11 de agosto de 2015

NOVELA 93


Esa noche Vera se mudó a la habitación de invitados de Amanda, aunque en realidad las dos primeras noches las pasó con ella, abrazándola y haciendo que la soledad y el dolor fuesen menos punzantes. Sabía que la etapa de duelo tendría que sufrirla y no había manera de que el dolor fuese menor, pero si era bueno que tuviese a alguien a su lado con quien llorar.
Tres días después de la marcha de Michael Amanda fue capaz de levantarse de la cama, vestirse adecuadamente y tratar de retomar la vida que había dejado detenida. Antes de salir hacia la recepción del hotel le dijo a Vera que no vendría a comer, que tenía un compromiso en la ciudad.
-Cuando hablamos la primera noche de que la necesitaba a mi lado no se lo conté todo.
La anciana tomó su mano y la oprimió levemente.
-No, Darling, lo sé. Pero aunque me esté haciendo vieja no me he vuelto ciega ni tonta. Quieres que esté a tu lado de la misma manera que estuve al lado de Irene.
Amanda sonrió y salió de la casa con más ánimo. Podría, estaba segura de que podría, y ahora más, porque Vera la entendía perfectamente.
Se alegró de encontrar solo a Jorge Hidalgo. Después de darle los buenos días repasaron las reservas y lo que había pendiente y Amanda le pidió a Carmen que se quedase a cargo de la recepción hasta las cuatro de la tarde.
-Jorge y yo tenemos que ir a la ciudad para hacer unas gestiones.
El aludido la miró con algo de asombro, pero no dijo nada.
-Iremos en mi coche-le informó Amanda.
Sólo cuando estuvieron en las afueras del pueblo volvieron a hablar.
-Te preguntarás a qué viene tanto misterio.
-Pues más bien sí, pero no quería preguntar nada.
-Vamos a ir a la ciudad, quiero que firmemos algo en la notaría y no me apetecía hacerlo aquí en el pueblo porque ya sabes cómo es la gente…
Jorge estaba cada vez más inquieto pero lo disimulaba bajo una pátina de atenta educación. Al fin y al cabo, Amanda era su jefa.
Charlaron de cosas intrascendentes hasta que dejaron el coche aparcado y Amanda le sugirió que tomasen un café. Fue entonces cuando ya sentados, ella empezó a explicarse.
-Apenas te conozco pero me has demostrado que sabes hacer muy bien tu trabajo y eres honesto. No, déjame seguir-le cortó al ver que él iba a hablar. Verás, voy a estar fuera una temporada, no sé exactamente cuánto, pero al menos será un año. Y necesito saber si tú puedes quedarte al frente del hotel y al mismo tiempo ser mis ojos y mis oídos en la conservera. Te lo compensaré. Si estás de acuerdo con lo que te propongo, ahora firmaremos un documento notarial en el que te cedo un porcentaje de mi negocio, para que sientas que trabajas también para ti mismo. Soy de la opinión de que la gente trabaja mejor con un aliciente. Y yo necesito estar tranquila, saber que las cosas marchan.
Se quedó callada, esperando una respuesta. Jorge había permanecido todo el tiempo doblando y desdoblando el papel del azucarillo y mirando fijamente hacia la taza de café. Cuando ella dejó de hablar levantó los ojos y la escudriñó atentamente.
-Antes de aceptar, aunque me parece una propuesta muy ventajosa e interesante necesito saber por qué lo haces.
Amanda no había pensado, en principio, contarle sus motivos. Pero ahora, al tenerlo delante y mirar sus ojos marrones, honestos y sinceros, decidió que se lo diría. No sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que él también guardaba algún secreto que haría que la entendiese.
-De acuerdo. Te lo diré. Obviaré pedirte discreción, lo doy por hecho.
-Por supuesto.
