3 de agosto de 2015

NOVELA 86



La conversación con Vera se mantuvo en su mente hasta bien entrada la noche. Desde niña le gustaba analizar cada cosa que leía o que veía, y ahora, ya adulta, seguía siendo así. Y eso no era bueno. Hacía pensar, y los pensamientos traían recuerdos, y los recuerdos traían a veces dolor.
Mientras se desmaquillaba y se preparaba para la noche, aunque mucho se temía que no para dormir, recordó una conversación que había tenido con Michael el día antes de que se marchase. Estaban en su casa, en la salita, escuchando música y tomando café. En esos momentos de intimidad Amanda jugaba a olvidar que no eran una pareja normal, y que casi nunca iban juntos a sitio alguno, o que no dormían cada noche en la misma cama. Michael se levantó del sofá y se acercó a la librería. Tomó un libro al azar, y resultó ser una biografía de Marlene Dietrich.
-¿Te gusta?-le preguntó, blandiendo el libro como un hacha. A mi padre le encantaban sus películas, y alguna de ellas las he visto tres o cuatro veces.
-A mi sus películas…regular. Y solo he visto alguna que otra. Pero me gusta ella. O mejor dicho, me parece un personaje digno de estudio.
-¿Por qué?
Ella se quedó callada un momento. Ya había descubierto hacía tiempo que a veces Michael ignoraba saber cosas simplemente para hacerla hablar, como si quisiese evaluarla. Estaba segura de que sabía de la Dietrich tanto al menos como ella, sino más. Pero le gustaba hacerse el tonto para tirarle de la lengua y luego reírse de ella y embromarla. O probarla, nunca lo sabía. Había algo peligroso en amar a alguien como él, alguien a quien nunca conocías del todo y de quien ignorabas siempre muchas más cosas que las que sabías. Pero decidió seguirle el juego y hacerse la tonta. Estaba segura de que también de eso se daba cuenta él, porque varias veces ella se lo había dejado entrever y, como siempre, él le había apretado los mofletes como si fuese una niña pequeña y le había dicho la sempiterna frase “cuánto quiero yo a mi tontita”.
-Pues para empezar tenía una personalidad muy contradictoria y ambivalente. Le gustaban más las mujeres que los hombres, o al menos eso creo, pero como había en ella mucho de prusiana y había sido educada estrictamente, se casó y tuvo una hija, y luego en su vida hubo amantes, hombres y mujeres; pero con los hombres adoptaba la misma actitud servil que había tenido su madre con su propio padre y con su segundo marido. ¿Te imaginas a la Dietrich con delantal cocinando para sus muchos amantes?
-¿Por qué no?-objetó él. ¿No cocinas tú para mi?
-Si, pero no soy una actriz famosa. Y no soy tu amante.
-Sí que lo eres.
-Pues claro que no-le rebatió ella, enfadada. Amante es una palabra peyorativa. Lo sería si yo estuviese casada o lo estuvieses tú, pero los dos somos libres. ¿O no?
-Siempre, nací libre y así moriré-dijo él con tono ligero, no entrando al trapo de sus insinuaciones. Ay, tontita, claro que eres mi amante. Porque amante es el que ama. Y tú me amas
Amanda asintió. Las lágrimas empezaban a empañarle los ojos, y las ocultó como pudo. Él odiaba verla llorar. Para cambiar de tema siguió hablando de la Dietrich.
-Aunque también podía ser muy mala persona. Mira lo que le hizo a la pobre Tammy.
-¿Quién es? ¿Una perrita?
-Vete a la mierda, Michael-explotó ella. Yo sé que tú sabes sobradamente quien era. Pocas cosas hay que tú no sepas. Pero quieres hacerme hablar para reírte de mí.
Michael la tomó suavemente de la mano y la atrajo para que se sentase en su regazo. Empezó a acariciarle suavemente el pelo y a susurrarle al oído palabras en inglés y también en gaélico, aunque ella de este último idioma no entendiese absolutamente nada. Pero le gustaba como sonaba.
-Sí, lo confieso. Sé quién era Tamara Matul. Una bailarina de origen ruso que se hizo amante de Rudi Sieber, el marido de Marlene. ¿Y qué hay de malo? Cuando todo se acabó entre ellos en vez de divorciarse siguieron juntos, amistosamente, y cada uno tenía sus asuntillos. Ella era generosa con el dinero que ganaba y les mantenía a todos: a su marido, a su hija e incluso a la amante del marido, a la que hacía pasar por niñera, institutriz o secretaria personal suya. Pues me parece que era un arreglo bastante inteligente.
-Claro, qué vas a decir tú, el maestro en arreglos y maldades. Todo fantástico si obviamos que la pobre Tamara acabó volviéndose loca. La obligaron la Dietrich y su marido a provocarse varios abortos porque el escándalo sería mayúsculo. Y esa mujer dependía de las drogas y los somníferos para aparentar una vida normal.
-Esos son daños colaterales, cariño-repuso él.
Amanda se separó un poco para mirarle a los ojos. Y se dio cuenta de que hablaba de verdad. En ese momento supo con certeza que aunque Michael la amase, y sabía que a su manera la amaba, no dudaría en sacrificarla si fuese necesario. Y diría que eran daños colaterales.
Cuando se metió en la cama se abrazó a la almohada y lloró un poco, sin saber muy bien por qué. Sólo sabía que de un tiempo a esta parte llorar la aliviaba de una carga muy pesada y hacía que conciliase el sueño, con los ojos rojos y la nariz congestionada. Pero así, al menos durante un tiempo, se preocupaba de respirar bien y dejaba de preguntarse si él estaría vivo o muerto, dónde o con quién. Cuando se llora a conciencia, hasta el ser humano más fuerte se agota. Y el agotamiento era ahora mismo su droga.



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