13 de agosto de 2015

NOVELA 95



Dos días después de haber bautizado a la pequeña Irene, Amanda se marchaba con Vera en busca de calma y paz. Se había despedido ya de todos los que se tenía que despedir. Fue duro dejar a Inma y a Javier; a ella porque era su amiga desde siempre y a Javier porque era indudable que entre ellos había un lazo y los dos lo sentían así, aunque cada uno a su manera.
Con Jorge Hidalgo se detuvo más tiempo. Le invitó a tomar café en su casa y le explicó con detalle todo lo referente a la conservera. En cuanto al hotel, él mejor que nadie sabía lo que había que hacer. Le recomendó tomar como cocinera a una chica del pueblo que se había quedado sin trabajo y a la que se le daba bien la cocina.
-En cuanto a las chicas, quizá tengas que contratar a alguna más. No creo que baste con Carmen y Delfina al ritmo que llevamos de reservas. Lo que te pediría es que tengas paciencia con Delfina. Ya sabes cómo es, pero en su casa necesitan el dinero.
-No te preocupes-la tranquilizó él. La iremos puliendo poco a poco.
Amanda no era tan optimista, pero se reservó la opinión. No quería bajarle el entusiasmo y quién sabe si él no sería capaz de hacer el milagro.
-Puede que durante el tiempo que yo esté fuera, en algún momento, venga Michael. Él tiene poderes míos para todo lo referente a tomar decisiones y ya le he enviado un correo poniéndole al tanto de que tú estás aquí para lo que necesite.
-No sé si soy santo de su devoción.
Ella se encogió de hombros. Le daba igual lo que pensase Michael en ese aspecto. Había evitado hablar con él durante los últimos días. Incluso en su cumpleaños se limitó a mandarle un mensaje deseándole mucha felicidad y cuando él la llamó por teléfono no atendió la llamada. Ya sabía que era una postura cobarde, pero sobre todo era realista. Se conocía demasiado y sabía que si cedía y escuchaba su voz la convencería para que se viesen de nuevo. Y si se veían puede que no fuese capaz de marcharse y acabase contándoselo todo, con lo cual volverían al punto de partida. Y no se podía permitir de nuevo tanto sufrimiento. Ahora menos que nunca.
Fue el propio Jorge quien las llevó al aeropuerto. Vera, fiel a sí misma, llevaba una pamela, guantes y bolso a juego con los zapatos. Parecía una dama británica de la realeza. Amanda, consciente de que tenía un largo viaje por delante, llevaba unos vaqueros cómodos y una blusa. Se había recogido el pelo en una coleta y no llevaba maquillaje. Cuando cerró la puerta de su casa y le entregó la llave a Jorge tuvo un minuto de pánico. ¿Y si estuviese cometiendo un error? Por primera vez en su vida tenía una casa verdaderamente suya, en la que había puesto todas sus ilusiones y en la que había pensado vivir muchos. Sin embargo, se consoló pensando que su marcha era algo meramente temporal y que esto era necesario para luego poder volver tranquilamente con su hijo y darle aquí una vida cómoda y segura.
Dejó que Vera se sentase al lado de Jorge y ella lo hizo en el asiento trasero. Se puso las gafas de sol para evitar que los demás viesen las lágrimas. Recordaba perfectamente la noche que llegó, llena de miedo y de incertidumbre, sin trabajo, sin poder hacer frente por mucho tiempo al pago del alquiler del ático y al mismo tiempo ilusionada con la novedad de ser propietaria de una casa. Poco imaginaba ella entonces que esa casa transformaría su vida. O mejor dicho, no la casa, sino lo que descubrió más tarde sobre la vida de Irene. Gracias a ella había conocido también a Michael. Y aunque ahora le doliese el corazón como si se lo hubiesen arrancado, no estaba arrepentida de haberle conocido. Si no fuese por él no sabría lo que de verdad significa amar a alguien por encima de todo. Lo que había tenido con Ricardo no era comparable. Se conocían desde muy jóvenes y estaban bien juntos, pero cuando él se marchó con otra mujer lo único que sufrió fue su amor propio. No era agradable que a una la dejasen tirada como una colilla sin apenas explicaciones pero ahora, mientras salían del pueblo y dejaban atrás las apiñadas casitas de los pescadores, recordó que la primera noche que tuvo la cama que antes compartía con Ricardo para ella sola, en lugar de sentir un vacío sintió alivio. Un profundo alivio al no tener que oírle roncar cada noche y por no morirse de frío cada vez que él se llevaba toda la ropa.
Sin embargo, una de las cosas que más extrañaba cuando Michael no estaba era precisamente el no poder dormir con él. Quizá en esas pequeñas cosas estaba la diferencia de quedarse con alguien por mera rutina o pereza sentimental o hacerlo con la convicción que da amar a esa persona.
Trató de no pensar en esas cosas. No le hacía ningún bien sumirse en los recuerdos. Ahora tenía que mirar hacia delante y tratar, dentro de lo posible, de estar bien. No pensaba en ser feliz porque quizá nunca lo había sido del todo. Razón tenía su madre cuando decía que feliz por completo solo puede serlo un tonto. Sonrió para sí misma al pensar que ella debía de ser muy lista, demasiado lista, para su desgracia. Solo conocía la felicidad que se saborea a cortos ratitos; aunque quizá esa fuese la mejor. De todos modos, se había trazado un camino; iba a intentar seguirlo aunque se encontrase con algunas piedras.






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