1 de agosto de 2015

NOVELA 84



Jorge Hidalgo se acomodó al trabajo mejor de lo que Amanda había esperado. Era amable y callado; y aunque Carmen y Delfina se quejaban de su seriedad y reserva, Amanda estaba muy contenta por ello. No le gustaban los chismorreos y era bueno que alguien pusiese trabas a las chicas, que a veces eran demasiado charlatanas, hasta con los propios huéspedes. Cuando se dio cuenta de que podía fiarse de él decidió salir a correr un rato todas las mañanas. Hacer ejercicio la ayudaba a dormir mejor cuando llegaba la noche y también hacía que estuviese más tranquila durante el día. Las primeras veces apenas aguantó diez minutos; no encontraba el aire suficiente y las piernas le temblaban cuando llegó a casa. Pero después de una semana ya se encontraba mucho más cómoda y esperaba con ansia la hora de su ejercicio matinal. Una mañana, cuando rodeaba el cementerio, ya de vuelta a casa, prácticamente chocó con Javier. Sabía que él también salía a correr, pero nunca habían coincidido.
Él la sujetó por los hombros y así evitó que acabase en el suelo.
-Vaya-se burló-la niñata de ciudad se ha quitado los tacones y sale a hacer ejercicio.
-Javier, deja de tocarme las narices, ¿Quieres?
-¿Así me agradeces que te haya sujetado?
-Gracias-le dijo de mala gana. Y ahora, venga, cada mochuelo a su olivo.
Pero él no dejó que se fuese; la volvió a sujetar y la invitó a tomar un café en el puerto, que quedaba a cinco minutos escasos. Amanda pensó rehusar, pero luego lo pensó mejor y aceptó, porque en caso contrario él estaría molestándola luego, y además, ¿qué mal podía haber en tomar café juntos?
-¿En la terraza o dentro?-le preguntó Javier.
-En la terraza. Así por lo menos podré respirar aire puro. No sabes cómo apestas, Javier.
En lugar de molestarse, el arquitecto soltó una carcajada.
-Me imagino. He corrido diez kilómetros. Pero a ver si crees que tú hueles a rosas, doña Perfecta.
Amanda se ruborizó e hizo amago de levantarse, pero él la obligó a sentarse de nuevo.
-Eres un maldito gañán. No cambiarás nunca.
-No seas absurda, cariño, todos los seres humanos sudamos. Incluso los etéreos y delicados como tú.
-Y no me llames cariño-barbotó ella, enfadada al comprobar que seguía teniendo la facultad de quitarla de sus casillas.
Al final acabaron los dos riéndose y Amanda tuvo que reconocer que Javier Valdés tenía muchas buenas cualidades, escondidas bajo capas de autodefensa y de ironía. Pero ella había visto su lado más tierno y también el más vulnerable.
-¿Cómo está tu madre?-le preguntó apretando levemente su antebrazo.
-Mal-respondió, agachando la cabeza, quizá para esconder su emoción. Era de esperar, sabíamos que día a día empeoraría. No quiero que hablemos de eso-cortó, con voz átona. ¿Qué tal tu guiri? ¿Ya se ha ido con su deportivo a romper corazones a otra parte?
Amanda le miró de refilón; pero no se dignó a contestarle. En lugar de eso removió el café como si le fuese la vida en ello.
-Está bien. No le nombraré, no sea que la señora se enfade. Aunque sigo pensando que no te merece y que estarías mucho mejor conmigo. Pero no insistiré más. Por ahora-aclaró.
-Eres de lo más cansino que hay en el mundo, Javier. Y encima sigues igual de borde que siempre.
Se puso serio, y sin hacer caso de la mirada de Amanda, tomó una de sus manos entre las suyas y la apretó ligeramente.
-Puede que sea todo eso que tú dices y más. Pero sabes que yo nunca te haría daño. ¿Puedes decir lo mismo de él?
Amanda retiró la mano despacio y se levantó para marcharse, pretextando que tenía prisa. Javier no la retuvo. La miró mientras empezaba a subir la cuesta que llevaba hasta el hotel. La quería; no podía evitar sentir lo que sentía por ella. Y si estuviese con alguien que la hiciese feliz, él se retiraría, aunque lo hiciese a disgusto. Pero sabía que ese hombre no era el adecuado para Amanda. Y lo peor, pensó mientras pagaba y se despedía del camarero, era que probablemente ella también lo supiese; así que mucho debía de amarle para continuar esperándole y contentándose con lo que él le daba. Y Javier sospechaba que le daba…migajas.
Después de ducharse y vestirse correctamente para un día de trabajo Amanda llegó al hotel y organizó el trabajo de la jornada con Jorge. Pasó otro rato revisando con Carmen el pedido que se necesitaba para el carnicero y el pescadero y llamó a la tintorería porque uno de los huéspedes había manchado de vino la cortina del comedor. No quería arriesgarse a lavarla en casa, y pidió que pasasen a retirarla por la tarde. Así enviaría también la alfombra azul del cuarto que daba al jardín. Ya por fin se retiró a la cocina para iniciar el almuerzo. Las chicas habían pelado patatas para el estofado que pensaba hacer y las natillas del postre llevaban preparadas desde la noche anterior. Tenía tiempo de hacerse un té y tomarlo con tranquilidad.
Cuando estaba calentando el agua apareció Vera, que se había acostumbrado a acompañarla cuando cocinaba. Le sirvió te a ella también, con unas pastas, y le contó que había visto a Javier, aunque obvió los comentarios acerca de Michael. Como la mañana se presentaba tranquila en cuanto a trabajo, aprovechó para hacerle una pregunta que le rondaba la cabeza desde hacía días.
-Vera, ¿Cómo cree usted que mi tía tenía tanto dinero? A veces me da miedo pensar en tocar esa cantidad que hay en el banco porque pienso que puede ser dinero…sucio-dijo en voz baja, mirando que nadie la escuchase.
-Qué graciosa eres Darling-le dijo Vera, soltando una carcajada y no haciendo caso omiso de su gesto enfurruñado al oírla. De todos modos, algo de ese dinero ya has usado para las obras…
-Es distinto. Entonces yo no tenía ni idea de toda esa estupidez de Gladio y esas vainas.
-Puedes estar muy tranquila, criatura. Ese dinero procede de la cantidad que Paul reservó para tu tía y para Elena cuando se quedó embarazada. Y también de la herencia del propio Paul. Y es dinero limpio; él era de una familia muy rica. Y luego tu tía, con su consejo y el de Michael cuando éste se hizo adulto, lo invirtió bien y tuvo buenas ganancias.
Amanda se quedó más tranquila y siguió pelando zanahorias y cortando el resto de la verdura.
-Menos mal-dijo en voz alta, pero como hablando para sí misma. Entonces Michael es rico…pues no entiendo para qué o por qué hace lo que hace.
Se detuvo, asustada. Había pensado en voz alta. Vera la tranquilizó con una mirada conmiserativa.
-Niña, ¿Me crees tan idiota como para no saber a lo que se dedica tu precioso Michael? Para explicarte por qué hace lo que hace a pesar de no necesitar trabajar, ni en eso ni en nada, tendría que contarte una historia acerca de alguien que conocí hace años. Pertenecía a la PIDE.
-¿Qué es eso?-le preguntó Amanda con un hilo de voz. Quería saber pero al mismo tiempo estaba aterrada de qué nuevo horror iba a descubrir.



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