5 de agosto de 2015

NOVELA 88



Amanda tardó un par de días en leer el mensaje. Ella que solía estar tan pendiente siempre de su teléfono, lo había descuidado con la llegada de la pequeña Irene. Más tranquila con las noticias y sorprendida por recibir de nuevo whatsapps de Michael, se puso al día con los asuntos del hotel y de la conservera. Comprobó que no se había equivocado al contratar a Jorge Hidalgo. Era eficaz y responsable, aunque seguía siendo un misterio. Hablaba poco y sonreía mucho, pero Amanda sabía lo mismo de él ahora que llevaba casi un mes trabajando para ella que cuando le entrevistó. A sus preguntas sobre la casa, le contestó que todo estaba bien y que no se preocupase, con lo cual ella tampoco insistió. No era dada a la curiosidad por las vidas ajenas y odiaba hacer preguntas. Cuando la gente quería contar algo, lo hacía.
Siguió con la costumbre de salir a correr cada mañana y pronto se dio cuenta de que Javier Valdés había acomodado su horario y recorrido para hacerse el encontradizo. La tercera vez que coincidieron se lo planteó claramente.
-Javier, no es casualidad que nos encontremos, ¿verdad?
-Deja de darle al pico, niñata, y ocúpate de respirar bien. No pienso disminuir mi ritmo por ti.
Amanda iba a soltarle un improperio, pero lo pensó mejor y decidió no darle ese gusto. Tenía que reconocer que le costaba correr y hablar a la vez. Continuaron en silencio durante quince minutos en que lo único que se escuchaba era la respiración de ambos. Al llegar a la plaza, de común acuerdo y sin necesidad de hablar se detuvieron a desayunar en la taberna de pescadores. Javier encendió un cigarrillo y ella le miró con inquina, pero el arquitecto hizo caso omiso y se limitó a lanzarle una sonrisa irónica.
-No sé para qué te molestas en hacer ejercicio si luego lo estropeas con esa porquería. No quiero pensar cómo tendrás los pulmones.
-¿Ahora te preocupan mis pulmones?
-Ni lo más mínimo. Cada cual es libre de matarse como quiera.
Javier asintió.
-Cierto. Otras se matan esperando lo que quizá no merezca la pena esperar.
-No es asunto tuyo.
-Cierto también. Cambiemos de tema, ya veo que no aceptas consejos. ¿Quién es ese tío de barba que encontré hace un par de días en la recepción?
-¿Y puede saberse qué hacías tú allí? ¿Se te había perdido algo?
-La verdad es que no. O sí, no lo sé. Fui a verte, si quieres que te sea franco-le contestó, untando la tostada con una abundante capa de mantequilla. Aunque te moleste y aunque me hayas dicho mil veces que sólo café y paseos, no desisto. Soy inasequible al desaliento. Al fin y al cabo, ahora ya compartimos algo más. Sudamos juntos.
Amanda le miró con desagrado. La agotaba, como siempre, discutir con él.
-No hagas que me arrepienta, Javier.
-Perdona-le contestó con voz humilde, aunque sus ojos burlones decían todo lo contrario. Pero dime, no te escabullas, ¿Quién es el de las barbas? ¿De qué le conoces?
-Pero bueno, esto es el colmo. ¿Me estás interrogando? Se llama Jorge Hidalgo-le informó, aún a pesar de sí misma. Le he contratado porque necesitaba ayuda; las chicas y yo no podíamos ya con todo. ¿Qué sé de él? Lo necesario. Tiene unas referencias inmejorables, y eso es lo que importa. ¿Contento?
-No demasiado. Me parece bastante imprudente contratar a alguien de quien no sabes nada.
-Sí, claro-barbotó, dando un sorbo a su café. Puede que sea un psicópata que me viole y luego me descuartice. No digas bobadas, Javier. Sé cuidar de mi misma, no necesito un caballero andante y soy adulta. ¿Qué sabía de ti cuando te encargué la reforma?
-Lo necesario-refutó. Te recuerdo que fue el alcalde quien te habló de mí y me recomendó.
Amanda reconocía que en eso llevaba razón. En los pueblos pequeños no es fácil ocultar cosas, todo el mundo acababa sabiendo la vida de los demás. Pero no quería dar su brazo a torcer.
-No seas pesado. Es un hombre eficaz y que hace bien su trabajo. Suficiente.
-¿Lo sabe el guiri?
-Se llama Michael-le recordó, molesta. Y no, no lo sabe, ni tiene por qué. No dirige mi vida. Nadie la dirige.
Sin embargo, mientras volvía a casa después de despedirse de Javier, pensó que había mentido, o al menos había disfrazado la verdad. Cierto era que Michael no se entrometía en su trabajo, pero de alguna manera ella adaptaba sus horarios y su ritmo a las necesidades de él. No importaba los planes que tuviese; todo lo cancelaba por él. Eso no era bueno, y era consciente de ello. Como también era consciente de que reconocerlo no haría que las cosas cambiasen. En una ocasión había bromeado con él diciéndole que se estaba haciendo una experta en el arte de penelopear. Y él la había entendido al momento. Era una de las cosas que más le atraía de Michael: su mente brillante, su rapidez de pensamiento. No podría amar a un tonto, y él desde luego no lo era.
-Penelopear, cuando se hace bien, tiene su recompensa. Ulises siempre acaba regresando a Ítaca, aunque tenga que atarse al mástil para no escuchar el canto de las sirenas.

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