2 de septiembre de 2015

DECISIONES 11



Pero como el que algo quiere algo le cuesta, a pesar del horror que sentía hacia el contacto humano, no le quedó más remedio que llamar por teléfono a Santiago, uno de los muchos chicos que ahora rondaba los cuarenta y al que había enseñado a leer y escribir. Algo debió aprender, porque era veterinario. Le pidió que se acercase a su casa lo antes que pudiese, y no pensó que debiese darle explicación alguna. Tenía un grave problema; no entendía nada de animales y no sabía qué hacer con la gata que ahora la miraba fijamente desde la mecedora de la cocina, de la que parecía haber tomado posesión. Por un momento se preguntó si no sería su madre reencarnada, pues mientras vivía siempre estaba allí sentada, leyendo, cosiendo, haciendo punto o simplemente regañándola, sin pensar que era ya una mujer adulta con vida propia. Pero eso para su madre carecía de importancia. Ella tenía sus normas y pensaba que todo el mundo debía atenerse a ellas. Por eso Laura siempre vivió sola, hasta que su madre estaba ya muy delicada y necesitaba de vigilancia casi continua.
Antes de que a Santiago le diese tiempo a tocar al timbre Laura ya había abierto la puerta. Le vio cruzar la cancela por la ventana del salón. Había sido un niño precioso y ahora era un hombre guapo; no se había echado a perder como muchos.
-¿Qué es eso tan grave, doña Laura?-la seguía llamando como cuando tenía cuatro años en la escuela. Le recuerdo que soy veterinario, no médico.
-No hace falta que me recuerdes nada, jovencito. Sé muy bien lo que eres. Te necesito para que le eches un vistazo a esta gata entrometida que me ha seguido ayer hasta casa y que al parecer tiene pensado quedarse. No tengo ni idea de qué hacer con ella.
Y le señaló la mecedora donde la gata reinaba como una zarina rusa.
-¿Y no le parece que debiese haberla llevado usted misma a mi consulta? No hago visitas a domicilio.
-No seas impertinente, muchacho. Conmigo al menos. No quiero recordarte que te he llevado a mear muchas veces y ya ni me acuerdo de cuántas te limpié los mocos o te puse tiritas en las rodillas. Bien puedes tú venir aquí. No puedo llevar a una gata de la correa por la calle, y dudo que quiera entrar en mi coche.
Santiago se encogió de hombros, resignado. Era una pérdida de tiempo discutir con ella. El tiempo no había hecho nada por su carácter, en todo caso lo había empeorado. Se acercó a la gata y le echó un vistazo. Ella se dejó hacer, como la reina que concede un favor a uno de sus súbditos.
-Está perfectamente.
-Eso ya lo veo.
-¿Entonces? ¿Se puede saber para qué me ha llamado?
-No sé lo que tengo que hacer con ella. No sé qué come, ni qué cantidad, no sé nada de gatos, ni de ningún animal.
Él suspiró, y se dijo que ser paciente sería su buena obra del día.
-Lo primero es saber sí se la quiere quedar. En caso contrario habría que llevarla a un centro de acogida y esperar que alguien la adoptase.
Aunque no lo reconociese, Laura había pensado quedársela desde que despertó a su lado.
-No me hacen gracia los bichos, pero me la quedaré. A saber si no lo que le pasaría. Así que dime que tengo que comprar, qué come, esas cosas.
-En cualquier supermercado o tienda de animales encontrará infinitas marcas de comida para gatos. Y lo único que necesita es un cajón con arena para que haga sus cosas y que lo mantenga limpio. Ah, no estaría de más que le comprase una cama mullida, aunque ella buscará el sitio que más le convenga. Creo que ya lo ha encontrado-dijo, señalando la mecedora. Y si no necesita nada más, tengo que irme. Mi mujer me espera para llevar a nuestro hijo al parque.
-Te has casado con Paloma, ¿no?
-Sí. El nuestro fue un amor desde siempre, supongo.
Le despidió en la puerta y aunque con algo de brusquedad, le agradeció su ayuda. Claro que recordaba a Paloma. Era una niña muy bonita, con trenzas rubias y dulces ojos color miel. Ya en primer curso se sentaban siempre juntos y en los recreos seguían juntos. Esos casos extraños en que dos personas se reconocen y ya no se separan. A ella nunca le había pasado y la verdad es que no lo lamentaba en absoluto. Estaba segura de que si eso del alma gemela era verdad, la de ella solo podría ser Satanás. ¿Qué hombre habría con un humor ácido como el suyo y siempre en contra de todo y de todos? El mismo demonio, no pensaba que pudiese haber nadie más que se le asemejase o que pudiese soportarla. Pero era así y no quería cambiar. Había descubierto con dolor que las pocas veces que había sido confiada con la gente y agradable la habían hecho sufrir. Nadie más rompería su corazón porque ella había conseguido que fuese de granito.
-Está bien. Quédate en tu dichosa mecedora y no me montes ningún pollo en casa. He de salir a comprarte comida y todo lo que necesitas. Y no creas que podrás ser una gata mimada y caprichosa. Tendré que llamarte de alguna manera, por cierto.
Se quedó pensativa un rato y decidió llamarle Freya. Era un nombre bonito, de una diosa vikinga. Le iba bien.



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