3 de septiembre de 2015

DECISIONES 12



La convivencia entre Laura y Freya fue bastante más sencilla de lo que ella había pensado en un primer momento. Las dos eran iguales de ariscas, con lo cual los problemas eran mínimos. La gata era sumamente limpia y su compañera humana le correspondía manteniendo su cajón limpio y los cuencos de agua y comida siempre llenos. De día cada una hacía su vida; es decir Laura entraba y salía y Freya se limitaba a estar arrellanada como una reina en la mecedora de la cocina y de vez en cuando subirse al alfeizar de la ventana de la sala y atisbar lo que pasaba en la calle a través del fino visillo. Respetaba la tapicería del sofá y no hacía ni el más mínimo ruido, sino que se deslizaba por la casa como una elegante bailarina. A veces Laura pensaba que debería haberla llamado Pavlova.
En la monótona vida de Laura, además de la llegada de la gata había dos novedades más. La primera era que Mortem había contestado, aunque casi una semana después, a su mensaje. Lo que le escribió era prácticamente ininteligible, llenos de q, k y abreviaturas infames. Laura le contestó que si ella a los veinte años escribiese de tal manera, no tendría duda alguna en suicidarse. Dos días más tarde Mortem le contestó que era la manera que tenían todos los jóvenes de escribir y que se notaba que era una amargada. También le confesó que no tenía veinte años, sino quince. Bien, eso explicaba algunas cosas. Siguieron hablando asiduamente, al menos un mensaje diario, a veces dos o incluso tres. Laura se enteró de algunas cosas; sus padres estaban separados. Al padre le veía muy poco porque vivía lejos con su nueva esposa y su madre se ocupaba poco de ella; trabajo, rehacer su vida, el caso era que la chica se pasaba casi todo el día sola. Había tenido una especie de novio, seis años mayor que ella que la había manipulado a su antojo, según Laura entendió, y cuando se cansó la dejó tirada como a una colilla. Lo extraño era que vivía en la misma ciudad; aunque no quiso decirle la zona. De momento no le propuso que se vieran, no quería asustarla, pero lo cierto es que tenía cierto grado de curiosidad por conocerla.
La segunda novedad era que había visto a uno de sus vecinos. Como ella había vaticinado, era un jovenzuelo que no tendría más de dieciséis o diecisiete años. Le vio una mañana que salía de casa atronando toda la calle con una moto infernal. Estupendo, ya no habría más paz en el vecindario. Se fijó en que el chico podría haber sido muy guapo si no llevase el pelo rubio completamente rapado a ambos lados y con una cresta encima de la cabeza y algunos mechones azules. Le recordaba a la película del último mohicano, solo que éste era muy blanco de piel y tenía los ojos azules. Su vestimenta le recordaba a un nazi; chaqueta y pantalones de cuero y botas militares. Y lo más repugnante es que se adivinaba un tatuaje en el inicio del pecho; Laura no podía distinguir desde la ventana si era un dragón o una serpiente. Lástima que no llevase puestas sus gafas de lejos. De todos modos, era una especie de demonio salido del Averno. Y entre todas las casas de la ciudad, había tenido que mudarse precisamente al lado de la suya.
-No entiendo estos tiempos-le dijo a la gata. Y apenas había terminado de hablar, se asustó de estar comentando sus pensamientos con un animal. Debía estar más perdida de lo que ella pensaba.
El caso es que poco a poco ambas se acostumbraron a su mutua compañía. Cada noche Laura se iba a su habitación y como quien no quiere la cosa dejaba la puerta entornada en lugar de cerrarla. Cuando ya estaba acostada y con la luz apagada, la gata se subía a la cama sigilosamente y cada noche se iba acercando un poco más a ella. Hasta que una mañana apareció totalmente enroscada a su lado, ronroneando de placer. Laura gruñó al darse cuenta, pero en realidad, según luego tuvo que reconocer, fue más de satisfacción que de enfado. Pero seguía negándose a sí misma que estaba mejor con Freya que sola. Sería claudicar reconocer que una simple gata callejera le había mejorado un poco la vida.


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