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NOVELA 102



Esa noche fue para Amanda quizá la mejor de su vida. Cuando estaba con Michael siempre tenía la sensación de que aunque ella se diese por completo, y siempre lo hacía, él estaba en varios sitios a la vez y nunca se entregaba a ella al cien por cien. Es como si hubiese una parte que le estuviese vedada, protegida por una alambrada eléctrica, y cuando ella quería entrar…zas, una descarga la dejaba en malas condiciones. Pero no en ese momento. Michael se entregó a ella física y emocionalmente. Anteriormente había tenido la sensación de que él la poseía, y ella siempre era suya, pero no ocurría al revés. Esa noche si fue suyo totalmente, sin cortapisas. Hablaron durante mucho tiempo, hasta que se fueron quedando dormidos, con la dicha que da el cansancio compartido.
-Dentro de dos días tengo que salir de viaje.
Amanda no dijo nada. Sabía que era un eufemismo. Se iría a donde le hubiesen mandado a ir, para hacer lo que tuviese que hacer, pero ella no preguntaría.
-No sé exactamente cuándo volveré, pero puedes estar segura, mi amor, de que volveré a Ítaca.
-¿Y los cantos de las sirenas?
-Si no es suficiente atarme al mástil, pediré que me encierren en la bodega. Deja a las sirenas, hablaremos a mi vuelta, de las sirenas y de muchas cosas. Pero tú sigue tejiendo y cuida de Telémaco. Por cierto, tengo un compañero que ha llegado a ser para mi más que amigo, hermano, al que he dado tu dirección y teléfono. Te he anotado el suyo en el libro de poemas que te traje. Si no te hace falta, no le llames, pero si el niño y tú necesitáis algo, recurre a él. De todos modos, en mi ausencia él estará pendiente de vosotros. Me quedo tranquilo porque sé que estaréis adecuadamente protegidos.
-No necesitamos protección. Mike. ¿Quién nos va a hacer daño?
Michael no le contestó. La estrechó más y le dijo que se diese la vuelta para dormir. La cabeza de Amanda descansaba en su pecho y poco a poco se fueron durmiendo.
Él despertó antes y como un gato silencioso sacó de la habitación su ropa y se vistió en el pasillo para no despertarla. Había dejado la maleta la noche anterior en la entrada. Fue al cuarto de Pablo, que estaba espatarrado en la cama y destapado. Le tapó con mimo, le acarició la frente sudorosa, con algunos ricillos de pelo pegados, y le besó con los ojos cerrados, olisqueándole el cuello, que olía a sueño y a bebé. Era su hijo. No le hacía falta el resultado del laboratorio. Lo sabía porque era su viva estampa cuando él tenía su misma edad y porque los genes no engañan. El niño tenía una mancha de nacimiento, color fresa, en la nuca. La misma que tenía su padre, él mismo, y que también había tenido la pobre Elena. Se imaginaba que Amanda quiso ocultarlo y Althea, muy ladinamente y para proteger sus propios intereses, la ayudó. Lo hicieron bastante bien, se imaginaba que había falsificado certificados de nacimiento y fechas, y que habían inventado una identidad para el supuesto cabronazo que dejó a Amanda. Solo que ese hombre no existía. Althea había olvidado que llega un momento en que el alumno supera al maestro, y más si los motivos del alumno son tan personales. Acarició de nuevo a su hijo y se marchó con sentimientos encontrados y el deseo, ahora más que nunca, de volver.
Al día siguiente tenía en su mano la prueba fehaciente de que Pablo era hijo suyo. Pablo…apostaría su vida a que Amanda le había llamado así por Paul. Ahora tendría que ver a Althea para las últimas instrucciones y también para imponer sus condiciones. Primero desayunó con parsimonia y luego llamó por teléfono para que le reservase media hora a las once de la mañana.
Cuando llegó la encontró leyendo varios informes, con las gafas puestas y un elegante traje de chaqueta azul cobalto. Levantó la mirada de los papeles y le dirigió una amplia sonrisa.
-¿Listo para la partida? Os vais mañana.
-Listo. Siempre preparado, ya lo sabes. Pero de eso quería hablarte, de mi marcha.
Althea se quitó las gafas y mordisqueó las patillas. Recolocó de nuevo los papeles y con un gesto le invitó a que hablase. Conociendo a Michael, sería breve. Nunca se andaba por las ramas, lo cual era de agradecer en ese mundo de subterfugios y medias palabras. El mentía mejor que nadie, pero lo hacía con brevedad.
-No me iré a menos que me des tu palabra de que ésta será mi última misión. Sé que me necesitas para esto, así que no tienes mucha elección. Y te seré franco; quiero dejarlo, o al menos trabajar de otra manera. Estoy cansado de tanto riesgo y tanto ajetreo. Puedo irme o puedo seguir aquí pero de otra manera. Tú decides.
-¿Y eso a qué se debe? Siempre pensé que te encantaba la acción.
-Sí, así fue durante mucho tiempo. Pero me hago viejo-le dijo con una snrisa irónica.
-Que te jodan, Michael, no me tomes por idiota.
-Querida, ya sabes lo que pasa. Eres tú la que me estás tomando por idiota. Hay una personita que lleva mi sangre y mis genes que me necesita vivo, y quiero criarle. Sé lo que es criarse sin padre, y para mi hijo no quiero eso. Lo habéis hecho casi bien, pero…yo soy también muy bueno y no me habéis engañado. Además…Pablo es mi vivo retrato.
Althea sonrió. Sabía reconocer una derrota. Le molestaba perder a Michael en esos momentos, pero pensó que podría aprovechar su experiencia y saber hacer de muchas otras maneras. Y si ahora hacía lo que le habían encargado, se daría por contenta. No le quedaba más remedio que claudicar.
-Sea-le dijo, con un gesto de asentimiento. Haz bien tu trabajo y vuelve sano y salvo.
-Ahora más que nunca.
Se despidieron y cuando iba hacia el coche se tocó la cruz de Amanda. No solía llevarla puesta más que cuando la iba a ver, para tranquilizarla y que no se pusiese pesada. Anoche se la había puesto ella misma al cuello y en estos momentos, no sabía bien por qué, pero no le apetecía quitársela. Sacó su móvil y miró las fotos que le había hecho a su hijo. Sabía poco del instinto paternal, pero si sabía que aquel pedacito de persona se le había metido en la sangre y en el corazón y que le iba a dedicar su vida, a él y a su madre. Era hora de intentar romper la tradición familiar y sentar cabeza.
A las seis de la mañana del día siguiente salía con dos compañeros en una de las misiones más peligrosas e importantes que nunca había realizado. No tenía miedo, pero si estaba inquieto. No iba a ser una tarea sencilla, aunque no se podía permitir pensar en el tema. Cerró los ojos y se puso lo más cómodo posible. El viaje de avión duraría bastante tiempo y quería descansar. Necesitaba de sus cinco sentidos para hacer lo que se esperaba de él.




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