22 de agosto de 2015

NOVELA 103



Poco después de que Michael se marchase, cuando su sitio en la cama estaba tibio todavía, Amanda se despertó. Sabía que él ya no estaría. Desde siempre había odiado las despedidas. Se acurrucó más entre el edredón, ahora que estaba sola de nuevo volvía a sentir frío y cierto desamparo rayano en la desesperación, aunque ya de antemano sabía que esos días con Michael eran una especie de espejismo que no iba a durar demasiado. Es como una caminata por el desierto; cuando se llega a un oasis se hace provisión de agua fresca, pero eso no implica que se pueda evitar seguir caminando en el desierto.
Al dar una vuelta en la cama se dio cuenta de que le había dejado una nota en la mesita de noche. Acarició el papel. Estaba escrita con su inconfundible letra, alargada y con las mayúsculas muy destacadas.

Amor mío:
Te prometo que volveré lo que antes que pueda. Sé que Ítaca me espera y sé también que yo necesito volver a casa, quizá como nunca lo he necesitado.
A mi vuelta tendremos que hablar de muchas cosas, pero lo más importante de todo es lo que te he dicho durante estos días y lo que ahora te repito. Que te amo por encima de todo. Sé cómo soy, y que probablemente me cueste cambiar y que deberás tener mucha paciencia, pero también sé que tú puedes hacerlo. Si hay alguien en el mundo que me puede transformar, eres tú. Además, ¿has olvidado lo que siempre solías decirme cuando me iba? Me mirabas a los ojos muy seria y me decías “If you love me, I can”. Y yo siempre te creí. Porque eres una de las personas más valientes y más fuertes que conozco. Y como yo te amo, tú lo podrás todo.
Cuida muy bien de nuestro Telémaco. Y sigue tejiendo. Pero sobre todo, Mandy, no dejes de amarme, porque ahí está mi fuerza también.
Michael
Amanda supo que él sabía. Solo con leer esa breve nota se dio cuenta de que todos los esfuerzos que habían hecho y las mentiras que habían tramado no habían servido de nada contra Michael. Sabía que Pablo era su hijo. Y le asombró darse cuenta de que en el fondo, se alegraba. Había una parte de ella que nunca había querido robarle la paternidad, a pesar de todo. Era de los dos. Pensó si tenía que contárselo a Althea, pero decidió que no. Cuanto menos supiese de ellos, mejor. Había una frialdad en aquella mujer que le helaba el corazón.
Un grito de su hijo la trajo de vuelta a la realidad. Estaba reclamando su atención, y significaba que el día, aunque fuese con Michael lejos, continuaba. Cuando llegó al cuarto del niño estaba de nuevo sonriendo y después de abrazarle estrechamente le preparó para la nueva jornada. Ella tenía muchas cosas en las que entretenerse con el trabajo del hotel. Y aquella tarde también había planeado ver a Magdalena en la oficina de la conservera. Había temas que tenía que discutir con ella y proveedores y clientes con los que tratar. El día se le haría muy corto, afortunadamente.
Como cortas se le hicieron las cinco semanas siguientes. Tenía ocupado cada minuto y el escaso tiempo de asueto solía estar con su hijo y con Vera, disfrutando del sol en el jardín o paseando por el puerto. Varias veces se les había unido Jorge, bien porque ella le había invitado o porque él había aparecido de improviso. Se llevaba muy bien con él, le daba una paz y una seguridad que nunca había encontrado. Nunca estaba nervioso ni enfadado, ni siquiera apresurado, aunque era una de las personas más eficientes que había conocido. Sacaba el trabajo adelante sin inmutarse y cuando aparecía algún problema intentaba solucionarlo sin perder la sonrisa ni hacer un drama. Había depositado en él una confianza que nunca había tenido con nadie, ni siquiera con Inma, a la que conocía de toda la vida. A él le había hablado de sus sospechas sobre lo de Michael.
-Creo que lo sabe-le dijo una tarde que estaban en el jardín, mientras el niño y Vera paseaban entre los rosales.
Jorge estaba echado en la tumbona, indolentemente, pero atento a todo.
-¿Sabe que es su hijo? ¿En qué te basas?
