19 de agosto de 2015

NOVELA 100



Aquella tarde Amanda sentó a su hijo en su sillita en el asiento trasero del coche y condujo hasta el pueblo vecino, a la casa de Miguel e Inma. Iba cargada de regalos para su ahijada y se encontró con una niña de más de tres años, con un enorme parecido con su padre biológico, Lucas Prado. Pensó en cómo es la vida; siempre que algo se pretende olvidar, ella se encarga de recordarlo a cada momento. También Pablo era idéntico a su padre. Javier ya estaba allí, y se dio cuenta de que para él fue una especie de revuelo emocional ver al niño. Se imaginó que una cosa es saber que alguien por quien sientes o has sentido cosas ha tenido un hijo con otra persona, y muy distinto verlo en directo. Además, se notaba a las leguas que Javier no estaba muy acostumbrado a manejarse con niños. Sólo con Irene, la ahijada de ambos, mostraba cierta soltura. Al fin y al cabo se veían con mucha frecuencia y era indudable que quería mucho a la niña.
Inma y Miguel se alegraron de ver a Amanda, aunque era indudable que los casi tres años que habían estado fuera habían hecho algo de mella en la relación. La encontraron cambiada; cercana y cariñosa como siempre pero también más reservada, como si siempre estuviese en guardia. Y no se equivocaban del todo; estaba en guardia porque las personas que guardan secretos siempre lo están, de una manera o de otra. A ella no le gustaba mentir y no sabía hacerlo, y ahora tenía que mentir ante gente que le importaba y a la que considera en cierta manera su familia.
Se despidió pronto y Javier salió con ella. La acompañó al coche y le ayudó con el niño.
-¿Te apetece que comamos juntos pasado mañana? –le propuso él.
Amanda dudó mientras ajustaba el cierre de la silla de Pablo.
-No es que no me apetezca, Javier, lo que pasa que ahora las cosas son distintas. Ya no estoy sola.
-¿Te refieres al niño?
-Claro. No tengo con quien dejarlo tanto tiempo. Cuando es media hora Vera se queda con él, pero ya tiene muchos años, y prefiero tenerle a mi lado.
-¿Y qué hay de malo en que venga con nosotros?
-Es un niño muy pequeño. Él no puede comer en un restaurante. No hay comida para niños de su edad.
-Pues le das antes de comer y ya está. Vamos, Amanda, no seas así, estás poniendo pretextos. Si no quieres verme, dímelo.
-Venga, no te pongas así. Comeremos juntos. Pero luego no te quejes si tengo que levantarme un montón de veces por el niño. Ya no soy la Amanda que tú conociste, ahora soy una madre.
-Me gustan las madres.
Entonces Amanda se acordó.
-Hablando de madres…
-Murió hace un año-contestó, bajando levemente la cabeza. No era una persona a quien le gustase mostrar su dolor.
Ella no dijo nada, simplemente le puso la mano en el hombro y le acarició la cara. Entró en el coche y ya a punto de marcharse le pidió que no la llevase a la taberna del pueblo a comer.
-No. Iré a buscarte al hotel y comeremos en mi casa. Voy a cocinar para ti. Y así el niño estará más tranquilo.
-Bien. Con tal de que no me envenenes…
Amanda llegó a su casa de buen humor y dejó a Pablo al cuidado de Vera un momento mientras ella se pasaba por el hotel. Ahora que estaba de vuelta necesitaba ponerse al día poco a poco. Jorge estaba en la recepción atendiendo a unos clientes que acababan de llegar y ella esperó a que terminase.
-Hola-la saludó Jorge con su sempiterna sonrisa. ¿Sabes que tienes el móvil apagado?
Amanda hizo un gesto de fastidio y cuando lo sacó del bolso se dio cuenta de que era verdad.
-Vaya, lo siento. Es que Pablo me lo tiró al suelo hace dos días y desde entonces se apaga cuando quiere. Tendré que repararlo o comprarme otro. No sé qué hacer con él.
-¿Con el móvil?
-Con mi hijo. Es tan travieso que a veces me vuelve loca. Vera me ayuda mucho pero bueno…ya no es una niña para correr detrás de él.
-Puedes dejármelo cuando no esté trabajando. Me gustan los niños
Amanda le miró, asombrada.
-¿También eres de las que cree que los hombres no nos apañamos con niños pequeños? Yo me he ocupado bastante de mis sobrinos y se me dan bien los críos.
-Bueno, tú te lo has buscado. No dudes de que algún día te lo endilgaré y te arrepentirás de haber hablado. Sólo te pido que no le mates por más que te vuelva loco.
-Lo prometo. Oye, ha llamado Michael. Estaba algo enfadado. Dice que te llamó cinco veces pero claro…estaba apagado.
Amanda sintió una sacudida en todo el cuerpo, como un terremoto que naciese en sus venas y se expandiese.
-¿Qué es lo que quiere?
-Ha dicho que necesita una habitación para el sábado. Se quedará tres o cuatro días.
Durante unos breves instantes Amanda pensó en llevarse a su hijo lejos de nuevo, pero el acceso de pánico le duró poco. No podía pasarse la vida escondida. Era un examen que había que pasar y lo pasaría. Jorge le tomó una mano y le dio unas palmaditas, intentando tranquilizarla.
-Ya verás como todo va bien.
-No sé Jorge. ¿Tú no te das cuenta del enorme parecido que hay entre los dos?
-Pues sí. Y todo el mundo. Pero quizá Michael no. Raramente nos vemos a nosotros mismos tal y como somos. Puede que él no se percate.




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