4 de septiembre de 2015

DECISIONES 13



Las conversaciones con Mortem se sucedían a diario y cuando hacía más o menos dos semanas que hablaban Laura le propuso que se viesen en el parque, al lado del río. A las tres de la tarde apenas había gente y para el primer encuentro sería lo ideal. No sabía muy bien porque tenía interés en conocer a esa niña desplazada de todo y de todos; o quizá era precisamente por eso.
Cuando llegó ella ya estaba esperándola. Se sorprendió de su aspecto, pero se guardó de decir nada, al menos de momento. Era una chica delgada, casi escuálida, completamente vestida de negro, de la cabeza a los pies, y muy tapada a pesar de que a aquella hora el sol quemaba. Llevaba unas botas de la misma guisa que su vecino, el de la moto; pero a ella la hacían parecer un gorrión de patitas miserables. El pelo muy corto y de punta, suponía que teñido de negro, porque su color natural debía ser castaño claro, casi rubio, a juzgar por los ojos verdes, la piel blanca y las cejas y pestañas, que no se había teñido. Labios y uñas también negros y un piercing en la nariz, como si fuese una especie de animalito al que hay que marcar. Se acercó a ella.
-¿Tú eres Belial?-le preguntó, incrédula. Su voz era como la de una niña, cándida y reposada, y contrastaba con el aspecto que pretendía ofrecer. Pero…si eres una vieja.
-Sí, yo soy una vieja, en efecto-le respondió, pausadamente. El mes que viene cumpliré sesenta y ocho años. Pero tú eres una mocosa malcriada. ¿Nadie te ha enseñado a saludar con corrección a la gente, sobre todo cuando son personas mayores que tú? ¿Y quién te ha dado permiso para tutearme?
-No te voy a llamar de usted. Eso son cosas del siglo pasado. ¿Para qué querías conocerme? ¿Para echarme la bronca, como mi madre? Si vas a seguir por ahí, me marcho. No estoy para cosas chungas.
Laura la tomó con suavidad del brazo y la obligó a que volviese a sentarse en el banco. Ella se acomodó a su lado y la miró a los ojos.
-¿Por qué Mortem? ¿Sabes lo que significa?
-Muerte-asintió ella. Pero no sé en qué idioma. Me lo puse porque así se llama un cantante que me gusta.
Laura cerró los ojos, intentando contenerse y no decir lo que se le venía a la mente. Ya se imaginaba como sería el tal Mortem y qué horribles cosas cantaría.
-Es Latín. ¿No os enseñan eso en el colegio?
La chica se encogió de hombros y sacó un cigarrillo del bolsillo de la cazadora. Lo encendió y le dio una profunda calada, saboreándolo.
-No deberías fumar, no es bueno para los pulmones.
-Me da igual. Quiero morirme. Tú deberías saberlo. Ya lo hemos hablado muchas veces.
-Sí, lo hemos hecho. Y si quieres morirte, estás en tu derecho. Yo tampoco le tengo apego ya a la vida. Pero he vivido mucho más que tú. A tus años ni me planteaba morir, lo que quería era vivir, sentir muchas cosas, conocer muchos sitios…A todo esto, ¿cuál es tu verdadero nombre? Yo me llamo Laura.
-Isabel. Pero no me gusta.
-Bueno, tampoco a mí me entusiasma mi nombre, pero cuando nos lo dan no podemos opinar. Y al final terminas acostumbrándote. Me has dicho que apenas hablas con tu padre. Supongo que le culpas porque se separó de tu madre para irse con esa otra chica.
-Es una zorra. Y mi madre también. Las dos son iguales, en el fondo. Y mi padre un imbécil-remató dando otra calada al cigarro. El humo le salía por la nariz en volutas que se enroscaban en el aire cálido de la tarde.
-¿Y ese chico del que me hablaste?
-Un hijo de puta-le calificó, al tiempo que de un manotazo se enjugaba una lágrima.
La anciana, aún a pesar de su carácter duro y poco amable, no dejó de sentir un amago de simpatía e incluso de ternura por esa pobre chiquilla que estaba empezando a vivir y ya se había desencantado. De repente tuvo una especie de arrebato, como esos que le daban a los veinte o a los treinta años, cuando tomaba toda clase de decisiones sin pensar; y la mayoría de las veces acababa lamentándolo. Suponía que en este caso también se arrepentiría, pero en ese momento era lo que le apetecía hacer.
-Te propongo algo. Me has dicho que tu madre no come en casa, que no llega hasta bien entrada la noche. Quiero que vengas a comer cada día a mi casa. Yo cuando estoy sola no cocino y llevo tiempo comiendo fatal.
-¿Para qué?
-Pues para comer, y para hablar. ¿No crees que es mejor hacerlo en persona que a través de una pantalla? ¿O es que te da miedo?
Cayó en la trampa, y para hacerse la valerosa le pidió la dirección y le prometió que al día siguiente iría a comer a las dos de la tarde. Se despidieron con un simple movimiento de cabeza y Laura pasó antes de ir a casa por el supermercado. Estaba tan acostumbrada a comer siempre sola que tenía la despensa desprovista casi de todo. El día anterior había pensado que en cualquier momento tendría que echar mano de la comida de la gata para alimentarse.


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