-Estoy esperando un hijo y no quiero que nadie de por aquí lo sepa, de momento. Tengo pensado irme con Vera, ya sabes, la señora Ravenscroft, a una casita que ella tiene en Escocia. Tendré allí a mi hijo y luego volveré aquí; no sé exactamente cuándo. Quizá cuando el niño tenga unos meses o quizá un año. Ya lo iré viendo.
-Corrígeme si me equivoco, no quieres que la gente haga cálculos exactos y piense que el padre es Michael Field. Porque él es el padre, indudablemente.
-Lo es. Y sí, has acertado con el motivo.
Jorge volvió a quedarse callado, pensativo. Dudó un momento pero luego decidió que no perdía nada por preguntar.
-¿Él lo sabe?
-No. Y no debe saberlo. No sé si volverá o no por el hotel, pero no debe saber dónde estoy ni por supuesto que estoy embarazada. No me juzgues, por favor, tengo mis motivos.
-No iba a hacerlo, Amanda. Nunca me ha gustado erigirme en juez de nada ni de nadie. Pero desde hace un año, mucho menos.
-Nunca te he preguntado nada pero ¿Sabes? A menudo me he imaginado que había algo en tu pasado que te hace esconderte o al menos tratar de pasar desapercibido. Si no, no entiendo cómo con tu experiencia no te has buscado un hotel importante.
Jorge aprovechó que el camarero recogía la mesa de al lado para pedir otro café, mientras que Amanda prefirió un té con leche.
-Todos llevamos una mochila a cuestas; unas pesan más que otras. Yo tengo la mía, y aquí me pesa un poco menos.
Se callaron hasta que el camarero volvió a servirles y se marchó. Jorge bebió un sorbo de café. Estaba fuerte y dulce, como a él le gustaba.
-Estuve casado diez años. No tuvimos hijos, mi mujer no podía tenerlos. Pero eso para mí no era un problema, aunque sí para ella. Poco a poco fue cambiando y en los últimos cinco años enlazaba una depresión con otra. Se hacía difícil vivir con ella, y aunque intenté que buscase ayuda profesional, no quería. El último año que estuvimos casados me hizo pasar un verdadero infierno y finalmente me decidí a decirle que quería el divorcio. Me amenazó con suicidarme pero yo no la tomé en serio. En los últimos tiempos repetía esa cantinela casi todos los días.
-Pero ahora iba en serio-adujo Amanda.
-Y tan en serio. Se cortó las venas. Supongo que en el último momento se arrepintió porque llamó a emergencias, pero llegaron tarde. Todo el mundo me culpó, desde su familia a nuestros amigos.
Se detuvo para tomar otro sorbo de café y también para deshacer el nudo que notaba en la garganta.
-Me resultaba imposible vivir con mi propio remordimiento y a la vez la carga que todo el mundo echaba sobre mis espaldas. He llegado a sentirme como un asesino. Así que cuando vi tu anuncio me pareció que se me abría una luz al final del túnel.
Amanda rozó levemente su muñeca y le hizo un gesto de simpatía.
-Gracias por contármelo. Ya hemos hablado de nuestras miserias y a partir de ahora no es necesario repetirlo. Te entiendo perfectamente y en cuanto a mi…puede que ni yo misma me entienda, así que no espero que tú lo hagas. Solo que respetes mi decisión. En este momento estoy haciendo lo que creo que debo hacer, lo que es mejor para mi hijo y para mí.
Mientras hablaba con Jorge Amanda se escuchó a sí misma y sopesó la situación. Tenía mucha razón su madre cuando le decía que la vida a veces es la decide por nosotros y que nunca podemos estar seguros de cuál será nuestro comportamiento futuro. Ella había juzgado a Inma y había discutido con ella porque le ocultaba a Lucas que era padre, y ahora mismo, en ese momento, estaba empezando a hacer lo mismo con Michael. Puede que no fuese justo, pero sabía que era lo mejor. Para todos, quizá incluso para el propio Michael. Ya sabía que estaba siendo egoísta, pero ese hijo sería un poco como tenerle a él, y no iba a compartirlo.


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