24 de agosto de 2015

NOVELA. FIN



Mi Mandy:
Espero que nunca leas esta carta, pero si lo estás haciendo es que estoy muerto. Siempre he tenido presente que podía pasar y es algo que me preocupaba lo justo. Lo justo para ser prudente pero tampoco tanto que me impidiese vivir. He tratado de hacerlo de la mejor manera que supe y que pude.
Quizá no hice las cosas bien contigo. Uno de mis muchos problemas es que siempre he sido muy egoísta y he querido tenerlo todo. Y debería saber que eso no es posible. Ahora me doy cuenta de que lo más importante es poder tenerte a ti. Y a nuestro hijo. Sí, sé que Pablo es mío. En el fondo siempre lo supe, por más que Althea y los míos se esforzasen en ayudarte a que me engañases. Cuando le vi me di cuenta de que es igual que yo, al menos en el físico. Espero que en carácter se parezca más a su madre. Pero además esa mancha de fresa de la nuca es una marca de familia. Y quiero confesarte que aquel día que se hizo una herida tomé una muestra de su sangre y la hice analizar. No me odies por ese pequeño engaño; otro más.
Mañana me marcho a cumplir una difícil misión; pero espero y deseo regresar. De todos modos, la vida me ha enseñado que hay que hacer las cosas cuando se pueden hacer. Por eso hace una hora que he regresado de tomar varias disposiciones, por si no regreso. La primera es que se inicien los trámites legales para dar a Pablo mi apellido. Si tú no te opones, y te ruego que no lo hagas, será muy sencillo. La segunda disposición ha sido hacer testamento. Mi parte de la conservera es tuya. Todo lo demás, la herencia de mi padre, que es bastante sustanciosa, es para nuestro hijo. Tú eres la administradora legal hasta que él sea mayor de edad, y por lo tanto puedes disponer las cosas como mejor te convenga. He ordenado destinar una cantidad mensual para ti y para el niño, aunque sé que tú no la necesitas, pero así me quedo más tranquilo.
Solucionado lo económico, para todo lo demás, recurre a James Cameron. Confío en él como en mí mismo, y sé que velará porque nada os falte a ningún nivel. Antes de irme obligué a Althea que me prometiese que os dejará en paz, y que si se pone en contacto con vosotros será para solo para protegeros. Sé que cumplirá su palabra. De todos modos, fíate al cien por cien solo de James.
En tu mano dejo lo que le vas a contar a nuestro hijo acerca de mí. Ojala no siga los pasos de su abuelo ni los míos; por su bien y también por el tuyo; ya has sufrido bastante. Sólo puedo pedirte perdón por el daño que te haya hecho y ten por seguro que velaré por vosotros desde donde esté. No sé si desde el Infierno se puede hacer eso, pero me las ingeniaré para conseguirlo. De lo que estoy seguro es que desde allí te seguiré amando. Sé feliz, vive por mí y piensa que me has dado lo mejor. Cuídate mucho amor mío, y vive. S te veo bien mi estancia en el Infierno será más llevadera
Michael
Cuando se presentó en el comedor, todos se levantaron y ella se sentó para presidir la mesa en aquella comida en honor a Michael. Estaba pálida como una muerta pero serena. Nadie comió gran cosa pero reunirse era una manera de rendirle tributo. Amanda apreció la presencia de Javier, cuando sabía que Michael no había sido precisamente santo de su devoción. También estaba Jorge, que le había conocido muy poco. Sabía que ambos estaban allí por ella, para mostrarle su apoyo. Vera y James estaban por ella pero sobre todo porque habían querido mucho a Michael. Ella les pidió a todos que no fuese una comida de funeral, sino de celebración por la vida de Michael. Los que le habían conocido contaron algunas anécdotas graciosas sobre él y finalmente Amanda se sorprendió sonriendo ante algunas cosas.
Después de comer se retiró a su cuarto a tratar de descansar. Le quedaban apenas dos horas antes del funeral. El cuerpo ya había llegado y estaba en la iglesia del pueblo. Jorge se había ocupado de todo, hasta de las flores. Lo único que tuvo que hacer Amanda fue decidir qué música poner. Y no quería música fúnebre en ese momento, sino algunas de las canciones que los dos habían disfrutado. Se vistió totalmente de negro y a las cuatro y media estaba en la recepción. Carmen había preparado al niño y Amanda le tomó de la mano y se agarró del brazo de Jorge para ir hacia la iglesia. Pidió a Javier que se ocupase de Vera. Cuando llegaron había ya un grupo de gente esperando en el templo. Estaban todos los empleados de la fábrica y mucha gente del pueblo. Cuando ocupaba el primero de los bancos se fijó que justo enfrente estaba Althea, de luto riguroso, entre dos hombres altos y con rostro contrito. Se saludaron con una leve inclinación de cabeza y el funeral dio comienzo.
Amanda apenas lloró. Ya lo había hecho en privado y lo haría más tarde, cuando estuviese sola. Le quedaban muchos días para llorar, quizá mucho tiempo de su vida. En ese momento debía y quería mantenerse serena. Realmente no prestó atención a lo que decía el sacerdote, sino que pensó en Michael y en el tiempo que habían estado juntos. Antes de terminar se acercó al féretro y mirando a los presentes al tiempo que se tocaba la cruz que llevaba al cuello, la de Michael, recitó un poema de Constantino Kavafis que era una especie de himno para los dos. Lo hizo con voz firme, sin romperse ni un momento y realmente no sabía de donde le venía la fuerza, quizá de su hijo, ahora en brazos de Jorge.
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