Ella mordisqueó el tallo de una flor y el jugo, entre dulce y picante, le hizo vibrar la lengua.
-No lo sé-le dijo, encogiéndose de hombros. Por muchas cosas, pero sobre todo por cómo se despidió en la nota que me dejó. Y además, es muy difícil engañar a Michael.
Jorge nunca le había hecho preguntas sobre él. Sabía tan sólo lo que Amanda le había contado y lo que él había elucubrado. Y pensaba que había muchas cosas extrañas en ese hombre. Pero no preguntó.
-¿Qué harás cuando vuelva?
-No lo sé, Jorge. No tengo ni idea. Una parte de mi desea estar a su lado, y otra parte, supongo que la más racional, me dice que Michael no es de los que se quedan y que de alguna manera me romperá el corazón.
Él asintió. La entendía muy bien. Había batallado muchas veces con esas dos partes de las Amanda hablaba.
-¿Qué debo hacer?
Amanda, que nunca pedía consejos, que odiaba que se los diesen, y que solía resolver sola sus conflictos, ahora se volvía hacia Jorge como una niña pequeña buscando consuelo. Él vio tal desamparo en su mirada que sintió por ella una profunda conmiseración. Realmente aquella muchacha que aparentemente lo tenía todo, era digna de lástima. La abrazó como se hace con un niño pequeño que se ha hecho daño jugando o como se acaricia a un animalito que está asustado y Amanda se aferró a él y derramó unas lágrimas; las pocas que se permitía. Antes de que volviesen Vera y Pablo ella ya estaba de nuevo serena y con los ojos secos, y había tomado buena nota de la contestación de Jorge.
-Yo haría lo que mi corazón me dijese, sin pensar en el mañana. Para mi nunca hay mañana, vivo al día. No hago planes.
Y con esas sabias palabras se quedó más tranquila durante unos días, al menos.
Una mañana, cuando ya habían pasado casi dos meses de la marcha de Michael, se levantó triste y alicaída sin saber por qué. Todo la molestaba. Se enfadó con Pablo porque tardaba mucho en desayunar, y cuando el niño empezó a hablarle en ruso de nuevo, también le reprochó a Vera que no le hiciese caso en sus recomendaciones, cuando hacía tiempo en que habían acordado que después de todo un idioma más no le vendría mal. Ya en el hotel riñó ala torpe Delfina por no haber dejado la colcha de una cama bastante tirante, sin pensar que otras veces lo había hecho peor y ella se había callado. Y hasta le reprochó a Jorge que silbase mientras hacía el pedido para los baños.
Antes de irse a comer invitó a Jorge, quizá como desagravio a su mal humor de antes. Ya estaban los tres sentados a la mesa y Pablo en su trona cuando escucharon el ruido de un motor que se paraba justo delante de la puerta. Jorge se levantó para ir a mirar, y a los pocos minutos volvió a entrar. Le seguía Althea, muy erguida y seria, con un traje pantalón negro y los labios apretados en un gesto adusto. Cuando Amanda la vio quiso levantarse como dictaban las normas de la más elemental educación, pero parecía estar pegada a la silla. Las piernas de repente le pesaban una tonelada, y buscó la mano de Vera, sentada a su lado. Una mano que se agarró a la suya y la apretó con fuerza pero que tampoco pudo transmitirle calor alguno, porque estaba helada. Las dos contuvieron la respiración. Incluso el niño estaba callado y serio, como asustado, y buscó el refugio de Jorge, que parecía el más sereno y que fue quien le tomó en brazos y le tranquilizó con unas palmaditas en la espalda.
-No traigo buenas noticias-anunció Althea, aunque era innecesario porque todos los que estaban en aquella habitación lo sabían.
Amanda tragó saliva. Y ahora si tuvo fuerzas para desprenderse de la mano de Vera y levantarse. Se acercó a Althea, muy erguida, aunque era mucho más baja que ella. De repente le pareció tremendamente importante mantener la compostura y la dignidad. Probablemente desde que la mujer entró ella sabía ya lo que le iba a decir. Y no podían verla flaquear.
-¿Se trata de Michael?-preguntó con voz fría, aunque por dentro se sentía a punto de romper en pedazos.
