1 de septiembre de 2015

DECISIONES 10


A la hora de la comida se hizo un bocadillo de queso y un café con leche y se lo llevó a la mesa de la cocina, donde tenía el portátil. Entró de nuevo en el foro de los suicidas. Mortem había leído su mensaje pero no le había contestado. Bueno, peor para ella. Igual se había equivocado y no era una muchacha joven. Curioseó durante una hora pero no encontró nada que le llamase especialmente la atención. Le parecía que había mucho fantasma en aquel lugar; gente que hablaba mucho de suicidios pero que a la hora de la verdad seguramente no se atrevería a hacerlo.
Recordó aquella revista que había leído hacía tiempo, sobre los suicidas. En el artículo decía que hay ocasiones en que en una misma familia hay una especie de gen suicida, que hace que algunos de sus miembros acaben de la misma manera. Y a ella inmediatamente se le vino a la mente Hemingway. Su hijo y una de sus nietas también se habían suicidado. A veces la gente no entiende que una persona puede tenerlo todo aparentemente y sin embargo carece de lo principal: las ganas de vivir.
¿Cuándo las había perdido ella? No lo recordaba. Pero en algún momento de su vida se le quedaron por el camino. Tampoco pensaba que hubiese sido una cosa repentina. No se había levantado una mañana con la idea de matarse; pensaba que ese deseo le había ido creciendo poco a poco, como esas plantas que tardan mucho en salir adelante.
Si encontrase algo que la hiciese levantarse cada mañana pensando que merecía la pena pasar un nuevo día todo volvería a tener sentido. Ya ni leer la reconfortaba, o al menos no como antes. Recordaba como su mayor placer era ir los sábados por la mañana a la única librería grande que había en esa pequeña ciudad y rebuscar en las estanterías. Siempre encontraba algún tesoro inédito o aquel libro que necesitaba desde hacía tiempo. Los dos dependientes la conocían desde hacía mucho y no la molestaban. Sabían que le gustaba entrar y pasarse un par de horas recorriendo cada metro de la tienda en busca de algo que llamase su atención.
Mientras lavaba la poca vajilla que había usado en su almuerzo recordó que en el día de su cuarenta cumpleaños, que había caído en sábado, fue como de costumbre a ver libros. Y parece que alguien le había preparado un regalo especial para esa fecha, aunque por supuesto, tuviese que pagarlo. Había leído cuando era muy joven una novela de M.M. Kaye que se llamaba “Zanzíbar”. Se la habían prestado y ella, siempre tan puntillosa para esas cosas, la devolvió. Le horrorizaría quedarse un libro que no fuese suyo. El caso es que aquel libro, o más bien el personaje masculino, una especie de pirata de familia aristocrática llamado Rory Frost, le dejó huella, y quería volver a leerlo. Pero siempre que preguntaba le decían que la novela estaba ya descatalogada y que era imposible de conseguir. Y allí estaba, esperándola, el día de su cumpleaños. Sonrió al recordarlo. Ahora necesitaría un revulsivo parecido, algo que la despertase de ese laso vegetar en que se había convertido su vida.
Cuando caía la tarde salió al jardín delantero a regar las plantas. No es que fuese una buena jardinera, pero al menos les daba agua cuando lo recordaba. Ellas a cambio florecían en el tiempo previsto y animaban un poco la vista. No había más. No era de las que hablan con las plantas ni esas zarandajas, aunque las flores le gustaban. Cuando estaba arrancando unas malas hierbas reparó en que se había colado entre las vallas de la cancela un gato blanco como la nieve, con unos ojos azules igual que piedras engastadas en una joya que la miraban fijamente. Pensó que al verla se echaría a correr, pero el gato se quedó allí, quieto, mirándola fijamente, como taladrándola. Y cuando, molesta, se dio la vuelta para entrar en la casa, el animal la siguió con paso majestuoso y entró con ella.
Laura estaba completamente desconcertada. No sabía qué hacer. ¿Sería de alguien del vecindario y se habría escapado? No tenía aspecto de ser un gato callejero, su pelaje estaba demasiado lustroso, aunque la verdad es que estaba bastante flaco. No le gustaban los animales; no toleraba que nadie los maltratase pero nunca había tenido perro, ni gato, ni siquiera un canario. Y ahora mismo no sabía muy bien qué hacer. Se le ocurrió que podría tener sed y le ofreció agua en un cuenco que usaba para batir los huevos. Bebió durante mucho rato y seguía mirándola de manera insistente y a ella se le ocurrió que igual también tenía hambre. ¿Qué come un gato? Ratones, pensó; pero afortunadamente en su casa no había ninguno de esos animales asquerosos y nauseabundos. Después de pensarlo un rato lo único que se le ocurrió fue calentar un poco de leche y desmigar pan. Se lo ofreció y el animal se lo comió todo y cuando se sintió satisfecho la miró de refilón y se enroscó en la mecedora que tenía en una esquina de la cocina.
Y ella, completamente anonadada, le dejó hacer. Tenía entendido que los gatos eran sumamente ariscos y no les gustaba tratar con desconocidos. ¿Qué debería hacer? ¿Echarle a la calle, dejarle que durmiese un rato? Ya estaba oscureciendo y algo dentro de ella se conmovió al verle dormido; así que se hizo la cena y pensó que al día siguiente encontraría una solución a este problema que le había llegado de pronto. Preguntaría en el supermercado si habían oído de alguien que hubiese perdido un gato. Si nadie le reclamaba sería un problema. A ella no le apetecía tener a nadie en su casa, a ningún ser vivo, animal o humano. Bastante le costaba a veces soportarse a sí misma para encima tener que atender a las necesidades de alguien más.
Se marchó a la cama con el gesto más enfurruñado que de costumbre y tardó bastante en quedarse dormida, dándole vueltas al asunto. Pero cuando se durmió lo hizo profundamente y al despertar vio con sorpresa que el gato estaba a sus pies, cómodamente repantingado y dormido. Le miró con más detenimiento y solo entonces se dio cuenta de que no era gato, sino gata. ¿Esto era peor o mejor? No tenía ni idea. El caso es que se dejó estar un rato más entre las sábanas y tuvo que reconocer que era agradable la sensación de tener un leve peso cálido a sus pies. El ronroneo que emitía le gustaba; le hacía sentir una sensación ya muy olvidada; la compañía.



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