También permaneció firme de pie, del brazo de Javier y de Jorge, que tenía a Pablo en brazos, mientras el féretro de Michael desaparecía en el nicho. Y de pie aguantó el pésame de un cortejo de gente, algunos de los cuales ni siquiera conocía. Cuando ya casi todo el mundo se había ido vio a lo lejos a Althea que esperaba para hablar con ella. Le pidió a Jorge que se llevase a casa a Vera y al niño.
-Yo tengo que hablar con ella.
-¿Y cómo volverás?
-Iré a pie, o quizá Althea me lleve en su coche, es igual. Tenemos que hablar.
Cuando estuvieron solas se sentaron en un banco justo enfrente de donde Michael yacía con Irene, su padre y su hermana.
-Si te digo que lo siento en el alma, ¿me creerás?
-Sé que lo siente, lo cual no le ha impedido mandarle a la muerte.
-No es así exactamente. Había una misión que cumplir, un trabajo que hacer, y Michael era la persona adecuada para ello.
Amanda se encogió de hombros. Estaba muy cansada y no tenía ganas de rebatir los argumentos que aquella mujer le diese.
-Michael me ha dejado una carta. Me decía que usted le prometió que si algo le pasaba, nos dejaría en paz a mi hijo y a mi. Quiero que me repita esa promesa.
Althea no se mostró ni sorprendida ni ofendida. Rara vez demostraba lo que sentía.
-Te juro que no os molestaremos. En todo caso, siempre habrá gente pendiente de ti, pero para protegeros a los dos. Michael se lo merece. Es lo mínimo que podemos hacer por él.
-Gracias-le dijo Amanda, ya de pie para marcharse. Pero se detuvo cuando Althea la tomó del brazo y le pidió que se sentase de nuevo.
-Esto que sientes ahora-indicó con voz ronca-nunca pasará del todo, pero dolerá menos. No te digo que el tiempo curará la herida, simplemente hará que deje de sangrar.
-¿Usted que sabe?-le dijo Amanda con más brusquedad de la que había planeado. Usted es un trozo de mármol que no tiene sentimientos. ¿Cómo puede entender mi dolor? Se me ha ido la vida, y eso usted no podrá entenderlo nunca.
Althea encendió un cigarrillo y la miró con los ojos entornados.
-Lo sé muy bien. Sé de cada lágrima, de cada gemido y de cada momento de dolor. Porque yo también lo he pasado.
Amanda la interrogó con la mirada.
-Hace muchos años, más de treinta. Un compañero. Íbamos a casarnos. También murió en una misión. Así que te entiendo perfectamente. Cada uno vive el dolor de una manera distinta, pero al fin y al cabo es dolor.
Amanda la miró ahora con más respeto. Ahora se había convertido de pronto en una mujer, en una mujer mayor que había sufrido, que sufría. Antes de irse con paso lento hacia su casa unieron sus manos un momento. Y luego Amanda emprendió el camino con la cabeza alta, mirando al frente. Le vino a la mente la frase de Kira Argounova, en “Los que vivimos”; “adelante, Kira, siempre adelante, como un buen soldado”. Y eso es lo que ella, en este momento, tenía que hacer. Ir hacia delante con paso firme aunque llevase el corazón hecho jirones.





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