23 de agosto de 2015

NOVELA 104



Amanda no situaba muy bien las siguientes horas, le parecía que estaban veladas por una especie de nebulosa. Tan sólo sabía que estaba en su cama, y que en sendas butacas a los pies estaban, como un par de ángeles custodios, Javier y Jorge. No durmió. Más bien estuvo en una especie de duermevela intranquila. A veces su cuerpo la traicionaba y caía en una especie de sopor, pero de repente abría los ojos y recordaba que Michael estaba muerto y de nuevo se le aposentaba una pesadez en el corazón que le impedía respirar bien y solo podía hipar y gemir como una fiera herida de muerte. Y eso era ella, estaba herida en el centro de su ser, en lo que más le importaba. Los tres años que había pasado lejos de Michael habían sido muy difíciles, pero al menos sabía de él en algunas raras ocasiones, y sobre todo, estaba bien, estaba vivo, aunque lejos. Ahora sencillamente no estaba. ¿O sí? Cuando se murió su madre empezó a pensar, para hacer menos doloroso el trance, que simplemente se había ido a la habitación de al lado. Una habitación cercana pero de la que ella todavía no tenía la llave. Algún día, cuando le entregasen esa llave, se verían de nuevo. Prefería pensar igual con respecto a Michael.
Eso le dio fuerzas para incorporarse en la cama. Al momento tenía a los dos guardianes a su lado preguntando qué necesitaba, qué podían hacer por ella. Se puso en pie con dificultad, pero sin ayuda, y les miró a los ojos, dándoles las gracias sin palabras. Le resultaba difícil hablar sin romper en llanto.
-Quiero ducharme y cambiarme de ropa. Ponerme un pijama limpio. Y por favor, traedme a Pablo. ¿Qué hora es y de que día? ¿Es mañana?
-Está amaneciendo un nuevo día, son las siete-le contestó Javier ayudándola a llegar al baño.
-Bien. Déjame aquí, ya puedo sola.
-¿Segura?
-¿No pretenderás entrar conmigo y mirar cómo me baño? Marchaos los dos, pero traed al niño, por favor. Aunque esté dormido.
Amanda se dio una larga ducha caliente y allí, al abrigo de todas las miradas, siguió llorando. El agua caliente se llevaba las lágrimas y le dejaba el alma seca por dentro y con ganas de aovillarse para siempre y no despertar. Pero no podía hacerlo. Tenía un hijo en quien pensar. Un hijo de Michael al que tenía que atender, mimar, y explicar algunas cosas de manera que su cabecita las comprendiese.
Cuando salió del baño con un pijama limpio y el pelo reluciente, Jorge la estaba esperando con un soñoliento Pablo enroscado en sus brazos.
-Ponle en mi cama. Seguro que seguirá durmiendo un rato.
Al momento entró Javier con una bandeja en la que había un zumo de naranja, café con leche y tostadas. Amanda intento sonreírles. Se estaban comportando como unos verdaderos santos con ella, pero en ese momento no era capaz de muchos agradecimientos. Más tarde, cuando ella estuviese más lúcida, sería el momento de decirle cuánto significaban para ella, cada uno a su manera. Se tomó el zumo y el café, pero rechazó las tostadas a pesar de la insistencia de los dos hombres. Cuando ellos salieron del cuarto se acostó al lado de su hijo y le estrechó más contra su pecho. El niño estaba empezando a despertarse y Amanda le fue besuqueando poco a poco y acariciándole hasta que abrió los ojos del todo.
-Mami-le dijo, echándole los brazos al cuello.
-Mi niño…hoy va a ser un día especial.
-¿Cumpleaños?
-No, cariño, no es tu cumpleaños. ¿Te acuerdas de Mike?
La cara de Pablo se iluminó con una sonrisa.
-Caballito
-Sí, él te llevó a caballito y te dejó conducir su coche, ¿lo recuerdas?
Asintió, los ojos llenos de ilusión.
Amanda tragó saliva y cerró los ojos. Ahora estés donde estés, ayúdame, pedazo de cabrón, a darle a tu hijo la noticia de que estás muerto. Como siempre, no estás cuando te necesito. Y no permitas que llore, musitó para sí misma, dirigiéndose al espíritu de Michael.
-Mi amor, Mike no es solo un amigo de Mami, como Javier o Jorge. Mike es tu papá.
-Papá-repitió el niño, metiéndose el dedo en la boca.
-Sí, tu papá. Recuérdalo siempre, cariño. Michael es tu papá y te quiere mucho. Pero se ha tenido que marchar.
-¿A dónde?
Dios, qué difícil era esto de explicarle a su hijo la muerte del padre y no prorrumpir en sollozos hasta que le reventase el corazón y la garganta. Pero tragó saliva de nuevo, y le habló en voz baja.
-¿Te acuerdas que te conté que las abuelas Inés e Irene y el abuelo Paul estaban en aquel lugar con árboles, pero que en realidad siempre les teníamos a nuestro lado como al ángel de la guarda?
Volvió a asentir con la cabeza.
-Pues a papi le llevaremos allí mañana. Se quedará con ellos. El abuelo Paul es su papá y cuidará bien de él. Y en realidad, siempre estará aquí con nosotros, aunque no le veamos. Cuando el viento te acaricie la cara, mi amor, o cuando sientas el sol en la espalda, cuando llueva y te mojes los pies en los charcos, será tu papá que te está diciendo que te quiere.
-No llores, Mami-le pidió el niño, acariciándole la cara. Papá está aquí. No llores. Quiero leche con galletas.
