14 de agosto de 2015

NOVELA 96



Habían pasado tres años desde que Amanda y Vera se habían marchado del pueblo. El contacto con Jorge era casi diario, bien a través de mail o por videoconferencia. También con Javier Valdés hablaba de vez en cuando y le entristecía comprobar que seguía empeñado en recuperar algo que dudaba de que realmente hubiese existido; todo lo más había germinado pero se había secado demasiado pronto.
Durante ese tiempo no vio a Michael, aunque en alguna ocasión se intercambiaron mensajes y mails. Estaba segura de que él sabía muy bien en dónde estaban pero tras pedirle varias veces que se vieran y ser rechazado, respetó sus deseos.
Ahora Amanda volvía con un niño de poco más de dos años de su mano. Tenía el pelo rubio y rizado, y los ojos luminosamente azules. Cada mañana cuando le despertaba veía a Michael en él. Era totalmente imposible no darse cuenta del parecido, o al menos eso creía ella. Y a ese respecto, poco podía hacer. Había pergeñado una historia para contar a Javier y a Inma, que era a los únicos a quien consideraba que debía alguna explicación. En Escocia se había enamorado de un hombre y cuando se dio cuenta de que estaba embarazada y se lo contó, se enteró de que él estaba casado y no pensaba renunciar a su vida familiar. Por tanto ella había decidido criar sola a su hijo y volvía al pueblo para ello. A Vera el cuento le pareció creíble aunque estaba segura de que la gente se daría cuenta de que el niño era la viva estampa de Michael.
-La gente no es tonta, Darling. Cualquiera que tenga ojos en la cara verá que Pablo es exacto a su padre.
-Su padre es un escocés cabrón que me engañó y me dejó plantada-le respondió Amanda, siguiendo fielmente la historia que se había inventado.
-Allá tú-se resignó la anciana. Ya me he dado cuenta de que eres una de las personas más tercas que he conocido nunca.
Jorge Hidalgo fue quien las recogió en el aeropuerto. Aunque no se habían visto personalmente en todo ese tiempo Amanda se sentía extrañamente unida a él. El contacto diario había ido más allá de las meras conversaciones de trabajo y ambos aprendieron a ver cuándo el otro se encontraba de buen o mal humor, cuando necesitaba una palabra amable o incluso una broma para olvidar un mal rato. Se dieron un abrazo y al rozar su mejilla en la barba de Jorge Amanda se sintió segura, como si hubiese llegado a casa. Le gustó cuando él se acercó pausadamente a un vergonzoso Pablo, que se escondía tras su madre. Lo que ya no le gustó tanto fue leer en su mirada que pensaba igual que Vera.
-No te atrevas a decirme lo que estás pensando. Ya lo sé.
Él se encogió de hombros y empujando el carro con las maletas se dirigió al aparcamiento.
-No diré nada. De todos modos, es evidente. No se puede luchar contra la genética, querida.
-¿Y qué pretendes que haga? ¿Escondo al niño, le pongo una máscara, o mejor le tiño el pelo y le pongo lentillas?
Jorge soltó una carcajada. Lo mejor de él, pensó Amanda, es que siempre estaba de buen humor. Su vida no había sido un camino de rosas precisamente, pero é sabía encontrar en cada pequeña cosa un motivo para estar alegre.
-Incluso aunque hicieses esas majaderías, Darling, la gente vería el parecido. Coloca la cabeza igual que Michael, camina como él, hasta respira como él.
Amanda le dirigió una mirada llena de inquina y no contestó, sino que le preguntó a Jorge si Michael solía venir al pueblo con frecuencia.
-El primer año venía bastante. Creo que tenía esperanzas de que regresases y esperaba verte. Pero ahora hace ya unos seis o siete meses que no viene. De todos modos sus visitas, al ver que tú no estabas, siempre eran cortas.
-¿Y cómo le viste?
No quería preguntar pero la curiosidad y también la preocupación le hicieron olvidar sus propósitos. En esos tres años no había dejado de amarle ni de preocuparse por él. Aunque procuraba no enviarle demasiados mensajes, al menos una vez al día abría el whatsapp para comprobar cuándo había estado conectado por última vez. Por una parte era una manera de torturarse, pero por otra se quedaba tranquila porque mientras se hubiese conectado es que estaba vivo y bien. Y eso era lo que a ella le importaba. Mientras Michael estuviese bien, ella también lo estaría, aunque se encontrase lejos y no pudiese verle.
El trayecto hasta el pueblo era largo. Pablo se durmió apenas el coche se puso en marcha. Vera, que iba al lado de Jorge, no cesó de preguntarle por todas las novedades que había habido en el pueblo y Amanda aprovechó para apoyar la cabeza en el asiento, cerrar los ojos y tratar de serenarse. Llevaba la manita de su hijo en la suya y la consolaba el contacto de esa carne tibia que era la fusión de Michael y ella misma. Aunque solo fuese por este niño había merecido la pena todo lo que pasó.
Se preguntó cómo reaccionaría si Michael venía al pueblo. Era inevitable que viese a Pablo y ella debería ser lo suficientemente fuerte para contarle la misma historia que a los demás. ¿Él se la creería? Michael no solo era inteligente, sino también astuto y la conocía muy bien. En contrapartida, ella siempre había mentido fatal. Pero ahora, por el bien de todos, debía aprender a fingir de la mejor manera posible.




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