15 de agosto de 2015

NOVELA 97



Amanda tuvo la sensación de que volvía a casa en cuanto vio a lo lejos las casitas de los pescadores y la taberna del puerto en donde tantas veces se había sentado. En silencio siguió mirando por la ventanilla del coche hasta que cruzaron el portalón de entrada y Jorge aparcó justo delante de la casa. Le ayudó a bajar las maletas mientras y luego mientras ella ayudaba a Vera tomó en brazos al niño, que medio dormido se aferró a su cuello, a pesar de no conocerle, y se dejó llevar.
A una indicación de Amanda, Jorge dejó a Pablo en el sofá de la sala y le tapó con una manta.
-He mandado a Carmen y a Delia, la chica nueva que hemos contratado, para que limpiasen esta mañana. Creo que lo encontrarás todo bien. En la nevera hay lo más necesario.
-Gracias, Jorge-le dijo, apoyando una mano en su antebrazo y dándole un agradecido apretón. Eres mi ángel de la guarda. No sé qué hubiese hecho sin ti durante todo este tiempo.
-Déjate de bobadas. Ahora os dejo que os acomodéis a vuestro gusto. Disuadí a Carmen de que pasase a saludarte. Esta noche descansa y mañana será otro día. ¿Te pasarás por el hotel? Estamos completos, ya sabes.
-Sí, claro que iré. Tengo muchas ganas de ponerme al día. Y también tengo que ir a la conservera y…supongo que tendré que ver a Inma y Miguel.
-Y a Javier Valdés-sugirió Jorge.
-También a Javier. No creas que no me da algo de miedo.
-Pero habéis estado en contacto, me imagino, durante este tiempo.
-Sí, más o menos. Pero bueno, ya sabes cómo es Javier.
Él asintió y después de despedirse de Vera y Amanda se marchó discretamente. La ausencia había sido larga, así que el acostumbrarse de nuevo a la rutina anterior sería difícil, sobre todo porque habían sido mucho las cosas que habían cambiado.
Amanda estuvo muy ocupada las siguientes dos horas. Pablo se despertó llorando y de mal humor, en contra de su costumbre. El largo viaje y estar en un lugar desconocido habían roto los esquemas de su pequeño mundo y se encontraba descentrado. Amanda tuvo que hacer acopio de paciencia para lograr que se bañase tranquilamente y darle de cenar. De momento, y dado que la casa solo tenía dos camas, el niño dormiría con ella, aunque no quería que se acostumbrase. Desde hacía unos meses tenía ya su propio cuarto y no era bueno cambiar sus hábitos. Ya lo había hablado con Vera y en los días siguientes se dispondría la habitación grande que había sido de Irene, para ella. Y tendría que decorar el cuarto de invitados para que fuese en adelante el de Pablo.
Al fin, a las diez de la noche, pudieron sentarse tranquilamente a cenar algo ligero antes de irse a la cama.
-Mañana me gustaría que me llevases al cementerio, Darling, si te queda algo de tiempo.
-Claro. Buscaremos un rato. Yo también necesito ir. Y ya sé que es una bobada, porque supongo que mi tía y Elena, su esencia, no está en ese cementerio, sino e cualquier sitio mientras las recordemos.
Vera asintió. Pensaba igual, pero de todos modos le apetecía ir al cementerio. Estaba contenta de haber vuelto, aunque por otra parte iba a echar de menos la tranquilidad que habían tenido las dos solas con Pablo. En cierta manera ella rememoró la época en que había estado con Irene y la había ayudado con su hija durante las numerosas ausencias de Paul. La vida era tan extraña que a veces daba vueltas y más vueltas para acabar más o menos en el mismo sitio. Ahora ella era una especie de abuela para el nieto de Paul; un niño que a la vez llevaba la sangre de Irene también. Había tenido que pasar muchas cosas y se habían tenido que cruzar muchas vidas para llegar hasta aquí. Pablo era, sin saberlo, el nudo que había atado diferentes mundos. Era inevitable que en algún momento Michael le viese, y Vera se preguntaba si se daría cuenta del enorme parecido que existía entre los dos. Sabía que también Amanda se lo preguntaba, pero de común acuerdo procuraban no hablar del tema.
A la mañana siguiente, después de dar de desayunar a su hijo, le dejó al cuidado de Vera, paseando por el jardín, y Amanda se acercó al hotel. El corazón le dio un vuelco cuando entró en la recepción. Había puesto tantas ilusiones en aquel proyecto que le dolió infinitamente alejarse durante casi tres años. Pero había merecido la pena. Vio que todo estaba tan bien cuidado como siempre. Jorge había hecho un excelente trabajo. Antes de que tuviese tiempo de ir en busca de Carmen y las demás chicas para saludarlas se cruzó con Javier, que llegaba en ese momento. Se miraron mutuamente y fue Amanda quien se acercó a darle un abrazo. Seguía oliendo como antes, una mezcla de su colonia y el eterno aroma a tabaco que siempre le envolvía. Notó que había más canas en su pelo pero en cambio su sonrisa irónica y levemente burlona seguía siendo la misma que siempre.
-No has cambiado, niñata.
-Tú tampoco, arquitecto. ¿Cómo te va?
-Bueno, no me quejo. Pero supongo que ahora me irá mejor, si es que has vuelto para quedarte.
-Sí, eso tengo intención de hacer. He vuelto para quedarme. Y he traído a alguien conmigo. Tenía pensado contárselo a Inma antes que a nadie, pero mira por dónde tú serás el primero en saberlo.
Javier la miró con una creciente sensación de incomodidad instalada en el pecho. Hasta cierto punto era normal que después de tres años fuera hubiese novedades, pero él no lo había pensado cuando se enteró de que Amanda volvía. Le pudo más la ilusión de verla de nuevo que pensar con cierta lógica.
-¿Te has casado?-le preguntó, con voz ronca.
-No. Vengo con mi hijo.
Javier se quedó alelado, sin palabras. Tragó saliva varias veces y se esforzó por decir algo coherente, pero no sabía qué decir.
-Tiene dos años-explicó Amanda. Y se llama Pablo.
Él asintió, aunque no era capaz de mirarla.
-¿Y el padre?
Amanda movió la mano con displicencia.
-No hay padre.
-No me jodas, Amanda, todos los niños tienen padre.
-Quiero decir que hace mucho tiempo que hemos roto, en realidad antes de que naciese mi hijo. Le estoy criando yo sola. Es mío.
-Supongo que si pregunto por qué rompiste con él me soltarás alguna de tus pullas.
-Es una historia muy sencilla y muy manida, Javier. Un escocés al que conocí y con el que tuve una relación. Me quedé embarazada y cuando se lo dije también yo me enteré de que él ya tenía una familia; una mujer y un par de hijos. Y ahí acabó la historia.
-Menudo cabrón.
-Sí, eso pensé yo entonces. Ahora no tengo tiempo de pensar en él. Tengo un hijo precioso al que atender y…esto-dijo, con un amplio ademán.


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