9 de agosto de 2015

NOVELA 91



En los días siguientes Vera y Amanda se evitaron. Ahora que Jorge Hidalgo trabajaba con ella Amanda pasaba más tiempo en la oficina de la conservera e incluso de vez en cuando se permitía el lujo de ir una vez a la semana a la ciudad. Se daba cuenta de que estar tan inmersa en el pequeño mundo del hotel y las personas de su entorno a veces le hacía daño. Uno de sus grandes defectos siempre había sido que no era capaz de distanciarse lo suficiente de la gente que la rodeaba. Esa tarde llegó a casa agotada después de un día entero fuera y tan sólo deseaba darse un baño, cenar algo ligero e irse a la cama con algún libro que la ayudase a quedarse dormida. Cuando se estaba secando escuchó el sonido que le decía que había un mensaje de Michael. Le había puesto un tono especialmente para él porque sus mensajes tenían la prioridad más absoluta. Aquella mañana le había enviado una canción, solía hacerlo de vez en cuando, siempre eran canciones en inglés y que para ambos tenían un significado. Ahora le decía simplemente “mañana llegaré sobre las veinte horas”. Siempre le hizo mucha gracia que escribiese así; las veinte horas. Cualquier otra persona diría las ocho de la tarde, pero no él. La noticia la llenó de júbilo. Solo esperaba que no pasase nada a última hora que torciese sus planes. Hacía ya casi un mes que no se veían y para ella era muy difícil vivir a base de mensajes y alguna que otra llamada telefónica, siempre escasa y corta porque desde el principio le había dicho que el teléfono solo era para dar recados, no para largas conversaciones.
El día siguiente pasó de una manera desesperadamente lenta. Hizo su trabajo de manera mecánica y miraba el reloj con tanta frecuencia que Jorge le preguntó en un par de ocasiones si se encontraba bien. Amanda le sonrió, diciendo que perfectamente y decidió a media tarde irse a casa. Allí no era de utilidad alguna puesto que tenía la cabeza en otra parte.
Ya en casa preparó la cena y se arregló ella misma para recibir a Michael, pero le quedaba una hora larga de espera y decidió leer una de las cartas de Irene. Hacía ya tiempo que no les dedicaba ni un minuto y en aquel momento le apetecía.

Querida Inés:
Ya sé qué hace mucho que no te escribo y entiendo que estés preocupada, pero por favor no te enfades. No pude hacerlo, estuve muy ocupada y también muy preocupada. Lamento no poder darte buenas noticias. Ya sabes que desde hace unos meses Paul no es el mismo. Ha perdido mucho peso, está siempre pálido y cansado y últimamente nada de lo que come le sienta bien.
Tanto Vera como yo, y el propio Michael la última vez que estuvo aquí de visita, le hemos insistido para que le vea un médico. Pero él es muy terco y se ha negado rotundamente. Lo achacaba a miles de cosas; la primavera, las preocupaciones, a que se hace viejo. Sin embargo hace dos semanas se desmayó en el baño y eso hizo que su hijo y yo nos pusiésemos serios con él y casi le obligásemos a ver al médico. Creo que él también se asustó y se dio cuenta de que tenía que ir.
Me conoces bien y sabes que desde que era pequeña tengo premoniciones o…no sé cómo llamarlo. El caso es que cuando el doctor nos dio el diagnóstico, yo no me asombré de oír que tenía cáncer. Me lo esperaba; hacía ya tiempo que veía la muerte en sus ojos. No, no me digas que eso son tonterías. No lo son. No se lo he contado a nadie porque se reirían de mí, pero a ti no quiero ocultártelo. Volvimos a casa intentando darnos ánimos los unos a los otros. Michael conducía y yo iba a su lado, con Paul en la parte trasera del coche. Varias veces durante el trayecto de vuelta el muchacho me apretó la mano e intentó darme ánimos, cuando yo sé que él mismo está hecho polvo. Y lo entiendo bien. Perdió a su madre, a su hermanita, y ahora ambos sabemos que a su padre le queda poco tiempo. El doctor fue muy franco.
De momento no tiene molestias, pero nos han dicho que el dolor empezará pronto y que es posible que necesite morfina. Y yo no sé de qué manera voy a soportarlo. Me dirás que soy una egoísta y tendrás toda la razón del mundo, porque es Paul quien está enfermo y se va a morir. Pero cuando amas a alguien tanto como yo le amo a él, el dolor del amado se hace propio; es más, me atrevo a decir que es mayor que el propio.
Esa misma noche en la cama hablamos mucho los dos. Me pidió perdón por muchas cosas, pero sobre todo por sus ausencias, por algún que otro engaño y sobre todo por no haber estado a mi lado cuando nació Elena y luego en las peores épocas de la enfermedad de nuestra hija. Yo ya le había perdonado hace mucho tiempo, pero me agradó que reconociese mi sufrimiento. También me pidió algo que no esperaba, y menos a estas alturas. Quiere que nos casemos. Yo me reí y bromeé con él pero agarró con fuerza mi mano y me dijo que estaba hablando completamente en serio.
No le contesté nada en aquel momento pero al día siguiente a la hora de cenar solo estábamos Michael y yo; Paul se había ido a la cama antes, y el chico volvió a sacar el tema. Me contó que su padre le había pedido que intercediese por él. Y le dije que sí. Para mi ahora ya no tiene importancia alguna; hubiese preferido que nos casásemos cuando iba a nacer nuestra hija; pero los planes que hacemos nunca salen como nosotros esperamos, la vida se encarga de quebrarlos.
Intentaré mantenerte al corriente de cómo se van desarrollando los acontecimientos. Michael me ha dicho que hará todo lo posible por pasar más tiempo con nosotros. Espero que lo haga. A los dos, padre e hijo, les vendrá bien la mutua compañía.
Un abrazo inmenso, hermana. Reza por nosotros, lo necesitamos.
Irene


Cuando Michael llegó, después de la bienvenida y de la cena, cuando ya estaban en la cama, con la luz apagada y dispuestos a dormir Amanda decidió que era buen momento para las preguntas. Había descubierto que a esa hora Michael era más vulnerable y bajaba un poco la guardia.
-Nunca me has hablado de la muerte de tu padre.
-No. No es algo que me agrade recordar. Evito las tristezas.
-Ya, ya lo sé. Pero a mí me gustaría hablar de eso.
Michael suspiró. Cuando se le metía una cosa en la cabeza podía ser bastante insistente, así que decidió contarlo en pocas palabras, esperando que se quedase satisfecha y le dejase dormir tranquilo.
-No hay mucho qué decir. Empezó a encontrarse mal, a estar cada día más pálido y delgado, y cansado de tenernos detrás a Irene y a mí todo el día, fue al médico. Era cáncer de páncreas. El médico nos informó que le quedaba muy poco tiempo. Y tuvo razón. Creo que fueron cuatro meses lo que tardó en dejarnos.
-Con ayuda-le dijo Amanda, con voz firme.
Con la luz apagada, no podía ver la expresión de su cara, pero sintió como todo su cuerpo se tensaba y la mano que sostenía la suya se quedó rígida. De repente le pareció estar abrazada a un bloque de hielo.




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