Nuevo sea al menos como este que se está acabando-le dije a Daniel. ¿Tú que le pides al próximo año?
Siguió recostado en la almohada, con las manos detrás de la nuca, sonriendo. Y después de unos minutos empezó a hablar con aquella voz pausada que siempre me devolvía la calma.
-Yo nunca pido nada ni pienso en el mañana. Ha aprendido, después de tantos años, de vivir al día, sin hacer planes. Lo que tenga que venir, vendrá; no es necesario preocuparse por ello. Creo que hay que cambiar aquellas cosas que no nos gusten y que podamos cambiar.
-¿Y lo demás?
-Simplemente enfrentarlo, cada uno a su manera y como pueda. En su momento, cuando toque. No sirve de nada adelantarse a los acontecimientos.
Me reí recordando que desde pequeña yo siempre hice eso mismo: adelantarme a todo lo malo. Incluso cuando hacía alguna travesura, la confesaba a mi madre antes de que ella se enterase, porque sabía que se daría cuenta, y ya que me tenían que castigar, quería recibir el castigo ya. Se lo conté a Daniel, y le hizo gracia.
-Ese es un defecto grave de tu carácter. Siempre piensas lo peor, con lo cual acabas sufriendo antes de que sea necesario hacerlo.
-Pero es que el Mañana siempre llega-le rebatí. Y hay que estar preparados para afrontarlo.
-Pero entretanto, Nefertiti, hasta que llegue Mañana, no podemos olvidarnos de vivir el Hoy, plenamente, saboreando cada momento y sin dejarnos llevar por el miedo al futuro.
Creo que me convenció este hombre que me había cambiado la vida de que Mientras llega Mañana, debo vivir el presente. Ese sería mi propósito para el Año Nuevo: vivir cada día como si fuese el último y agradecer lo bueno de mi vida, tratando de mejorar lo que pudiese haber de malo.





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