4 de agosto de 2015

NOVELA 87


Una de esas noches en que milagrosamente Amanda había conciliado el sueño sin problemas, a las cuatro de la mañana la despertó el sonido de su móvil. Siempre lo llevaba consigo, como una especie de amuleto, por si recibía algún mensaje o llamada de Michael. Se despejó enseguida y se incorporó, asustada. A esas horas las noticias siempre eran malas pero ella no era de las que se arredraban ante las dificultades. Sin embargo, en aquella ocasión y rompiendo todas las normas, no era una mala noticia sino todo lo contrario. La llamaba Miguel. Inma se había puesto de parto, iban camino del hospital y ella quería que Amanda también estuviese allí.
Se vistió en cinco minutos, sin saber muy bien que ropa se ponía, y media hora más tarde estaba al lado de Inma, agarrando su mano y dándole ánimos. Miguel también rondaba por allí, con las manos en los bolsillos, dando vueltas y sin saber muy bien qué hacer ni lo que se esperaba de él. Al final Inma se impacientó y le echó de la habitación.
-Vete a la sala de espera con Javier. Aquí no haces nada más que ponerme nerviosa.
Amanda le hizo un gesto para que obedeciese, y le prometió que le avisaría de cualquier novedad. La última vez que la matrona había entrado les dijo, con bien poco tacto, que las primerizas siempre tardaban entre diez y doce horas. Inma se había horrorizado y apretando la mano de Amanda le confesó que ella no podría aguantar ni una hora más. Aquello era insoportable y ni en sus peores pesadillas se había imaginado que sería tan duro. Amanda le acarició la frente e intentó distraerla preguntando que hacía allí Javier. Sabía que su amiga era bastante quejica y exagerada, aunque no dudaba que lo estaría pasando mal.
-Javier está aquí porque el imbécil de Miguel estaba tan nervioso que no era capaz de conducir. Hombres…
Finalmente no se cumplieron las predicciones de la matrona, y después de cinco horas Inma tenía en sus brazos a una preciosa niña que había pesado unos respetables cuatro kilos. Amanda había sido quien cortó el cordón umbilical porque Miguel no quiso saber nada de entrar al paritorio. Ahora mismo la tenía en brazos y miraba con embeleso ese pequeño bulto enrojecido que lloraba a todo pulmón y agitaba los puños.
-Tiene toda la mala uva de su padre-sentenció Inma.
Amanda sonrió y aprovechó el momento para insinuarle si quería que llamase a Lucas, pero ante la torva mirada de la reciente madre, se dijo a sí misma que ella había hecho todo lo que había podido y que al fin y al cabo no era asunto suyo. Inma le había pedido que ya que era la madrina, eligiese el nombre.
-A Miguel y a mí nos gustaría que se llamase como tú, pero si prefieres cualquier otro nombre, nos parecerá bien.
Amanda negó con la cabeza meciendo a la niña, que por fin se había calmado y se chupaba el dedo con deleite.
-No. Quiero que se llame Irene. Significa paz en griego y es lo que espero que tenga cuando crezca; paz interior. Y además, es una especie de homenaje a mi tía. He descubierto a una mujer completamente distinta de la que yo conocí.
Cuando se marchó a casa eran más de las seis de la tarde y estaba agotada por el poco sueño y las emociones. Nunca había sentido algo parecido como cuando tuvo en brazos por primera vez al bebé. Ahora entendía todavía mejor el dolor de Irene, de Paul, hasta de Michael y Vera cuando perdieron a Elena.
Mientras conducía de vuelta a casa pensó mucho en Michael. Echaba de menos compartir las cosas cotidianas y también las extraordinarias, como la de hoy. Se sentía profundamente sola y el sentimiento de abandono no la dejó al entrar en su casa. Se duchó y se metió directamente en la cama y de nuevo se abrazó a la almohada y cerró los ojos, esperando que llegase el sueño. El día había sido largo y lleno de emociones. Debería estar contenta, y lo estaba por Inma, pero curiosamente tenía también un sentimiento que no sabía cómo calificar. No era envidia; nunca había sido tan mezquina. Se trataba más bien de añorar algo que no sabía si podría tener alguna vez.
Mientras que la hija de Inma venía al mundo Michael estaba en una elegante cena, rodeado de hombres de negocios, en Dubai. Representaba a la perfección su papel de adinerado americano delante de sus anfitriones árabes. Ciertamente era más agradable estar en un lujoso hotel y conducir un deslumbrante Ferrari que quedarse colgado de un andamio fingiendo limpiar cristales durante una jornada entera, que había sido lo último que había hecho antes de llegar a Dubai. Pero no llevaba nada bien el calor. Su piel blanca y sus ojos claros no estaban hechos para aquel sol despiadado que parecía perforarle los sesos cada vez que salía a la calle. Ni las gafas oscuras le protegían lo suficiente y estaba deseando acabar aquella dichosa misión y volver a un clima más humano. También echaba mucho de menos a Amanda, más de lo que se confesaba a sí mismo. Se había acostumbrado a su cálida presencia, a sus atenciones y mimos, y extrañaba hacerla rabiar y sus enfados cuando se daba cuenta de que se estaba burlando de ella. Era tan inocente que le resultaba facilísimo sacarla de sus casillas y reírse luego cuando ella, fuera de sí, le insultaba. Antes de salir hacia Dubai había tenido una entrevista en Londres con su superior. Althea le había felicitado por sus informes y él aprovechó la ocasión para pedirle o más bien exigirle que dejasen de vigilarle.
-No soy estúpido-le dijo, ante su mirada de asombro. Hace mucho tiempo que estoy en esto y sé que mandaste vigilarme en cuanto salí de aquí la última vez que nos vimos. Y sé por qué lo hiciste. Pero no hay motivo. Amanda no es un peligro y no sabe nada de todo esto.
-¿Cómo puedo estar segura? Ya te dije la última vez que los sentimientos no deben mezclarse con el trabajo. Es peligroso. Y no es solo tu vida la que pones en peligro-le advirtió.
-No me trates como a uno de tus chicos, Althea. No he nacido ayer y como te aprecio, te seré franco. Necesito a Amanda. He renunciado a muchas cosas por todo esto y me merezco ciertas compensaciones. Soy humano, al fin y al cabo.
-Nadie fue a buscarte, querido. ¿Recuerdas que fuiste tú quien convenció a tu padre para que te introdujese en todo esto?
-Lo recuerdo muy bien. Pero recuerda tú que nunca te he defraudado y que hago mi trabajo muy bien, con lo cual no creo que sea bueno tensar tanto la cuerda. Necesito cierta libertad en mi vida privada.
-Nosotros no tenemos vida privada. No lo olvides nunca.
Se retaron con la mirada durante unos segundos pero cuando Michael salió de allí sabía que en cierta medida, solo en cierta medida, había ganado la batalla. Ella le conocía demasiado bien y sabía que funcionaba mejor cuando no se le presionaba demasiado. Por eso se sintió libre en bastante tiempo de enviarle un mensaje a Amanda en el que solo le decía que la echaba de menos y que se verían pronto.




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