17 de agosto de 2015

NOVELA 99


Y hasta ahora lo había sido. Un niño normal y feliz, con el amor de su madre y el cariño de la única abuela que conocería; Vera. Tenía buena salud y un estupendo carácter. Apenas se enfadaba, aunque cuando lo hacía sacaba a relucir los genes paternos y maternos. Amanda sonrió para sí misma mientras revisaba las habitaciones cuando recordó un episodio que había ocurrido un mes antes de emprender el viaje. De común acuerdo habían decidido que ella le hablaría en español y Vera en inglés. De esta manera el niño sería bilingüe desde el principio y sin esfuerza. A esa edad los niños son como esponjas y lo absorben todo. Pero Amanda sospechaba que Vera también le hablaba en su ruso natal; y se lo había prohibido. No quería crear demasiada confusión en su mente y tres idiomas le parecían demasiado. Vera se avino sin discutir y eso ya hizo que Amanda sospechase. Ella solía ser mucho más guerrera y luchaba por las cosas en las creía. Pensaba que a escondidas le hablaba ruso, pero como no tenía pruebas, debía callar.
La prueba le llegó una mañana en que iban a salir a la tienda del pueblo, y como era normal en Escocia, llovía. Pablo se negó de mil maneras a que su madre le pusiese un pequeño impermeable de cuadros escoceses, y cuando ya cansada de razonamientos, Amanda se lo colocó sin más contemplaciones, el niño prorrumpió en un torrente de palabras que Amanda, aún sin saber el idioma, sabía que eran rusas. Al volver de la tienda encontró a Vera cómodamente instalada en un sillón al lado del fuego, leyendo un libro.
-Buenos días Darling. Habéis madrugado. Baby, ven a darle un beso a la Granny.
Amanda dejó que Pablo se acercase a su abuela postiza y cuando ya se hubieron saludado y el niño le contó con todo lujo de detalles que había visto un perro, dos gatos y tres ovejas de camino a la tienda, decidió que era hora de aclarar algunas cosas.
-Vera, habíamos quedado en que Pablo aprendería a la vez inglés y español. ¿No es así?
-Por supuesto, Darling. Y de hecho creo que el baby está muy adelantado para su edad. ¿No crees?
-Oh, sí, desde luego-le contestó Amanda acercando las manos al fuego para calentárselas. Venía helada. De hecho creo que tengo un hijo muy inteligente. No podía ser de otra manera, viniendo de donde viene. Sabe ya bastantes palabras en ruso.
Vera, en un alarde de teatralidad, se llevó las manos al pecho.
-Oh, my God-recurrió al inglés como siempre que deseaba echar balones fuera.
-No sea usted comedianta. Sé que le ha estado hablando ruso a escondidas, a pesar de lo que yo le dije.
-No, Darling, ¿cómo puedes pensar que yo iba a ir en contra de tus deseos sobre la educación de tu hijo? Yo solo soy una pobre abuela que os adora a los dos. La única explicación que se me ocurre es que me hago vieja, Darling, y a veces sin darme cuenta hablo para mí misma y lo hago en ruso, claro, al fin y al cabo, era el idioma que hablaba en mi casa de pequeña. El primero que aprendí. El niño me habrá oído y como es tan listo…recuerdo que su padre aprendió alemán en pocos meses.
-No me hable usted del impresentable de su padre ni de majaderías. Acabaré volviéndome loca. En fin, vamos a dejar el tema-decidió. No merece la pena discutir.
No le dio más importancia al asunto, porque en el fondo no la tenía. Era verdad que su hijo tenía una inteligencia privilegiada y bien pensado; saber varios idiomas no podría hacerle mal alguno. Al contrario, le daría más posibilidades cuando creciese.
No había vuelto a ver ni hablar con Althea desde aquel lejano día en que apareció para dar instrucciones, cuando todavía Pablo no había nacido. Así que no le conocía, o al menos no en persona. Seguro que tenía un montón de fotos suyas, porque Amanda estaba segura de que de alguna manera estaban vigilados. Dos días antes de que partiesen de Escocia Althea se presentó de nuevo en la casa, y como la vez anterior, sin avisar. La vio desde la ventana del salón. Salió del coche con gesto enérgico y antes de entrar, a pesar del frío que hacía, se fumó con parsimonia un cigarrillo en el jardín de entrada, mirando hacia las montañas.
Dentro de la casa la estaban esperando las dos mujeres. Pablo jugueteaba con un coche haciéndolo rodar por encima del sofá mientras con la boca simulaba un ruido de motor. El mismo juego que han hecho cientos de niños en cientos de ocasiones. Althea entró y las saludó con su acostumbrada frialdad. Esta vez aceptó sentarse e incluso que la invitasen a un té. Amanda sospechaba que era por ver más de cerca a su hijo, porque en el tiempo que estuvo allí no le quitó ojo de encima.
-Es un crío muy guapo-manifestó. Se parece a su padre una barbaridad.
Lo dijo como retando a que alguien le llevase la contraria.
-No debe preocuparse por nada, haga el viaje con toda tranquilidad y siga su vida una vez que esté de vuelta en su casa. Le garantizo que mantendremos a Michael muy ocupado y lejos, aunque es posible que en algún momento se acerque a verla cuando se entere de que ha vuelto. Porque se enterará. Usted debe actuar según la historia que hemos acordado. Aténgase a lo planeado y todo irá bien. Incluso si quisiese investigar algo sobre el supuesto escocés que la ha dejado embarazada, hemos creado aquí una falsa identidad que se corresponde con ese hombre que nos hemos inventado.
-Conociendo a Michael, hará alguna averiguación-apostilló Amanda.
-Claro-sentenció Althea. Pero todo está controlado. Nosotros no dejamos cosas al azar. Por eso apenas fracasamos.
Amanda sonrió educadamente aunque la presencia de aquella mujer no dejaba de ponerla nerviosa. Por ella misma, pero también porque le recordaba quien era Michael. Cuando Althea se estaba poniendo el abrigo para marcharse, se acercó a Pablo, que jugaba el suelo, ahora con un puzzle,y acariciando su cabecita rubia le izó la cara e hizo que el niño la mirase a los ojos. Dijo algo que a Amanda le heló la sangre y apenas la mujer hubo salido agarró al niño y levantándole en brazos le estrechó contra su pecho, intentado protegerle de todo y de todos.
-Eres un muchachito muy guapo y muy listo. Como tu padre, por cierto. Y ya veo que siendo apenas un bebé, empiezas a chapurrear en tres idiomas. Crece mucho, jovencito. Quizá dentro de veinte años puedas sernos de mucha utilidad. Al fin y al cabo, lo llevas en la sangre.
Vera se acercó a Amanda y la rodeó por los hombros. Como era mucho más alta y más gruesa que ella, los dos parecían estar protegidos por aquella venerable anciana que miraba hacia la puerta.
-No hagas caso de esas bobadas, Darling.
-Que nadie se atreva a mezclar a mi niño en ese tipo de vida, siempre viviendo con el peligro, mintiendo y engañando. No permitiré que en esa maldita escuela de cabrones hagan con él lo mismo que han hecho con su padre.
Vera no le contestó nada. Sólo oprimió sus hombros con más fuerza. Pero ella pensaba que no habían hecho con Michael nada distinto a lo que él era desde siempre. Todo lo más, le habían enseñado estratagemas de juego. El resto estaba ya en él.



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