Aunque apenas podía tenerse en pie Amanda se levantó y con su hijo de la mano fue hasta la cocina para darle el desayuno. La vida seguía adelante por más que su corazón estuviese roto. Allí se encontró con Jorge preparándole un té con leche a Vera. La anciana estaba destrozada y era como si hubiesen transcurrido diez años desde el día anterior. Amanda fue a su lado y se abrazaron.
-Darling, pobrecita. ¿Qué vamos a hacer ahora sin nuestro Michael? Era como un hijo para mi.
-Lo sé, Vera, pero tenemos que seguir. Por Pablo y por nosotras mismas. También por Michael. ¿Se ha sabido algo más de cuándo le traerán?-preguntó dirigiéndose a Jorge.
-Esa mujer que vino ayer llamó y dijo que…el cuerpo-vaciló-llegaría esta noche o mañana a primera hora. En todo caso ya he dispuesto con el cura el funeral para mañana a las cinco de la tarde, a menos que tú digas otra cosa.
-No, está bien, Jorge, gracias
-Amanda, ha llamado alguien más.
Ella se quedó mirándole, expectante.
-Un tal James Cameron. Me dijo que era amigo de Michael. Ha llegado ayer a las doce de la noche. Le di una habitación y bueno…creo que quiere hablar contigo.
Amanda asintió, pasándose una mano por el pelo. Suponía que era el amigo del que Michael le había hablado.
-Está bien Jorge. Si alguien se hace cargo de Pablo yo me voy a poner un poco presentable y en media hora puedes traerle. Hablaremos en la salita. Por favor, que nadie nos moleste.
Fue a su cuarto y se puso un vestido negro y zapatos de medio tacón. Se recogió su ingobernable pelo en una coleta y con la cara desnuda, sin nada de maquillaje, se encaminó a la salita. Allí la esperaba ya un hombre alto, con el pelo rapado casi al cero y aire contrito. Se acercó a ella y le dio la mano, aunque luego pareció pensarlo mejor y la envolvió en un abrazo de oso.
-Soy James Cameron, creo que Michael te habló de mi.
-Lo hizo. El día antes de marcharse. Me dijo que recurriese a ti si necesitábamos algo, que eras un hermano para él.
Sus ojos se humedecieron y se sacó un pañuelo del bolsillo.
-Y tenía razón. Vengo por varios motivos. Primero para decirte que no sólo hoy, sino siempre, estaré a tu disposición para todo lo que necesites. Mientras yo viva, puedes confiar en que cuidaré de vosotros como si fueseis mi familia. En realidad, lo sois. También he traído las cosas de Michael. Pero hay dos que quiero darte personalmente y en mano. Esta es una de ellas.
Le puso en la mano la cruz que ella le había regalado. Amanda sintió que le quemaba la palma.
-La llevaba puesta cuando le mataron.
-Se ve que no le protegió demasiado-no pudo menos que decir Amanda.
-Eso depende de cómo lo mires. Tuvo la muerte que él siempre había deseado.
Amanda se revolvió en su silla, inquieta. Dudó, pero siempre era mejor saber.
-¿Tú sabes cómo murió y cuál era su misión?
James dijo que si con la cabeza y poniendo las palmas de las manos sobre las rodillas empezó a hablar, primero mirando al suelo pero luego fijando sus ojos en los de Amanda.
-Tenían que liberar a dos rehenes secuestrados por los yihadistas. La esposa y la hija pequeña de un diplomático británico. Era un trabajo muy complicado pero les salió bien. Cuando ya estaban de regreso un grupo armado muy superior a ellos les tendieron una emboscada, hubo un tiroteo y Michael murió.
-¿Fue el único?
-Otro agente resultó herido, pero la única baja fue él. No sé si te servirá de algo, Amanda, puede que no, el dolor es el dolor. Pero si quiero que sepas que Michael murió por salvar a la niña. Se interpuso; la bala iba hacia ella.
Amanda cerró los ojos. En aquel momento no era un consuelo, pero agradeció saberlo, porque estaba segura de que más adelante encontraría un solaz en esa manera hacer las cosas de Michael.
-¿Te quedarás al entierro?
-Por supuesto, si a ti te parece bien.
-Por supuesto que sí. Y te agradezco mucho que hayas venido personalmente a entregarme esta cruz. Significa mucho para mi.
-También tengo esta carta. Me la dio el día que se marchó. Me dijo que te la entregase si a él le pasaba algo.
Amanda la tomó en sus manos temblorosas.
-¿Tú crees que él sabía que iba a morir?
-No lo creo. Sabía que era una misión muy peligrosa, pero…no sé Amanda, es difícil de explicar. Todos tenemos miedo y todos pensamos que cuando salimos es probable que nos quedemos en el camino. En todo caso, que te sirva de consuelo saber que te amaba mucho. ¿Te veré en la comida?-dijo, levantándose
-Si, James. Haremos una comida en honor de Michael. No prometo comer mucho, pero allí estaré presidiendo la mesa. Y conocerás al hijo de Michael.
-Le vi ayer cuando llegué, aunque dormido. Se lo pedí a Jorge y me llevó a su cuarto. Espero que no te moleste. Es su vivo retrato.
-Lo es-sentenció Amanda. No me molesta en absoluto. Y me gustaría que de alguna manera formases parte de su vida. Necesita referentes de su padre.
James la dejó sola y Amanda se quedó con la carta en la mano, esperando que le llegasen las fuerzas para leerla.



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