10 de agosto de 2015

NOVELA 92





-¿Qué quieres decir?-le preguntó Michael con una voz extraña.
-He hablado con Vera. ¿Tú fuiste su cómplice? ¿Lo sabías?
Él se incorporó para encender la luz de la lámpara encima de la mesita. No soportaba seguir hablando en la oscuridad. No era algo que le agradase recordar, pero si había que hacerlo, quería que fuese con luz. Tomó aire y enfrentó la mirada de aquella mujer que tenía a su lado y que le pedía sinceridad. Había cosas en las que no podía dársela, pero al menos en esto sí.
-No fui cómplice, yo no sabía nada. Cuando mi padre llevaba casi un año muerto fui a pasar las fiestas de Navidad con Irene y Vera. Eran la única familia que me quedaba. En aquel momento yo no estaba demasiado bien. Digamos que una de las misiones en las que me tocó participar no acabó como debería y hubo víctimas inocentes.
Amanda asintió y le hizo un gesto para que continuase. No quería saber nada de esas cosas.
-El caso es que yo necesitaba consuelo y sólo Vera me lo podía dar. Ella sabía cómo me encontraba, había pasado por cosas parecidas. Una tarde salimos a pasear por el monte y después de haber descargado con ella el peso que llevaba dentro me dijo que había algo que tenía que saber.
-Y te lo contó-afirmó Amanda.
-Sí, me lo contó todo.
-¿Cómo te sentiste?
Michael pensó durante un momento qué palabras debería usar para que ella le entendiese. No era fácil.
-Cuando la oí me quedé horrorizada y creo que en aquel momento la hubiese matado. Pero luego lo pensé mejor y recordando cómo era mi padre, me di cuenta de que le hizo un gran favor. Ella era la única que podía hacerlo. Irene, por razones evidentes, quedaba descartada. Y mi padre nunca me pediría ese sacrificio. Vera hizo lo que debía. Cuando procesé todo en mi cabeza y sobre todo en mi corazón, le di las gracias. Sigo estando agradecido.
Amanda asintió. Probablemente no espera algo distinto. Se había dado cuenta de que tanto Michael como su padre y Vera eran de una especie distinta de su tía y de ella misma. Se les aceptaba o no, pero no habría cambios ni componendas. De todos modos, decidió usar el último cartucho que le quedaba.
-Michael, hace unas horas me llegó un mensaje que evidentemente no era para mí. Creo que sabes a cual me refiero.
Lo bueno de Michael era que nunca eludía la verdad, aunque él mismo la usase tan pocas veces. La atrajo hacia su pecho y ella no le rechazó.
-¿Conoces la historia de Diego Rivera y Frida Khalo?
-La conozco. Y supongo que también sé lo que me vas a decir.
Se miraron a los ojos sin tapujos, cada uno con sus debilidades y sus miserias. Michael pensó que en el fondo ella era mucho más fuerte. Apretó su mano y luego se la llevó a los labios. Le acarició la mejilla con mucha ternura, como si fuese una niña pequeña.
-Como Diego a Frida puedo ofrecerte mi lealtad hasta la muerte. Pero no soy tan falso como para jurarte fidelidad. Mentiría. Y ya te he mentido bastante. Puedes tener la seguridad de que tú eres el puerto seguro al que siempre volveré y que me tendrás para siempre. Pero también estoy seguro de que habrá otras. Lo único que puedo hacer es ser leal y no ocultártelo.
Amanda se quedó callada, acariciando despacio su cara. Trazó una línea desde la frente hasta la barbilla, pasando por las cejas, los ojos, la nariz y deteniéndose especialmente en la boca. Había oído todas y cada una de sus palabras, y todas se le habían clavado como dardos en el pecho, pero no lloraba. Lo había hecho a solas tantas veces que ahora sentía hasta que las lágrimas se le habían secado. O quizá es que las estaba derramando hacia dentro. El caso es que dolía; dolía mucho. Pero se mantuvo firme. Se conocía a sí misma. Lloraría luego, cuando estuviese sola; ahora lo principal, lo más importante, era estar serena y revestirse de dignidad.
-Eso no me basta, Michael. Y tú ya lo sabes. Me conoces. No podría soportar tus devaneos aunque solo fuesen eso, devaneos. Yo quiero a alguien que me ame por encima de todas las cosas. Lo merezco.
-Lo mereces y mucho, Mandy. Nunca he conocido a nadie que lo merezca tanto como tú.
-Además, tu trabajo me causa mucho dolor. Y sé que tampoco renunciarás a él.
-Es mi manera de vivir. No sé hacerlo de otra forma.
Volvió a asentir. Le dolían los hombros y sentía la cabeza pesada.
-Y entiendo que nada te haría cambiar de opinión, ¿verdad?
Fue él quien derramó las primeras lágrimas.
-No. No quiero engañarte. No cambiaré.
-Entonces, mi amor, supongo que esto es una despedida. Yo no puedo seguir de esta manera. Me está matando.
-Lo entiendo. No es justo para ti.
Se abrazaron el uno al otro como si el mundo se acabase. Se entregaron a aquella última unión como si no hubiese mañana. Y en cierta manera no lo había. Al menos no un mañana juntos.
Al día siguiente Michael se marchó antes de que Amanda se despertase y ella lo agradeció. No hubiese soportado decirle adiós. Se abrazó a la almohada, que todavía olía a él. Entonces si lloró. Lloró tanto que le ardieron los ojos y gritó hasta que sintió la garganta en carne viva. Cuando se quedó exhausta, se dejó caer en la cama, se hizo un ovillo y se tapó con el edredón. No supo cuánto tiempo estuvo allí, en un doloroso duermevela; sólo sabía que ya no había luz cuando Vera entró sin llamar y sentándose en la cama, la abrazó contra su pecho. Amanda volvió a llorar, mientras la anciana le acariciaba el pelo. Lo único bueno es que tenía lo mejor de Michael y para siempre.
Obedeció a Vera; se bañó, se puso un pijama limpio y tomó la taza de té que la anciana le había hecho.
-Mañana será otro día, Darling.
-Sí; mañana será un día muy importante porque voy a empezar a programar mi nueva vida. Y la voy a necesitar a usted a mi lado. ¿Estará conmigo? Hágalo por Irene.
-Por ella. Pero también por ti. ¿Qué quieres hacer?
-De momento irme a algún sitio. Lejos. Y estar allí por un tiempo. ¿Sabe de algún sitio al que podamos ir las dos?
Vera se quedó pensativa, con la bandeja en la mano.
-Tengo una casita en Escocia, alejada de todo. Podemos ir allí. Es cómoda y estaremos muy tranquilas.




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