16 de agosto de 2015

NOVELA 98



-¿Cuándo podré conocer a tu hijo?-quiso saber Javier.
Amanda temía y esperaba el momento, pero lo que tenía que ser no se podía hacer esperar demasiado.
-Esta tarde a las cuatro iré a ver a nuestra ahijada. Le he traído todos los regalos que no pude darle durante mi ausencia. Supongo que Inma te dará una taza de café si te acercas. Llevaré a Pablo.
-¿Se llama Pablo?
-Sí.
-¿Por algo en especial?
Ella se encogió de hombros.
-No. Simplemente me gustó el nombre.
Se despidieron y Amanda saludó a las chicas, que la recibieron con gran algarabía. Por fin se quedó sola y pudo echar un vistazo a las cuentas y las próximas reservas. Pensó en lo que le había contestado a Javier. Se estaba acostumbrando rápidamente a mentir o al menos a ocultar cosas. El nombre de su hijo no fue accidental. Se llamaba Pablo por su abuelo Paul, evidentemente. Y le hizo gracia pensar que muchos años después había de nuevo otra Irene y otro Paul…No quería decir nada, tan solo otra casualidad más, de esas que nadie espera.
Mientras se ponía al día con las cosas del hotel mantuvo su cabeza ocupada con recuerdos. Era de las que no podían hacer solo una cosa, sino que tenía que estar ocupada en varias; y recordar la hacía pensar mejor en lo que ahora tenía delante.
Siempre fue consciente de que a Michael le sobraban recursos para saber dónde estaba en cada momento y lo que hacía. Y era lo suficientemente para atar cabos. Después de pensarlo varios días, cuando llevaban poco tiempo en Escocia, se lo consultó a Vera. La anciana se había convertido en una especie de roca firme en la que apoyarse.
-Déjalo en mis manos. Hablaré con Althea. La conozco desde hace mucho y me debe algunos favores.
-¿Quién es Althea?
-Debe bastarte saber que es la superior de Michael.
Amanda se quedó indecisa. ¿Sería seguro darle pistas precisamente a ella? Pero si Vera pensaba que era la solución, ella se dejaría llevar.
Dos días después un discreto coche negro aparcaba delante de la casita de Vera, y de él descendió una mujer de unos sesenta años, ágil y delgada, con pelo canoso y muy corto. Vera le abrió la puerta antes de que a ella le diese tiempo siquiera a tocar al timbre, y se saludaron con un apretón de manos. Entró al salón y Amanda, que estaba sentada en un sofá cerca dela ventana, se levantó para saludarla. La recién llegada se limitó a hacerle un gesto cortés con la cabeza, al que Amanda correspondió, sin saber muy bien qué se esperaba de ella.
-Usted es Amanda Navarro-afirmó, más que preguntó.
-Sí.
No dijo nada más. Tenía la sensación de que la conversación sería corta y fría, que hablarían solamente lo estrictamente necesario para solucionar el problema que tenían: ella y su hijo.
-Bien. Lo sabemos todo acerca de usted. No puede ser de otra manera. También sabemos que usted sabe…ciertas cosas, pero que no desea ser un problema, lo cual nos facilita mucho las cosas.
Amanda carraspeó para aclararse la voz. Sentía la garganta reseca y le costaba encontrar las palabras y el tono adecuados.
-No quiero problemas. Simplemente deseo paz y tranquilidad. Me imagino que Vera le habrá contado que estoy esperando un hijo de Michael. No quiero por nada del mundo que él lo sepa. Pero para eso necesito ayuda…
Althea asintió.
-Seré breve. Déjelo en mis manos y siga mis instrucciones. No habrá problemas. ¿Quién sabe de su situación además de Vera?
-Solo Jorge Hidalgo. Lleva mi hotel.
-¿Es de fiar?
-Totalmente.
-Bien, yo le crearé una cuenta de correo segura para que se comunique con él en todos aquellos mensajes que puedan ser delicados. Para los demás, quiero decir, los habituales con un empleado, utilice el correo de siempre. No queremos que Michael sospeche y si cuando acceda a sus mails no lee alguno de ese hombre, hará cábalas.
Amanda no se sorprendió. Sabía que Michael rastrearía sus correos e incluso sus llamadas, si podía hacerlo.
-También le daremos un teléfono seguro para que se comunique con su empleado, y conmigo, en casa de que algo fallase y tuviésemos que hablar. Si todo va bien, no me llame.
Althea iba a marcharse ya cuando de repente pareció acordarse de algo más. Se giró y le dijo, como al descuido.
-Cuando nazca su hijo, falsificaremos la fecha. Figurará en todos los registros tres o cuatro meses más tarde. No queremos que Michael haga unas simples operaciones aritméticas.
-De acuerdo. Como usted diga. Pero antes de que se vaya, tengo una pregunta…
Le hizo un gesto con la mano para que hablase.
-¿Por qué me ayuda? Ustedes no son de los que hacen las cosas por altruismo. ¿Qué espera a cambio? No creo que yo pueda darle nada.
Althea se pasó la mano por el pelo; el flequillo tendía a taparle los ojos y le molestaba.
-Cierto. Siempre hay un por qué para lo que hacemos. Lo que usted nos va a dar es importante. Su silencio acerca de Michael, permanecer fuera de su vida, y sobre todo, a nosotros menos que a nadie nos interesa que él sepa que tiene un hijo.
-¿Puedo preguntar por qué?
-Porque hemos invertido en él mucho tiempo y dinero. Porque ahora está en s mejor momento y tenemos varias cosas preparadas para él. Cosas que son necesarias que haga sin miedo y sin distracciones innecesarias. Puede que usted no lo entienda y le parezca una postura egoísta, pero mientras su hijo sea pequeño nosotros no queremos que Michael sepa nada. Luego…ya da igual.
Amanda no le contestó ni se despidió de ella. Cuando se marchó volvió a sentarse en el sofá al lado de la ventana y se tapó los hombros con una cálida manta de lana. Aquella mujer había dejado un frío en la estancia que le helaba los huesos. Era dura y enérgica; hablaba de su hijo como un estorbo y de Michael como una máquina entrenada para hacer lo que de él se esperaba. Se estremeció debajo de la manta y se dijo que por mucho que le amase, debía permanecer alejada de él. Y su hijo también. No quería que creciese con sombras ni amenazas en su vida. Sería un niño normal, aunque sin padre.





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