20 de agosto de 2015

NOVELA 101



La comida con Javier transcurrió mejor de lo que Amanda esperaba. Estuvo atento con ella y bastante cariñoso con Pablo, aunque se notase que no se encontraba del todo cómodo con niños. Amanda se sentía mal por él, pero no sentía que le estuviese haciendo daño porque nunca le había engañado. Se despidieron con la promesa de verse a menudo ahora que ella había vuelto.
Y al día siguiente se supone que llegaría Michael. Amanda se levantó muy temprano porque no había podido pegar ojo en toda la noche. Estaba nerviosa y preocupada, por muchos motivos. El principal era Pablo, naturalmente, pero también porque no había visto a Michael en tres años y no estaba segura de cómo iba a reaccionar. No se fiaba de sí misma. A las cuatro de la tarde, cuando su hijo acababa de despertar de la siesta, le llevó al jardín y bajo la sombra del roble que estaba en la parte trasera, casi al lado de la cancela que llevaba al bosque, le estaba dando la merienda al tiempo que le hablaba de la abuela Inés y la abuela Irene. Había pensado que era justo que le enseñase a querer a las dos, aunque la única a la que pudiese ver como abuela era en realidad Vera. De repente Amanda se detuvo. Sintió una sensación extraña en la espalda, como si alguien la estuviese observando, y ya no tuvo dudas cuando le llegó el aroma de Michael; era inconfundible. Se giró despacio y allí estaba él, de pie, mirándoles. Los tres años no le habían cambiado; sólo tenía más canas en las sienes y en las patillas, y también en la barba de dos días, como siempre solía llevarla. También como siempre, iba vestido de negro. Le sonrió y ella sintió que una caricia cálida le iba directo al corazón. Se acercó despacio, se sentó a su lado y la abrazó. Permanecieron así mucho tiempo, hasta que Pablo, sorprendido, tironeó del vestido de su madre para que le hiciese caso. Fue entonces cuando Michael le acarició la mejilla, aunque ella era consciente de que se había dado cuenta de la presencia del pequeño desde el principio. Sorprendentemente Pablo le sonrió, aunque con los extraños solía mostrarse serio al principio. Y a los cinco minutos estaba en sus brazos, jugando con las llaves del coche.
-Es un niño precioso, Mandy.
-Gracias. Yo le veo así, pero soy su madre…
Michael le seguía sosteniendo en brazos y empezaron a mantener una conversación en el balbuceante inglés de Pablo, que de vez en cuando, si Michael hablaba con su madre, le tocaba la barba y le tiraba de la nariz para que le mirase a él.
-¿Por qué me dejaste así? Este habría podido ser nuestro Telémaco-le reprochó.
-Un Telémaco que casi nunca verías porque lo tuyo no es sentar cabeza; y además, ya sabes que hay cosas que yo nunca podría tolerar.
Michael se quedó callado. Sabía a qué se refería y no tenía medios para defenderse. Jugueteó con el pelo del niño, enrollando un rizo dorado entre sus dedos.
-No lo sé Mandy. A veces ante cosas tan importantes como tener un hijo la gente cambia.
-Tú no mi amor-le contestó, acariciándole la cara.
-¿Y el padre?
Ella se encogió de hombros y levantó la mano, moviéndola en señal de displicencia.
-No existe.
-No me jodas, mi niña. No es hijo del Espíritu Santo.
-Quiero decir que no tiene el derecho a llamarse padre de Pablo. Me engañó, parece que está en mi sino que los hombres me engañen. Estaba casado. Y cuando supo lo del niño se esfumó.
-Menudo cabrón-sentenció él.
Amanda se sorprendió del comentario, pero nada dijo. Recogió las cosas del niño y Michael se lo puso en los hombros y corrió por el jardín mientras Pablo se reía a carcajadas y le tironeaba del pelo. Desde la ventana de la cocina Vera lo veía todo, y pensaba para sí misma que solo un ciego no se daría cuenta de que eran padre e hijo.
Michael estuvo con ellos cuatro días en total. Y todas las noches durmió con Amanda. Ninguno de los dos lo decidió, o quizá fueron los dos a la vez quienes se pusieron de acuerdo sin decirse nada. Sólo sabían que se necesitaban y Amanda era lo suficientemente honesta consigo misma para reconocer que aunque luego sufriese a su marcha, ahora mismo daría la vida entera por unas cuantas noches a su lado. Le encantaba despertarse y escucharle respirar, o verle ya despierto, como la miraba. Una mañana cuando se despertaron se encontraron al niño en medio, durmiendo como un angelito.
-¿Cómo ha llegado éste aquí? Nunca había salido de su cama. Si se despierta, me llama.
Michael se quedó sospechosamente callado y Amanda le apremió para que le contase la verdad.
-Me levanté al baño y fui a su cuarto para ver si dormía. Y sí que lo hacía. Pero me dio pena verle allí solo, así que le tomé en brazos y…le traje.
-Eso es malcriarle. No está bien que los niños pequeños duerman en la cama de los mayores.
-Vamos, Mandy, no seas así. No te hagas la sargento que no te va nada.
Ella decidió no discutir. Al día siguiente Michael se iría y decidieron pasar el día tranquilamente, disfrutando del buen tiempo y del jardín. Y así lo hicieron, con la única salvedad de que Pablo se cayó jugando y se hizo una herida sin importancia en la rodilla derecha, aunque sangrase bastante. Mientras Amanda iba a la casa en busca del botiquín Michael se encargó de consolar y acariciar al niño y aprovechando que estaba solo se sacó un pañuelo del bolsillo y tomó una respetable cantidad de sangre. El pañuelo fue a parar a una bolsita de plástico que se cuidó de guardar bien en su chaqueta. Cuando el niño estaba en la cama y antes de cenar Michael salió con el pretexto de traer una botella de vino especial para la cena.
-Pero si tú no bebes-objetó ella.
-Hoy sí. Hoy es una noche muy especial.
Compró rápidamente el vino en el pueblo vecino y también envió un sobre por mensajería urgente. Antes de volver al hotel hizo una llamada telefónica.
-Te llegará mañana a primera hora y tiene prioridad absoluta. Cuando lo tengas llámame sin falta. Me voy de viaje en dos días y quiero saber el resultado, aunque en realidad ya lo sé. Es sólo una mera formalidad.




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