-La misión salió bien pero él pagó un precio muy alto. Ha muerto-dijo, agachando la cabeza, aunque su voz no se quebró ni por un instante y mantuvo la postura firme. Yo he venido tan pronto lo hemos sabido y no traigo nada. En un par de días enviaré a alguien con sus cosas.
Vera dio un grito ahogado y se tapó la cara. Jorge, con el niño en brazos, se acercó también a la anciana para reconfortarla de alguna manera. Amanda se quedó en medio de la cocina, de pie, con los brazos desmadejados a lo largo del cuerpo pero los hombros levantados y mirando al frente. No había lágrimas en sus ojos; tan solo de repente habían pasado de ser claros a dos tremendos pozos oscuros y sin fondo.
Althea, que había dado unas cuantas noticias de este tipo durante su vida, no sabía muy bien a qué atenerse. Aquella muchacha de aspecto insignificante, pequeña y menuda, estaba allí ante ella, firme como un soldado, sin moverse, sin dejar salir sus sentimientos. Y no cabía duda de que los tenía. Como persona que siempre ha reprimido los suyos, ella sabía reconocer a alguien parecido. Que Dios se apiadase de ella cuando saliese lo que llevaba dentro, porque iba a pasar un infierno.
-¿Cómo fue?
-Le mataron. ¿Para qué quieres saber más?
Amanda se encaró con ella, apretando los puños y los dientes.
-Porque tengo derecho, maldita sea mi sangre. Todo el derecho del mundo. Quiero saber qué pasó. ¿Le decapitaron, fue secuestrado antes? ¿Le torturaron? Y no me mienta, hija de puta, a pesar de no haber estado en su asquerosa escuela de cabrones se distinguir en este momento la mentira. Dígame cómo le mataron. No me interesa saber a qué coño le mandaron, ya no. Sólo como murió.
-No le secuestraron ni le decapitaron. La misión tuvo éxito. Todo ocurrió cuando supuestamente no había riesgo y volvían. Les tendieron una emboscada, hubo un tiroteo; eran más que ellos y le dispararon. Fue una muerte limpia
Amanda soltó una carcajada profunda y despreciativa, impropia de una mujer tan pequeña como ella.
-Una muerte limpia-se burló. ¿Es que hay muertes limpias? Bien, ya me ha dado la noticia. Y se lo agradezco. Ahora, váyase, no soporto verla en mi cocina.
Ella obedeció, pero se detuvo cuando ya estaba fuera ante una nueva demanda
-Quiero conmigo cuanto antes las cosas de Michael. Y a él. Quiero enterrarle aquí.
Se dio la vuelta hacia los demás. Nunca había visto la cara de Vera tan desencajada. Pero ahora mismo ella no podía darle consuelo.
-Jorge, te lo suplico, que alguna de las chicas cuide de Pablo y tú hazte cargo de Vera. Llama al médico si es necesario.
-¿Y tú?
-Yo nada. Necesito estar sola. Me voy a caminar.
-Amanda, no estás en condiciones.
Ella se desprendió de su brazo con cierta brusquedad. Ahora mismo no soportaba que nadie la tocase.
-Déjame, por favor. Déjame sola. Necesito caminar, necesito pensar, o no pensar. Pero necesito estar sola. Luego hablaremos, luego lloraremos juntos pero ahora no puedo.
Y salió corriendo de la cocina y cruzó la cancela como una exhalación en dirección al bosque trasero donde tantas veces había estado con él. Cuando estuvo a una distancia prudencial se dejó caer de rodillas, y se abrazó a si misma tan fuerte que le dolieron las costillas. Empezó a mecerse hacia delante y hacia atrás y lo que comenzó como un llanto silencioso acabó en el grito de un animal herido. Gritó hasta que la garganta dejó de responderle y solo entonces se dejó caer totalmente, aovillada al pie de un árbol. No sabía cuánto tiempo estuvo allí y puede que hasta se durmiese. Lo único que recordaba es que era completamente de noche cuando la recogieron Javier y Jorge. No podía caminar y entre los dos se turnaron para llevarla en brazos hasta la casa. Alguien la metió en la cama, no recordaba quien.




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